País Relato - Autores

brane mozetič

la playa

J. era, en general, un bonachón, pero, por otro lado, también podía ser muy cruel. Era alto, moreno, grande, un poco rechoncho. Quería que fuera mío. Era como un osezno. A su lado me quedaba sin aliento, me olvidaba de todo, y andaba detrás de él como si tirase de mí. Al mismo tiempo quería matarlo, asfixiarlo, atropellarlo, romperlo, machacarlo con una apisonadora.
Lo conocí en la playa. Creo que, por entonces, estaba en medio de una traducción de una historia turbia, quién sabe. Era una playa bastante solitaria, donde el sol no quemaba demasiado. Estaba tumbado en una roca, luchando con las palabras. Me resultaban más gratas que la gente, eran ordenadas, firmes. Un tío pasó delante de mí, tropezando con las piedras, y después volvió. Giré la cabeza y vi que subía cuesta arriba para alcanzar el camino. Entonces, ¿cómo ataron los alumnos a su maestro y le cortaron la cabeza? Iba despacio, no tenía ninguna prisa. La vida era corta, en efecto, pero transcurría de una manera muy lenta. No la podías interrumpir y retomarla, digamos, después de un mes o dos. Solo podías acortarla para siempre. Oí de nuevo el ruido de alguien andando por las piedras. El mismo tío, alto, es decir, el tal J. con pinta de oso, pasó otra vez, dio una vuelta, volvió, se paró, mirándome un poco de vez en cuando, mi corazón latía fuerte, me di cuenta de lo que estaba pasando. Se dirigió hacia la colina, se puso en cuclillas, empezó a tirar piedrecitas al agua, poco a poco, como si tuviera muchísimo tiempo. No me atrevía a dirigirle la mirada, fingí que solo me interesaba mi libro, que nada podía distraerme, que el mundo estaba entre las hojas, limitado, previsible. Sentía curiosidad, y también para mí era una sorpresa, pues me parecía todo tan insólito, en esta playa desierta, y, además, hacía mucho que nadie se fijaba en mí. Las piedrecitas dejaron de caer al agua, me moví ligeramente, giré la cabeza, un momento, y él ya no estaba allí. Me sentí más calmado, pero a la vez un poco molesto. Me senté y eché un vistazo alrededor. Estaba arriba, en el camino, los arbustos lo ocultaban. Me contemplaba quieto, a lo mejor alzó la mano un poco, pero me dio vergüenza, como si me hubiera pillado, encendí un cigarrillo, encaré el mar, esperando a que se marchara, fuera de allí, a otra parte. Después de un rato, cuando no aparecía por tercera vez, me volví. Entonces, cuando quizás ya era tarde, sentí un impulso. Me levanté, me dirigí cuesta arriba y emprendí el camino entre los arbustos. Anduve lejos, pero ni rastro del tío. Estuve a punto de bajar al mar al otro lado de la bahía, cuando, de súbito, apareció delante de mí. Elegí otra ruta para no cruzarme con él, fijando mi mirada hacia abajo, hacia el mar, me detuve un rato en el borde, di media vuelta, cada vez más nervioso, y cogí el sendero de regreso, sospechando que me seguía. Habría preferido salir corriendo, lo más lejos posible, pero también deseaba que él se lanzara detrás de mí, que me agarrara y me tirara al suelo. Como zigzagueaba demasiado entre los senderos, me encontré, de repente, ante una valla. Tuve que volver a la senda marcada. Pero allí estaba él, apuesto, bronceado, mirándome. Estaba atrapado, no tuve más remedio que acercarme. No se apartó, sino que estiró el brazo cuando quise pasar y metió su mano entre mis piernas. Me quedé paralizado. Entonces me agarró con más fuerza y yo sabía que tenía que hacer lo mismo. Estaba temblando y apenas podía mantenerme en pie, así que preferí agacharme, apoyé mi cabeza contra su bañador, intentando atrapar algo con mi boca. Me acarició la cabeza, bajó a mi lado, me abrazó y así se quedó, acariciándome, sin más. Como si ya hubiese terminado todo. Me parecía que aquello duraba demasiado. No me dejaba hacer ningún movimiento. Quería tocarlo, pero me