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brane mozetič

el sexto

El sexto se presentó de nuevo al día siguiente. Yo no tenía fuerzas, pero él no tardó en desplegar toda su energía a mi alrededor. De alguna manera, eso me hundió todavía más, pues demostraba que estaba exhausto, que algo pasaba dentro de mí, que algo me corroía, que me diluía. Era amable, me abrazaba y me trataba como si fuera un niño. Sentía que me hacía cada vez más pequeño, más frágil. Me quitó la ropa despacio y recorrió mi cuerpo con su lengua. Como si no quisiera romperme. Luego me tumbó en la cama y me ató. Vi cómo se desnudaba, cómo se recostaba encima de mí y cómo me embadurnaba con una especie de aceite. Como si fuera un bálsamo que me devolviera el ímpetu. Me besaba durante mucho tiempo, esquivaba mis manos, se echaba sobre mí y me daba a probar su polla larga y gorda. Estiré el cuello y saqué la lengua para que no se me escapara, pero en vano. De vez en cuando se levantaba y me dejaba solo. Después volvía, me daba un masaje, fuerte, y, a continuación, otro tan suave que apenas me tocaba. Deseaba que se tumbara encima de mí, que me penetrara, que me salpicara la cara para poder saborear su semen, que exprimiera de su cuerpo todo lo que se había bebido y me regara con su chorro, caliente, salado. Deseaba olvidarlo todo, solo sentirlo a él, sentir cómo me lo hacía. Llevaba un buen rato excitándome con sus manos, y cuando por fin me la metió con fuerza, grité. Solo entonces soltó mis piernas y mis brazos, para que pudiera abrirme, para que pudiera aferrarme a él y animarle en su tarea. Mientras me embestía, lo sentía dentro de mí profundamente; esperaba que me sacase las entrañas por las que fluían mis recuerdos, mis miedos, mi horror ante la posibilidad de que me llenara con una energía nueva, con una vida nueva o, incluso, con la muerte, me daba totalmente igual.
Cuando, después, yacía allí, cubierto de semen, me acurruqué hasta hacerme diminuto, invisible para él. Alargué mi brazo y toqué la almohada con la mano y sentí mucha pena. Ahí estaba tu brazo, que me apretó con dulzura, apoyé la cabeza en tu hombro, mis dedos rozaron tu vello al posarse en tu pecho; te contemplaba, me sentía en casa, feliz. Así querría morir.