Adiós,
quiero escribirlo al principio para que las cosas queden claras. Así, quizás, no te tomes la molestia de seguir leyendo y te pongas a maldecir y a llorar sobre tu suerte. En realidad, siempre has sido así. Pero no me busques, no tiene sentido, esta vez no me vas a seducir con tus lágrimas o con tus palabras mal sonantes. Estoy harto de ti, me tienes hasta la coronilla, eres repugnante, feo, asqueroso. Es verdad que me convenciste la primera vez, en el parque, cuando no me apetecía mucho ir contigo y sospechaba lo que podría suceder. Pero me persuadiste con tus palabras, con tus cumplidos, con tus halagos. Solo para metérmela en la boca. Y me quedé dos meses a tu lado, o quizás un poco más. No estaba enamorado de ti, jamás lo estuve, de alguna manera te había cogido cariño, a lo mejor era demasiado indulgente contigo, a lo mejor tus permanentes sollozos despertaban en mí una tendencia a consolarte. Habías abandonado a tu mujer y a tus hijos hacía mucho, allí, en alguna parte de la provincia, y te habías instalado en la ciudad, no en el centro, claro, es demasiado caro. Te habías creado tu propio nido al que llevabas a los tíos, la mayoría bastante jóvenes. Parece como de revista, este salón tuyo, tú, un vaquero con botas altas. Cuánto tiempo te acicalabas delante del espejo antes de salir, saludabas a la vecina, soltabas tonterías sobre los gatos… Donde tu mujer no habías tenido la posibilidad de montarte una guarida, ella lo habría destapado todo, y los niños, los niños gritan, vuelcan las cosas, ensucian, y tú eres muy ordenado, pulcro, tranquilo. Siempre me echabas la bronca por dónde debía poner las cosas, así que dejé de usarlas. También a mí me colocabas por aquí y por allá como si te sirviera para decorar, sobre todo la cama. No te gustaba que estuviese en casa mientras estabas en el trabajo. Tu casa tenía que permanecer limpia. Cocinabas solo, yo lo habría puesto todo perdido y, además, por lo visto, no tengo ni idea de cocinar porque solo tú sabes sazonar bien la comida, añadir las especias que hacen falta, saltear correctamente un filete. Cuando, por algún milagro, comíamos fuera, quiero decir con tus amigos, incluso alguna vez, a lo mejor, en un restaurante, pasabas una hora dando vueltas para examinar la carta de precios en cada puerta, la comida siempre estaba insípida, faltaba esto, faltaba aquello. Ibas solo también al supermercado, yo seguramente habría complicado la compra, habría querido no sé qué, eso pensabas. Intentabas poner orden en mi comportamiento. Te parecía que yo no andaba adecuadamente, que debería hacerlo de otra forma, que no sujetaba bien el tenedor, que me expresaba con demasiada tosquedad, que estaba mal peinado, que debería ponerme esto o aquello porque comprar ropa nueva no era apropiado, pues costaba mucho y tú necesitabas el dinero, para tus discos, para el cine, para las lamparitas nuevas del techo que creaban una atmósfera romántica encima de la cama, para las vacaciones de verano en Grecia… Hablabas sin parar de los precios, de lo que costaba algo, cada tres frases repetías: Ay, esto es muy caro, o esto no es barato. Sentía cada vez más que ponías precio a cada bocado mío, a cada sorbo, a cada salida, si me compraba algo con mi propio dinero, lo escondía para no escucharte. Es verdad, vivía gratis en tu casa, no pagaba la comida, aunque la idea había sido tuya y no querías coger mi dinero. Cada vez me resultabas menos simpático.
