País Relato - Autores

brane mozetič

bailando

Di el paso que puso fin al equilibrio existente. ¿Cómo explicarlo? Fue como la imagen de J.C. bailando hacia un joven de pelo largo y de facciones anodinas, igual que en Misión imposible, acercándose lento, muy lento, en el juego de la seducción hasta unirse finalmente a otro cuerpo. Entre tantos cuerpos solo lo veía a él, y supe que era demasiado tarde, que había sido demasiado tarde desde el principio, desde siempre, que, en el fondo, ese rol nunca nos había sido asignado.
Me fijé en él por primera vez en julio, en el Quai de la Tournelle. Era la época en la que J.C. empezaba a salir con un chico un poco blandengue, a la manera en la que uno sale con alguien para ahuyentar la soledad, para ocultar la verdad que está delante de sus narices, la verdad de que al final todos estamos solos. Para aferrarse a alguien y evadirse al menos por un momento, para elevarse, al menos un poco, sobre la multitud de individuos que escrutan con la mirada, que cazan en vano, incapaces de elegir porque no hay nadie a quien elegir, porque está claro, muy claro, que cualquier elección es errónea. Eso fue en una época en la que me aburría en compañía de ellos dos, cuando estaba harto de todo y la multitud era demasiado densa y las nubes de polvo se amontonaban en mi pelo y manchaban la tela blanca, cuando, afortunadamente, el viento trajo gas lacrimógeno consigo y dejó vacío el escenario por un rato, cuando podía dejar que mis lágrimas se derramasen con motivo, cuando no solo me escocían los ojos sino también más abajo, cerca del diafragma. O, también, cuando por la mañana no quise apretarme contra la espalda de P. en la moto y preferí volver en metro, donde un chico completamente desconocido se durmió en mi hombro, y yo no me atreví a apartarlo ni quise hacerlo, y ese fue mi consuelo aunque no podría decirte de qué.
El primer encuentro fue, si quieres, accidental. Su grupo estaba muy cerca, bailando, y enseguida me fijé en él. Al principio me llamó la atención su baile, entorpecido por el rozamiento de los cuerpos cercanos, y su belleza. Pero eso fue la primera vez y por casualidad, y entonces no podía imaginarme ni por asomo las cosas que sucedieron después. En realidad, bastante menos importantes en comparación con…, al menos así te parecerá a ti, pero, como sabes, el ligero roce de las manos que sostienen cada una su vaso ya es, para mí, como un rayo en el cielo despejado. Los siguientes encuentros se confunden en mi memoria porque unas veces eran apenas momentáneos y otras dirigían el transcurso de toda la noche. Siempre ligados al baile o ligados al baile como punto de partida de todo.
Debí de ser alcanzado por aquel rayo en la Rue de la Ferronnerie; él bailaba no lejos de mí, en una pista de baile muy pequeña, o tal vez él estaba detrás de mí y le vi en el espejo. O a lo mejor yo no bailaba siquiera, sino solo observaba. Por supuesto, él no estaba solo, eran un trío, fascinante solo en la medida en que él era su centro, sitiado, servido o amado por los otros dos. Por uno al menos, eso era evidente, por el otro, quién sabe. Así fue como empezó todo. Su cuerpo, esbelto, joven; llevaba unos vaqueros ceñidos y una camiseta ancha, giraba impulsado por los golpes de la música. Sus brazos, delicados, desnudos hasta el codo, cortaban el aire, demandaban espacio; en general, su baile necesitaba aire para sus pies, que botaban al ritmo de la canción, para sus caderas que se contoneaban. Su movimiento proyectaba energía, a pesar de ser tan quebrado y tenso con las fuerzas que emitía. Su baile espasmódico era lo opuesto al mío, más suave y, sin embargo, los dos eran sorprendentemente parecidos. El suyo era un poco impaciente, expresivo, intenso, rezumaba potencia e inconformismo; el mío era nervioso, deprimido y, a la vez, apático, aunque también convulso, pero sin fuerza ni ritmo real, sin gestos que llenaran el vacío, bañado de ternura, que nunca es suficiente para llenar nada, o para que se fijen en ella siquiera, que solo se disuelve y desaparece entre las luces estroboscópicas y el tantán de la música. En los espejos, los dos formábamos una imagen acabada y nos complementábamos el uno al otro, uno detrás del otro en el espacio pero unidos en el mismo plano, uno inclinado hacia la derecha, el otro hacia la