País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

espejo de conciencia

1
El viejo Mac nunca había tenido suerte.
Lo sabía, se daba cuenta. Esa era una sensación lejana que llevaba incrustada en los huesos gastados y le hacía doblar más la espalda hasta proyectar su cuerpo en ángulo hacia delante, con los ojos mirando al suelo. Levantarlos ya suponía un esfuerzo. Pero ahora necesitaba mirar al frente para correr más aprisa.
El viejo Mac estaba huyendo.
A sus más de sesenta años percibía la llegada del fin y, a pesar de ello, se rebelaba. Su padre estiró la pata a los ochenta. ¿Por qué tenía que palmarla él antes? ¿Solo porque estaba vencido, derrotado y con aquella jauría pisándole los talones? Si era así, él les haría sudar, les haría morder el polvo de sus pasos. Pero esa era únicamente una postrera cólera provocada por el furor. No sabía si le bastaría en aquella ocasión.
—Bien, has salido de líos jodidos…
Sí, algunos lo habían sido, a los veinte y a los treinta. La última vez que estuvo en la jaula fue a los cincuenta y siete si descontaba la semana de Illinois un par de años antes, y en Nebraska. ¡Ah, buena tierra a pesar de todo! Le gustaba. ¿Por qué decía aquello…? ¡Ah, sí, por lo de salir del lío! Desde luego ya no se sentía con fuerzas, las piernas se le doblaban y el pecho le quemaba. Andar por ahí con tantos años encima era una mierda.
—Una auténtica mierda.
Estaba por jurar que nunca había atravesado una racha como aquella. ¿Desde cuándo duraba? ¿Podía acaso recordar en qué momento comenzó a rodar por la pendiente? No, no tenía la cabeza tan serena como para intentarlo ni tiempo para detenerse a pensarlo. No iba a recordarlo. ¿De qué le iba a servir? Siempre que se constipaba de niño, la maniática de su madre le preguntaba dónde había pescado el constipado, y cómo. A él solo le importaba curarse cuanto antes. Buscar la causa era de idiotas…
Tropezó y cayó al suelo de bruces. Sus brazos no lograron amortiguar el golpe. La negrura de la noche le impedía ver por dónde iba y acababa de meter el pie en un agujero. Por fortuna no se lo había roto. Si hubiera pasado eso estaba listo. Seguro que entonces le atrapaban.
No se levantó de inmediato. Aprovechó los siguientes segundos para respirar y se asustó del ronquido que provocaba el aire al pasar por sus pulmones. Estaba realmente jodido. Las brumas del alcohol le pesaban en la cabeza y le dificultaban cualquier acción.
—Si salgo de esta…
¡Bah!, ¿cuántas veces dijo algo parecido? La vida estaba hecha para ser vivida, hasta el final. Él era posiblemente el último de su generación. ¡Que extraña sensación!
Los evocó brevemente a todos. A Lester el Cercas, a John John el Cunetas, a Matthew Ojo de Pez… ¡Buenos chicos! Aquellas noches en los rasos de Nevada, y aplastados en los trenes donde los guardias, con estacas de veinte pulgadas de espesor o más, los buscaban para abrirles la cabeza como a Williams, los veranos en California y los inviernos en cualquier parte del norte… John John se había caído en las vías un día al ir a coger un mercancías. No iba a mucha velocidad pero a él le falló la mano. Lester se pudrió en la cárcel. Matthew pescó una pulmonía y la diñó. Una simple pulmonía, pero a sus años… Los años, los malditos años…
Ellos, los que le perseguían, sabían eso. Sabían que era un viejo, un pobre viejo borracho. Tal vez ni siquiera estuvieran corriendo. Esperarían, esperarían a que él no pudiera con su alma y entonces se le acercarían con tranquilidad. No haría falta más. La fruta madura acaba cayendo del árbol. ¿Para qué subir por el tronco y las ramas exponiéndose a romperse la crisma si es más fácil esperar?
Así que eso harían ellos.
Salvo que lograra darles esquinazo.
La idea le produjo una peculiar satisfacción. Imaginó por un instante sus rostros desencajados, cruzados por la rabia, su ira desatada, la impotencia del fracaso. Volverían a sus casas en aquel estúpido pueblo de mierda y les zurrarían a sus mujeres, o a sus hijos, pero él ya estaría lejos. Tendrían que buscar a otro para cargar con el mochuelo.
Porque de todas formas, él no había sido.
Él no se había cepillado a aquella putita calientabraguetas.
Aunque, diablos, ¡cómo se la había levantado!
Un ruido. Dejó hasta de pensar y de respirar. Era lejano, provenía del este. Pero ellos… le perseguían por el Sur. Se levantó con algún esfuerzo y esperó, un segundo, dos. De pronto, un rayo cruzó el cielo y puso blancos espectrales en las quietas formas del monte, incluido él. Fue una luz cegadora, vivida, impresionante allá en la montaña, donde nada se movía y cualquiera se siente desnudo frente a la naturaleza. Así que era eso lo que se le venía encima: una tormenta, un trueno lejano anunciando que los cielos iban a escupir leches. La ira de Dios.
Calibró los pros y los contras de una tempestad en aquel momento y acabó llegando a la conclusión de que a él le perjudicaría más que le beneficiaría. No conocía el terreno y corría a ciegas. Por poca agua que cayera quedaría empapado hasta la misma raíz de su alma inmortal y el monte se convertiría tal vez en una ciénaga imposible. La tierra estaba seca y a cada paso levantaba polvo. Debía hacer siglos que no llovía por allí y el cielo se presentaba muy cerrado ahora que se daba cuenta. Por eso no corría ni una brizna de aire y hacía aquel calor húmedo y sofocante. Huyendo no se había dado cuenta, pero él sabía que iba a llover, y no cuatro gotas. Nada de eso. Se le venía encima un descalabro de mil demonios, con rayos y truenos.
