R. era peluquero. Lo conocí cuando me cortó el pelo. Quería hablar conmigo largo y tendido. R. me gustaba, su figura esbelta, su pelo rubio. Lo que contaba, sin embargo, eran tonterías. En cualquier caso, empezamos a vernos. No sé por qué le parecía interesante estar conmigo. Yo sabía mis razones. Disfrutaba contemplando su cara, sus ojos, con los que me miraba de una manera tan directa, sus manos. Me alegraba el día y me daba material con el que fantasear en la cama. Él no era gay, por supuesto que no, al menos eso decía, pero sabía que yo lo era aunque nunca se atrevía a tocar el tema. Tenía la costumbre de hablar de sí mismo, de su trabajo, a veces preguntaba qué tal tú y seguía enumerando sus aventuras con las mujeres. Era el centro de su conversación, me lo contaba todo, hasta el más mínimo detalle, a pesar de que yo no mostraba ningún interés especial. En realidad, a mí me daba igual lo que dijera con tal de poder estar cerca de él y desearlo. Supongo que eso le gustaba, si no, no habría quedado conmigo tan a menudo. Una vez me invitó a un certamen de peluqueros en otra ciudad. Se llevó a otro amigo, como una especie de protector, o tal vez como un aliciente extra. En el hotel compartían una habitación doble, y yo estaba solo en la contigua. La primera noche no dejaban de gritar, de moverse de aquí para allá, y las camas rechinaban. O las paredes eran muy delgadas o hacían ruido a propósito, para llamar mi atención. Cuando estaba a punto de dormirme, llamaron a la puerta. Habían venido a lucirse. Yo estaba metido en la cama mientras ellos me contaban algo, algo insignificante sin duda, allí, de pie, solo con los calzoncillos puestos. Daban una imagen de hombres de verdad, de auténtica amistad masculina, faltaba poco para que fingieran ante mis ojos una lucha de cuerpos musculosos y desnudos. R. no se había atrevido a presentarse allí solo, por supuesto que no, a pesar de sentir la necesidad de presumir ante mí. Creo que decían algo sobre unas camareras, se rascaban la entrepierna, de vez en cuando uno abrazaba al otro por los hombros, de una manera masculina, claro. Después volvieron a su habitación, dejándome innumerables motivos para tener felices sueños. Quizás R. también había sentido una cierta tensión en el ambiente, a la que, con su exhibición, había sabido conducir al lugar adecuado. O quizás fuera mi alicaído aspecto del día siguiente. Fuera como fuese, él pensó que debía mostrarme un poco de ternura. Se me acercó de otra manera, me hablaba con más confianza. Tal vez ese era el mejor momento para tocarlo, para abrazarlo, pero yo estaba frío y casi ni lo miré. También la noche siguiente, cuando él trataba de fingir una mayor intimidad, apenas lo escuché. Estábamos en un bar, su amigo habría ido a cazar a alguna chica, y él me hablaba, casi susurrando, del amor, de su novia, que llevaba mucho tiempo siendo su única y verdadera novia, y que todas las demás eran solo para pasar un buen rato. Lo miraba a los ojos, observando cómo su encanto se marchaba hacia lo desconocido. Me resultaba cada vez menos atractivo, más vulgar. Otro hombre atrapado. Conocía a su novia, sabía que ella deseaba más a las mujeres que a él. ¿Él no se había dado cuenta? De cualquier forma, no podía resistirse a salir conmigo por ahí y aparentar en vez de tocarme, de tumbarse conmigo, de poner su cuerpo sobre el mío.
Sabía que las cosas avanzan solo si las estimulas con violencia. Todo estaba demasiado empantanado, nadie tenía ya ganas de nada, y había que forzar las cosas, empujarlas hacia el abismo. Una fiesta de peluqueros en casa del jefe de R. me vino muy bien para realizar mis planes. Había mucha gente, mucho espacio. Había pasado un tiempo desde aquel certamen, y R. y yo nos veíamos mucho menos. Esta vez me invitó porque, según él, sería muy divertido, mucho vino, muchas tías buenas, se le caía la baba. Seguía siendo el mismo. Contraté a varios hombres fornidos que conocía para que me ayudasen. Les di un capuchón de cuero que podía cubrir toda la cabeza. Antes había cosido los agujeros de los ojos y solo dejé abierto el de la boca. A la hora acordada, ya de madrugada, cuando la fiesta se animaba cada vez más, una mujer lo llevó, todo colocado, a una habitación del piso de arriba. Mis amigos se abalanzaron sobre él y le taparon la cabeza con el capuchón. Lo tenían agarrado sobre la cama. Lentamente, cuando oponía menos resistencia y había dejado de gritar, me acerqué y empecé a deslizarme por su cuerpo. Numerosas manos me ayudaron a desnudarlo, como a cámara lenta. Me llevó mucho tiempo, lo había planeado así. Con los dedos rozaba delicadamente su piel, sobre todo la larga cicatriz de su espalda, que se había ganado una vez al tratar de demostrar su hombría. Me acordé de mis grandes problemas con la hombría y de la primera vez que de verdad me había sentido un hombre, libre de toda duda, cuando un tío me había abrazado para besarme y lamerme de los pies a la cabeza. Cogí el aceite, lo derramé en su espalda y lo esparcí por toda la piel, tersa, morena. Le dimos la vuelta, y pude esbozar círculos también por su pecho, por su vientre. Su polla estaba erecta, palpitante, esperando a sentir el placer. Ahora estaba completamente tranquilo. Y no hablaba, ya no. Me desnudé yo también, rocié por mi piel lo que quedaba del ungüento y empecé a reptar por su cuerpo. Le abrimos de piernas, se las levantamos un poco para que yo pudiese penetrarlo, le embestí. Todo esto me gustaba enormemente, introducirme en su cuerpo, los choques contra él, lo ceremonioso de la escena, esas manos desnudas que lo sujetaban y lo agarraban cada vez más fuerte. Clavé mis uñas en su piel y le dibujé trazos largos, rojos, desde el cuello hasta las piernas, que se estremecían, se encogían, se dilataban, aceptaban. Él estaba recibiendo aquello con lo que había coqueteado desde el principio. Cuando terminé, lo dejamos allí y nos unimos al tumulto de la fiesta.