izquierda, intercambiándonos las posiciones todo el tiempo. Como dos principios diferentes —pero éramos conscientes el uno del otro—, así era nuestro baile y estábamos sumergidos en él, de modo que nuestros ojos apenas se encontraban y nuestras miradas se desviaban hacia otra parte, a algún lugar lejano, más allá del aquí y el ahora. Un roce constante de nuestras manos, choques ligeros o vistazos fugaces formaban parte del baile y nada más podría haber salido de allí. Pero era obvio que bailábamos el uno para el otro. Esto se hacía más evidente cuando él subía la escalera y me observaba desde arriba y yo sabía que me veía solo a mí, y bailaba solo para él, o después, cuando cambiábamos de posición, y él me miraba desde la pista para asegurarse de que yo estaba allí y esos movimientos eran los que teníamos que seguir. Aquella noche fue intensa y así fueron las otras noches, cuando el ritual se repetía y estaba cada vez más claro que habíamos fallado en el intento, que las cosas no se podían unir de una forma tan sencilla, que se trataba de mundos diferentes que nunca se encontrarían, que no podrían fundirse. El baile ya no era una especie de arte, era demasiado real, no era el preludio del juego amoroso o parte del mismo. Queríamos seducirnos a través de él, pero nos absorbía demasiado, nuestro deseo y nuestra obsesión por bailar, por seducir, eran demasiado fuertes para que pudiera suceder algo más. El que bailaba disfrutaba del dominio de su cuerpo y del tremendo anhelo de su admirador, pero tocarlo de otra manera que no fuese durante el baile era imposible. El baile quedaba fuera, intangible, no servía para nada en concreto, solo para el éxtasis y la impotencia de ambos. Nuestros gestos crispados, su ímpetu, mis nervios, nuestros giros solo expresaban aquel esfuerzo, aquel intento infinito por romper la distancia, por entregarse al cortejo. Podría haber ocurrido, pero, con esa repetición infinita, se convirtió en coqueteo, en encanto destinado a sí mismo y, así, el cuerpo se quedaba paralizado, la cara exhausta, los ojos lacrimosos, la boca muda. Los labios se torcían en un gesto de aflicción, de tristeza, en un sentimiento de algo imposible, inalcanzable. Todo lo demás había sido trivial. Y, sin embargo, había también placer en ello, una satisfacción emocional y una pizca de esperanza, que existía solo en la cabeza y que el cuerpo había negado, había eliminado con firmeza hacía ya mucho tiempo.
Nuestros encuentros, nuestro baile ritual, se repitieron a lo largo del verano, y nuestras constantes demostraciones, el cruce incesante de nuestras miradas, de nuestras manos, de nuestros cuerpos, nuestra lenta adaptación a los cambios de ritmo, nuestras expresiones, producían tensión, tan tirante como una cuerda, dolorosa. Yo nunca le seguí, y él nunca me siguió, e incluso cuando estábamos sentados uno al lado del otro, no mediábamos palabra, ni nos mirábamos siquiera. Cuando nuestros cuerpos no bailaban, no eran capaces de expresar nada, y nuestras bocas eran como si nunca hubiesen aprendido a hablar. Como si fuéramos miembros de una tribu primitiva bailando en honor del mismo dios, de la misma divinidad, con movimientos sagrados, solo posibles en el culto. Pero ¿a qué dios jurábamos con las manos, qué deidad habría aceptado nuestro sacrificio, cuánto tiempo hacía que el rito se había perdido en el espacio, infinito, sin objetivo, sin propósito, sin sentido, cuánto hacía que nuestro ritual había perdido su significado? Pensar en las veces que lamentaba mi pasividad, las veces que me decía a mí mismo que esto no podía seguir así, que debería acercarme a él y hablarle, o no bailar con él, para él, o ni siquiera bailar nunca más. Y, sin embargo, siempre volvía, y los dos lo sabíamos, y los dos aguardábamos nuestro momento, y ni sus acompañantes ni los míos podían interferir en nuestro juego, en nuestros papeles que nunca tenían un guión, un guión que hubiéramos necesitado durante las pausas. Y nuestros abrazos y besos de cuerpos cercanos siempre estaban destinados al otro. Él se apoyaba en el hombro de alguien, mirándome. Le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, consciente de que lo observaba. A veces me entraban ganas de golpear mi cabeza contra el suelo con desesperación, con impotencia, y entonces, de nuevo, me inundaba una felicidad duradera.
