K. era un intelectual. Era conocido y apreciado. A decir vedad, nunca había hablado con él. De vez en cuando leía su palabrería en los periódicos o veía sus aspavientos en televisión. Era muy distinguido. Nos movíamos en círculos completamente diferentes. Solo durante una época, cuando yo trataba de conseguir trabajo en el periódico, le veía continuamente. Me mandaran adonde me mandaran, allí estaba él, siempre en primera fila, magnífico e importante. Hace ya unos años que me enteré de sus orgías, en realidad lo supe por pura casualidad. Me llamó un chico extranjero diciendo que estaba en la ciudad, que había conseguido mi número de teléfono y que quería saber algo más de la vida nocturna de aquí, adónde ir. Le conté lo que había, y al final me dijo que al día siguiente daba una conferencia en una academia de arte. Me parecía gracioso el contraste entre un semental por la noche y un académico serio por la mañana. Busqué en el periódico y, efectivamente, descubrí un artículo entero sobre él, el anuncio de la charla e incluso una foto. Quería comparar lo que me había dicho en nuestra conversación telefónica con su intervención científica, así que me tomé la molestia de asistir a su ponencia. Es verdad que me enteré de poco, no podía dejar de imaginármelo, sin querer, ligando en los bares de ambiente, tal vez en vaqueros o, incluso, vestido de cuero, con esposas… Quería desconcertarlo, no sé por qué, y cuando terminó me acerqué para preguntarle si había tenido suerte la noche anterior. Me quedé sorprendido, pues me invitó a tomar algo y se puso a charlar largo y tendido sobre sus cosas. Cuando estábamos sentados en el vestíbulo de su hotel y, cerca, parpadeaba una pantalla de televisión, se calló de repente, se fijó en la persona que salía y dijo: «I know this guy!». Era K., por supuesto, célebre intelectual de este país, pero no me imaginaba ni de lejos que alguien podía conocerlo fuera de nuestras fronteras. Intentaba explicarle quién era ese K., pero me interrumpió con una historia sobre una fiesta en el extranjero en la que había visto a ese hombre. Claro que no se trataba de una fiesta normal, era una fiesta repleta de señores eminentes y de chicos jóvenes, estos últimos apenas llevaban algo puesto y pasaban de mano en mano. Me quedé asombrado, no me lo podía creer, pues no coincidía, de ninguna manera, con la imagen y las palabras de K. Esa misma noche me puse a marcar febrilmente números de teléfono y a indagar. Hasta me molesté en buscar una fotografía de K. para describirlo a mis interlocutores con más facilidad. Era bastante conocido, la verdad, pero había que preguntar también a la gente que no leía los periódicos, que no veía la televisión, pero que conocía muy bien los lugares secretos o, al menos, ignorados por mí. A dos amigos míos les parecía, aunque vagamente, que a lo mejor lo habían visto en una sauna. Tenía que pensar qué hacer con ese dato, y por qué me importaba siquiera, qué pretendía, si quería desenmascararlo, qué quería de él… A lo mejor quería machacarlo, ahogarlo en su propio vómito. Quizás me irritaba su esplendor, sus ínfulas, quizás estaba obsesionado con «destruirlo». Tenía claro que no podía ir a la sauna. Era muy probable que me conociera, y seguramente se habría asustado tanto que se abstendría de frecuentar aquellos lugares durante mucho tiempo. Escogí un local desde el que podía observar quién entraba en la sauna. A lo mejor mis guardias parecían insólitas, pero me quería cerciorar, con mis propios ojos, de que los rumores no eran infundados. Aparecía bastante a menudo y con regularidad. Una vez, incluso, le seguí cuando salió de la sauna y observé cómo se subía al coche y esperaba. Después de un buen rato, un joven, al que habría pescado en la sauna, se sentó a su lado.
Al día siguiente invité a comer a un amigo que acababa de salir del hospital, donde se había aburrido muchísimo. A pesar de su estado, tenía unas increíbles ganas de fiesta. Era demasiado joven y vivaz para poder vivir de forma más tranquila. Tal vez se trataba de una manera de espantar la enfermedad, bueno, nunca se lo había preguntado y creo, además, que él tampoco se lo había planteado. Le revelé mi plan. Le pareció una locura y enseguida aceptó. El día que creía que, como de costumbre, K. iba a aparecer por allí, mi amigo y yo estábamos sentados en el local. Y cuando K. llegó, él se fue detrás. Era lo bastante joven, fuerte y guapo como para que K. pudiese resistirse. Y, muy importante, era alguien completamente anónimo, sacado de la escena callejera. Su mirada, su inocencia, deberían de ayudar también. Sabía que era un especialista en esas cosas, cómo no iba a serlo si llevaba años viviendo a costa de sus amantes mayores, empresarios, carpinteros, carniceros, viajantes y similares. Era imposible hacer algo allí mismo, por supuesto, excepto entablar una agradable conversación filosófica. Le di las instrucciones necesarias, sobre todo que fingiese que entendía y admiraba la profundidad de la mente y de los conocimientos de K. y que asintiese con docilidad, de un modo agradable, claro, con la mayor delicadeza posible, y, mientras, dejara caer su toalla al suelo para que, finalmente, su miembro tieso arrobase al pensador. Los minutos pasaban con una lentitud espantosa. Hojeaba el libro que tenía delante, sin saber de lo que trataba, y echaba rápidos vistazos a la puerta de enfrente. Por fin, K. apareció, tenía bastante prisa, andaba a paso ligero. Me dirigí hacia el aparcamiento. En la penumbra vi que mi joven se acercaba al coche, se sentaba y desaparecía en la noche con el señor K. No me quedaba otro remedio que volver a casa y esperar a mi mensajero. Habíamos quedado en que, después de estar con K., sobre todo después de follárselo de una manera salvaje, vendría a mi casa para describirme detalladamente lo sucedido. Cuando llegó, me dijo que la misión estaba cumplida. Desde entonces, saludo al señor K. con mucha cortesía.