A J. le gustaba hablar por teléfono. Pero no me llamaba solo él. Y yo tampoco era el único al que llamaba. Gemía. Esos gemidos a distancia debían de importarle mucho. Lo sabía todo acerca de sus amantes, cuándo estaba con ellos, cómo eran, de qué hablaban, qué hacían. Sollozaba a lo lejos y sus sollozos me aburrían. La conversación siempre acababa cuando él ponía fin a sus lloriqueos y yo me corría. Me corría justo con aquellas lágrimas al otro lado del teléfono. La curva dramática era perfecta. Ayer estuve con el mejor tío de mi vida, sabes. Pero ya no volverá. Se fue, sin más. Como si yo no le gustara lo suficiente o como si no fuese lo bastante inteligente. Estábamos todos en el bar, hablando de la película… que a mí me chifla, ¿no te parece estupenda?, cuando lo veo junto a la barra tomándose una cerveza, alto, guapo, parece un dios. Lo miro, le pregunto si quiere sentarse con nosotros, le explico todo, sobre el héroe, sobre su eterna búsqueda, y él lo comprende todo, el bar entero brilla. Apenas me doy cuenta de la hora. Mi mano se desliza hacia mi entrepierna, empiezo a tocármela, a invitarle. Fuimos a casa de K., que es una tía muy chiflada, sabes qué ropa tan alucinante tiene, ya la has visto. Todo en su casa es de color verde, su viejo es un tío de puta madre, no es nada pesado. Y tiene un buen sueldo, de manera que a ella no le hace falta quedarse siempre allí, sino que sale fuera, donde pasan cosas. Estuve pegado a él, olía su perfume, su piel, tocarle me volvía loco. No puedes imaginarte cómo es. El mejor que he conocido hasta ahora. Y ha habido muchos. ¿Pero qué pasa conmigo? Al final todos me dejan, cuando realmente lo que quiero, todo lo que quiero es estar con alguien, amar a alguien, que nos busquemos un piso juntos. Yo me quitaba la ropa. Con un dedo recorrí mi pecho, mi vientre, mi miembro, mi capullo, empecé a hacerme una paja. No sabes lo bien que nos lo pasamos. Él mismo me propuso que fuéramos a mi casa. Allí me agarró y, qué boca, qué manos. Era tremendo, maravilloso. Y la polla que tiene. No podía desprenderme de ella. Le decía cualquier cosa y él lo entendía todo y sonreía, en la cama, en el suelo. Pasamos la noche follando y fue fantástico. El mejor sexo de mi vida. Yo permanecía sentado, inclinándome hacia atrás, empezando ya a sentir el temblor, necesitaba aún sus lágrimas. Pero por la mañana me dijo que se iba y que nos veríamos alguna vez. ¿Y el número de teléfono? Eh, hizo un ademán con la mano, no me gustan los teléfonos, se vistió rápido, lo cogí de la mano, quédate un poco más, pero se deshizo de mí, adiós, y se fue, me dejó allí tirado como a una puta. Y ahora qué hago, esta vida no tiene sentido, ¿qué les pasa a todos? ¿Me tiro al río? Fue delicioso. Me corrí, el semen salpicó mi vientre y se concentró en un charquito blanco. No sabes qué infeliz me siento, lloro y lloro y no puedo parar. Me limpié con un pañuelo, ya estaba harto de él. Sería tan agradable estar sentado aquí, en silencio, solo. Bueno, ya no te molesto más, a lo mejor me paso algún día, adiós, ya me las apañaré como pueda, pero el tío era una maravilla, que lo sepas, adiós.
Un día apareció en mi puerta, sin más. Era tarde. No podía estar solo. Llevo todo el día deambulando por la ciudad y no puedo olvidarme de él. Se ha ido esta noche, ya sabes, el que conocí la semana pasada. Increíble, pelo negro, veinte años, el que tiene un trabajo de puta madre y un coche, ya sabes, ¿no te he hablado de él? Con el que me lo monté en la cocina, en una fiesta, ¿no te acuerdas? No me acordaba y tampoco me interesaba. Cuando lo veía, siempre recordaba los dos meses que habíamos pasado juntos, la época de nuestra especie de historia de amor, cuando me esforzaba en estar con él, cuando sollozaba en mi regazo porque no sabía si todo aquello tenía algún sentido o si debería elegir otra opción, porque aunque me quería a mí, quería también a otro, pero no hacía nada con él. Entonces me parecía que estaba sufriendo, pero mucho más tarde, cuando nos encontrábamos en algunas ocasiones, solo para charlar sobre cómo estábamos, me hablaba de salas de cine donde ponían películas porno, de la increíble atracción de estar en la oscuridad cuando alguien se sentaba a tu lado y apenas lo podías ver, cuando empezaba a tocarte y después te ponías encima de él allí mismo o te corrías en su boca. Y cómo había ido a aquellas salas aun cuando estábamos juntos, porque no había podido resistirlo, porque todo lo de allí era estupendo. Yo no comprendía aquella actitud, no lo tenía claro, pero retuve ese dato en mi memoria y ahora, cuando lo veo, siempre lo recuerdo, me acuerdo de él llegando a mi casa después del cine, abrazándome, sollozando y diciendo que no podía decidir y que no se le ponía dura porque quizás me amaba demasiado, porque… Aquella noche yo estaba de buen humor. No podía parar de servirle vino, de acariciarle el pelo de vez en cuando, de secarle las lágrimas de las mejillas y de ponerme cachondo tocándome la polla con la otra mano debajo de la mesa. Quedamos casi toda la semana, era maravilloso, el domingo hicimos una excursión, paseábamos de la mano, no sabes qué feliz estaba. Hablaba de una manera tan bonita y tiene una piel tan suave, con todos esos pelillos en el pecho, ¡para volverse loco! Me comprendía, ha sido el primero en entenderme, comprendía todos mis problemas con mis padres y en el trabajo, todo. Y ahora se ha ido, ha dicho que no puede seguir así, que somos muy diferentes, que es mejor para los dos que lo dejemos ahora… Me levanté y me acerqué, me desabroché el pantalón, empecé a acariciarlo, a limpiarle las lágrimas con mi polla, que estaba cada vez más dura, me la meneaba, de arriba abajo. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Me entiendes? Oh, no, qué triste es todo. Se la metí en la boca, interrumpiendo sus palabras, y seguí penetrándole y secando todo lo que se derramaba de sus ojos. Le bañé la cara con mi semen, recorrí con mi miembro el tramo desde los ojos hasta la boca para que se mezclara con los mocos, con las lágrimas, con toda su miseria. Él sollozaba y tragaba, gemía sin parar, y yo me quedé aliviado, al menos como para poder soportarlo durante unos minutos más sin coger un cuchillo y clavárselo en el corazón para poner fin a toda su pena, a toda su aflicción, a toda su desdicha. ¿Esperaba que lo hiciera? Tal vez sí. Le acompañé hasta la puerta, ni por asomo se me ocurrió que se quedara a dormir, o seguir escuchándole.