Si al principio me encantaba abrazarte, revolcarme contigo en la cama, disfrutar cuando me corría o cuando te corrías tú, con el tiempo empecé a evitarte. Llegaba tarde a casa, no te calentaba, no me abalanzaba sobre ti, no te chupaba la polla, no me ponía debajo de ti. Nunca sabías tratarme. Ni te interesaba, excepto como un objeto de tu propiedad, al que cambias de sitio y utilizas. ¿Qué pasaba con tu ternura? Era algo lujuriosa, querías meterme tu polla sin dejar que yo la aceptara, que se deslizara hacia dentro lentamente, que se quedara quieta, y esperar a que terminase aquel dolor inicial, a que pasase la sensación de saber que alguien estaba en mí, que se movía, que lo sentía, que lo deseaba, que me gustaba aquello, que me entregaba, que abrazaba su cuerpo, que me abría, que lo estimulaba, que lo agarraba, cada vez con más ímpetu, hasta que, con un espasmo, expulsara su semen, caliente y pesado. Pero tú insistías, tenía que ser como tú decías, querías que estuviese tendido en la cama, me dolía cada vez más, cada vez me hacías más heridas, y cada vez, al día siguiente, sentía escozor. Cada vez tenía menos ganas de vivir esos momentos, te aceptaba cada vez menos, tus embestidas eran cada vez más dolorosas, así que empecé a esquivarte y tú empezaste a cabrearte, a enfurruñarte, a rogarme. Como si no hubieses sabido hacer otra cosa, ya que follar no se te daba bien, ya que no querías escuchar lo que te decía. ¿También te habías tirado a tu mujer con tanta prisa, también la habías penetrado con tanta violencia, también le había dolido a ella, había disfrutado siquiera? Hacía tiempo que yo no disfrutaba, solo me dejaba hacer, cada vez menos, pero lo justo para que no te pusieras demasiado pesado. Follarme te parecía fundamental. Desarrollabas teorías enteras sobre la entrega amorosa, atribuías mis dolores a la insuficiencia de mi dedicación, pero no comprendías que me crispabas los nervios cada vez más, que ya no podía escucharte, verte, olerte… aceptarte. Mi mente estaba en otra parte. Empecé a barajar la posibilidad de abandonarte. Te lo habrías olido, de todas formas, si fuese posible que notaras algo en otra persona. También otros tíos comenzaron a parecerme atractivos, cada vez había menos cosas que me unían a ti. ¿Tu mujer también se había ido así, aunque siempre afirmabas que la habías dejado tú? Tus fieles amigos me contaron la verdad. ¿A ella también la habías violado, le habías pegado, le habías sermoneado, la habías torturado con tus teorías hasta el amanecer? ¿Qué me quedará de ti? Tal vez con el próximo seré más cauteloso, menos condescendiente, no soportaré ciertas palabras, probablemente tardaré tiempo en perder el miedo a follar… Ja, tú siempre tan sensible, pero yo prefería quedarme callado. Me incitabas, por supuesto, a que te penetrara, para que nuestra relación fuera equitativa, y siempre decías, al mismo tiempo, que padecías de hemorroides. Y cuando intentaba hacerlo, empezabas a chillar como si te desollaran vivo, como diciendo, hemorroides otra vez, hoy va a ser difícil, intenta hacerlo con más cuidado, ay, así no, lo dejamos para otro día. Joder, debería haberte dicho que no estabas lo bastante entregado, que no me querías lo suficiente. Sin embargo, prefería no intentarlo de nuevo, con la excusa de que ni siquiera me apetecía. Me preguntaba si tú eras capaz de querer a alguien. Lo siento, pero creo que sería más fácil para ti vivir con un gato; con un perro no, que hay que sacarlo.
Dudo que sigas leyendo todo esto, pero tengo que escribirlo para que me sea más sencillo marcharme, para bajar la escalera purificado; caminaré por la calle como un ladrón, volviendo la cabeza para comprobar que no me sigues, y me esfumaré cuanto antes… A lo mejor me dirás que podríamos haber hablado sobre ello y que por qué no te he dicho nada, pero te he hablado demasiadas veces, hemos hablado sobre ello demasiadas veces, nuestras conversaciones siempre han sido iguales, y mi paciencia tiene un límite. Es verdad que no tengo muchas opciones, que dependo de vivir en tu casa, pero, a pesar de todo, no puedo más. Tu mujer lo había aguantado muchos años, no sé qué le condujo a hacerlo, a mí me han bastado estos dos meses. Claro, ahora puedes echar pestes de mí, de qué forma tan rastrera te he abandonado mientras tú me dabas todo lo tuyo, ahora puedes limpiar tu casa a fondo, colocar todo en su sitio, salir otra vez al parque o a otro lugar para llevarte a un tipo una noche, tal vez dos, no será difícil, y tampoco te costará tanto, tu orden permanecerá intacto, podrás disfrutar al máximo en tus dependencias, exhibirlas, contar tu triste historia, forzar a otros con tu polla, como solo tú lo sabes hacer…
A pesar de todo, acabó encontrándome, aunque creo que no me buscaba expresamente. No tuvimos nada que decirnos, todo pertenecía al pasado. Tampoco mencionó la carta. Habló mucho de un chico simpático que viajaba en autoestop y con el que se había divertido. Lo había llevado a Dubrovnik a pasar un par de días.