intruso
Me sorprendió que me contaras que te había llamado L., un muchacho al que habías conocido hacía tiempo y con el que, según tú, no habías tenido nada en absoluto, para decirte que se iba a quedar una noche en la ciudad porque al día siguiente cogería un vuelo transoceánico, y que le gustaría verte, es decir, tener un lugar donde dormir. De las migajas que me soltabas de vez en cuando, yo ya había deducido, por supuesto, que tenías aventuras durante los meses en los que me ausentaba. El hecho en sí no me daba tanta rabia como la forma en la que lo ocultabas, lo negabas, pero, al mismo tiempo, lo insinuabas e, incluso, contabas algo. Sin embargo, aquello contradecía tus largas cartas, tus aluviones de amor, bastante convencionales, con los que yo me mostraba condescendiente porque tenía claro que procedían de las películas que veías. Pero tus aventuras se originaban en tu necesidad, en mi ausencia, o tal vez buscabas a alguien que me sustituyera, para siempre. L. apareció en la puerta, efectivamente, aunque no me habías preguntado si podía y aunque la calle estaba repleta de pequeños hoteles. Era alto, rubio, un chico guapo que podía gustar, claro. Me resultó simpático, pero eso era todo. No diría que sentía celos, no me afectaban para nada tus intentos de fastidiarme, de hacerme daño quizás, de vengarte de mí, con un tío cualquiera, que había venido a pasar la noche. Tampoco me molestaba que te pasearas casi desnudo, que le prepararas el sofá para dormir, que te rieras como si se hubiese abierto el cielo. Incluso cuando estábamos en la cama, abrazados, y chirrió la puerta y entró L., desnudo, y se nos acercó, y gimió que le gustaría dormir con nosotros, mantuve la calma a pesar de que la situación ya no me gustaba. Se lo permitiste, le dejaste espacio en tu lado de la cama, y a la vez te apartaste un poco de mí, como si nuestros cuerpos entrelazados fueran algo de lo que avergonzarse. Mi corazón empezó a latir con más fuerza, sentí que en las tres cabezas pasaba algo, sabía lo que pasaba en la mía, sabía lo que había venido a buscar L., pero no me quedaba claro qué pasaba en la tuya. Llevábamos mucho tiempo juntos, con interrupciones, no había duda de que me querías y que, de alguna forma, tus deslices eran justificables. Yo permanecía con mi cabeza sobre tu brazo y con una mano en tu pecho, de forma que mi codo tocaba tu vientre. Estaba tenso, aguzaba el oído en la oscuridad, discernía al tío que, encarándote, intentaba dormir con bastante indiferencia. Y, sin embargo, se movía, era un susurro y, después, algo tocó mi codo y volvió a desaparecer. Pensaba que solo había sido una impresión, estaba seguro de que tú, sin duda, habrías apartado al tío que yacía a tu lado si hubiese acercado su mano para tocarte. La superficie de tu vientre se agitó en un oleaje irregular, me apretaste con más fuerza, me besaste y, a la vez, apartaste de mí tu mano libre, la moviste a otra parte, hacia abajo. La seguí, lentamente, hasta toparme con los genitales ajenos, duros, que agarraba tu mano. Quería tocarte los huevos y allí estaba la mano de ese tío que se deslizaba por tu polla, dura también. Sentí calor, me mareé. Pensé en levantarme y salir de la habitación, pero me temí que no se te ocurriese siquiera seguirme. Me quedé allí y una mano ajena se movió para tocarme hasta que la aparté con torpeza. Me sobraba. Me quedé callado, subí un poco y te besé. Pero L. también subió, intentando meter su crisma entre nosotros. Empezó a lamerte la oreja y trataba de abrirse camino hacia tu boca, y tú actuabas como si lo desearas. La situación era insoportable. Quería tenerte, al menos en la cama, para mí, solo para mí, tus muestras de amor, de pasión o de necesidad tan solo, me infundían fuerzas, seguridad, sentía que alguien me deseaba, tal y como soy, mi cuerpo entero, mi saliva, mi semen, mi olor. Pero, así, todo se me venía abajo. La cabeza del intruso se deslizaba hacia abajo, se metía entre tus piernas sin demora y te la comía. Y aunque me penetraras tanto con tu lengua, no podías tranquilizarme, ante mis ojos aparecía una boca extraña que te encendía, y tu mano que agarraba fuerte una polla cualquiera, sin más, como si todo fuera tan sencillo. Aquello no me excitaba nada a pesar de que empezaste a acariciar mi polla, temblaba levemente, tal vez me dieron ganas de llorar. Te sentaste, nos destapaste totalmente a los tres, te lanzaste con la cabeza hacia mi miembro y empezaste a chuparlo. Delante de mí se desarrollaba un escena que no me gustaba nada. Le hacías una paja a él con la mano, me chupabas a mí con tu boca y él se encargaba de ti, por supuesto. Una escena corriente, a lo mejor hasta excitante si la ves desde lejos o si te encuentras en una situación así por pura casualidad. Pero no era mi caso, yo te quería, me daba asco ver que alguien te chupaba, me daba náuseas oír tus suspiros, ver que estabas disfrutando con otra persona, allí mismo, cuando no había ninguna necesidad de ello, cuando me tenías a tu lado, cuando, supuestamente, me amabas. Era una frivolidad. Casi daba igual, sin duda, con quién jadearas. ¿Qué provecho sacabas esta vez? Te moviste, te pusiste encima del tío y la parte superior de tu cuerpo quedó sobre mí, mientras me besabas, la parte inferior le penetraba a él. L. gemía, tú arqueabas tu torso, babeabas, y a mí todo ya me daba igual. Observaba tus esfuerzos, me preguntaba por qué todo eso, si solo querías presumir ante él. Y quién era ese cualquiera para que te hiciera falta presumir ante él, qué te daba él, cuántas veces te consolaba, se reía contigo, te lavaba el pelo, te aliviaba, te susurraba, qué tenía él para hacerte pensar que yo iba a soportar esta clase de trío. ¿Y con qué lógica habías asumido que nada cambiaría entre nosotros después de este contacto carnal completamente vulgar? Solo más tarde comprendí que no habías pensado nada, que yo mismo no había sospechado de qué manera tan intensa me iba a afectar. Habría sido mejor que entonces, al principio, me hubiese levantado y hubiese salido de la habitación. Tal vez no habría ocurrido nada o no habría visto todo aquello. Pero, así, te miraba a los ojos, que siempre echaba tanto de menos, intuyendo lo que estaba pasando, y tus ojos se volvían diferentes, ya no eran míos, ya no me hundía en ellos, ya no viajaba.