Nino fue un caso más difícil. Hacía mucho que no lo había visto ni había oído hablar de él. Se movía en unos círculos bastante cerrados y por completo ajenos a mí. Sus miembros crearon una especie de logia: ahora se reunían en casa de uno, ahora en casa de otro y se entregaban a todo tipo de juegos. Cuando algo se complicaba, eliminaban al responsable. Cada cierto tiempo se escuchaba que habían robado a uno, que habían acuchillado a otro, que un borracho anónimo había muerto congelado, que la policía había detenido a alguien, que algunos habían desaparecido en el extranjero. Gente de toda condición rondaba esos grupos, desde pequeños empresarios y directivos hasta vagabundos. Idas y venidas secretas, un sinfín de intrigas, de llamadas telefónicas en voz baja, amenazas anónimas, neumáticos pinchados. Eso le divertía. Si no se sentía dueño de la situación, se ofendía, ponía mala cara, mordía. Llamé a un conocido, un poco mayor, y le prometí una sesión de sexo extraordinario, carne joven, un deseo descomunal, una polla larga, todo lo que se me ocurrió. Conocía sus pasiones secretas, todos los juguetes que guardaba en su armario. Quedamos por la mañana, cogimos un látigo, esposas, correas, un consolador negro, y fuimos a casa de Nino. Supuse que a esa hora estaría allí, esperando a los clientes. Aguardamos mucho tiempo delante de su puerta. Pensé en lo dulce que podía ser, todo ternura, y en todas aquellas palabras que me había susurrado —sabía conseguir lo que quería—. Me acordé de aquella vez que me hizo arrodillarme de repente para sacársela del pantalón y golpearme en la cara con ella. Me apresó, me estrujó contra la pared, me tiró del pelo, me la metió en la boca, la empujaba hacia dentro y la sacaba, mi cabeza golpeaba contra el muro y sentía náuseas cada vez más fuertes, y se la habría mordido si no hubiese tenido tanto miedo. No se corrió en mi boca, la sacó a propósito para salpicar mi cara y estuvo un rato pringándome el rostro de arriba abajo. Hasta que dejó de agarrarme y se inclinó diciendo: «Ves qué bueno eres. Es lo que tú necesitas, tragón. ¿Estás contento ahora? Venga, hazte una paja tú también. ¡Y que sea rápida!». Le debería odiar mucho o sentir vergüenza de mí mismo por dejar que me hiciera todo aquello.
La puerta se abrió por fin. Me miró con ojos desorbitados y me preguntó airadamente qué quería. «Nada, pasábamos por aquí. A mi amigo le gustaría hacer una pequeña inversión y he pensado que…». Había despertado su atención, él siempre estaba interesado en el dinero. Quizás solo en el dinero y en la humillación, o mejor dicho, en la dominación. «Estoy esperando a alguien, pero sentaos. ¿Cómo estás? Como siempre, ¿verdad, diablillo? ¿Queréis un café? Enseguida os lo preparo». Por supuesto, se había dado cuenta del aspecto elegante de mi amigo, de su traje de empresario, de su maletín, de su reloj de oro, de sus anillos, de sus cigarrillos de marca… «Debo salir un momento, tengo una cosa pendiente que hacer a dos calles de aquí. Pero volveré dentro de media hora. Vosotros dos hablad de vuestras cosas, a mí los negocios no me van». «Bueno, en realidad estoy esperando a alguien, ya sabes, algo de trabajo, pero lo arreglaré, puedo escribirle una nota para que venga mañana, y tú… solo llama a la puerta para saber que eres tú». Salí a la calle, di una vuelta a la manzana, me alejé un poco y me senté en el banco más cercano. Me resultaba difícil imaginarme qué sucedía en el piso, si solo estaban charlando o si ya se habían puesto manos a la obra. Mi conocido debía de estar entusiasmado porque no solía encontrar esa clase de chicos con tanta facilidad. Estaba acostumbrado a actuar con cautela, pues uno nunca sabe con quién se va. Y también tenía que guiarse por sus experiencias pasadas. Pero seguramente Nino se frotaba las manos, le ofrecía su cuerpo pensando en cómo sacar el máximo provecho del viejo. Les había dejado en paz para que llevasen a cabo la parte romántica y, después de media hora, llamé a la puerta. Saqué una botella de vino y se la di al inocente de Nino: «¿Qué? ¿Vamos a brindar por el cierre del trato? No me interesa lo que habéis acordado, solo que estéis contentos».
