País Relato - Autores

brane mozetič

violación

Ya era muy tarde. Iba de camino a casa. Las calles estaban vacías y, de noche, la ciudad siempre me infundía miedo. No era por la delincuencia, sino porque el nivel de salvajismo era tan alto que sería difícil hablar de la existencia de un reglamento de buenos modales. De repente apareció delante de mí un grupo de tíos, jóvenes y apuestos al estilo rural, y no pude esquivarlos. Vaya, por aquí viene un marica, fue lo primero que oí. Uno de ellos me agarró, los demás se acercaron, en el cuello sentí una hoja afilada. «Muévete y te la clavo, puto maricón», dijo entre dientes el que me amenazaba con la navaja. «Vamos a rajarlo un poquito». «Tenemos que irnos a otro sitio». Apenas podía comprender qué pasaba. Notaba que me sujetaban con fuerza, que me lanzaban de un lado a otro, pero era como si observara todo aquello desde lejos, como una especie de película, no sentía ningún miedo especial, solo aquellas manos y la pestilencia que emanaba de ellos, pestilencia a alcohol. Claro, los chicos insustanciales siempre se vuelven arrogantes y violentos cuando se emborrachan un poco, cuando dejan salir sus frustraciones. Me arrastraron a un lugar apartado, entre los arbustos, se reían, me derribaron al suelo y me daban patadas con sus zapatos.
«Vamos a mearnos en él, en este chupapollas». «No, no, después, ahora ponte de rodillas», masculló uno de ellos, me levantó de un tirón y metió mi cabeza entre sus piernas. «¡A ver lo que sabes hacer!». Me agarró del pelo hasta que gemí, los demás se reían, me empujaron aún más cerca de su paquete y se quedaron detrás de mí, rodeándome. A un lado de la cara volví a sentir la fría hoja de la navaja, al otro una polla caliente y flácida que se aproximaba a mi boca. «Abre, chupa, venga, antes de que te reviente el culo». Abrí la boca para dejar entrar aquella cosa sucia, pringosa, que se deslizó rápida hacia dentro y empezó a entrar y salir repetidamente y con vehemencia. A pesar de todo, se ponía dura y su dueño se calentaba cada vez más. Los demás reían, lo animaban mientras acercaban sus pollas. A lo lejos oí un perro, las rodillas me dolían, las embestidas de la cosa pequeña y repugnante me traían a la mente las imágenes de los trenes que pasaban a mucha velocidad, una y otra vez, y las pilas de carbón en la estación, los pequeños cables que, de niños, buscábamos entre los bultos negros, los vagones que transportaban la madera hasta la serrería y a los que nos habíamos subido. ¿De verdad era la vida tan larga como para recordar tan poco, de verdad eran los seres humanos tan insignificantes? ¿Cómo era, en realidad, ese tipo que se corría en mi boca, cómo era su pelo, qué llevaba puesto? ¿Y todos los demás que jadeaban alrededor? Habría descrito con dificultad a alguno de ellos a la policía, quizás no reconociera a ninguno. «Una lechera», dijo uno. Me levantaron y empezamos a caminar por la calle. Como si nada hubiera ocurrido. Me daba igual adónde iba, qué pasaría después, todo lo que estaba ocurriendo. Uno me sujetaba con fuerza por los hombros, quizás para que no me escapara, para que no gritara, para que no me lanzara hacia los policías. Apenas advertí que estábamos pasando por delante de ellos. Los individuos me llevaron hasta mi casa. Sabían dónde vivía. «Mañana por la noche vendremos a buscarte, y asegúrate de esperarnos. Si no, te rajamos sin ningún problema», oí cuando abría la puerta, cuando cerraba con llave, cuando me metía en el cuarto de baño y escupía, escupía. Solo entonces me puse a temblar, solo entonces sentí ganas de vomitar, tenía calor, mis piernas se desplomaron. Después me eché en la cama, sin ganas de estar en este mundo. ¿De verdad era tan difícil desaparecer, de verdad valía la pena esperar a que llegara aquel momento en el que desaparecería de cualquier modo?
Tenía que aguantar, sabía que tenía que aguantar al menos hasta su llegada o, al menos, hasta que hicieran lo que se habían propuesto. Por ellos me fui al mercado, compré unos pepinos y, por la tarde, los puse al lado de la cama. Me tomé varios analgésicos hasta que comencé a marearme. Me quité la ropa, puse la música a todo volumen, me tumbé en la cama, debajo de mí estiré varias mantas, con una mano cogí el popper para aspirarlo, con la otra aferré un pepino, bastante grande y áspero, y me lo metí en mi ano con violencia. Apretaba los dientes, gritaba contra la almohada, pero seguía metiéndomelo, cada vez más. Era una sensación tremendamente dolorosa. El pepino era duro, tieso, no se adaptaba a mi interior, la tensión de los músculos no lo ablandaba, me penetraba sin ningún placer, hería todo lo que rozaba. Sentía sus salientes, su superficie dentada que me hendía la carne. Y, sin embargo, no paré. Lo saqué, agarré el otro, más grande, y me lo metí también. Nada podía aliviarme aquel dolor insoportable. Sentí que algo resbalaba por mi brazo, la sangre, las sábanas manchadas, me escocía todo, me mareaba, mordía la almohada, derramaba lágrimas. Al final tiré el pepino, junté las piernas y esperé, esperé a que el dolor se pasara un poco. Cuando se hizo de noche, me levanté, me lavé, limpié la sangre, recogí los utensilios, teñidos de rojo, esos cachivaches del dolor. Sabía que cada dolor inminente sería igual de fuerte, y, sin embargo, esperaba, esperaba a que ellos llegasen. Ahora estaba impaciente, me habría gustado que ocurriera ya, ver cómo ensuciaban sus pollas viscosas con mi sangre, cómo se jactaban al hacerlo, cómo me insultaban, cómo me golpeaban… Probablemente ya no sintiese nada, probablemente sintiese solo mi propio calor, con el que los envolvería, anegaría, inundaría, con el que…
Cuando llegaron, aún más borrachos que la noche anterior, no me llevaron a ninguna parte. Tenían demasiada prisa. Me tiraron a la cama, me ataron las manos y las piernas hasta que me quedé rendido y, después, vaciaron sus pollas, mojándolas en mí como el pan en el vino, gemían, rugían, eran pura fuerza y vigor, estaban entusiasmados porque podían atravesarme, rajarme, hacerme sangrar. Era un gusto, un gran gusto, y apenas sentí nada.