Tenía unas ganas enormes de que llegara la noche. Todo el día había sido un agobio, había estado dando vueltas en la cama, trayéndome cosas para picar, poniendo la radio, cambiando de emisora y encendiendo y apagando la tele. De vez en cuando había sonado el teléfono, tíos que no sabían qué hacer consigo mismos, sin ningún objetivo concreto. Solo llamaban para decir hola, para esperar a ver si yo les decía algo, si les invitaba a salir o a darle al pico. A lo mejor hasta se habrían acostado conmigo, pero no tenía ganas de recoger los vasos sucios y las galletas, de lavarme, de vestirme, de esforzarme en acogerlos. Necesitaba la noche. Fui el primero en aparecer entre los estrepitosos altavoces. Por fin el auténtico descanso. Así era completamente imposible que las preocupaciones y las ideas locas, que apenas eran deseos, me rondaran la cabeza. Todo aquel ruido y las luces eran suficientes. Andaba por los reservados, sonreía a las caras, a las sombras que merodeaban apoyadas en las paredes, o me precipitaba hacia las que se movían y giraban, buscando ansiosamente el equilibrio. No tenía ganas de fijarme en alguno de los apuestos bailarines, de seguir sus vibraciones, de hurgar debajo de su ropa o de sumergirme en sus ojos. Todo me parecía demasiado frívolo. Tampoco quería fichar a alguno, bailar junto a él, lanzarle una mirada de vez en cuando, tocarlo sin querer, seguirle hasta la barra, preguntarle qué tal, intercambiar un par de frases para quedarme, al final, con un nudo en la garganta porque no sabría cómo continuar, cómo decirle que me gustaba, que me gustaría abrazarlo, quitarle la ropa, pasar una noche, dos noches, varias noches con él con la condición de que no hablara. Me ponían enfermo esas caras que miraban al vacío sin moverse, que cotorreaban, que se movían afectadas, que se ofrecían en los baños, que se miraban las pollas, que se sonrojaban, que se encerraban y jadeaban en las cabinas —todo ello de manera poco natural—. Por supuesto, buscaba a la víctima apropiada. Quería hacer un ajuste de cuentas para purificarme, para coger fuerzas.
El primero fue un chico insignificante y escandaloso que probablemente siempre había deseado llegar a ser alguien importante, pero que solo provocaba indiferencia. Tal vez esa fue la razón por la que dio conmigo. En otra zona del club, un tío se paseaba de manera varonil de un lado a otro con una cerveza en la mano, a lo mejor era un piloto que siempre tenía que emborracharse para acudir a este sótano. Decidí hacer algo de tiempo, me parecía mejor descansar un rato de los sonidos que martilleaban mis oídos, de los sudores del baile, esperar a que uno u otro se cansasen de aguardar a que les sucediese por fin algo especial. El piloto se tambaleaba cada vez más y había un tipo a su lado que se alegraba mucho cuando podía sostenerlo, sujetarle el botellín y actuar como un hombre. Claro que me habría gustado tirármelo, incluso a los dos, pero parecía más probable que me acabase llevando al chico mediocre vestido de cuero que pululaba por la pista. Me parece que nos rozamos por primera vez mientras bailábamos entre la multitud, ya me había percatado de su presencia y me acerqué a él cada vez más. No tengo ni idea de por qué sentí que él era el que buscaba. Tal vez por su pelo rubio, o por su actitud ausente, como si no viera a nadie, como si no deseara a nadie. Incorpóreo, adicto a la música. Y después las palabras, las palabras siempre me dejan sin argumentos, ya sea solo la voz o lo que dicen. Una especie de lengua que me es ajena. Mi abuela decía que le gustaría morir rápido, que se dormiría sin más, durante la noche. Pensaba en ello mientras le miraba y cuando, hacía unos meses, se vino a mi casa a pasar la noche. Cómo se echó en la cama, vestido, diciendo que solo quería dormir, y, sin embargo, se dejaba desnudar, se dejaba hacer de todo, solo rechazaba que le besase. Y cómo lloraba después, qué sensiblero, diciendo que tenía un novio y que no debería de haberlo hecho y que ahora tenía que irse, pero, más tarde, se dejó que le hiciese de todo otra vez, hasta que se vació por completo, y volvió a llorar de nuevo… No voy a tener una muerte fácil, he visto muchas imágenes, he escuchado a Ulrich durante horas mientras me describía los meses, los días, las horas de deterioro. Había algo húmedo en su historia de amor apasionado, pero no se trataba de la niebla de un pantano ni del romántico rocío matutino sobre dos cuerpos desnudos. Era como un camino viscoso.