Ahora había que realizar el plan. La charla era cada vez más lasciva. Nos fuimos a la cama de Nino, que se aferraba al viejo mientras yo les colmaba de vino. Mi amigo empezó a contar chistes, Nino se tronchaba de risa, dándole golpecitos en la pierna. «Al viejo le gustan los juegos duros», le insinué. Así que Nino se levantó y se sentó sobre los hombros del viejo. «¿La notas, aquí, detrás de tu cuello, a que sí?». El otro se rio y empezó a repetir: «Menudo bicho estás tú hecho». «¿La quieres probar? ¿La quieres probar?», aullaba Nino. Se levantó, bailó en la cama, retorciéndose, comenzó a desabrocharse el pantalón mientras el viejo se empeñaba en agarrarlo. «¡Quita tus dedos sucios, aparta tus pezuñas asquerosas!». Cogió su cabeza entre las manos y le puso su miembro, todavía flácido, delante de las narices. «Venga, tú, quítale la ropa, vamos a tumbarlo», me incitó como si estuviésemos en el campo de batalla. Me acerqué de un salto y empecé a desnudar al anciano, que se relamía tragándose la polla de Nino. Cuanto Nino más empujaba su calva para acercarla a su vientre, más dura se le ponía. «Atémoslo», dijo. Saltó de la cama, metió la mano debajo y sacó unas cuerdas pringosas. «No, mi maletín», gimió mi amigo señalando la mesa. Allí estaba todo. Fui a cogerlo, lo abrí y Nino se quedó pasmado. Sujetaba como loco las esposas, atrapó al viejo por los pies, lo arrastró por la cama, se oyó un golpe, le esposó también las manos a la espalda, blandió las correas y empezó a azotarle. «Toma, cerdo asqueroso, te voy a follar como nadie». Me desvestí y le ayudé, con una mano le pegaba al viejo en el culo, con la otra le hacía una paja a Nino, quien golpeaba cada vez más fuerte, jadeaba, estaba fuera de control, mientras yo reía esperando a que juntase los pies para poder encadenárselos. Entonces me detuve para que no se corriera, abracé sus tobillos con los hierros, lo tumbé en el suelo, me tendí encima de él sin dejar de reírme. Le metí la lengua en la boca, me apreté contra él y, al mismo tiempo, liberé las manos del anciano. «¿Y si intercambiamos los papeles?», grité. Le quité la camiseta a Nino, que empezaba a force-jear a la vez que el viejo se afanaba en hacerle una buena mamada. Nino estaba otra vez a punto de correrse. ¿Era correcto lo que hacía? ¿Me vengaba o, en el fondo, él disfrutaba aún más? ¿O disfrutaba yo? Todo me daba asco, me habría gustado salir cuanto antes, abandonar aquella habitación, aquella calle, olvidarme. El viejo y yo lo pusimos de costado y le atamos las manos, la cabeza, el pecho, los muslos, lo atamos todo con sus cuerdas. Mi amigo no se despegaba de su polla mientras tensaba la soga. Cogí la vaselina, lubriqué el culo de Nino, le agarré la cabeza y le follé. No sé quién se corrió antes, si Nino o yo. Nos quedamos quietos, el viejo seguía con la polla de Nino en la boca. No sé por qué Nino no gritó, ni antes, ni después, estaba callado, como si durmiera. Mi conocido y yo nos levantamos, nos vestimos, metimos las cosas en la maleta, desatamos un par de nudos, cerramos la puerta, bajamos a la calle y no hablamos, permanecimos en silencio, y justo cuando nos separamos, él dijo: «Ha estado bien».