País Relato - Autores

brane mozetič

chico

Me preguntaba por milésima vez qué había ido mal, qué había hecho para ser diferente. Qué me había impulsado a ir al granero, a unirme a aquellos juegos en los que los chicos se desabrochaban los pantalones, se revolcaban con tanta energía que no podía reconocerlos. Sus manos y sus ojos se transformaban, codiciosos, se retorcían, casi echaban espumarajos por la boca, no de miedo, no de odio, sino por una especie de curiosidad, decían, o quizás fuera el placer, después de todo, de meter sus manos en los pantalones de los otros y tocar sus pollas, calientes, húmedas, de sacárselas para enseñarlas un momento y guardarlas en el acto. Entonces se detenían, jadeantes y satisfechos, como si estuviesen asustados o ya hubieran logrado su objetivo. O tal vez deseaban algo más. ¿Por qué aquello no me bastaba y me iba a escondidas con mi vecino al pajar, donde charlábamos, hojeábamos revistas y nos metíamos mano en un juego completamente diferente? No había un forcejeo especial, los dos deseábamos quedarnos desnudos al final, uno encima del otro. Su verga me gustaba, pero ¿por qué? ¿Era algo normal, podía serlo, a quién podría gustarle una polla? Y, después, cuando se tendía encima con torpeza y cuando le dejaba que se frotara contra mí, ¿por qué nos gustaba tanto que repetíamos una y otra vez, de tal forma que primero me sentía asustado y después avergonzado? Por aquel entonces ninguno de nosotros se llegaba a correr y solo existía el olor de dos penes pequeños, dos cuerpos que se aferraban el uno al otro.
Quería volver a una situación así y quizás cambiar, alterar el curso de los acontecimientos, dar el salto a aquel mundo real que yo había rechazado o que me había rechazado con tanta facilidad. Preparé todo. Me afeité el cuerpo, las axilas, las ingles, las piernas. Tardé mucho en hacerlo. Me sumergí en el agua para aliviar sentimientos extraños. Tuve una sensación muy rara, una especie de frescor. No me atrevía a secarme. Me tumbé al sol y me puse a observar mi cuerpo desnudo. El cuerpo que había envejecido, por el que habían pasado no sé cuántas manos y pollas, pequeñas, grandes, delgadas, gordas, blancas, rojas, marrones, negras… Ellos habían tocado esta piel inocente, todavía inmadura, viejos verdes, tíos vulgares, ¿qué mosca les había picado? ¿Dónde seleccionar a la víctima, por qué esa, cómo elegirla, cómo atraerla? Buscar en los aseos de los colegios o en los parques de atracciones por la tarde… El chico era apuesto, no sé si ya había empezado sexto grado. Le di la mitad de un billete y le mostré la otra. Creo que ya se había permitido algún manoseo con otros muchachos. Nos fuimos al lago. Quería verlo en el agua, al sol, quería ver cómo corría por la hierba, escuchar sus naderías, me habría gustado estar con él durante días y meses. Pero ¿por qué, por su polla erecta, por las gotas de semen, por mi piel desnuda que me picaba poniéndose primero roja y después marrón? ¿Cuántos sueños se habían sucedido en aquellos años, o habían sido solo quimeras, y todo lo demás habían sido jadeos, sudor, quizás un beso? ¿Le gustaba dejarme meter mi mano en su pantalón? Y a mí, ¿se me ponía dura? Ya era de noche, tenía que decidir si aquel placer valía la pena, si el sabor de su polla era bueno o repugnante, si me agradaba acariciarle, si tenía miedo y vergüenza, si debía de decir que no: no, así no, esto no se hace. Le doblé el brazo hacia atrás y me senté encima de él. Enfurecí, le sujeté y me puse a abofetearle como un loco, no, esto no se hace. Le quité los pantalones, envolviéndole la cabeza con ellos, tapándole la boca y aquellos interrogantes ojos claros y empecé a aplastarle con mi cuerpo. Lo arrastré por la grava, los guijarros se le clavaban con fuerza, cogí una piedra grande y la dejé caer sobre su vientre, tenía que aniquilarlo porque esto no estaba bien, porque él no tendría salida alguna en el futuro, porque agarraba mi polla con demasiada ternura, porque… ¿Había sangre en la gravilla y en mi piel lisa, sin vello, y en su pelo apelmazado, en su polla machacada con rabia, era agradable el calor, había un olor especial cuando me metí en el agua para limpiarme? Qué fácil me resultaba eso en comparación con aquel comienzo en el que aparecieron mis primeros pelos y miraba a los otros chicos, y ahora mi piel estaba infectada y me picaba todo y me metí en la cama como si de verdad hubiese matado al muchacho de los vecinos, y no dejaba de preguntarme…
Estaba solo.