País Relato - Autores

brane mozetič

el olvido

Para olvidarte al menos durante un tiempo, para no pensar más en tu indiferencia, para liberarme del nudo de mi estómago, para apartar de mis ojos tu imagen, tus manos que me habían abrazado, tus labios que me habían besado, el orificio que me había absorbido, me surtí de seis amantes. Les cité de uno en uno cada dos horas exactas, insistiendo en que tenían que ser puntuales porque solo disponía de esas dos horas de tiempo libre, porque no vivía solo y mi hermana estaría haciendo cosas en la habitación antes y después, y ella, naturalmente, no sabía nada de nada.
Primero vino un estudiante muy formal que pensaba de sí mismo que era brillante y comenzó a valorar la decoración, citaba a Hesse, disertaba sobre la amistad, pero de nada le servían los pretextos, pues se veía a la legua que lo único que deseaba era irse a la cama conmigo. Gemía y hacía los ruidos apropiados, seguro que había escrutado al detalle la cantidad justa de películas porno, y se corría como lo hubiera hecho un actor. Como yo no me corrí, él puso los ojos en blanco, pero bajo la excusa de sentirme muy apurado por el tiempo, le consolé con que la próxima vez todo iría mejor, así que debía llamarme, la amistad no se podía desechar así como así.
El segundo, que debía de ser un dependiente en prácticas, empezó a aburrirme con todas las experiencias que había vivido hasta la fecha, cómo no encontraba nada serio, cómo a nadie le interesaba nada más que el sexo, y hasta cuando le estaba haciendo una mamada seguía soltándome un rollo sobre un empresario, y después sobre un maestro, y cómo tenía que huir ante la mujer de este. Solo se calló el instante en que duró su orgasmo. Ni siquiera se percataba de mi presencia y seguía divagando cuando lo eché por la puerta.
El tercero era un estudiante de instituto. Nada más verme, se puso a admirar mis ojos, aseguraba que se había enamorado de mi cuerpo, se acurrucó a mi lado, deseaba con ilusión que le hiciera una paja. Nos sobró mucho tiempo y lo empleó en describirme nuestro futuro, sin saber ni una palabra sobre mí. Me prometía que me iba a llamar tres veces al día y que me escribiría cartas a pesar de que vivía a unas calles de distancia, porque así nuestro amor sería más fuerte. Se acercaba a mí, me miraba a los ojos y cada poco me preguntaba si yo lo amaba. Le prometí de todo, hasta le hice otra paja, pues estaba claro que eso era lo que más necesitaba. Incluso le lancé besos desde la ventana. Era realmente agotador. Difícilmente podría ver algo más aparte de su polla.
Le siguió un auxiliar de vuelo, obviamente un luchador incansable por el amor homosexual. Al cabo de unos minutos de hablar con él comprendí que no tenía ni idea del amor, pero sí dominaba todo tipo de técnicas sexuales. Tal vez lo defraudé un poco porque solo me puse encima de él, se la metí y terminé bastante rápido. Tal vez porque veía tu cara delante de mis ojos y tus manos que me estimulaban. Fue bonito, al menos durante unos momentos, como si estuvieras conmigo de nuevo, como si todo fuera como había sido infinidad de veces antes. Eso hizo que me diera asco enseguida, dejé que acabara solo y me encerré en el cuarto de baño.
El quinto era un amigo tuyo, y me hacía especial ilusión montármelo con él. Comenzó a criticarte en un momento dado y luego me confesó que me habías puesto los cuernos con él y que aquel polvo no había tenido ninguna importancia, que había sido soso y torpe. Tal como tú eras, afirmó. Nos metimos en la ducha, yo estaba caliente pero no tenía ninguna esperanza ni deseo de correrme otra vez, ya había tenido suficiente. Casi lo ahogo debajo de una avalancha de agua y para que se excitara aún más apunté mi chorro caliente y amarillo directo a su cara. Abría la boca, agarraba con fuerza su miembro y, al final, se quedó tirado en el suelo. Le di unas cuantas hostias, lo insulté como era debido, era un cabrón de mucho cuidado. Aunque fuera tu amigo.
El sexto eras tú, bueno, en realidad eras el séptimo, pero el sexto nunca llegó a cruzar la puerta. Llegaste antes que él. Me tumbé en la cama, sorprendido, y tú mirabas el desorden que había a tu alrededor. No te fijaste en los muebles nuevos. No me contaste la historia de tu vida, la conocía de sobra. No me hablaste de estar enamorado —de hecho, tampoco lo hacías antes—. No sabías demasiado acerca de las técnicas sexuales. Eras un desastre en general, pero te quería. Ven aquí, te dije, y limpia con tu lengua el esperma que hay en mí. Te agachaste y te afanaste en la purificación.