raíles
Un día, P. y yo decidimos buscar una víctima de verdad. Entramos en un parque y avanzamos entre los árboles, los arbustos, las siluetas oscuras que estaban allí y no se movían. Nos acercamos a una, metí mi mano entre sus piernas, pero no se inmutó. P. tiró de mí para que siguiéramos. A lo mejor no le gustaba el olor, a lo mejor no le gustaba la falta de luz. Un poco más adelante, más cerca de la carretera, donde se podían discernir las caras, interceptamos el paso a un tío que se apresuraba hacia la oscuridad. Nos pareció interesante, bajito, bastante delgado, algo nervioso, ávido de muchas cosas. Debía de tener unos veinte años, digamos que estaba más o menos empezando, despegando, iniciando su salto a la vida. Nos dimos la vuelta y le seguimos por el camino. Actuaba de manera rápida, precipitada. Corría de una figura a otra, se paraba un momento, desaparecía y volvía otra vez. Le dejamos repetir varias veces la maniobra, o sea que quería algo en concreto, y, después, cuando se nos acercó de nuevo, lo agarré y le metí enseguida la lengua en la boca, me apreté contra él y le toqué el culo con fuerza. Estaba intranquilo, temblaba, se agitaba como si tuviera prisa. Lo empujé hacia los arbustos y restregué su bragueta. Se empalmó. En ese momento me desabroché el pantalón, me la saqué, le hice arrodillarse y se la clavé en la boca. P. se acercó, me abrazó por los hombros, me besó, me susurró que él era lo que habíamos estado buscando. No podía apartar la mirada, me besó otra vez, creo que estaba feliz o, por lo menos, un poco contento. La víctima chupaba mi polla y tanteaba, con la otra mano, la polla de P. Era el momento oportuno para llevar a cabo nuestro plan. Levanté al tío, vamos a otra parte, murmuré. Sí, era el que habíamos estado buscando, nos siguió hasta la vía del tren, nos detuvimos junto al terraplén, nos acercamos a él, lo rodeamos con violencia y empezamos a quitarle la ropa. Lo sujetábamos como en un estado febril, le metíamos los dedos, le pellizcábamos, mordisqueábamos su carne. Desprendía un olor insoportable a perfume y sudaba, intentaba tomar aire, tiritaba, gemía, hasta que la situación se puso desagradable. P. le flexionó los brazos detrás de la espalda y yo le tapé la boca con un pañuelo, lo tiré al suelo, sobre aquellas piedras cortantes, le quité los zapatos, le despojé del pantalón, ahora estaba completamente desnudo, ese saco de huesos tembloroso que codiciaba las pollas, que ansiaba centenares de vidas, que quería crear Dios sabe qué. Ahora observaba asustado, pero aún así seguía lanzando miradas furtivas hacia nuestros paquetes, ahora hacia uno, ahora hacia el otro. Esperaba algo. P. y yo también esperábamos. Tal vez no era lo suficientemente tarde, tal vez las figuras todavía merodeaban por la maleza, tal vez el tren estaba demasiado lejos. Agarré mi polla, empecé a meneármela, me agaché para acercarme a la cabeza del tío, que miraba nervioso, con los ojos muy abiertos, para que la viera justo encima de él. P. hizo lo mismo, pero desde el otro lado. Ya no hacía falta sujetar al tío, se quedó quieto, debajo de nosotros, mirando con los ojos desorbitados nuestras prominentes pollas, esperando a que lo anegásemos o, quizás, a que viniera un tercero para unirse a la fiesta, a que alguien más se adentrara en él para embestirlo, embestirlo hasta el final. En lo alto se oyó un ruido. El tren se acercaba, ya estaba aquí, ya traqueteaba pasando por delante de nosotros, rápido, la estación quedaba lejos todavía. Ahora, grité. Nos levantamos, cogimos al tío por los brazos y lo arrastramos hacia arriba, hacia la vía. Lo colocamos cruzando los raíles, que seguían temblando, saqué unas cuerdas del bolsillo de mi chaqueta, le atamos las manos y las piernas, abiertas, hasta que se quedó tendido con el torso y los huevos colgando allí en medio, adonde caen las aguas residuales de los trenes. Yo tiraba de su pelo, levantaba su cabeza para que pudiera ver mi miembro mientras me acuclillaba delante de él, y P. se abalanzó encima para follárselo. Nunca le había visto disfrutar tanto. El tío intentaba liberarse, lo que era imposible, y, al mismo tiempo, acompasaba su culo al ritmo de P. Cuando P. se corrió, ocupé su lugar y P. se secó la polla frotándola contra la cabeza del tío. Me introduje hasta el fondo, paraba un rato, arañaba con las uñas su espalda, le golpeaba. La tierra comenzó a vibrar, un silbido atravesó la noche, los tres botamos y un tren pasó por la vía de al lado. P. y yo gritamos como locos, yo seguí follándome a la víctima, P. sacó el pañuelo de su boca, le metió su polla, que debía de estar sucia. La sacudida de los raíles cesaba y, después, aumentaba otra vez, ahora más y más fuerte. P. saltó a un lado, el tío empezó a gritar, a agitarse, sentí que me corría, lo embestía y, después, me desprendí de su cuerpo y salí dando vueltas cuesta abajo. El tren pasó por encima de él y algo cayó lejos; mientras yo trataba de recuperar el aliento, P. se juntó a mí, con suavidad, con cariño, me acarició el pelo y me besó.