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brane mozetič

hoja de afeitar

Con él todo era diferente. Fue el primero después de una relación que había tenido durante muchos años. ¿O quería solo prolongar aquello, resucitarlo? Era otoño. Estaba otra vez, sin ningún objetivo concreto, en la discoteca. Las caras me parecían borrosas, los cuerpos se tambaleaban, los brazos aleteaban cortando el aire. Y, sin embargo, me movía rápido por la pista, parecía como si me hubiese perdido, pues era una de esas noches que pasan sin que uno apenas hable con nadie y en las que uno piensa en cómo le gustaría estar abrazado a alguien en la cama, para toda la vida. Tanto lo primero como lo segundo se me debían de notar en mis bruscos gestos. De repente, un desconocido se me acercó, sonriente, en la penumbra. No tengo ni idea de qué me dijo, pero enseguida estábamos sentados, intercambiamos un par de palabras y después nos besamos. Era guapo y tenía un cuerpo firme. Bastante más alto que yo, más fuerte, moreno. Su piel oscura me recordaba a otra, lejana, incluso fatídica. Estaba impaciente, no podía estarse quieto. En breve estábamos follando, se corrió rápido y, después, se quedó dormido, sin más. El momento era apropiado. Lo destapé y me puse a tocar su cuerpo en la oscuridad. Hasta encendí una vela para poder ver sus músculos duros, acariciar su pecho, poner mi cabeza sobre su vientre, besar con suavidad su cuello. En las pocas ocasiones que estuvimos juntos en la cama se quedaba dormido profundamente. De todas formas, sus necesidades sexuales quedaban más patentes en los coches, junto a alguna carretera, de madrugada. Estaba claro, le interesaban cosas completamente diferentes. A sus diecinueve años seguía pensando aún que algún día iba a casarse y todo lo demás. Me había atraído que éramos distintos, pero no podía seguir su ritmo. Diría que se trataba, tal vez, de una especie de nerviosismo, de codicia histérica. Pronto se desvió, avaricioso, por otros caminos, harto de mis toqueteos, de mis abrazos, de mi lentitud. A lo mejor también porque, con él, nunca me había corrido. Todo iba demasiado deprisa. Se esfumó con la misma rapidez con la que apareció y, después, me resultó difícil encontrarlo. Por lo visto se había mudado, nadie sabía nada de él. Creo que nunca llegamos a follar, o tal vez sí. Pero, sin duda, mi boca había estado ocupada con su semen, y por eso, y también por su cuerpo, deseaba tenerlo otra vez en mi cama. Pero ¿cómo conseguirlo? Nuestra separación no había sido muy amistosa, así que me parecía una empresa bastante ardua. ¿Y qué hacer con él? Él era más fuerte y mi fascinación por su piel me hacía aún más vulnerable. Supe de un local al que supuestamente acudía con su nuevo amante, o a veces también solo, por lo visto seguía necesitando una variedad constante. Lo vi enseguida. Siempre quería ser el centro de atención, de manera que se dedicaba a volcar los vasos, reír en voz alta, exhibirse. Más tarde, en la habitación de un hotel, estaba otra vez callado, muy manso, dulce. Aunque eran momentos contados, instantes como aquellos fueron los responsables de que me enamorase de él. Se vino conmigo por los viejos tiempos y por ver si al fin me corría. No sé, hay tíos que, a pesar de todo, tienen sentido del fair play. Creen que las cosas tienen que estar en orden, aunque dudo de que a él le importara, o tal vez le excitara preguntarse si yo me iba a correr o no. Mi cuerpo nunca le había interesado mucho, ni yo tampoco. Bueno, esto ahora daba igual. Quería que me guardase en su memoria y, a pesar de su borrachera, logré desnudarlo. Balbuceó algo y enseguida se quedó dormido. Pude dejar la luz encendida. Me desnudé, me puse encima de él para observar sus cejas, tratando de amarle a través de su cuerpo. Todavía me excitaba. Quizás deseaba tener un orgasmo con él, estuviera despierto o no. Me senté encima de sus muslos, me agaché, con una mano recorrí su piel y con la otra empecé a hacerme una paja. No sé, quizás fue la primera vez que me masturbé junto a un tío dormido. Tal vez a él no lo necesitara siquiera, ni sus manos, ni su boca, ni su prisa, ni sus jadeos, ni su saliva. Mi semen se esparció sobre su vientre, era una imagen bonita, algo blanco sobre una superficie tersa y oscura. Después me levanté para sacar una hoja de afeitar del bolsillo de mi chaqueta. Era la forma más apropiada de abrir aquella carne. Cuando observaba a los actores musculosos de las películas porno americanas, siempre me imaginaba cómo un corte abría la carne de sus cuerpos, tal como lo haría en el mío o en el de cualquier otro. Es todo una ilusión, la sangre siempre aparece. Volví a sentarme encima de él, con más vigor, aparté con los dedos aquel pequeño charco e hice un par de trazos suaves en su piel. Mis manos temblaban, porque no quería que sintiese nada, que se diese la vuelta dejando que los líquidos se resbalaran o que, incluso, se despertase. No se movió. Le hice otras dos incisiones con más fuerza, limpiando las gotas de sangre con el esperma. Su inmovilidad me animó. Continué por su pecho, con el que tantas veces había soñado que dormía allí, que lo mordisqueaba, que lo atacaba, que lo protegía. Entre el pecho y el vientre hacía falta algún corte más y, después, separé la mezcla de sangre y semen, esparciéndola hasta el cuello. Era casi como un masaje, le extendía mi semen y volvía a besarle en la cara. Movió una mano y me abrazó con suavidad, como hubiera hecho mientras dormía abrazado a cualquiera. Deslicé con cariño la hoja de afeitar por su brazo, me apretó con más fuerza, la sangre brotó y goteó sobre su pecho. Apreté los dientes y abrí mi carne también, después presioné mi herida contra la suya como si nos uniésemos en una fraternidad de sangre. Probablemente era cierto, en aquella última batalla. Me quedé quieto, miraba hacia abajo fijándome en aquella extraña imagen de su piel. El esperma y la sangre se secaban sobre su pecho, en su vientre. Aquello ya no resultaba atractivo. Me levanté, debía de estar a punto de amanecer. Le escribí una nota: Por fin me he corrido. Adiós. A lo mejor me molesté en cubrirle con una manta, dejé el dinero para pagar la habitación y me fui. Desde entonces no me ha buscado, pero seguramente pensará alguna vez en mí. Cuando su cuerpo se consuma, cuando ya no sea necesaria una hoja de afeitar para darse cuenta de lo vulnerable que es.