Me despertó una llamada de teléfono. Casi nunca me llaman completos desconocidos. Se presentó diciendo que su nombre era Iván: «No nos gusta que estés todo el tiempo escribiendo y cascando sobre los gais. No somos especiales y no hace falta que se hable tanto de nosotros. ¿Tú qué te crees? Queremos estar tranquilos. Esos cuatro maricas que te rodean tal vez piensen lo mismo que tú, pero el resto no estamos de acuerdo. No queremos ningún tipo de publicidad. ¿Qué intentas conseguir, ser una estrella mediática? ¿A costa de nosotros? Somos gente normal, hacemos el amor con alguien del mismo sexo, ¿y qué? Esto no significa que necesitemos a nadie como tú. Hasta ahora todo iba bien, pero tú, llamando la atención, nos perjudicas». Escuchaba, solo escuchaba, sin poder decidir siquiera qué significaba aquella llamada. Lo único que estaba claro es que no se trataba de un tío que no fuera gay. Pero le molestaba que se hablara de ello. Me quedé paralizado, con el auricular en la mano mientras trataba de decir algo como: pero si… Pero él no desistió. Al contrario. Se puso agresivo. Empezó a amenazarme con cosas como «te daremos tal paliza que no podrás ponerte nunca más delante de una cámara». «Recuérdalo y piensa un poco», fue lo último que dijo.
Era de noche, más tarde. Sus palabras me golpeaban la cabeza, chocaban contra mis ideas, las destruían, las deformaban. Pasaba por delante de los locales, viendo las caras de conocidos que andaban por ahí. Me parecían diferentes, mis pasos también eran distintos, iba con cautela, como si alguien fuera a abalanzarse sobre mí con un cuchillo. Entré por una puerta que vibraba por la música. En las mesas, por todas partes, se movían tipos con los que había estado, con los que estaría más adelante. Hasta ahora nadie me había acuchillado —¿habían deseado hacerlo, tal vez?—. Un señor mayor estaba sentado aparte, iba bien vestido, con un pañuelo al cuello de color violeta. Cogió su vaso, tal vez de Martini, lo levantó con ademanes exquisitos, se lo llevó a la boca, mojó tan solo su lengua, se relamió. Miraba a su alrededor con atención, sonreía, asentía con la cabeza en señal de saludo, de una manera casi teatral. Sacó otro pañuelo para secarse con suavidad los labios. Iba maquillado, tal vez también se tiñera el pelo o llevara una peluca. Debía de tener unos sesenta años. De vez en cuando alguien se sentaba a su lado, algún muchacho con pantalón corto o sin camiseta, para que el viejo le ofreciera su tabaco de la mejor marca, le pidiera la mejor bebida. Se permitía dar unas palmaditas en la mano de su invitado, a veces incluso en las rodillas. Yo estaba sentado en la barra, preguntándome si ese era Iván o si Iván era aquel otro chaval que acababa de pasar o si todos allí eran Iván.
Me acordé de ti cuando me dijiste que había cosas que nunca me contarías, así de simple. ¿No era esto algo parecido? Te tumbabas y pensabas en Dios sabe qué, en quién. Cuando te tocaba, me parecía como si, de alguna forma, estuviera en casa, abrigado, tranquilo. Era algo completamente distinto a los magreos en algún lugar del bosque, los jadeos, aquel nudo en la garganta cuando uno se va, el temblor de la mano que apunta inútilmente el número de teléfono. ¿Pero cómo podía ser distinto, si estabas muy lejos, siempre buscando, cazando sin descanso otros cuerpos, otros miembros, otras lenguas? Solo cuando te quedabas así, tumbado, parecía que estabas tranquilo. ¿No eras tú mismo ese Iván, y no lo eran todos esos cuerpos que se te cruzaban veloces en la mente?
Bajé al sótano. Unos dos centenares de muchachos saltaban en la pista de baile. Sus rostros desprendían gotas de sudor, algunos estaban medio desnudos, entregaban su piel y sus músculos al ritmo de la canción, a los roces de las manos, a las miradas fugaces, robadas. La música estaba alta, lo que impedía cualquier clase de conversación. Algunos esperaban a lo largo de la escalera que conducía a una planta más baja. La escalera era oscura y bastante frecuentada. Los tíos, sencillamente, estaban allí y aguardaban. Otros subían y bajaban. Poco a poco tuve que poner más cuidado por dónde andaba. Abajo había lámparas pequeñas que emitían una luz roja, apenas tan fuerte como para discernir los contornos de las figuras. Aquí hacía más fresco, el ambiente era más tranquilo, más lento. Las lucecitas eran cada vez más escasas, y había cada vez más tíos. No se apartaron cuando pasé. Me olían, me tocaban. Unos me cogían de los brazos, otros se recreaban en mi bragueta. Seguí andando, adentrándome más en la profundidad. Había cada vez más cuerpos desnudos. Ahora mis manos chocaban contra los miembros duros. Me paré para agacharme, para sentir su calor. Otras manos empezaron a desnudarme despacio. Me moví hacia la pared, hasta una especie de repisa, y me senté en ella. Les dejé hacer todo lo que se les ocurría. Sentía el sudor ajeno, el esperma que me bañó la cara, la impaciencia de los cuerpos, desconocidos, irreconocibles, ajenos; no sentía ningún tipo de calor. Estaba en otra parte, entre las palabras que me decían que mi camino era el equivocado, que mis deseos, mis sueños, mis tentativas eran erróneas, que nunca conseguiría algo más que eso, ese avanzar resbaladizo en la oscuridad cuando todo tipo de gotas se deslizaban por la piel, cuando todas las cosas posibles se metían en ti y no te dejaban respirar. Aquí no habría habido ningún problema en cortar con un cuchillo y atravesar un par de gargantas; habrían quedado bastantes, contentas de que cayese alguna gota también en su lengua. Por una puerta accedí a un pasillo que conducía a las duchas. El ambiente era más luminoso y había menos tíos. Apenas alguno me tocaba. Estaba en la ducha, limpiándome de los cuerpos que me habían rozado. Pensé en el señor que estaba dos plantas más arriba, haciendo reverencias. Deseé estar contigo y en calma. Que tú estuvieses conmigo, siempre.