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brane mozetič

dos gitanos

Eran dos gitanos. Y estaban empeñados en ir a mi casa. Los dos eran pequeños, tal vez el menor tenía quince, el mayor, diecisiete años. Este era simpático, me gustaba mucho. Por activa y por pasiva ensalzaba las cualidades del más joven, el tamaño y el vigor de su miembro, solo para que pudieran venirse los dos. Querían ganarse algunas perras fuera como fuese. Casi tenía lástima de ellos y me los traje a casa. Aquí comenzaron a adularse, aún con más entusiasmo, el uno al otro; el mayor hasta le desabrochó el pantalón al joven, le sacó el rabo y lo admiró. Negociaban el precio, estaban casi desnudos, me iba a resultar difícil deshacerme de ellos. Por fortuna, un amigo los recogió y los devolvió al lugar donde los había encontrado. Eché la vista atrás, a cuando yo tenía sus años, a los juegos de los chicos en el colegio donde, durante el recreo, siempre se revolcaban y se agarraban mutuamente por las ingles. Yo me quedaba sentado aparte, excluido de aquellos juegos, y nunca comprendía por qué no me incluían, por qué no me incluía yo mismo. Solo observaba aquellos cuerpos jóvenes y deseaba estar con ellos, entre ellos, bajo aquellas manos. Con qué deseo espiaba sus paquetes en la clase de educación física, con esos pantalones tan estrechos, mientras perseguían el balón. Cómo me habría gustado estirar la mano hacia sus piernas donde ya asomaba el primer vello. Y ahora esos gitanos, que vendían sus penes con tanta soltura.
No podía quitarme la imagen del mayor de mi mente, me rondaba vivamente por la cabeza, unos días después fui a su encuentro y me lo llevé a la cama. Él no quería que nos besáramos, pero sí quería penetrarme. No dejaba de decir bobadas, me contaba que tenía novia y cómo se la tiraba. Y cuánto disfrutaba ella. El pobre ni se empalmaba, a pesar de que yo me esforzaba, aplicaba todos mis conocimientos, pero sin éxito. Lo puse a mi lado y dediqué mucho tiempo a recorrer su suave piel con mis dedos. Él estaba impaciente, tenía prisa y cuando le dije que quería pasar la noche con él, me contó su vida, que le esperaba su hermano, cuántos niños había en la familia, en qué chabola vivían, cómo debía llevar dinero a casa, si no, su hermano mayor lo mataría, que sus padres ya no vivían, me pidió que le diera algo y que lo dejara en la estación, que… Nos vestimos, lo metí en el coche y me dirigí hacia la autopista. Protestaba un poco, pero le hice callar. Conduje durante mucho tiempo, casi era de día cuando paré el coche, abrí la puerta y le eché fuera. No esperé a escuchar sus quejas y seguí mi camino, y volví, volví para estar contigo, profundamente dormido en nuestra cama, como si no hubiera pasado nada, como si te diese igual lo que hacía, como si estuvieras extremadamente contento de que te dejara en paz. Y tú, cuando tenías la edad del gitano, deambulabas por los parques deseando que alguien te tomara en serio, que viera algo más, algo más allá de tu polla, que por lo menos te dirigiera una palabra. Tú deseabas una relación más profunda que no fuera solo sexo, y ahora te da igual. Incluso ahora sería imposible que te tomara en serio, no te inmutas cuando me ves con otro, no te tiemblan los músculos, no alargas la mano para atraerme hacia ti, abrazarme, besarme y decirme que me quieres.