sujetó las manos. «¿Qué pasa?», dije. Solo entonces habló: «Mejor que no». Solo eso. «¿Por qué?». «Mejor que no». Me di cuenta otra vez de que estábamos en un camino, de que podía venir alguien, de que la situación era extraña, de que todo estaba en una especie de suspensión, estático. Con un frase repentina le dije que debía volver, que tenía allí, al otro lado, una tienda de campaña, que fuera a verme, pero que ahora no podía quedarme. Me puse de pie, me liberé de su abrazo, seguí adelante, andando cada vez más rápido, como si me siguiera, deseaba estar en paz, deseaba que no hubiese ocurrido o que hubiese habido algo más, algo completamente diferente, que hubiese habido al menos algo. Me tumbé en mi roca esperando a ver si se acercaba para romperle la crisma con un pedrusco.
No pude trabajar nada más, solo me quedé allí, hasta la noche, cuando volví a mi tienda. Me invadió la inquietud. Aquella sensación cálida de que iba a venir, con la noche, como muchos lo habían hecho, como muchos lo harían más tarde. Vino, efectivamente, esa vez diferente, brincaba alrededor, dejaba que lo abrazara, se apartaba de un salto, hablaba de sus aventuras, se me escurría entre los dedos continuamente, se ponía delante de mí, se erguía, cada vez más desnudo, porque, supuestamente, tenía calor, hasta que solo le codiciaba a él, codiciaba su piel. Bailaba con la música y se retorcía por encima de mí, mientras yo permanecía tumbado, golpeaba mis brazos cuando se estiraban para atraparlo, me permitió algún roce, se echó a mi lado, se quedó quieto, sin tocarme. Me incliné sobre él, embelesado, deseoso del calor. No me acarició, solo se preocupó de controlarme. Consentía que pusiera mi mano en su pecho, tal vez recorrer una pequeña zona de su piel, y nada más. Después me agarró y no dejó que mi mano se moviese más. Solo muy avanzada la noche, cuando se había dormido, mientras yo seguía sin poder aliviar mi tensión, logré escaparme de su abrazo durante un par de minutos y palpé su cuerpo con cuidado, conteniendo la respiración, pasando por su vientre, sus piernas, su miembro que se había empalmado mientras dormía, hasta que volvió a sujetarme, impidiéndome disfrutar.
J., simplemente, se quedó. Llegamos a formar una pareja que en realidad no lo era. Iba conmigo por ahí, le preparaba la comida, le pagaba sus tonterías, aguantaba sus discursos presumidos y sus depresiones, durante meses enteros. Solo me permitía admirarlo, tumbarme a su lado, rozarlo un poco. Escucharlo, todas sus ideas, todo lo que haría, cómo lo frustraban todos, cómo no podía más, cómo lo frustraba yo. Se hacía pajas delante de mí y cuando quería acercarme como fuera, me forzaba a desistir con su figura de oso. Al menos en esas ocasiones me agarraba de verdad. De vez en cuando aparecía con algún tío que se lo follaba delante de mí. Tenía prohibido unirme a ellos, se volvía muy violento si movía un solo dedo. Cuando le dije que así no podía continuar, se ofendió enormemente, me guardaba rencor y ni siquiera me dejaba echarme en la cama. Después, un día ya no estaba. Lo busqué en vano, se había esfumado.
Apareció muchos años más tarde. Me dejó acercarme otra vez a él y me acarició durante mucho, mucho tiempo. Me cogió para llevarme a la cama, me apretó contra su cuerpo y se quedó callado. Yo no quería hacer nada. No dejaba que me desnudara y él no habría querido recurrir a la fuerza. Deseaba que envejeciese, que viviese a duras penas durante muchos años, que llegase a ser viejo, feo, aburrido, y a estar solo. No quería privarle de ese futuro, reducirle numerosas decepciones, mitigar su declive. Le deseaba vivir ese desierto cuando nadie quisiera tocarlo, cuando nadie quisiera mirarlo, cuando estuviese solo con sus ideas y depresiones. No quería acortarle todo eso. De modo que callaba, esperando a que me soltase y se marchase.