País Relato - Autores

brane mozetič

gimnasia

Z. era profesor de educación física. Me topé con él en un local, casi lo violé. Me parecía un poco ausente, pero más tarde comprendí que las jeringuillas en su cuarto de baño no estaban ahí por casualidad. Me invitó a su casa y me retuvo todo el fin de semana en la cama. Por supuesto, también me contó con cuántos se había acostado y cómo le era imposible tener una relación duradera. Se deshacía en lamentos, diciendo que a la gente solo le interesaba el sexo. Era agradable, guapo, joven, simpático. No me pareció que fuera una mala idea entablar amistad con él. Le dije que tenía que volver a casa, pero que me diera su número de teléfono, que podríamos volver a vernos. Que, seguramente, no estaba siempre ocupado. Empezó a balbucear, a temblar, puso los ojos en blanco, como si le estuviera dando un ataque, y me soltó que todo eso carecía de sentido. Le pregunté qué quería decir, pero salió con la excusa de que no teníamos mucho que ver, que de hecho éramos completamente distintos y que no era una cuestión sexual o de algo en particular, por supuesto, que intentara entenderlo, que éramos, así de simple, demasiado opuestos como para que pudiera funcionar. Y entonces sucedió todo. Me entró una rabia descomunal y comencé a golpearlo, pero él no se defendía, quizás apenas sintiese mis golpes. Le gritaba que de dónde había sacado esa idea, que qué sabía él realmente de mí y que cómo podía saber si lo nuestro funcionaría o no si ni siquiera estaba dispuesto a intentarlo, si ni siquiera nunca jamás lo había intentado en su vida y solo se había dedicado a follar desde que tenía diecisiete años, y lloriqueaba y se quejaba de que nunca iba a estar con nadie, a pesar de desearlo con tantas ganas. Aunque yo fuera veinte años más viejo, aunque tuviera un doctorado y tú fueses un mozo de cuadra, analfabeto, aunque hubiera un mar de diferencias entre nosotros, serían más pequeñas que las que hay entre un hombre y una mujer. Pero ¿has echado un vistazo a tu alrededor? Porque ellos logran estar juntos, a pesar de ser tan distintos, da igual el cuerpo, los sentimientos, la educación, el estatus social, lo que sea, y mientras tú estás siendo un caprichoso, a menos, claro, que busques al hombre ideal con todas sus cualidades ya definidas, desde la edad hasta el color de sus ojos, el tamaño de su polla, sus gustos y sus aficiones. ¿Pero quién te crees que eres? No podía parar, tenía que desahogarme, aunque después me echara a la calle y tuviera que volver a casa en autobús, en mitad de la noche. Sé honesto y cuéntame la verdadera razón, pero no te inventes cualquier tontería. Mi ex me tomaba el pelo con que había contraído una enfermedad sexual y no quería contagiarme, el anterior a ese me decía que era muy religioso y que su expiación duraría un mes, otro estaba casado y no podía permitírselo. Por no hablar de aquellos que me habían prometido que llamarían, suspirando aún en el umbral de mi puerta cuánto me amaban, o que quedaríamos para ir a tal o cual sitio, pero luego, claro, no aparecían. ¿Qué os pasa a todos vosotros, qué te pasa a ti en la cabeza, por ejemplo, que no puedes decir que solo querías divertirte, que solo quieres sexo, pero que quieres que te dejen en paz y no quieres ningún compromiso con nadie, porque quieres ser libre, encontrar tíos nuevos, vivir nuevas aventuras, volver a quejarte? Estaba a punto de sollozar cuando le echaba en cara todo lo que me tenía tan descontento. Hasta los tíos con los que pareces mantener una relación amorosa duradera se escabullen para desahogar sus frustraciones en cines porno y follar con tus amigos, coquetean con otros, mientras aprietan tu mano, bostezan cuando les hablas de tus problemas. ¿Tenía eso algún sentido? Estaba siendo un idiota descargando mi rabia con el profesor de educación física, que durante dos días y dos noches había sido tan amable conmigo, tan dulce, que había gemido de pasión y recitado frases de cariño. Recogí las cosas y él también se levantó, se ofreció servilmente a llevarme en coche, seguro que para librarse de mí. Permanecí callado, no hacía falta añadir nada más, me sentía como si estuviera en un manicomio, entre gente que no sabía vivir de una forma normal. Salí y me dirigí hacia la oscuridad de la noche, tal vez aún furioso, tal vez aún con lágrimas en los ojos, pero, sin duda, convencido de que debería haberle retorcido el pescuezo.