País Relato - Autores

brane mozetič

el cuarto de baño

La fiesta era deplorable. Unos se movían de un lado a otro por la habitación, otros estaban sentados, hablando. Una típica fiesta de hombres. Había al menos dos grupos, uno se deshacía en risitas, aspavientos, bailoteos, gestos amanerados, ah, chica, viste ayer a ese tío que me miraba tanto en La Gata, me puse toda mojada de pensar que podría metérmela, y todo ese pelo en el pecho, ¡qué macho!, fui incapaz de dormir, no dejé de imaginarme aquellas manazas sobre mi cuerpo, ¿y tú, te lo montarías con él? El otro era más tranquilo, más reflexivo, de voces más graves, con las bocas llenas de palabras, pero yo creo que la película no ha mostrado todo, claro, porque la industria cinematográfica americana tiene miedo, además está la cuestión del dinero que, en el fondo, es la base, y ayer, aquella discusión en la tele, ese doctor se equivocó. Él estaba en ese segundo grupo, desde siempre había sido inteligente, era difícil que alguien se fijara en él por la calle, cuidaba su compostura, vestía de una forma indudablemente distinguida, y así también comía, se peinaba, se perfumaba, en fin, era perfecto en todo. No importa cómo acabó en mi cama, pero, sin duda, era lo único que recordaba. Qué hizo, qué sabor tenía, si sentí calor al abrazarlo, si me susurró al oído, si se lavó después, si le gusté, todo eso se había perdido hacía ya mucho, probablemente no importaba siquiera. Solo me acuerdo que pasó algo, pero incluso este recuerdo es vago, borroso, incierto. También aquí, en la fiesta, daba la impresión de que había en él algo vacío aunque presumía de su juventud, de su belleza, de su sonrisa, de su imagen que se resistía a cambiar, una imagen de maniquí que te despertaba ganas de gritar y de tirarle un vaso solo para que cambiara ligeramente la expresión de su cara. Pero ¿de qué iban todos esos tíos, por qué estaban sentados aquí, tocándose, flirteando, qué tramaban, de quién era esa fiesta, qué clase de fiesta era? Entré en la cocina para beber agua, para que mis oídos descansaran del ruido, para respirar un momento. Él estaba allí, junto a la encimera. No me había dado cuenta de que había abandonado la habitación. Colocaba canapés decorados, untados con cremas exquisitas, en una bandeja grande, los ordenaba como si se tratara de una labor crucial. No era verdad que el sabor fuese más importante que el orden, más importante que la decoración con uvas, trocitos de kiwis… Me acerqué, me parecía que él estaba allí para dejar ver algo más que su superficie inmaculada. No esperé, me pegué a sus nalgas, a su espalda, abracé su pecho y bajé mi otra mano para meterla entre sus piernas. Y mientras él estaba en esa posición, con los canapés en las manos, reflexionando sobre cuál sería su mejor distribución en la bandeja ya preparada, yo lo tenía agarrado, tocaba su polla a través de la tela, después abrí la bragueta y, lo más rápido que pude, busqué su piel, su miembro desnudo, lo cogí en mi mano, se lo saqué sin dejarle hablar, le di la vuelta y me arrodillé para chupar esa cosa blanda que no era un canapé. Él seguía con los aperitivos en las manos y yo me afanaba, con toda mi destreza, en ponérsela dura, en hacerle resoplar, en que la superficie lacada empezara a resquebrajarse, a desprenderse para, entonces, dejarle allí plantado, con toda su decoración y con aquel miembro desgraciado que él tenía en tanta estima. Y, sin embargo, permaneció frío como el hielo, no quiero esto, de ninguna forma, y menos aquí, no, es mejor que me ayudes a servir este bufé frío. Me levanté, le quité con tranquilidad los canapés de las manos, llevé con solemnidad la bandeja a los dos grupos, que seguían cada cual con sus risitas y sus pedanterías, regresé, le arrastré hasta el cuarto de baño, cerré la puerta con llave y, sin poder resistirme, le pegué, empecé a golpearle en la cabeza lo más fuerte posible, tiré de la cadena para que no se oyera nada, si gritas te mato, mira, aquí tengo una cuchilla de afeitar, te corto los huevos, tú que pareces un puto escaparate, te voy a follar, agáchate ahora mismo. Le quité los pantalones, le empujé encima de la bañera y le penetré.
¿Qué me importaba más? ¿Su bella cabeza, sus firmes muslos, la armonía sorprendente de su cuerpo, la saliva que caía de su boca y goteaba en la bañera mezclada con sangre, su mirada cuando veía cómo chorreaba aquel líquido sin poder comprender que él, la estrella, el objeto de deseo de muchos maricones solitarios, el sueño de muchas chicas de instituto, permanecía tendido aquí, sobre la bañera, mientras echaba saliva y sangraba, mientras alguien lo embestía tan fuerte que le hacía daño y le escocía a la vez que le agradaba? ¿O su imagen que se fragmentaba, su brillo cubierto por el sudor, sus jadeos, su trémula erección? Tenía que golpearle, morderle, insultarle. Después se derrumbó y se sentó junto a la bañera, parecía un pedacito de mierda, me puse en cuclillas a su lado y él se apoyó en mí mirándome con sus grandes ojos. Quédate conmigo, dijo, pero fue un segundo. Me levanté. Recomponte, ahora puedes servir el postre. Salí, me detuve un momento y me uní otra vez a toda esa gente. Pero de qué tenían que hablar tanto, su palabrería se esfumaba sin dejar rastro, me preguntaba si se podía truncar el camino de un chico joven y exitoso, si un golpe bien dado podía quitarle de la cabeza al menos un poco de su falsedad, qué tipo de centrifugado sería necesario para que un cuerpo y una cabeza así pudiesen sentir algo de verdad. No hizo falta esperar mucho. Después de hacer sonar la vajilla en la cocina, salió todo acicalado con los postres, la sonrisa inalterable, empezó a charlar, volvía a mirarme como antes, con una mirada transparente; no me importaba qué quería de la vida, qué le gustaría hacer, qué objetivo perseguía o qué le hacía diferente de toda esa gente, si sus miradas eran menos vacías que la suya, su vida sexual menos aburrida… Y yo, ¿qué quería, seguía los pasos de la muerte o solo me dejaba llevar por una ira desmesurada, por una fuerza que me impulsaba a estrangularles a todos, a encadenarlos, a torturarlos hasta que comprendiesen, hasta que sintiesen algo?