El tío iba y venía, me preguntaba alguna cosa, yo dejaba que me invitase a una copa y seguía esperando. Ya de madrugada, me preguntó si podía venirse a mi casa. Por supuesto, le dije que todavía no lo sabía. Solo para que él siguiera dudando, en ascuas. ¿Era capaz de todo eso, no era la vida más sencilla que aquello? Me esperó hasta el final, hasta que le hice una señal afirmativa y nos fuimos caminando, lentamente, como si el sonido de sus botas sobre el pavimento y los leves chasquidos del cuero no me metieran prisa alguna. Empecé enseguida, al cerrar la puerta de mi casa, no le dejé que se quitara las botas, que se desnudase, que opusiera resistencia. No lo hizo, para nada. Lo empujé hacia la cama y él podría haberme apartado, podría haberme pegado si hubiese querido, pero estaba de acuerdo, de acuerdo a pesar de su novio, y yo ni pregunté ni esperé. Sujeté su cabeza, le metí la lengua profundamente en la boca, estrujando el cuero y su piel con mis manos. Tenía prisa, tenía que darme prisa antes de que se diera cuenta, antes de que tuviera tiempo para empezar a soltar estupideces, tenía que bajarle el pantalón, colocarlo al borde de la cama y meterme dentro de él, por más que apretara los dientes. Quedó atrapado por el ritmo y sentí que se corrió muy pronto. ¿Es así la muerte? ¿Cuando te duele hasta enloquecer, cuando apenas puedes respirar, cuando solo deseas que todo termine, incluso a cambio de no despertar nunca más, de no recuperar la consciencia, de no ver, oler, sentir, pensar nada de nada nunca jamás? ¿Le estaba proporcionando esta clase de muerte, ya estaba en su interior? Quería llevar a cabo este ajuste de cuentas. Agarraba con fuerza su chaqueta de cuero, que le colgaba ya como un harapo, sus pantalones arrugados por debajo de las rodillas estaban empapados, lo embestía y él gemía tan fuerte que me daba náuseas. Toda esa mierda sobre dormir en mi casa, sobre su novio, sobre no besarse, todas aquellas cadenas, todo aquel jugueteo cuando, en el fondo, se trataba de una cuestión de vida o muerte. Eyaculé dentro de él y me quedé tendido en la cama, agotado, durante mucho rato, menos mal que no me veía la cara, seguramente tenía un aspecto horrible. Seguía mordisqueando el cuero para no gritar. En mi cabeza se formaba un abismo enorme al que me precipitaba. Más tarde no podría pensar ya en mí mismo… todo aquello era un horror espantoso. ¿Mi abuela se había preguntado alguna vez qué vendría después? ¿O ya había sido tarde, cuando el dolor se volvió demasiado intenso y el cuerpo, descomponiéndose, le estorbaba? ¿Iba a ser rápido? Dentro de medio año, ¿aún podría andar, podría tener sexo, me atrevería a ir a un bar? Sentía que algo goteaba por sus muslos, deslizándose. Me levanté y fui a lavarme. Pero él seguía tumbado sobre el colchón. Me incliné hacia sus oídos y le susurré que se tapase. ¿Me parecía ahora que era otra persona? ¿Estigmatizada, tal vez? Abracé contra mi cuerpo su ropa de cuero y permanecí en silencio, esperando, rezando para que él permaneciese en silencio también.