jordi sierra i fabra
asesinar a un muerto1 —Diga su nombre, por favor. —Gloria Seymour Jones. —¿Ocupación? —Soy portera del edificio número 1.127 de la calle Mills. —De acuerdo, señora. Ahora, ¿pod
batallitas1 Se habían conocido dos semanas antes. No tenían ni idea el uno del otro. La misma edad, el mismo trabajo, pero uno en el norte y otro en el sur. Una vida
crimen perfecto1 El revolver se hundió entre sus ojos. —Suba —dijo el pelirrojo. —Dios… ¡Dios! Pero… ¿por qué? El rubio le presionó la frente, como si quisiera hundirle el
divide y vencerás—¡Reduce, vamos, reduce, ya estamos lejos! Carlos mantuvo el pie en el gas. —No me fío —dijo. —¡Reduce ya, coño! ¿Quieres que nos pare uno de la urbana por
el honor del asesino a sueldoEn el momento de aparecer la pistola en su mano, ella dijo: —No lo hagas. Y él la miró como si no supiera de qué estaba hablando, con la mano firme en torno
el muerto se movía, se movía, se movía…El edificio era relativamente alto para estar situado casi en primera línea de mar. Bueno, todos lo eran. Formaban una fila homogénea de cemento encalado, p
el testigo ilustradoEl tinterillo estaba en la esquina de siempre, con su parasol colorista, el nochero y la Brother. Su silla era vieja. La de los clientes también, pero más c
el último vuelo de sam sánchezBerta detuvo el coche frente a la doble cadena que impedía el paso de los coches más allá de ella. Ni siquiera los todoterreno tenían acceso a la senda. O,
enemigos hasta el finalEl maldito GPS había dejado de funcionar hacía dos o tres kilómetros. En la pantalla no se veía nada. Era como si se encontrara en mitad de ninguna parte, e
espejo de conciencia1 El viejo Mac nunca había tenido suerte. Lo sabía, se daba cuenta. Esa era una sensación lejana que llevaba incrustada en los huesos gastados y le hacía do
los herederos1 La vieja casona respiraba aires de muerte. Un lúgubre silencio envolvía el conjunto, desde las estancias a los artesonados del siglo XVII, la barroca deco
memoriaAquel día de 1961 escuché las peores palabras de toda mi vida. Me las escupió a la cara. —Mañana, si vienes al colé, te mataremos. Se llamaba Petit. No recu
poker mortal1 De vez en cuando me gusta divertirme. Ya sabéis. No, no todo es salir de marcha, ligar con una desconocida en un bar, despertar por la mañana con una resa
sueños de muerte1 Ella era pelirroja. ¡Oh, Señor, que cabello! Pelirroja de pies a cabeza, completa, entera, lo sabía bien. ¿Cuántas veces la había visto desnuda? Cada noch
un crimen de película1 En la penumbra del «Rick’s Cafe Americain», mientras las notas del piano sobrevuelan la crispada atmosfera, Humphrey Bogart, en el papel de Rick Blaine, g
una carta de despedidaEl sobre estaba en el buzón. Un sobre mediano, vulgar y corriente, de color amarillo oscuro o marrón claro, acolchado, como para proteger el contenido. Su d