País Relato - Autores

brane mozetič

soldados

S. se comunicaba conmigo de vez en cuando con una carta, con una nota, con un recorte de periódico. Al principio sus envíos eran interesantes, llenos de energía, claros, con detalles, después empezaron a ser cada vez menos frecuentes, el estilo se volvió nebuloso, tachaba las palabras, añadía otras, se le olvidaba poner los puntos, los verbos desaparecían, no se sabía ya dónde terminaba y dónde comenzaba una frase, de qué hablaba siquiera. Las palabras se hilaban sin orden alguno, se parecían entre ellas cada vez más, lo coloreaban todo de un tono oscuro, apretaban la garganta, olían a muerte. Sabía que tenía que ir allí, a la ciudad en la que quizás pudiese enfrentarme a la muerte de un modo más concreto, conocerla, incluso acabar aceptándola, aceptándola como algo natural, como dicen, como algo a lo que no debía tener miedo, ante lo que no debía huir, lo que no debía quitarme el deseo de la vida misma. El viaje fue largo y no dejé de pensar qué iba a hacer yo, en realidad, en una tribuna pacifista en la que supuestamente iba a participar. Por más que me esforzara en organizar mis ideas, mi cabeza se ausentaba, a menudo me quedaba absorto, fijándome al otro lado de la ventana, en el paisaje vacío, en la nada indefinible, que parecía venir a mi encuentro para que entablase amistad con ella, para que me igualase a ella. No vi ningún flashback de los que en teoría ocurren antes de entrar en la nada, no me vino ningún recuerdo de la infancia. La ciudad estaba llena, atestada de gente, la muchedumbre se agolpaba en las aceras, en las colas, se chocaban unos contra otros como si más allá de la propia vida no existiera nada. S., que había sido siempre muy elocuente, se agarró a mí (¿era yo un clavo ardiendo?), me llevó a dar una vuelta, y seguía con su máscara, seguían las representaciones, pero era como si yo no viera lo que pasaba en el escenario, o como si se tratara de un teatro de sombras. Las calles estaban repletas de hombres con uniforme, algunos cojos, otros con muñones, con vendas, otros con armas. Dormitaban por ahí, silbaban cuando pasaban las mujeres, sus pollas no estaban en paz. A lo largo del río aparecían de vez en cuando algunos civiles apresurados, tíos apuestos, pero encorvados ligeramente, como ratas. Olían a los soldados, que estaban sentados en el césped, al sol. Medio recostados medio sentados, sus camisas desabrochadas o en camiseta, sus piernas abiertas, con sus cartuchos, con sus metralletas. Apenas hablaban. Con las manos se acariciaban el pecho, tocaban sus pollas, se frotaban los paquetes, esperando a que se acercaran las ratas. Todos, del primero al último, rebosaban vigor, un poco tostados por el sol, pero parecían estar en otro lugar, más allá de todo eso, como si no hubiese nada que los frenara. Los observaba, a los tíos que se hacían pajas mientras se oían los silbidos de los misiles, que irrumpían en casas, derribaban al suelo a las mujeres, a los hombres, para poseerlos, acuchillarlos mientras se entregaban al deleite, de modo que el cuchillo se deslizaba por los cuellos cuando el esperma se aproximaba, cuando las cabezas sin orejas gritaban y los cuerpos se sacudían al compás. Esos músculos, ¿habían apresado a algún muchacho, le habían quitado la ropa y habían rasgado su cuerpo, se habían hincado esos dientes en su carne, habían experimentado un placer emocional al arrancarle el pene de un bocado, había conocido esa polla aquel sentido que siempre buscaba al verse atrapada por el espasmo mortal de la víctima? Sus manos descansaban entre sus piernas, la sangre y el esperma invisibles se secaban en ellas, ¿cuántas veces habían asfixiado a su víctima a la vez que la masturbaban? ¿Cuántas historias distintas habrán tenido que inventarse esos tíos para que les valiera la pena vivir? Aquí, en el césped, no hacían más que ofrecerse. Exhibían sus riquezas, su dominio por encima de todo, demostraban que se podía vivir en la muerte, de la muerte, en la nada. Y las ratas codiciaban sus jugos. ¿Qué sabía de ello Verlaine con sus pobres disparos, qué sabía Whitman con sus guardabosques que nunca quemaban a un hombre, que nunca lo desollaban al follarlo? ¿Qué sabía Ginsberg, que rugía en el círculo de maricas babosos que se le aproximaban inseguros a ver si podían saborear su mano, hacerle una mamada? Ahora esos tíos ni se habrían fijado en un individuo de esa clase, ahora reptaban por el césped, oliendo las huellas de la sangre. Miraba aquella escena como embelesado, sentía que ya no sentía nada, me dejé guiar por la mano, vacío, atónito, sin miedo a perder mi vida, sin desear el mundo, preparado para la nada. S. me metió en la cama, se juntó a mí, me quitó la ropa, me chupó, se sentó encima, insistió durante horas como si quisiera fundirse conmigo, mi semen entró en él, pero no hubo satisfacción. No trataba de impedírselo, menos aún de esforzarme en ello. Una muerte más una muerte no son dos, es solo una y ya la tenía. Dormir y no despertar nunca más, no recobrar la consciencia nunca más, no saber nada —qué farsa—. Y, sin embargo, ahora no me parecía tan duro, mi cabeza no daba vueltas al pensar en la nada, no sentía náuseas, no temblaba. Veía mi cuerpo, con S. encima, mi cuerpo que no valía nada, que no tenía sentido. S. podría cortarlo, serrarlo, gasearlo, reventarlo, machacarlo. Veía mi vida, mis ideas, mis sentimientos, mis recuerdos, mis cuadernos, mi trabajo, todo aquello no era nada, nada en absoluto, en un momento se desvanece en el aire, plaf, y allí donde estabas no queda ni espacio vacío.
No sé cuántos días llevaba S. dando vueltas conmigo entre los uniformes, entre las pollas empalmadas, entre los cadáveres quemados, entre las nalgas dinamitadas, entre las cosas que no comprendía en absoluto, no sé cuántas noches llevaba machacando mi cuerpo para chuparme algo de vida, no sé cuántos días habían pasado hasta que aterricé en mi cama. No sé qué me impulsaba a arrancar lenguas, a cortar huevos, a desgarrar bocas. Dentro de mí sentía esa necesidad, todo había perdido valor, y yo quería permitirme todo, no percibía ningún límite. Quería hacer de manera más explícita lo que hacían todos los demás. Quería ser igual.