Esta noche me siento de un humor particular. Estoy tendido en la cama, tratando de evocar en vano el calor de una piel ajena, me esfuerzo inútilmente en sentir su sabor en la lengua, en percibir su olor. Por eso te escribo.
Esta noche he ido al cine —sí, también esta noche, pero no puedo decir de qué iba la película; o no tenía argumento o no me acuerdo de él—. Me senté en una de las butacas de la sala pequeña y oscura, que casi era como un salón antiguo, y delante de mí desfilaban las imágenes, siempre las mismas, el color verde de bosques y prados, el color de los cuerpos humanos. Cuerpos que se encontraban, que se tocaban, que se besaban y que no hablaban. Había una música de fondo. Algo especial se apreciaba en el ambiente. ¿Tal vez el anhelo de palabras? No, era una paz armoniosa, como en un espacio consagrado, solo se oían los ruidos suaves de los asientos plegándose y los pasos apenas audibles de la gente que bajaba por el pasillo hacia la pantalla. Delante, a la derecha, una puerta chirriaba de manera casi imperceptible cada vez que se abría, una vez tras otra. Como si fuera la puerta de la sacristía a la que se dirigían los fieles para recibir la hostia sagrada. Solo faltaban el aroma a incienso y los discursos graves. Parecía que la palabra divina se hubiese perdido. Las escenas proyectadas se asemejaban a una serie de frescos, pero no había aureolas ni índices levantados. Los personajes no sostenían gruesos libros ni entreabrían sus labios —no parecía que anunciasen nada en absoluto—. Solo había un olor extraño flotando delante de la pantalla —pero no procedía de los personajes de la película—. Debía de ser una neblina suave que las personas sentadas expulsaban sin darse cuenta. Creaban, sin querer, una ceremonia sagrada, repitiendo el acto de arrodillarse en una iglesia local, fijando sus miradas exhaustas con esperanza y despidiendo un aire cargado de angustia; de miedo, de horror, de dolor, de sufrimiento —no lo sé—. Debía de ser algo muy serio y hasta yo, que no tenía remordimientos, podría haber disfrutado de la paz y del júbilo al observar a los pecadores arrepentidos que avanzaban sin parar hacia la sacristía, hasta yo, que no debería de experimentar ningún tipo de inquietud, me asfixiaba y mi corazón latía agitado y la sangre se me subía a la cabeza. Y, sin embargo, me quedé sentado. No me cambiaba de butaca como hacían los demás, que se precipitaban con impaciencia de un lado a otro, aunque, eso sí, de manera silenciosa y suave, tal como se debe hacer en un edificio sagrado, tampoco giraba la cabeza a la izquierda ni a la derecha, ni me había apresurado a ir hacia la cola para comulgar. Pero había algo en la oscuridad que me forzaba, los días en esta ciudad, la vida, tú, la desolación, el horror infinito de las calles y mi habitación fría me forzaban, me forzaban a levantarme, incluso aunque yo no perteneciera a aquí: y, sin embargo, ¿debería ponerme en pie y caminar hacia la sacristía? ¿Debería aceptar la hostia sagrada y así entrar en la vida con una paz recién descubierta? Pero no hubo anunciación, no hubo palabra divina, ni un movimiento siquiera, y no pude bajar hacia la pantalla, no pude unirme a la multitud que dejaba que la oblea se posara en sus lenguas, creyendo que su fe era fuerte a pesar del silencio, a pesar de la oscuridad.
Algo me retenía, como si yo no perteneciera a allí, algo que, además, traspasaba el color de los bosques y el color de la piel, algo que podía ser sin las palabras y la luz, o incluso que solo podía existir sin ellas, pero que no podía, no quería unirse a la fila, experimentar la consagración entre los altos pilares, aceptar la hostia en la sacristía. Un miedo singular dentro de mí, un miedo singular… ¿a la enfermedad de las masas? La enfermedad que siempre les hace estar juntos, que les da fuerza y valor, pero que es, sin embargo, letal. Las masas obsesionadas que alzan las manos, que exclaman o que se echan con calma al suelo delante de los tanques. Los que se dejan quemar vivos cantando en una iglesia sellada, los que vencen todas las espinas y ciénagas. No, no soy inmune a ello; aunque, tal vez, quisiera serlo. Pero me mueve ya solo un soplo de viento, no, ya solo un soplo de aliento. Un pensamiento me aplasta, y meterme entre tantos pensamientos, entre tantos alientos, sería pernicioso. Así que me quedé sentado temblando de miedo divino a que me tocase un pensamiento, a que me tocase un aliento, fijando mi mirada en los frescos, en las escenas que eran algo completamente diferente. ¿De verdad lo eran? No, no bajé por el pasillo ni logré salir antes del final de la película, y solo más tarde, en la calle, me di cuenta de lo confundido que estaba, de qué manera tan atroz me había tentado unirme a la procesión, comulgar, y cómo una imagen distinta se formaba dentro de mí. Dentro de mí, para siempre, sin necesidad de pasar por puertas ocultas a los cuartos oscuros, entre música de órgano. En la calle, cuando entreveía los muslos desnudos detrás de las puertas, las caras bonitas en los bares vacíos, cuando los transeúntes se divertían en grupos separados, cuando reprimían sus propios deseos y se reían mirando escaparates, cuando la noche nos cubría con la vida que nosotros reconocíamos solo como una angustia… entonces yo seguí andando, despistado, deseando irme y quedarme a la vez. Pero tenía miedo de quedarme y tenía miedo de irme. ¿Entiendes que solo fui al cine y que, después, anduve por las calles hacia mi habitación del hotel? ¿Entiendes que me senté a escribir, perdido, sin saber cómo ni para qué? ¿Con qué debo frenar la angustia que me ciñe la cabeza como una corona? ¿Con qué debo iluminar la oscuridad? ¿O debería saltar a esta densa oscuridad y absorberla hasta perder la consciencia?
Últimamente tengo sueños terribles. Lo sé porque me despierto cansado, empapado, con las manos agarrotadas. Me acuerdo de una escena en la que yazco en algún lugar sin poder moverme. Como si estuviese encadenado y no pudiese mover ni las manos ni las piernas ni la cabeza. Delante de mí se pasean cuerpos desnudos, ríen y se aman. Y yo, allí, inmóvil, y nadie me toca y yo no puedo tocar a nadie —¿no ha sido así también esta noche, en el mundo real, en la vida real y no en un sueño?—.
He estado andando por la calle, observando las caras, y cada una de las miradas me ha abrazado y cada una me ha arropado, pero no ha habido una palabra, una oscuridad, no ha habido encuentros ni roces. Como tampoco ha habido un color adecuado.