Llamas una vez cada seis meses. Y cada vez lo mismo: ¿pero dónde te has metido?, ¿y qué tal estás?, te he buscado por todas partes, no te puedo olvidar, tú eres mi única estrella, siempre me acuerdo de ti. A lo mejor debería sentir placer al escucharte, no lo sé. A veces me parece como si te burlaras de mí. Hace tiempo aún sentía algo por ti, pero me lo tomaba demasiado en serio. No entendía que tenías que alzar el vuelo, que tenías que buscar, que era necesario que no encontraras a nadie, porque si lo hubieses encontrado, habría amenazado tu forma de ser. Tal vez tu búsqueda. Y, sin embargo, necesitas una pequeña estrella lejana que se entregue a ti una vez cada medio año. Puede ser que quieras algo más, ya sabes, aquellos revolcones en la cama, tumbarte con las piernas abiertas y recibir. Solo por una noche, porque de otra forma ya no sería interesante, no podrías idealizar, la pequeña estrella se apagaría. Llegaste así, afectado por una desgracia, claro. Es una de tus poses favoritas. Por qué te ocurrió aquella tercera desdicha probablemente no lo sepas ni tú. O tú mismo hiciste que pasara. Y así, tan desgraciado, estabas tendido a mi lado, quizás hasta sollozabas. Tenía que acariciarte el pelo, estabas tan cerca. Te apretaste contra mí, qué muchacho tan grande e infeliz. Alma vulnerable. Me dejaste recorrer tu cuerpo con mi mano, creo recordar que suspirabas, pero no sé si era de placer o de pena. ¿No es verdad que repetías, no, mejor que no, solo durmamos así, pero tu polla se erguía dentro de tu pantalón y tus músculos se tensaban y me empezaste a tocar un poco tú también? Me quedé sorprendido al ver tu verga gruesa y grande, ante mis ojos aparecieron las imágenes de cómo me la clavabas hasta el final, tú, muchacho delicado de pelo rubio, infeliz por antojo. Me la metía en la boca y tu fuerte cuerpo me animaba, tu pasividad me decía, me susurraba que me acercara. Aquella vez te la metí así, de manera un poco tímida, porque no sabía si querías que fuese más brusco, si tenía que empujar más. Tampoco sabía qué hacer contigo. Por una parte parecías amable o, en realidad, más complaciente que amable, solo servicial. No creo que nuestra unión fuera peligrosa, o a lo mejor sí lo era. Demasiadas veces parecías infeliz, demasiadas veces buscabas tus estrellas, huías, te abandonabas. Y yo tenía que deducir todo esto de lo que contabas porque envolvías, empaquetabas, enrollabas tus historietas en un polvo celeste y nunca entendía lo que pasaba en realidad. Lo que sucedía era lo habitual, lo que siempre ocurre detrás de las puertas cerradas, entre las sábanas. Ahora espero a que me llames de nuevo. Aunque siempre lo hagas en el momento más inoportuno, te digo enseguida que quiero verte, que es urgente y todo eso. Quedamos en la ciudad, escucho tus cuentos, te invito a las copas, yo también me quejo un poco, de vez en cuando te miro a los ojos profundamente, demasiado —¿qué será más efectivo, mirarte con tristeza, con picardía, con deseo o con alegría?—. Yo propongo ir a tu casa, tú piensas en una docena de sitios a los que podemos ir y encontrarnos con tal o cual aquí, o con tal o cual allá, pero yo insisto empecinado en que tengo que enseñarte algo, que vayamos a mi casa porque todavía me queda bebida y fuera hace frío y ya es tarde, aunque tú tienes que trabajar por la mañana, aunque tú no paras de hablarme de un chico con pelo negro que te fascina por su cuerpo, por su actitud, que te encantaría llamarle, entregarte a él, pasar una noche con él porque vale la pena, porque no puede ser de otra manera, porque es algo que te obsesiona, dices. A pesar de todo, acabo arrastrándote hasta mi vino, así que tu mirada se enturbia y repites qué tarde es, lo bello que era todo antes, lo amable que era yo contigo, que sigues amándome, cómo te gustaría estar conmigo, que trabajaríamos juntos, que… Como si estuvieses a punto de llorar, y si te digo que no todo está perdido, balbuceas que sí, que está perdido, está perdido, tú ya no me quieres, tú estás ahora en otra parte, no tienes tiempo para mí… Me acerco y cojo tu cara entre mis manos, estoy encima de ti y me inclino y empujo mi lengua en tu boca sin decir nada. A la vez que te voy quitando el jersey y la camisa, mis manos recorren tu cabeza, tus brazos, te desabrocho el cinturón, te levanto y tiro de ti para meterte en la cama. Me echo encima y tú te quedas quieto con la cabeza aún vuelta, te quito los pantalones y apareces desnudo debajo de mí. Así, con la camisa y el vaquero puestos, me siento sobre tu pecho, me abro la cremallera, saco mi polla, levanto un poco tu cabeza y te la meto en la boca. Trato de adaptarme a mi papel de violador, trato de mostrar la mínima ternura posible, trato de ser tu dueño, tu amo, porque siempre me parecía que era lo que necesitabas. Sigues suspirando, sigues asfixiándote, pero no ofreces ninguna resistencia. Pongo mi mano entre tus piernas, rozo tu polla tiesa y tus huevos, mis dedos toquetean