País Relato - Autores

brane mozetič

el lector

En el buzón me esperaba una carta. Estimado señor Vreg. Leí su cuento sobre S. y me encantó. Lo releo continuamente. Me excita aquella pasión, y las sogas, y los golpes. Tengo que reconocer que siempre me hago una paja. Espero con ilusión a que publique otro cuento. Le escribo porque me gustaría conocerle. Tengo veinte años, mis medidas son 180/69/18, soy moreno, sin vello, me gusta hacerlo en plan bruto. Estoy convencido de que le gustaré. Los tíos siempre se enamoran de mí, pero son muy aburridos. Le pido que venga a mi casa. Mis padres se van al campo cada fin de semana y estoy solo. He encontrado su dirección en la guía, tengo también su número. Le llamaré el fin de semana. Le pido que no me rechace, me encantaría formar parte de su libro. No puedo esperar a conocerle, suyo, B.
La carta me pareció interesante, por supuesto. Aunque no decía lo suficiente como para que me volviera loco de alegría. El joven llamó, efectivamente, y nos citamos en el centro. Sus ojos ardían aunque se esforzaba en parecer un poco tímido. Era guapo, como salido de un anuncio. Así que fuimos a su casa. Hablaba de aquel cuento sin parar, eso me ponía bastante nervioso, se lo dije y se calló. Me llevó a su habitación y empezó a desnudarse. Su cuerpo me parecía cada vez más excepcional. Se jactó de que entrenaba con frecuencia, de que vigilaba su dieta y todo lo demás. Me senté y encendí un cigarrillo. Sentí algo parecido a una náusea, pero no sabía por qué. Me hizo un estriptis al compás de la música, un auténtico estriptis masculino, me miraba fijamente a los ojos, se tiró al suelo y empezó a venir hacia mí a cuatro patas. Yo estaba sentado, fumando, observándolo y pensando qué era lo que se movía de un modo tan extraño en mis entrañas. Porque su cuerpo era perfecto, y su cara también, y todo. Se subió a gatas encima de mí, se sentó en mi regazo y me abrazó de una forma bastante pueril. Él se quedó a la expectativa. Era evidente que esperaba algo de mí. Me levanté con brusquedad, él cayó al suelo, me dirigí al cuarto de baño y cerré la puerta con llave. Después de ducharme, me vestí otra vez, desenganché la cadena de la cisterna y me la metí en el bolsillo. Miraba alrededor a ver si había algo que me fuera útil. Señor, señor, se oían sus uñas sobre la puerta. Me miré en el espejo, todas esas arrugas, esos puntitos negros, ese pelo que se me caía. Detrás de mi oreja había aparecido una mancha roja que iba creciendo. Abrí la puerta, la empujé y el chico salió volando; debía de haberse pegado a ella. Volví a sentarme en la silla y le indiqué que se acercara. De algún modo le coloqué sobre mis rodillas. Pesaba mucho. Con mis dedos recorrí su espalda, su trasero, sus piernas con unos pelos diminutos. Cuando me harté, le pegué en el culo, una vez, dos, tres, con pausas, cada vez más fuerte, hasta que las palmadas se oyeron a pesar de la música alta. Seguí haciéndolo y su piel se ponía cada vez más roja. Pasé mi otra mano alrededor de su cintura y toqué su miembro macizo y erecto. Cuando me cansé, me abrí la cremallera, saqué mi polla, le empujé al suelo, él se quedó a cuatro patas y empezó a chupármela. Ya había tenido suficiente. Le arrojé a la cama y él, babeando, enseguida se juntó a mí, se echó boca abajo y levantó el culo para ofrecerse. En cuanto se la metí, se puso a resoplar como un animal, se contrajo y expulsó su semen, dejándolo caer en la cama, y se quedó quieto. En realidad yo no tenía ganas de follar. Permanecí dentro de él, sin moverme. Me acordé de la cadena. ¿Era lo suficientemente resistente? ¿Sabría hacerlo? ¿Y si alguien me había visto entrar? Yo estaba encima de él, el escritor encima del lector, la música sonaba, fuera hacía un bonito día soleado. Tuve ganas de salir al parque. Me pareció que se había dormido. Observaba su cara, de la que era difícil no enamorarse. Pero ya no pertenecía a este mundo, ya no era real. Así que preferí sacar la cadena, la ajusté con cuidado a su cuello y la tensé. Aquello duraba demasiado tiempo, exigía demasiado esfuerzo. Dudaba si valía la pena. Cuando su cuerpo se desplomó, entré en el baño para coger un cubo que estaba detrás de la puerta. Lo llené de agua y la eché sobre aquel cuerpo. Vacié unos diez cubos, la cama quedó empapada, un charco se formó en el suelo. La música seguía sonando.
En el parque, me senté en un banco y miré los patos que nadaban en el agua, tenía el sol de frente. Releí la carta del muchacho, que llevaba conmigo y, después, la tiré a la basura. Al llegar a casa, cogí un papel, me tumbé en la cama y empecé a escribir para cumplir escrupulosamente las expectativas del joven.