J. era una de esas mujeres que gustaban de rondar a los maricones. No para estar relajadas, no para, de vez en cuando, estar en compañía de alguien sin connotaciones sexuales, sino para conquistar. J. destacaba en eso. Mientras las otras parecían tener un aspecto amistoso y solo revelaban con modestia sus encantos, tejiendo sus relaciones, J. era más directa. Se comportaba como si estuviera entre los suyos. Bromeaba con los tíos, cotilleaba, les daba golpecitos en el culo, se inclinaba peligrosamente hacia la entrepierna, daba besos sonoros en la boca y, con pomposidad, metía sus manos debajo de las camisas. Era evidente que había adoptado con fidelidad los modales, los gestos, el lenguaje de los grupos más ostentosos, afectados al máximo. Ella, en sí misma, no valía nada. Baja, gorda, con dientes prominentes y un pelo horroroso. Con ese amaneramiento y esos movimientos poco naturales parecía un auténtico adefesio. Ella disfrutaba con la visión de un joven alto, bien vestido, moviéndose con elegancia entre los demás, frunciendo los labios con un gusto exquisito, irradiando gestos de dama. Pero J. incluyó aquel comportamiento «femenino» en sus modales, es decir en los modales de una mujer, sin medida, así que su pinta era de muy mal gusto. Resultaba difícil mirarla durante más de un segundo. Y, sin embargo, los tíos la encontraban fascinante, tal vez precisamente porque los imitaba y, sobre todo, porque no le salía nada bien. Junto a ella, ellos brillaban todavía más y hasta un soltero empedernido les preferiría a ellos antes que a ella. Y eso era todo. Según sabía, sus intenciones ocultas no tenían ningún éxito. La fraternidad no le traía a nadie a la cama. Pero tampoco cambiaba de táctica. Cuando la veía así, entre los jóvenes que escuchaban su cháchara, me parecía que estaba contenta. Por supuesto, a mí también me daba la lata. Encontraba un sinfín de excusas para apretarse contra mí de manera «masculina» y contarme cosas «interesantes». Era tan pesada, me daban tanto asco sus contorsiones, que decidí tomar medidas.
Cuando se topó conmigo en un bar, fingí estar tremendamente infeliz. Me inventé una historia, poco a poco, como respuesta a sus innumerables preguntas, consuelos y estímulos, sobre un amor no correspondido que me quitaba el sueño y el sentido de llevar una vida así. Se inventaba algo sobre la amistad, sobre las confesiones personales, y me llevaba lentamente, mientras anochecía, hacia su alcoba. También su alcoba era una imitación grotesca de la habitación de un marica. En las paredes colgaban fotografías de hombres desnudos, musculosos y con pollas largas. Todo estaba en su sitio y había mucho de todo. Se sentó en medio del cuarto, me atrajo hacia ella y siguió repitiendo, así son esos hombres, así te explotan y, después, siguen su camino. Sin corazón. Imponía su voluntad al hacerme beber, con sus suaves caricias, al sacar con insistencia las palabras de mi boca, diciendo sin cesar cómo me entendía hasta que sentí náuseas. Pero yo tenía que insistir, a pesar de todo. Después se dio por vencida, pero solo cuando ya se había ido el último autobús y estaba claro que tenía que pasar la noche allí. Fue su primer logro, se le reflejaba en la cara, se mezclaba con su enorme compasión. Oh, hermana, vamos a la cama para que me cuentes los detalles, ya sabes, eso de…, me dijo. Por supuesto, llevaba un tiempo tratándome como a una mujer, como si por ello le fuera a abrir mi corazón. Y no veía fin a su teatralidad. Sacó muchos camisones, más o menos eróticos, pero todos ellos enormemente cursis. ¿En cuál de ellos te sentirás mejor, querida?, me preguntó. Era verdad que estas escenas me sonaban, pero ahora, realizadas por esa gorda, ese adefesio, resultaban ser algo completamente diferente. Me habría gustado escupir en su cara, vomitarle encima, pero sabía que tenía que tirármela. Me desvestí rápidamente y me hundí en la cama. Mientras, ella se entretenía por la habitación, perfumando el aire, encendiendo una lámpara de color rojo oscuro, y se aseaba en el cuarto de baño. ¿No vendría usted a la ducha?, la oí berrear.
Dime por dónde te metió aquella cosa, chilló, cuando se echó a mi lado y me dio golpecitos en el culo. Oh, pobre culete, tan frágil. Ahora estás conmigo, a salvo, yo no soy así. Se estrujó contra mí, acariciándome el pelo. Hablaba sin parar, emitía risitas, preguntando, bueno, cómo te la chupaba, y me tocaba el paquete. A mí me lo puedes contar, se dobló hacia abajo y se la metió en la boca. Ahora, al menos, se callará durante un rato, subía y bajaba la cabeza, se relamía, insistió hasta que se me puso dura. Se quitó el camisón, cogió mis manos, me las puso en su pecho y se puso a jadear. Él se aprovechó tanto de ti, se aprovechó de ti, repetía. Se sentó encima y metió mi polla entre sus piernas, como un cuchillo en su vagina. A ella no le pareció así, claro que no, pero yo sabía que la iba a atravesar. Subía y bajaba, yo agarraba sus michelines para ayudarle, la di la vuelta y empecé a follarla. Se ponía cada vez más roja, ardiente, feliz de haberlo logrado. Cuando me corrí, me quedé dentro de ella, tumbado sobre aquella cosa blanda. Fue algo meramente carnal, sin ningún encanto, sin ningún deseo. Nunca había experimentado un sexo tan vacío, ni con una mujer ni con un hombre. Ay, y si me quedo embarazada, graznó. Deja que me lave. Pero no la dejé. Qué más da, qué más da, fingía. Podía sentir mi esperma en su interior, sabía que por la mañana tendría que hacerlo otra vez y quizás también más tarde, porque ella era mi hermana y no podía abandonarla así como así.
Y de hecho, actuamos como una pareja durante más o menos una semana. Ella estaba radiante, se volvió un poco menos maricona, se empeñaba en demostrarme que era mejor, no dejaba de bajar a mi bragueta, no dejaba de tragarse mi semen, no dejaba de celebrar la victoria y no dejaba de sentarse en el cuchillo.