País Relato - Autores

brane mozetič

el poema

Apoyo mi frente contra la pared de cristal, anochece. Fuera, la nieve que cae sin cesar lo cubre todo de blanco. Te siento, sigues sentado en el suelo, detrás de mí, detrás de la pared, cubriéndote la cabeza con las manos. Todo está tranquilo y, de allí, de ti, procede una música queda, monótona, hasta el punto de ser inapreciable; innumerables puntos delante de mí se suceden uno tras otro, el movimiento es apenas perceptible, la imagen estática, y mi cuerpo no se mueve, ni siquiera con un leve temblor. Llevo tanto tiempo, tanto tiempo sin oírte hablar, respirar, y yo solo no sé qué decir. No puedo ver más allá de los bloques de enfrente, quizás allí abajo, lejos, se extienda el suelo delante de este edificio. Los ritmos cambiantes me hacen sospechar que algo se ha movido. Doy un par de pasos de vuelta a la habitación y te veo tumbado en la esterilla, con las rodillas ligeramente dobladas, con una mano debajo de tu cabeza, y veo cómo sintonizas la radio de forma lenta pero insistente. Era de día. Ahora es casi de noche, pero apenas nos hemos movido, apenas pronunciado alguna sílaba. Me acerco, me arrodillo detrás de tu espalda, levanto mi mano con miedo para bajarla después hacia tu hombro. Cierro los ojos para no ver tu estremecimiento al tocarte, solo oigo vagamente: «No». Pero permanezco inmóvil como una silla arrimada, como si mi corazón fuera infinitamente pequeño. Parece que tus dedos se detienen y te quedas quieto, apenas rozando la existencia. Me muerdo los labios y cuento las horas de esta situación. ¿Te resultan agradables mis caricias o sientes aversión hacia todo? Me fijo en nuestras caras en el espejo, en lo que puedo descifrar. ¿La piel secándose, los párpados palpitando, toda la vaguedad de nuestro estado? Haces muecas y apenas puedes mirarme a los ojos. No pienses, susurro, sé que solo queda una salida. Despierto a mi mano y te acaricio con suavidad a través del tejido de tu ropa. Emites solo suspiros aislados, los exprimes, para que me sienta más seguro, más amado. La piel debajo de las yemas de mis dedos me impulsa hacia una pasión que aún puedo contener, pero mi boca, cada vez más deseosa de este amor, se adhiere silenciosamente como una ventosa a tu cuello, a tus orejas, a tus mejillas. Puedo sentir que tu cuerpo empieza a temblar, por fin te acercas, bajo el pretexto de que la noche, la nieve y la música te queman por dentro, chocan contra tu diafragma. Tal vez sigas apretando tus labios, pero mira, tu mano se ha escapado y me acaricia el pelo. Despojamos nuestros cuerpos de toda aquella ropa y te lleno de embriaguez, intoxicado por mi deseo. Con mis labios y con mi lengua y con mis dientes endurezco tus pezones, mientras tú agarras mis manos y mi pecho, mis muslos, bajo la cabeza entre tus piernas, y tú te das la vuelta y te acercas a las mías, y así tratamos de sacar jugos de nuestros cuerpos, para saciar nuestra sed, para inundar los restos de nuestra reconciliación. Cedes y te entregas a mí, y en tus susurros oigo que me llamas, desde allí, lejos, como si tu cabeza se hubiese ido, dejando solo el cuerpo en esta vida. Te encojes, expulsas el aire con un temblor, eso me hace feliz y me enloquece aún más, hasta que no dejo en paz ningún punto de tu piel y te aprieto con fuerza. Ah, te pones ahora de costado, acercas las manos a tus mejillas y oigo tus jadeos, tus sollozos. Tengo miedo del llanto, del sufrimiento, mientras te estoy amando, lamiendo, absorbiendo. ¿Con qué puedo aliviar este dolor, cómo puedo destruir tus sueños, cómo puedo devolverte a la realidad? Soy dulce y tierno, recorro tu cuerpo solo con la punta de la lengua y siento que reacciona, aunque tu llanto es cada vez más fuerte y te agarras la cabeza cada vez con más ahínco. El horror de ver cómo te descompones, con todo tu cuerpo sumergido en el placer, con tu cabeza padeciendo tormentos extraños, terribles, así que trato de unir tus fragmentos con mi saliva. ¿Qué puedo hacer más que amarte? Y amar tu cuerpo es amarte a ti y amarte a ti es amar tu cuerpo. No sientes que existes solo aquí y ahora, que todo lo demás es el peso del tiempo y no el tuyo, no el tuyo. Me recuesto en el colchón y te digo, ven. Vuelves la cabeza vagamente, estás de espaldas, sigues tapándote la cara con las manos cuando te acaricio las mejillas con mis dedos buscando la humedad, pero no la encuentro —tu cuerpo se resiste—. Tus sollozos se convierten en una respiración más profunda, pronto oigo cómo duermes, esta vez con dificultad, con jadeos, con encogimientos tristes de tus cuerdas vocales. En la oscuridad observo por última vez tu cara, ahora destapada, y te beso en la boca, y te estremeces una vez más, después me aprieto contra ti para escuchar tus sonidos. Delante de mis ojos aparece un desfile de locales llenos y de barras con bebidas derramadas, de aullidos de sirenas y de apetitos nocturnos por lo nuevo, por lo otro. Oigo aullar a los lobos en las laderas de los montes, el sonido penetrante de un silbato en el parque, pasos imperceptibles entre los árboles, linternas intrusas de los policías que iluminan con brutalidad las figuras desorientadas, los cuerpos abrazados, las miradas ansiosas, infundiéndoles miedo para que se extienda por sus venas, hasta que la impotencia y la desesperación ahuyentan los deseos y la realidad cae sobre la gente, que se hunde sola, sin sentirlo, en la frialdad del silencio, en el misterio de sus sueños, ellos se desmigajan como tú, y sus ojos no irradian amor, y sus muecas son terribles, y se difuminan cada vez más, apenas son reales —siento que es la última vez que he hecho el amor con tu cuerpo, ahora es de noche y el fin se acerca—.