País Relato - Autores

brane mozetič

el alcalde

La obsesión se hacía cada vez más intensa. Si al principio sabía, más o menos, hacía dónde me llevaba la fuerza que escondía dentro de mí, sus intenciones llegaron a ser, más tarde, inciertas e incomprensibles. Esa violencia estallaba en todas las direcciones. La selección de objetivos ya no estaba tan clara, el círculo se hacía más grande, la energía crecía más fuerte. Por una insólita casualidad recibí una invitación para asistir a un estreno. Se reunió la flor y nata de la sociedad, por decirlo así, todos alardeaban nada más entrar por la puerta, sonreían, saludaban, exhibían sus trajes. ¿Cómo era posible que me hubiesen invitado precisamente a mí? La actuación se correspondía con el evento, se trataba de una obra de teatro popular, con gente correteando por el escenario, con giros de la trama que hacían las delicias del público. La situación era sencilla. Yo estaba sentado en el palco y me entretenía observando a los invitados en el patio de butacas. Allí estaban las corbatas, los fracs y las sotanas, las damas atractivas vestidas de encaje, los artistas de melena larga con sus dedos sucios, los críticos elegantes y, por supuesto, sus señoras, que no dejaban de hablar en los intermedios. En esos momentos me llevaban de un lado a otro, me ofrecían sus sudorosas manos, me invitaban a todas partes. Todo aquello me resultaba muy extraño, pero no me torturaba a mí mismo preguntándome por qué, cómo o con qué intención. Tal vez, eso sí, me habría apetecido seguir a algún crítico lisonjero cuando entraba en los aseos, pero mi atención se desvió a causa de la insistente persuasión de una persona que venía de un monasterio cercano y me recomendaba visitar su biblioteca. Y a causa de una señora que me decía que tenía que participar en una peregrinación, y de otro señor mayor que no podía dejar de describirme el pintoresco camino de la romería, la belleza de los frescos de la iglesia y la luz que podía salvar al mundo contemporáneo que se precipitaba al abismo. Se trataba, claro, del alcalde de un pueblo que era, a la vez, una conocida eminencia de la ciudad. Aunque era gordo, calvo, de sanas mejillas coloradas, lo cierto es que me atraía su verborrea sobre la buena educación —a saber, tenía siete hijos—, sobre la desmoralización cada vez mayor de nuestro país y sobre las virtudes de los padres. Un impulso interior me llevó a modificar un poco mis planes para que la visita fuera más divertida y algo diferente. Decidí participar en aquella procesión tan elogiada, que terminaría en una fiesta popular, pero me pondría la vestimenta apropiada, es decir, el traje regional, y aún más, el traje regional de mujer. Porque quería echar un par de bailes con mi anfitrión.
El domingo en cuestión me dirigí, con mi ostentoso atuendo, al pueblo, al encuentro de mi alcalde. Estaba anocheciendo, la fiesta había empezado y el sol ya no quemaba. Mi fervor tampoco era tan grande como para perder un día entero por él y aguantar sus largas letanías. Me paré junto al cementerio, bien oculto detrás de los árboles y bastante lejos, lo suficiente, del escenario. Entonces saqué todo lo que necesitaba, me metí en una pequeña capilla y comencé a cambiarme. En un día así era improbable que alguien me pillara allí. Cuando terminé de maquillarme las mejillas, estaba listo. Entonces me fui andando, exultante, por un camino entre los árboles, bajé a la carretera, por la que, entre los gritos de júbilo, caminaban hombres alegres hacia la misma dirección, por la que otros iban en carretas, y las muchachas abrían sus parasoles. Era muy agradable pasear así entre ellos, los chicos levantaban sus sombreros, podía sentir cómo se les abultaba el pantalón, cómo me miraban, cómo les enardecía el vino y cómo se veían ya en un pajar cercano. En el escenario bailaban felices las parejas, las faldas volaban, el acordeón sonaba. Olía bien, a