Me invitaron a una especie de festival de poesía en el extranjero. Por supuesto, me alegré de poder recorrer de nuevo las calles del mundo occidental, aunque a costa de representar a este país agazapado que tanto le gusta considerarse una nación de grandes hitos literarios. Acudió un gran número de poetas y poetisas, parloteaban en sus lenguas, bebían vino y exhibían con afán sus libros. Nos alojaron en un hotel estupendo y nos alimentaban como a cerditos. Por la mañana, muy temprano, nos dividieron en todos los grupos posibles para que disertáramos hasta agotarnos. Enseguida me di cuenta de que debía huir de la multitud y solo acercarme a las lecturas vespertinas por si allí había, por casualidad, algún poeta apuesto. Y así fue, la segunda noche vi a un rubio alto que, a juzgar por su edad, debía de ser de aquella ciudad porque era bastante improbable que lo hubiesen invitado siendo tan joven. Leía, con el suficiente aplomo, algo sobre las fuerzas espirituales, sobre las ciencias antiguas, una cosa bastante mística, definitivamente anodina. Pero me gustaban sus manos y adivinaba que tenía un cuerpo firme y liso, como creado para agarrarlo con fuerza, para hacerle rasguños, para morderle los músculos. Cuando, por fin, todos contaron lo que tenían que contar, lo que les pesaba en el alma, y cuando empezaron a tratarse de un modo más relajado y se reunieron en torno a dos italianas en concreto, me acerqué a él —a quien, como era un novato, nadie hacía ningún caso—, eché un vistazo alrededor y me interesé con detalle por su creación. Me miraba a los ojos, muy feliz, las palabras brotaban de él, y mis miradas fugaces sobrevolaban sus manos, sus brazos, hasta sus codos, hasta sus hombros. Posé mi mano allí para tocar, para sentir esa piel, tiré de él como diciendo retirémonos a otra parte, pues una conversación sobre poesía requiere tranquilidad y concentración, y no el vocerío y el barullo provocados por los autores. Lo metí en un local vacío y me dejé llevar por los caminos de su laberinto. Buscábamos el alma universal, repasábamos a los clásicos, nos introducíamos en los pasillos de lo desconocido, lo misterioso, nos mirábamos a los ojos como si nuestras palabras fueran sagradas. Sorbía su Coca-Cola, lo cual no encajaba exactamente con mis planes ni con la misión a la que nos entregábamos. Recordé todos los versos posibles que suscitaban la búsqueda embriagadora de la esencia, le propuse que nos adentrásemos en lo más profundo todavía, en las tinieblas mismas, diciendo que nos haría falta la leve turbación ocasionada por una bebida más fuerte. Como habíamos sacado el tema de las letras mejicanas, pedí tequila, y otro, y otro. Le cogí los poemas que llevaba en el bolsillo, los leí en voz alta, me mostraba entusiasmado, me fijaba en sus ojos cada vez desde más cerca, le hablaba en voz cada vez más baja, casi susurrando, le ayudaba a vaciar los vasos, le cogía de la mano para guiarlo entre las rocas hacia aquel fin, hacia la orilla, hacia el nuevo mundo. Era evidente que cerraban el local, que ya era tarde, que tendríamos que movernos. Pero no me detuve, entre un aluvión de palabras lo saqué a la calle, directo a una tienda árabe, compré una botella, le llevé a lo largo del río, donde se paró para preguntarse sobre la vida humana y soltar unas citas asombrosas, hasta el hotel, le invité a subir para mostrarle algo recién escrito, sería el primero en leer los poemas que tal vez, tal vez alcanzaran aquel rincón de la oscuridad al que asomaba una luz nueva. Se tambaleaba lo suficiente, por la bebida y también por aquella espiritualidad, así que entró flotando en la habitación, en la cama. Quería abrirse camino entre todas esas hojas que yo le había ofrecido, empezó a tener calor y se quitó la camisa, me incliné hacia él para ayudarle, era realmente difícil descifrar las diminutas letras en aquel estado de exaltación. Oh, qué bello, qué inalcanzable, gimoteaba, bebía tequila, suplicaba que le desvelara mi secreto, que lo tomara de la mano para que pudiese seguirme y abandonar el laberinto en el que, impotente, daba vueltas inútiles. Tienes que pasar por encima del borde, no solo mirar de reojo hacia el fondo, sino bajar a la oscuridad, le decía yo. Anda, venga, ayúdame, me rogaba babeando, tanto que le habría echado del hotel si su tersa piel no me hubiese seducido con tanta insistencia. Saqué del cajón un botecito de popper y lo acerqué a su nariz. Se puso colorado, se calentó sobremanera, se estiraba y se retorcía en la cama, lleno de una especie de fervor. Entonces me abalancé sobre él, lo sujeté, le di la vuelta, de un lado a otro, repitiendo que era precisamente la carne lo que le reprimía, y le quité la ropa, ves estos brazos, este pecho, estos músculos, mira cómo se resisten, cómo no te dejan huir del mundo, de la cotidianidad, hay que morderlos, tienes que dejarlos aquí, yo los detendré, te ayudaré. Le seguía pasando el popper sin parar mientras le desvestía, recorría su torso y sus piernas con la lengua y con los dientes, excitaba su polla, le dejaba marcas rojas de mordiscos y saliva por su cuerpo, le derramaba la bebida encima, le arañaba con las uñas hasta que sangraba y debía de dolerle. Le hacía cada vez más cosas, agarraba su carne, lo penetraba profundamente, él alzaba las manos y repetía mis palabras, como en una especie de letanía, en una purificación, en una superación de los obstáculos. Ahora serás un buen poeta, gritaba yo al embestirle con todas mis fuerzas, al abrir nuevas heridas, hasta el clímax, hasta que él también, salpicado por su propio semen, se quedó tranquilo, agotado, casi instruido.
Durante los días siguientes le enseñé una y otra vez todo sobre los mundos ocultos, sobre la carne y la sangre de la palabra, sobre el sabor de la vida, sobre la impetuosidad de la energía, sobre su impotencia, sobre la belleza de los ojos… No lo sé, tal vez después escribiera algo más, pero seguramente no me lo pudo decir porque, en lo que a él respecta, yo me había perdido en las profundidades para siempre.