brane mozetič
bailandoDi el paso que puso fin al equilibrio existente. ¿Cómo explicarlo? Fue como la imagen de J.C. bailando hacia un joven de pelo largo y de facciones anodinas,
chicoMe preguntaba por milésima vez qué había ido mal, qué había hecho para ser diferente. Qué me había impulsado a ir al granero, a unirme a aquellos juegos en
discoTenía unas ganas enormes de que llegara la noche. Todo el día había sido un agobio, había estado dando vueltas en la cama, trayéndome cosas para picar, poni
dos gitanosEran dos gitanos. Y estaban empeñados en ir a mi casa. Los dos eran pequeños, tal vez el menor tenía quince, el mayor, diecisiete años. Este era simpático,
el alcaldeLa obsesión se hacía cada vez más intensa. Si al principio sabía, más o menos, hacía dónde me llevaba la fuerza que escondía dentro de mí, sus intenciones l
el cineEsta noche me siento de un humor particular. Estoy tendido en la cama, tratando de evocar en vano el calor de una piel ajena, me esfuerzo inútilmente en sen
el cuarto de bañoLa fiesta era deplorable. Unos se movían de un lado a otro por la habitación, otros estaban sentados, hablando. Una típica fiesta de hombres. Había al menos
el infelizLlamas una vez cada seis meses. Y cada vez lo mismo: ¿pero dónde te has metido?, ¿y qué tal estás?, te he buscado por todas partes, no te puedo olvidar, tú
el lectorEn el buzón me esperaba una carta. Estimado señor Vreg. Leí su cuento sobre S. y me encantó. Lo releo continuamente. Me excita aquella pasión, y las sogas,
el olvidoPara olvidarte al menos durante un tiempo, para no pensar más en tu indiferencia, para liberarme del nudo de mi estómago, para apartar de mis ojos tu imagen
el peluqueroR. era peluquero. Lo conocí cuando me cortó el pelo. Quería hablar conmigo largo y tendido. R. me gustaba, su figura esbelta, su pelo rubio. Lo que contaba,
el poemaApoyo mi frente contra la pared de cristal, anochece. Fuera, la nieve que cae sin cesar lo cubre todo de blanco. Te siento, sigues sentado en el suelo, detr
el poetaMe invitaron a una especie de festival de poesía en el extranjero. Por supuesto, me alegré de poder recorrer de nuevo las calles del mundo occidental, aunqu
el sextoEl sexto se presentó de nuevo al día siguiente. Yo no tenía fuerzas, pero él no tardó en desplegar toda su energía a mi alrededor. De alguna manera, eso me
el vídeoTom era bailarín. Muy alto, unos dos metros, delgado pero fuerte. Tenía el pelo largo y rubio, era guapo. Odiaba los sitios de ambiente aunque siempre los f
furiaLa verdadera furia me asaltó justo cuando me di cuenta de que mis posibilidades se reducían al mínimo, o incluso menos, a cero. Porque yo mismo las había mi
g.Algo rozó mi cara, una especie de bolita de papel. Eché un vistazo alrededor para ver de dónde había venido. Todos saltaban en la pista de baile, no parecía
gimnasiaZ. era profesor de educación física. Me topé con él en un local, casi lo violé. Me parecía un poco ausente, pero más tarde comprendí que las jeringuillas en
hoja de afeitarCon él todo era diferente. Fue el primero después de una relación que había tenido durante muchos años. ¿O quería solo prolongar aquello, resucitarlo? Era o
intelectualK. era un intelectual. Era conocido y apreciado. A decir vedad, nunca había hablado con él. De vez en cuando leía su palabrería en los periódicos o veía sus
intrusoMe sorprendió que me contaras que te había llamado L., un muchacho al que habías conocido hacía tiempo y con el que, según tú, no habías tenido nada en abso
ivánMe despertó una llamada de teléfono. Casi nunca me llaman completos desconocidos. Se presentó diciendo que su nombre era Iván: «No nos gusta que estés todo
la bibliotecaMe recluí en la biblioteca. Era un espacio grande, frío, sin ventanas, había libros por todas las paredes, una amplia mesa en el medio y una cama en un rinc
la calleYo también estaba en la calle. Desde la caída de la fortaleza tenebrosa hasta los restos de las culturas más antiguas. Y, durante todo ese tiempo, no pasaba
la estaciónMi conocido P. era terriblemente joven. Lo veía siempre en la estación, donde se vendía. Era muy guapo, fornido y alegre. De vez en cuando intercambiábamos
la playaJ. era, en general, un bonachón, pero, por otro lado, también podía ser muy cruel. Era alto, moreno, grande, un poco rechoncho. Quería que fuera mío. Era co
ninoNino fue un caso más difícil. Hacía mucho que no lo había visto ni había oído hablar de él. Se movía en unos círculos bastante cerrados y por completo ajeno
queridoQuerido, te ruego que les enseñes buenos modales a tus amantes. Hace alrededor de una semana me llamó un tal B., que a toda costa quería saber dónde estabas
raílesUn día, P. y yo decidimos buscar una víctima de verdad. Entramos en un parque y avanzamos entre los árboles, los arbustos, las siluetas oscuras que estaban
soldadosS. se comunicaba conmigo de vez en cuando con una carta, con una nota, con un recorte de periódico. Al principio sus envíos eran interesantes, llenos de ene
teléfonoA J. le gustaba hablar por teléfono. Pero no me llamaba solo él. Y yo tampoco era el único al que llamaba. Gemía. Esos gemidos a distancia debían de importa
túVienes despacio, casi titubeando, con una sombra de culpa y al mismo tiempo firme. Me coges en brazos, me besas y me llevas a la cama. Me desnudas decidido
una cartaAdiós, quiero escribirlo al principio para que las cosas queden claras. Así, quizás, no te tomes la molestia de seguir leyendo y te pongas a maldecir y a ll
una mujerJ. era una de esas mujeres que gustaban de rondar a los maricones. No para estar relajadas, no para, de vez en cuando, estar en compañía de alguien sin conn
violaciónYa era muy tarde. Iba de camino a casa. Las calles estaban vacías y, de noche, la ciudad siempre me infundía miedo. No era por la delincuencia, sino porque