País Relato - Autores

brane mozetič

g.

Algo rozó mi cara, una especie de bolita de papel. Eché un vistazo alrededor para ver de dónde había venido. Todos saltaban en la pista de baile, no parecía que alguien en concreto me hubiese querido dar con la bolita. Me retiré a otra sala y por un momento tuve la sensación de sobrar, de molestar expresamente a alguien. Estaba aburrido, solo esperaba a que se hiciera de día para irme a casa. Había pasado toda la noche fuera, estaba muy cansado. Volví a la pista de baile, me senté en el borde, consultando con insistencia el reloj. A mi lado se divertían unos negros, se empujaban y exhibían sus blancas dentaduras. Volví a ponerme de pie, no estaba a gusto, me fui a la planta de arriba y recogí mis cosas del ropero. Me puse la chaqueta, bajé otra vez. Los tíos salían poco a poco, solo los más incansables seguían bailando y, por supuesto, también los ligones más insaciables. Estos iban frenéticamente de una sala a otra, subían y bajaban las escaleras, sitiaban los aseos, esperaban en los estrechos pasillos. Iba a subir cuando alguien apareció detrás y me tiró de una manga. Dijo algo, pero no lo oí o no lo entendí. Me sonaba demasiado extraño. Y, además, llevaba toda la noche sin decir una palabra, sin que nadie me dirigiera una palabra. Se acercó y me dijo que a su amigo le gustaría conocerme. Era un chico negro, alto, que trataba de conseguir, casi suplicar, que volviese a la pista de baile. Sonreí como si quisiera decir tal vez, bueno, vale, tengo mucho tiempo. Si alguna vez alguien intentaba ligar conmigo, yo siempre adoptaba una postura defensiva, casi de rechazo. Así que tú eres el que quiere conocerme, le dije al chico de piel marrón oscuro que me habían presentado. Llevaba una camiseta de rejilla sin mangas y tenía una piel preciosa. Le había visto antes, de hecho se me había acercado unas cuantas veces. Más tarde me dijo que le había atraído mi triste mirada. Me observaba apoyado en la pared, tal vez le daba vergüenza, pero me pegué a él rápidamente. Un temblor se apoderó de todo mi cuerpo. Me sujeté primero en la pared con una mano, después la puse sin demora en su cintura y empecé a apretar su piel. Me preguntó por qué temblaba tanto y yo me acerqué más, restregándome contra él. Tenía un cuerpo fuerte, me aturdía, nos besamos y yo miraba sus dientes blancos, sus labios rojos, sus ojos marrones y no me lo podía creer. Nunca antes había tocado a un negro, nunca antes había hablado con alguno, aunque me gustaban. No teníamos mucho tiempo. Parecía que él y sus amigos también se iban. Todo ocurría con cierta prisa. Se acercaban tíos y preguntaban algo en una lengua bastante extraña que yo no entendía. Me contó que podía llevarme a casa y que tenía que llevar a sus amigos también. Le dije que bien y salí a la calle. Los demás tardaron en salir, en despedirse de los que quedaban, pasó un rato hasta que G. recorrió la distancia entre los dos coches de su grupo, mientras que yo esperaba allí como un sujeto perdido. Él no era nada tímido, al contrario, gritaba a los del otro lado de la calle, se reía y hacía aspavientos. Al final nos metimos cinco en su coche, parecía suyo porque él se sentó al volante. Yo me senté a su lado, detrás se sentaron los otros tres. Cuando arrancó, un pavor repentino se apoderó de mí. No sé de dónde me había venido la idea, pero sentí terror al darme cuenta de que estaba en un coche con cuatro desconocidos, con cuatro negros, en una ciudad extranjera donde nadie me conocía, donde podía pasarme cualquier cosa. G. conducía a toda pastilla por las calles vacías y me acariciaba el muslo con una mano. Decía algo a los de atrás, algo incomprensible para mí, lo que me resultaba aún más angustioso, tenía muchas ganas de que llegásemos a donde me alojaba. Cuando paró, no lejos de allí, me entró una prisa descomunal por bajarme del coche. Le di mi número de teléfono y salí disparado. Era una locura, pero seguí corriendo por la calle, hasta alcanzar mi puerta. Volvía la cabeza a ver si me seguían. No tenía ninguna lógica. Busqué las llaves y solo después de cerrar la puerta me quedé tranquilo. Solo entonces me acordé de él. Tenía serias dudas de que me fuera a llamar después de todo.
Lo hizo, al día siguiente. Quería verme y quedamos esa misma noche. Una cita como cualquier primera cita. Sentía un nudo en la garganta, un temor al preguntarme si aparecería, si vendría, y cierto miedo ante lo que podía ocurrir y un nerviosismo parecido al que tiene un actor antes de salir al escenario. ¿De qué hablar cuando quería, más que nada, irme a la cama con él, y cuando era eso precisamente lo que me asustaba? Sí, deseaba quedármelo, deseaba tenerlo, aunque apenas sabía algo de él, aunque no nos habíamos acostado todavía. No quería ir a mi piso, prefería llevarme a su casa. Estábamos de nuevo juntos en el coche, nos dirigíamos hacia un lugar desconocido, bastante apartado de la ciudad. Pero no me violó, no me tiró al río, no me echó al suelo ni me atropelló en la carretera. Primero preparó algo para cenar, dando saltitos sin parar, y yo deseaba que se sentara a mi lado, besarlo, apretar sus manos, saborear su piel. Estaba atrapado y quería infiltrarme en cada uno de sus poros, desnudarlo.
Entonces no podía imaginarme que, más tarde, desertaría por él, ni que por él tendría problemas en los hoteles de Eslovenia, ni que los jóvenes literatos eslovenos chismorrearían sobre él, ni que saldría en televisión, ni que me llamaría después de mucho tiempo, solo para charlar un poco, y que entonces, al colgar el teléfono, me daría cuenta de que habían pasado exactamente ocho años desde que aquella bolita de papel me golpeó en la cara.