País Relato - Autores

brane mozetič

furia

La verdadera furia me asaltó justo cuando me di cuenta de que mis posibilidades se reducían al mínimo, o incluso menos, a cero. Porque yo mismo las había minimizado; y eso era lo que me fastidiaba aún más. La furia me asaltó en el autobús. Raras veces viajaba en autobús porque me disgustaba, porque me molestaba toda esa cercanía de gente que me resultaba desagradable, los roces, y más aún, la cercanía de los tíos que me gustaban, que me excitaban y que allí eran inalcanzables. Había demasiados, me afectaba ver sus cuerpos, su piel, sus manos. No podía fingir que no estaban, y esa constante presencia erótica era irritante, agotadora, me conducía con frecuencia a estados de depresión. Pero ahora me abría camino entre el gentío del bus y todo lo que tenía a mi alrededor no era solo un fruto inaccesible, sino también prohibido. La multitud era espantosa. Apenas pude encontrar un hueco no ocupado por ninguna mano en la barra, en la parte inferior, a la altura de mi cintura. Enfrente había un chico más alto que yo, tenía pinta de ser estudiante, me resultaba difícil determinar su edad. Nuestras miradas se cruzaron un par de veces. Aunque me atraía, no quería observarle demasiado, pero de repente sentí una mano, una mano que también se agarraba a la barra y que, al principio, solo rozó la mía, después la acarició levemente y la cubrió casi por completo. Entre aquella aglomeración de cuerpos miré al chico y él me sonrió, apretándome la mano. Probablemente me puse colorado, mi corazón latía con fuerza como las veces en las que alguno me seguía por el parque o cuando me aproximaba a alguien y se me cortaba la respiración. Era ese nerviosismo familiar, ese miedo y, a la vez, esa excitación que precedían al encuentro entre dos tíos, al choque y a la inminente interacción. Sentí que era imposible. Cuando se abrió la puerta, me lancé a través de la multitud de cuerpos y manos, huí del autobús, apresurándome hacia adelante sin mirar atrás porque tenía miedo —miedo de que él me siguiese, miedo de que no pudiera resistirme—. A la vez, estaba furioso, furioso de estar tan asustado. ¿Por qué me negaba a mí mismo, por qué tenía que hacerme la vida aún más miserable? Podría haberme ido con él, sabía muy bien lo que podía permitirme, sabía muy bien que todo dependía solo de mí y que no necesitaba esas privaciones. Tenía miedo. ¿Y qué pasaría si no salía bien, si el encuentro se prolongaba, si la cosa empezaba a complicarse, si quedábamos más, cómo podía construir algo, a partir de qué, por qué debería destruir lo poco que él tenía, tal vez lo destruyese él mismo algún día, pero por qué tendría que ser yo el que lo hiciese?
Aborrecía a todos los que pasaban por delante de mí, estaba rabioso con el mundo, lo odiaba, todas aquellas tiendas, las parejas de enamorados, los coches, las lucecitas, porque todo perduraría, seguiría brillando, riendo, amando. Ellos no solo podían abrazarse, cogerse de la mano, sino que lo podían hacer incluso aquí mismo, en la calle. No tenían que tener precaución con las miradas, no tenían ese pavor mortal de pensar adónde iría a parar el esperma, adónde una gota de sangre, hasta qué punto podrían morder la piel de su amante. Giré por una calle lateral y empecé a descargar mi ira con las señales de tráfico de la acera, con los espejos de los coches, con las farolas. Me encontraba lejos del mundo, quería estar lejos, en algún lugar aislado para que no me molestaran con sus vidas, con su esplendor. Tenía demasiadas ganas de destrozarles su mundo, de morir, de romper cosas, de matar, con bombas, con furia, con odio… Tenía que estar solo.