la biblioteca
Me recluí en la biblioteca. Era un espacio grande, frío, sin ventanas, había libros por todas las paredes, una amplia mesa en el medio y una cama en un rincón. Me parece que trabajo de noche, porque el silencio es total y no hay nadie durante horas. De vez en cuando, probablemente tres veces al día, entra alguien y me trae comida. Entra sin decir nada, coloca la bandeja entre los libros y se va. A lo mejor se trata de un monasterio o de una cárcel. Además de mi silla hay otra en una esquina, una escalera de mano apoyada en la pared y, encima de la mesa, una montaña de papeles, libros y cosas para escribir. Hay polvo y humedad. El aire huele a cerrado. Duermo poco, solo salgo para ir a un pequeño aseo. A veces escucho gritos, pero no sé si proceden de mis sueños o de detrás de la puerta. Emprendí una tarea que no sé si terminaré alguna vez, si tiene un final siquiera, si tiene algún sentido. No me acuerdo de cuánto tiempo llevo viviendo aquí, apenas tengo una noción de que antes, en el exterior, todo fuera diferente. En mis recuerdos hay un montón de imágenes palpitantes que se mezclan con las de los libros, hay personas, ciudades, espacios, amores, todo mezclado, de modo que me resultaría difícil determinar el origen de todo esto. Paso lentamente las hojas frágiles, escribo mis apuntes con cuidado, a veces copio un verso, una fórmula mágica, a veces anoto mis sueños. Dejo los montones de apuntes en el suelo, quién los leerá, yo no tengo tiempo. ¿Quién sabrá a quién pertenecen las frases, quién las escribió en realidad? Más o menos en mitad de la noche, si esto es una noche siquiera, mientras estoy inmerso en mi tarea, se abre una puerta y entra un chico, afirma con la cabeza, se sienta en la silla del rincón y me mira. Viene todas las noches, siempre el mismo, siempre con el mismo pantalón, con la misma camisa, siempre con la misma sonrisa, con la misma mirada. Me he acostumbrado a él aunque sigo sintiendo miedo. Cuando apareció por primera vez, hace mucho, pues mi pila de apuntes iba por la mitad, no entendí nada. Permanecí en silencio intentando seguir con mi trabajo. No lograba escribir más que garabatos, mi corazón latía con fuerza, mis manos sudaban. Él se sentó, me pareció que durante mucho tiempo, observándome con sus ojos azules. No dijo nada y, al final, se fue. En cuanto mi corazón se dejaba de oír, él se levantaba haciendo chirriar la silla para que yo me sobresaltara, se quitaba la camisa y volvía a sentarse. La camiseta blanca acentuaba su hermosa piel. Me veía obligado a observarle, su mirada me lo ordenaba. Sentía que él me excitaba. Otras veces él también se quitaba los pantalones. Ahora vestía todo de blanco, la piel morena, el pelo rubio, en la penumbra y con esos ojos azules. No sé cuántas noches eran necesarias para cada etapa. Se quedó de pie delante de mí, desnudo, se puso a hablar en voz muy baja, guiándome con su mirada. Nunca se acercaba. Mi propia mano me quitó la ropa, hasta quedarme casi desnudo, me resbalaba de la silla, deslizaba mi mano por mi miembro hasta que el semen salpicaba el suelo. Él permanecía allí todo el tiempo, a veces también recostado en la silla, susurrando palabras en una lengua desconocida, siempre las mismas palabras. Entonces se movía, apartaba su mirada, bajaba al suelo y se arrastraba hacia mí. Absorto, sentado en mi silla, intentaba apartarme, taparme, quizás salir corriendo, pero carecía de fuerzas para hacerlo. Él acercaba su cabeza a las gotas en el suelo, sacaba la lengua para saborearlas, las lamía y parecía que disfrutaba. Cuando limpiaba mi semen, retrocedía, se quedaba sentado durante unos momentos, se vestía, volvía a mirarme, después se levantaba y se iba. Cada noche pasa lo mismo. Antes me preguntaba quién era, de dónde venía, por qué nunca se tocaba a sí mismo para satisfacerse, por qué no se acercaba, por qué yo no tenía fuerzas para levantarme, besarle, por qué no podía resistirme… Ahora sé que es así. No tengo más preguntas. Sé que vendrá sin falta, que su mirada me incitará a exprimir de mí lo que tanto necesita. Creo que cada día está más hermoso, sus ojos destellan cada vez más, mi placer es cada vez mayor. Mis apuntes son cada vez más legibles, el montón más grande, mis sueños más bonitos. Aunque me parezca que cada vez estoy más frágil, que camino hasta el baño cada vez con mayor dificultad, que cada vez tengo menos pelo, y que han aparecido una especie de cicatrices en mi cuerpo, en mi pecho, en mis manos. Parece como si mi chico no se diese cuenta de ello, me mira, me guía entre las páginas, entre las frases, hacia la piel, hacia el semen que brilla de manera tan bella en su lengua roja. A veces pienso que es un ángel y no me interesa saber qué trae.