tu culo, introduzco uno en el agujero, empujo. Me levanto, te abro de piernas y te unto la sustancia gelatinosa, masajeo, meto y saco el dedo durante mucho tiempo, hasta que te pones cada vez más tenso y empiezas a tirar de mí para que me eche encima, agarras mi polla y, finalmente, te la meto. Mi cuerpo choca contra el tuyo, y pienso que esto tiene que durar, que tiene que ser cada vez más impetuoso, que tengo que distraerme para no correrme pronto, para no cansarme otra vez, que puedo realizar la tarea que me has confiado. Cachondos, empapados de sudor, nos revolcamos en la cama durante mucho tiempo, cada vez más exhaustos, hasta que te corres, hasta que me corro. Quedamos tendidos, impregnados, tal vez casi ajenos el uno al otro, pero yo he decidido cargarte con un peso mayor. No solo te he metido mi semilla, te daré también el conocimiento. Porque me gustas, porque te has esforzado tanto en demostrarme que me necesitas, porque eres tan útil como para que pueda mantenerte abierto debajo de mí, hasta el final…
No sé cómo empezar. Qué palabras usar. Cómo excusarme, pedir perdón o, mejor, atacar. Tu respiración me hace saber que ya estás dormido. Tus piernas pesan y me deshago de tu abrazo con dificultad. Saco un cigarro, todo lo que llevo puesto está húmedo, viscoso. Me desnudo y tengo frío, delante de mis ojos aparece una imagen trémula de mi semilla infecciosa dentro de ti que cumplirá o no su cometido. ¿Cuál es, en el fondo, mi propósito? ¿Vengarme de todos para hacer justicia o, sencillamente, demostrarme a mí mismo que soy fuerte o alegrarme porque no estaré solo? ¿Por qué debería decírtelo? ¿Para aferrarte a mí o para que siembres tú las semillas de la muerte? ¿Cómo siento mi muerte, me es cercana, la amo y querría compartirla, es un castigo, una casualidad, todo termina cuando ya no exista, te necesito? ¿Tengo que violarte para que te quedes conmigo, para que vivas más rápido, trabajes más rápido, para dejarte seco? ¿O para ser capaz de atraerte hacia mí, de tal manera que no descanses nunca más y ser tu amo, el dueño de tu vida, de tu muerte?
Cuando me despierto, sigues durmiendo inmóvil, boca abajo, aparto la manta y observo tu cuerpo. Con cuidado, para que no te despiertes, lo recorro, de modo que vuelvo a desearte, o a desearte de verdad, solo ahora. Me tumbo encima de ti, te beso la espalda con suavidad, veo que tienes los ojos abiertos, me deslizo dentro de ti y me entrego con lentitud a los movimientos escurridizos, examinando tu interior, aunque al principio aprietas los dientes y después respiras de modo más profundo. Así hasta el final. Cuando me quedo quieto me pregunto cómo es posible que no tengas miedo, por qué no dijiste que no, por qué no te has apartado, por qué no has mencionado la muerte. ¿Será posible que te fíes tanto? ¿Y de quién puedes fiarte? ¿Cómo puedes? Como si yo supiera algo. ¿Tanto te gusta jugar, entregarte al destino, no puedes prescindir del esperma inyectándose dentro de ti, goteando en tu boca, de lamerlo, de que alguien te llene…? ¿Cómo sabes que no hay muerte en mí, que no te la acabo de pasar como un regalo, el mayor placer, la rápida descomposición, la reducción de una vida a unos pocos años? Estás callado; ¿no te dejo decir ni una palabra? ¿No eres acaso el mensajero de la muerte, que me marcaste hace mucho con la intención de obtener tu estrella del firmamento, de destrozar mi trabajo, mi alegría, mi salud, o porque sí, porque ni siquiera pensabas en ello, por deleite, con un contacto estrecho, cuando te abriste, cuando deseaste…? Ahora puedo oír aquella amargura, siento la desesperación en mi voz, veo cómo se abren sus ojos mientras mi miembro descansa dentro de él. Estoy adherido a la piel, al cuerpo que se secará, que será polvo, y estos ojos seguirán mirando desorbitados, aún después de muertos… Si me hubieras llamado más a menudo, si te hubieras acordado de mí con más frecuencia, sabrías que estuve enfermo, que tardó dos semanas en bajarme la fiebre y que me dijeron que estaba infectado, que moriría antes que mis antiguos compañeros de clase, probablemente antes que mis viejos, tal vez antes de lo que pensaba. Sabrías que algo estaba mal. Y que a lo mejor a ti también te pasa algo o que te pasará ahora que estoy dentro de ti, o quizás que justo ahora todo irá bien porque estaremos conectados, porque estaremos unidos y mi muerte también será la tuya y… ¿Te has despertado como si algo se hubiese movido, has cerrado los ojos? ¿En qué piensas? Ahora estoy callado y te observo, te abandono lentamente como si me sintiese culpable, me aparto de ti, me tapo y espero, espero aún cuando te levantas, tal vez confuso, y te vistes mientras el semen y una sustancia pegajosa resbalan por tu muslo, espero aún cuando recoges algo del suelo, cierras la puerta detrás de ti y ya no estás. Lo sé, estoy exhausto, apenas he podido llevar a cabo este papel de amo, pero volverás, quizás hoy, quizás mañana —la carga pesa demasiado—.