País Relato - Autores

brane mozetič

el vídeo

Tom era bailarín. Muy alto, unos dos metros, delgado pero fuerte. Tenía el pelo largo y rubio, era guapo. Odiaba los sitios de ambiente aunque siempre los frecuentaba. Era muy presumido, contemplaba a la gente y bailaba en la pista como si fuera alguien importante. No era un buen bailarín porque siempre repetía los mismos movimientos, los mismos gestos, una y otra vez. Y, sin embargo, se consideraba a sí mismo un bien preciado. También hablaba como si todo lo relativo a él fuera importante. La primera vez que lo vi, me contó su vida entera, como si leyera su papel en un guión. Cómo se había enamorado de un compañero de clase en el colegio, qué pesados habían sido sus viejos, con qué impotencia había buscado a un amigo, me contó todo, desde la grave enfermedad de su tía hasta que no soportaba los pelos de gato. Se calló el dato de que solía ir a los parques y las saunas. Porque acusaba a los demás de tirarse a cualquiera mientras que él era completamente diferente. Estaba obsesionado con las películas porno, no lo dijo de modo explícito, pero casi. Por eso precisamente apareció en mi casa. Grande e imponente, se sentaba delante de la televisión, clavando los ojos en la pantalla. Rebobinaba las cintas hacia adelante y hacia atrás, paraba la imagen, observaba de cerca las pollas enormes que entraban y salían de las bocas, babeaba cuando el semen brotaba a cámara lenta hasta que salpicaba la pantalla, es decir, a él, mientras se abría de piernas, mientras se agarraba la polla y se pajeaba. No paraba ni después de correrse, continuaba, temeroso de que se le escapara algo. Yo estaba sentado a su lado, contemplando las escenas, observándole a él absorto, viendo cómo su mano seguía los acontecimientos de la película, en la que unos jóvenes fornidos gemían y resoplaban al jugue-tear con sus blandas pollas, que nunca llegaban a empalmarse, y se corrían así, con los miembros flácidos. Me hacían gracia sus caras, sus ojos desorbitados, resollaban como si fueran animales en una matanza, se lanzaban hacia los paquetes como si se hubiesen perdido en el desierto, en fin, uno podía estar muy entretenido mirando a Tom y a la pantalla. Y todos esos cuerpos, todas esas caras, nunca sonreían, y Tom tampoco. Siempre estaba serio. A mí apenas me tocaba y yo tampoco le quería molestar. Por una parte, me llegó a producir repulsión, la forma en la que hablaba y cómo se comportaba. Cada vez lo odiaba más y no tenía claro del todo por qué le aguantaba. Me preguntaba para qué me servía todo aquello, sus relatos estúpidos, las sesiones de porno, sus masturbaciones en mi cama. ¿Me hacía falta un estímulo más fuerte para actuar, para decirle que ya era suficiente, para pegarle, para detener el vídeo, para sacar a patadas a ese falso bailarín, para echarle fuera, fuera de mi mundo? ¿Por qué le soportaba a pesar de que me resultaba tan repugnante? Venía a mi casa como a un hotel. Nunca traía nada, nunca me invitaba, más bien al contrario. Aunque parecía tener bastante dinero. Ropa, viajes, cenas, lo tenía todo a su alcance. Se centraba en sí mismo, en su bolsillo, en su polla. Sería raro que tuviera amigos. Más bien me parecía que no sabía lo que era la amistad, que no tenía ni idea de lo que era el amor o las emociones, que funcionaba de la misma forma que los tíos en las películas porno. Era como todos los maricones.
Eso me sacaba de quicio, la imposibilidad de encontrar en alguien a un ser humano capaz de sentir algo por otro. Iba de la cocina a la habitación, de la habitación a la cocina, contando mis pasos, la ira creciendo dentro de mí al ritmo de los gemidos procedentes de la televisión. Saqué un cuchillo del cajón y empecé a afilarlo, con lentitud, de manera que se podía escuchar el agudo deslizar de la hoja, como antes de la matanza de un cerdo que está a punto de chillar con estridencia. Estaba por todas partes, ese gran bailarín, ese obseso del porno, podía esconderse entre las cartas, podía ser un joven con buena pinta que buscaba a otro para encuentros íntimos. O uno que quería compañía, o incluso algo más. Aparecía en todos los anuncios de contactos: ahora llevaba ropa interior femenina, ahora se lamentaba frustrado por ser diferente y anhelaba vivir satisfecho, ahora se ofrecía a obedecer, a limpiar las botas, a poner la boca, a poner el culo… Estaba recostado allí, con las piernas abiertas, estirado, entre recortes de anuncios, cintas, revistas porno, su miembro le colgaba entre las piernas, asqueroso, resbaladizo, blancuzco. Me abalancé sobre él, lo agarré y lo rajé. Aulló, se retorció, la sangre empezó a brotar, gritaba como un poseso aunque el tajo no era profundo. Lo golpeaba, le tiraba del pelo, cierra el pico, si no, te la corto. Sabía que eso le haría reaccionar, se puso a saltar de un lado a otro, examinándose a ver si aún la conservaba, y la pantalla dejó de tener importancia, ya todo daba igual. Muévete y desaparece de aquí mientras puedas, le dije. Se tranquilizó, estaba muy asustado, aquello había sido demasiado. ¿Adónde voy a ir así? Estás loco, llama a la ambulancia. Desaparece. Volví a coger el cuchillo. ¿De verdad daba tanto miedo? No gritaba: venga, mátame, clávamelo, no quiero vivir así; ni tampoco suplicaba: ten piedad, mira, estoy sangrando. Podría haberle obligado a que se pusiese de rodillas y habérmelo follado, pero solo esperé a que se vistiera, le metí un par de pañuelos de papel en el pantalón y lo eché de casa. Esos tíos fornidos en plena acción, salpicados con su sangre, constituían una bonita imagen. Me sentí ligero, sonreí, me encendí un cigarrillo. Sabía que me había librado de él y que ya no había nada más que buscar.