Así llegó poco a poco el otoño y, después, el invierno, y nos fuimos a la Rue St. Honoré. Allí no había espejos, ni palco, ni horribles efectos luminosos. Y el gentío nos oprimía aún más y un laberinto de pasillos nos separaba, nos alejaba. Aquí empecé a ser consciente de que le amaba, y todas las demás aventuras llegaron a ser un sucedáneo, en un lugar encontré una risa parecida a la suya, en otro, un cuerpo parecido al suyo y, en otro, movimientos de baile parecidos a los suyos. Ya te oigo decir que tardé mucho en descubrirlo. Pero ¿es cierto? ¿Y qué es enamorarse de alguien, qué es el amor, cuándo llega y cuándo se va, cuándo nos atrapa, cuándo nos suelta, cuándo nos esforzamos en amar y cuándo perdemos las ganas? No debes abandonarte, me dices, debes tener cuidado, sentir el límite cuando aún te controlas, cuando aún puedes vivir sin sentimientos demasiado profundos. Y cuando digo te amo, escucho desde el otro lado de la línea: yo ya no. Caso perdido, perdido, perdido. ¿De dónde surgen este miedo y estos límites donde todo se detiene y se encoge dentro de su caparazón? La noche llegó cuando la multitud nos apretó el uno contra el otro. Estábamos frente a frente y nuestro baile perdió su forma. Se convirtió en otra cosa. El tuyo ya no era explosivo y el mío ya no era suave, porque había cuerpos por todas partes, empujándonos, rozándonos. Hubo un tenue intento de mantener el ritmo, el espacio anterior, pero nos condujo a un mero balanceo de pies y a la impotencia de nuestras manos que bajaban hacia las demás, que tocaban, que se frotaban, con los cuerpos casi pegados. Pero este nuevo papel era completamente diferente y nos desconcertaba, tanto que él se retiró a otra parte, salió de la pista, apartándose de la cercanía más que del baile en sí, que apenas había existido. Me habría gustado cogerle su mano y apoyar mi cabeza en su hombro, pero ese no era su papel, no, eso se habría parecido demasiado a un final, a un después, cuando la seducción desaparece y el amor se diluye, se derrite, se evapora, cuando la tensión termina. Ahora sé que mi intento falló, ahora que ya está hecho. Solo unas noches más tarde, todo apuntaba a que nuestro espectáculo alcanzaría su cumbre. Pero yo tenía una concepción equivocada de qué era esa cumbre. La imaginaba lejos del escenario, entre el público, entre la aglomeración de gente que bostezaba, aplaudía, exclamaba o alzaba las manos. Éramos demasiado dependientes de seguir el ritmo, había cada vez más espacio a nuestro alrededor. Nuestros cuerpos se entregaban como enloquecidos a las pulsaciones. Solo nuestros oídos y nuestros músculos seguían funcionando, mientras nuestras miradas se nublaban, y sentíamos que se acercaba el clímax. La gente a nuestro alrededor esperaba, en la búsqueda de aquello que nunca había pertenecido al baile, y la incertidumbre se hacía insoportable. Me sentí obligado a descender, a unirme al rebaño, y entonces le hablé por primera vez. Fue como si me hubiese girado para mirar hacia el camino estrecho y los dioses me lo hubieran arrebatado, como si hubiera puesto mi cabeza en sus manos, fue así de banal. Su mirada era simpática y su voz excepcional, pero todas las réplicas surgieron de nuestras gargantas con dificultad. La trivialidad pobló el aire entre nosotros, mejor aún, fue como si el aire hubiese desaparecido, dejando atrás solo la carne, ensangrentada, que resbalaba y se extendía por la pista de baile y fuera, por las calles, que llenaba, como la lava, los rincones, las rendijas, las habitaciones, y se precipitaba en forma de cataratas al río. Todo salió mal y el tiempo se derrumbó, de modo que fue demasiado tarde, aunque quedaran su sonrisa y mis primeras lágrimas en los ojos, tan propias de este mundo, fuera de nuestro mundo anterior. Se había desmoronado y nosotros habíamos contribuido a ello, ahora podemos esforzarnos estérilmente cada noche, obsesionados con el movimiento, pero la magia se ha desvanecido, ya no hay entrega sincera, ya solo es un juego. Solo unas palabras bastaron para darnos cuenta del error y sentirnos avergonzados. El silencio, aquel silencio, la derrota —había que huir rápido, para que no se derrumbara, para que no se derrumbara—.