Querido, te ruego que les enseñes buenos modales a tus amantes. Hace alrededor de una semana me llamó un tal B., que a toda costa quería saber dónde estabas. Le dije que te habías ido a esquiar y que no estarías por algún tiempo. Por lo visto había estado llamándote a casa sin parar y luego optó por darme la lata a mí. Llamaba todos los días, en ocasiones hasta dos veces. Me explicaba lo de vuestro amor, cómo os habíais conocido, qué planes teníais, sollozaba pidiéndome que le diera tus señas, y cuanto más le repetía que no las tenía, más se ofendía diciendo que qué creía yo que significaba para ti. Pero ayer se presentó de repente en mi puerta, bueno, por lo menos se presentó como B., era un poco más alto que yo, más fuerte, de pelo castaño y corto, de pinta romántica. Espero que sepas de quién se trata. Se puso muy pesado insistiendo en que lo dejara entrar, como si quisiera cerciorarse de que no te tenía escondido en un cajón. Cuando comenzó a lloriquear lo invité a que pasara. No voy a hablarte de tus gustos, pues al fin y al cabo llevas viéndome mucho tiempo, y tampoco me voy a disculpar por el obvio resultado de esa visita. Pronto, el chico se quedó postrado en el sofá y me reveló todas sus penas. Empezó, naturalmente, con tu partida misteriosa y se explayó sobre su juventud, me enumeró todos sus ligues, sus partes buenas y malas, mencionando desde las medidas exactas hasta la situación económica de cada uno de ellos. Luego volvió a hablar de ti, se puso a llorar y estuvo así una media hora. Yo le daba de beber, tratando de convencerle de que se tranquilizara, hasta me senté a su lado para que se apoyara en mi hombro y me mojara la camiseta. Con interrupciones, también soltaba comentarios sobre el timbre de tu voz, tan atractivo, y cuánto le querías, a la vez que, agarrándome con los brazos, bajaba cada vez más hacia mi vientre. Ya no sabía muy bien qué era, en realidad, lo que andaba buscando. Si quería desahogarse, si te quería a ti, lo cual era absurdo, pues estaba claro que no estabas ahí, o si tanto le faltaba el calor humano. Había colocado la cabeza entre mis piernas, seguía lloriqueando, balbuceando, pero con los dedos me desabrochaba el pantalón. Con bastante destreza sacó lo que deseaba y lo arropó con su boca. Si había logrado comprender, más o menos, que tu querido anhelaba saber tus señas, ahora sus actos me parecían inconcebibles. Me acordé de tu palabrería, de cómo yo no te bastaba, de cuánto necesitas siempre otra cosa un poco distinta, de que la vida es muy corta como para malgastarla con la monotonía. De acuerdo, lo que tú digas, pero ¿qué hace esa otra cosa aquí? ¿Qué quiere de mí? Guárdala donde quieras. Empujé a B. al suelo y le di en la boca con un cenicero. Por suerte se me escapó de las manos y salió rodando por la habitación, de lo contrario le habría golpeado más veces. El tío gimió, se recompuso rápido y desapareció. Como puedes ver, en el suelo aún queda un poco de sangre.
Permanecí sentado imaginándome cómo hacías las maletas y, de nuevo, cómo te revolcabas con ese B., cómo intentabas besarle la boca ensangrentada, cómo la habitación se volvía más y más vacía y tu cuerpo menos y menos apetecible. Al igual que B., empecé a echar la cuenta de mis amantes, preguntándome qué me habían aportado realmente, sumando los años, y tenía cada vez más claro que ese sumar se acercaba cada vez más a cero, a una especie de vacío, a un estado sin valor alguno. Liberado de todo, me levanté, cogí la maleta y me puse a meter ropa dentro, sin orden ni plan. Las bobadas que había dicho el tío me sacudían la cabeza, sus labios rotos se aparecían ante mis ojos. Decidí salir de viaje para estar contigo.