comidas tradicionales y a tabaco. Los hombres estaban sentados en grupos y hablaban de cosas transcendentales. Las personalidades importantes permanecían debajo de un tilo, controlando la situación y acercándose de vez en cuando las copas a la boca. El alcalde estaba allí, su calva brillaba con solemnidad, el sudor se derramaba por su cara, sus mejillas relucían, su boca se reía de manera automática. No lo dudé, me acerqué a los hombres para que él se percatara de mi presencia, clavé los ojos en la gente que bailaba, moví un poco mis rodillas e hice una mueca de descontento con los labios. De vez en cuando dirigía mi mirada hacia el alcalde. Y en toda esa palabrería oí de repente: «¿Qué te pasa, mozuela?». Se acercó preguntándome si no me divertía. «Oh, la gente es tan mala», entorné los ojos para, después, fijarlos en él, y él respondió: «No digas eso, no digas eso». Me abrazó por la cintura, preguntando por qué me rondaban esos pensamientos. Era un alcalde de verdad. Le empecé a exponer mi triste historia sin poder parar, tenía muchísimos sucesos que contarle, de modo que empezó a suspirar él también. Nos sentamos en un banco cercano y él me escuchaba, me echaba vino, se lo echaba a él mismo, mientras me daba golpecitos cada vez con más frecuencia, digamos, por todas partes. Cuando comencé a liarme en mi propia historia, preferí callarme y miré al escenario. «¿Te gustaría echarte un bailecito?», me dijo. Claro, así me resultaría más fácil agarrarlo, lanzarle algún piropo, colgarme de él, a pesar de que cada vez se ponía más rojo. No, no sería suficiente que le diera un patatús. Fingí haberme quedado sin aliento y le pedí que hiciésemos una pequeña pausa, y exclamé, con miedo: «Ay de mí, ya es de noche, ¿qué dirá mi madre?». Estaba a punto de sollozar diciendo que nuestro pueblo quedaba lejos, que era tarde, que nunca se sabe lo que se esconde detrás de un arbusto. Era lo que él había estado esperando con ilusión, porque enseguida se apresuró a mencionarme que tenía coche, se ofreció a llevarme, me levantó del banco y comenzó a darme empujoncitos hacia la multitud de vehículos aparcados. Él debía de haber abrillantado su limusina durante el baile, pues estaba reluciente. Con todas las capas de tela me resultó difícil sentarme en el asiento y, después de la primera curva, fingí que se me cortaba la respiración. El cementerio estaba cerca. «A lo mejor necesito un poco de aire fresco», balbucí. El señor paró y me ayudó a salir del coche. Había anochecido, se oía la música, unos festejaban alegres, otros se habían perdido ya en la maleza, allí no había nadie con el tiempo suficiente o la cabeza despejada para observarnos. El alcalde me cogió de la mano, diciendo algo acerca de llevar una vida sana. Nos apartamos un poco de la carretera y bajamos hacia los montones de heno porque yo quería descansar allí, sentadita. Ahora tampoco el alcalde perdía el tiempo. Me acarició la mano, me abrazó la cintura y me tiró sobre la paja. Bajó hasta mis senos, lo cual era peligroso, así que le di la vuelta para que se quedara tendido de espaldas y empecé a magrearlo. Enseguida saqué su picha blanda y se la comí, de modo que el viejo resoplaba cada vez más. Cuando se empalmó, me puse en cuclillas y me la metí. Comencé a botar sobre el alcalde, cada vez más sofocado, soltaba imbecilidades y babeaba. Se corrió con un gemido espantoso y se quedó inmóvil como un muerto. Le tiré de las orejas durante un rato, después me levanté de golpe, me subí la falda, liberé mi verga oculta y la agité encima de su cabeza. «Toma ahora un poco de mi pequeño coñito», dije entre dientes ante sus ojos desorbitados, me apreté fuerte y expulsé de un chorro aquel vino que el señor me había estado echando en la copa antes de bailar. Abría la boca, intentaba huir, pero estaba demasiado exhausto. Cuando me quedé aliviado, le di un par de patadas en los huevos y volví al cementerio.