Mi conocido P. era terriblemente joven. Lo veía siempre en la estación, donde se vendía. Era muy guapo, fornido y alegre. De vez en cuando intercambiábamos unas palabras, naderías o algunas bromas. Una noche, cuando me sentía solo, le invité a tomar algo. Sabía que iría conmigo a cualquier parte a cambio de cualquier cosa, aunque solo fuera por ganarse una cena o un viejo jersey. Pero el dinero le volvía loco, por supuesto. A veces desaparecía durante una semana, o dos, seguramente alguien se lo llevaba de vacaciones, lo alimentaba, lo acicalaba, le entretenía tanto como podía y, más que otra cosa, se lo tiraba. Sabes que soy seropositivo, me dijo enseguida. Chupaba aquella cerveza, mirándome. Qué más da, le dije con un gesto de desdén. Tenía unos ojos preciosos, profundos, casi negros, en los que uno estaría fijándose todo el tiempo. ¿Estaba a punto de soltarme la historia de su vida? Pero, aunque así fuera, le dejaría hablar para poder observar esos ojos, esos labios, esos dientes que brillaban en la penumbra del sucio local. El lugar no tenía nada de romántico, en un lado maldecían, en el otro rompían vasos. Me habría gustado alargar la mano y ponérsela en la entrepierna mientras él se quedaba sentado, así, ligeramente mareado, recreándose en su pasado. Debía de gustarse mucho. Dudo que prestara atención a alguien más. Las clases eran tan aburridas, dijo. Me las saltaba, me iba a los recreativos y por ahí. Siempre había alguien que me pagaba las fichas y me preguntaba cosas, me hacía la pelota, admiraba mi destreza, me tocaba todo el tiempo diciendo que era guapo y que las chicas debían de asediarme. Me preguntaba si me gustaba alguna y si lo había hecho alguna vez. Yo no tenía ni idea de eso, pero me decía que podía mostrarme fotos, y películas, para que no hiciese el ridículo. Así, una vez, un señor me llevó a su casa. Llovía mucho y no podíamos pasar junto al río. Estaba un poco mojado, me ofreció su ropa elegante, seguro que era importada, me metió en un cuarto de baño grande, todo brillaba, todo olía bien, como en una serie americana. Me atraía esa luz, la bañera, enorme, en la que dejó correr el agua, las burbujas, el aroma, el calor. Me quité la ropa y me sumergí en la espuma, él se quedó allí, sonriente, asintiendo con la cabeza y alabándome sin parar. Me gustaba. Y me lavó la espalda, me secó, me arropó con un albornoz, me dijo que me sentara delante de las imágenes parpadeantes de cuerpos desnudos, hasta que me empalmé, y él seguía hablando bien de mí, de mi corpulencia. Me gustaba que admirara mis músculos, que los tocase, que me destapase y que se asombrase ante el tamaño de mi polla, aunque yo siempre había pensado que era pequeña. La cogió entre las manos, la frotó y sacó de ella una sustancia blanca que se tragó después. Me infundía fuerza, confianza. —Lo miraba mientras hablaba, tan embelesado consigo mismo, clavaba los ojos en él, en ese alimento embriagador y en esa muerte que no eliges, cuando quieres hincar los dientes aun a costa de hundirte en arenas movedizas—. Así que, a partir de entonces, me iba cada vez más a menudo con alguien para que me acariciara, me disfrutara, añadió. Todos eran muy amables, me compraban bebida, regalos, y lo único que yo tenía que hacer era tumbarme desnudo y pasármelo bien. A veces tenía que tirarme a alguien, pero me gustaba penetrarlo, cuando la cabeza me daba vueltas y me corría con temblores, pero siendo fuerte y guapo, un hombre de verdad.
Me levanté para irme. Era demasiado para mi dolor, este chico, tan engreído, tan deslumbrante, que se estaba quedando en los huesos y, sin embargo, seguía brillando con un ardor con el que me habría gustado quemar mis manos, abrasar mi carne hasta aullar, a voz en grito, y adentrarme más, adentrarme en él. Me tiró de la camisa. Venga, que te cuento más. Me han pasado tantas cosas. Tantas manos habían tocado su cuerpo, tanto sudor le había goteado por el torso, tantas sales fragantes le habían corroído la piel. Vamos a tu casa para que te muestre mi belleza, venga, seguro que tienes algo en la nevera, seguro que tu casa es bonita, seguro que te gustaría verme, porque me miras mucho. Yo caminaba lento mientras él hablaba y hablaba. Comía con ansia, me contaba historias, chistes, hacía malabares con las manzanas, bailaba para mí, se desvestía, se retorcía delante de mi cara, me arrastraba para llevarme a la cama, movía mis manos por su cuerpo, por aquella piel joven y dispuesta que relucía, salpicada por una especie de manchas, oscuras como su pelo negro. ¿Sientes, sientes qué delicioso soy?, repetía, apretaba mi cabeza contra su pecho, contra su vientre, la empujaba hacia abajo, ¿qué dulce soy?, metió su polla en mi boca y siguió deslizándose hacia dentro. Sentía cómo latía su corazón, lo alto que era, inalcanzable, cómo me alimentaba, cómo borraba todo lo bueno y todo lo malo, cómo agarraba mi cabeza, cómo temblaba, cómo descargaba dentro de mí, todo, desde su nacimiento hasta su muerte, aquella sustancia blanca, y yo deseaba tener más, y más aún.
P. y yo compartíamos las tardes, nos corríamos el uno en el otro, entrelazados, a veces llorábamos, a veces nos follábamos juntos a algún tío y otras veces permanecíamos juntos en silencio. Miraba sus ojos huecos, sus cicatrices, sus piernas que flaqueaban de vez en cuando, su miedo, sus dedos trémulos, la saliva que se le caía sin querer, su sudor que dejaba la cama encharcada.