Su condenada mala suerte…
Trató de apretar más la marcha, pero era un intento desesperado de escapar a lo irremediable. No sabía por dónde andarían ellos, pero sabía que lo que tenía sobre su cabeza iba a estallar de un momento a otro. Y no había dónde meterse.
Caminó todavía unos diez minutos antes de que le cayera la primera gota en una mejilla. En ese intervalo de tiempo los truenos machacaron el cielo hasta casi dejarle sordo y los rayos trazaron caminos de plata por doquier un par de veces. En el segundo de ellos trató de orientarse, de aprovechar el resplandor para ver algo, y casi creyó descubrir la forma de una casa hacia la izquierda. Solo que ¿quién iba a tener una casa en aquellos páramos desérticos? El pueblo ya era una pocilga, pero vivir fuera de él…
De todas formas siguió corriendo y esperando un nuevo rayo que no llegó. A la primera gota de lluvia le siguieron otras. Eran grandes y frescas, como perdigones hinchados. Le picaban ya por todas partes. Metió la mano en su zurrón para extraer de él un sombrero que debió perder toda forma social allá por el año 30 y se lo hundió hasta las cejas. Al menos no tendría que pasarse una mano por los ojos a cada momento.
El terreno era cada vez más ascendente, y él resoplaba como una mula cargada hasta los topes. Fue justo en el instante en que una punzada en el pecho le quitaba todo el aire de los pulmones cuando el rayo pasó por encima de su cabeza, ramificándose una y otra vez hasta hundirse en la montaña que silueteó a lo lejos. Pero para entonces ya los ojillos pequeños pero perspicaces de Mac habían visto la casa, allá donde creyera verla por vez primera minutos antes, a su izquierda. Una forma negra y cuadrada.
No tenía otro remedio. No le gustaba detenerse, pero la tormenta iba en aumento. De todas formas, probablemente ellos tampoco continuarían la persecución bajo la lluvia. Le molestaba incluso el hecho de meterse en una casa. Todas eran peligrosas. Seis años atrás durmió una buena borrachera en un pajar y por la mañana se despertó con una escopeta de dos cañones apuntándole entre los ojos. En vano intentó convencer al hombre de que solo había echado un sueño. Él dijo que había ido a robar. Habló de allanamiento de morada, pero no llamó al sheriff, se contentó con pegarle una paliza. ¡El muy cerdo! Se entrenó con él como si fuera un pelele, un saco relleno de virutas. Le hizo perder los dos dientes de delante y le trituró el estómago. ¡Sí, el muy cerdo!
Claro que regresó tres meses más tarde y le pegó fuego a la casa, con el tipo dentro. Más tarde oyó decir que había logrado salir. Bueno, qué más le daba ya.
Se dio cuenta de que no podía más. Aunque hubiera deseado seguir, no lo habría conseguido. Cayó por segunda vez y ahora apenas si pudo levantarse. Estaba en las últimas y la casa era lo único que le quedaba. Por la mañana se orientaría mejor.
—Vamos, cabezota —se dijo para darse ánimos.
Movió su cuerpo impulsado por la necesidad y se asustó del fuerte trueno que retumbó a su alrededor. Hasta la tierra tembló. Se sentía mareado y con ganas de vomitar, ¿pero qué iba a vomitar si ya lo había echado todo el ver el cuerpo de la chica? ¡Dios, cómo lo habían dejado! A pesar de todo le sobrevino una arcada y tuvo que sujetarse el estómago para no gritar. Una baba viscosa y amarillenta le llenó la boca y resbaló por su rala barba goteando hacia abajo. Escupió rabioso y se pasó un antebrazo por los labios como si con aquel gesto pudiera apartar el mal sabor.
La lluvia era cada vez más intensa, y racheada pese a la falta de viento. El viejo Mac ya estaba empapado. De vez en cuando se formaban cortinas de agua a su alrededor. La casa parecía estar todavía lejos.
Era una casa grande, muy grande, inmensa, como pocas recordaba haber visto en su vida y menos en medio de la montaña. Al principio le había parecido más pequeña y más cercana, pero solo fue una ilusión producida por la deformación de las imágenes a consecuencia de los rayos. La realidad era que la casa tenía tres pisos y no menos de una decena de ventanas por lado. Estaba hecha de madera y parecía muy vieja, abandonada. ¿Quién podía vivir allí? Cuando llegó hasta ella se sintió impresionado y lleno de un miedo desazonador. No sabía de qué o por qué, pero aquella mole oscura imponía respeto. El último rayo le trajo a la memoria las casonas de las películas de fantasmas y vampiros, sobre todo en noches como aquella. La fuerte lluvia, sin embargo, le gritaba otra cosa. Acabó echando el poco resuello que tenía para llegar.
Pisó de pronto un camino de grava, mal cuidado, desigual, con plantas silvestres creciendo ya por entre ella, y vio una senda que descendía desde ese punto. Eso indicaba una carretera cercana, pero no se atrevió a continuar. Podía hallarse a diez millas y él no iba a dar más de diez pasos. Por la mañana iría por allí. Si había una senda, al final habría una carretera, por mala que fuera. Allí probaría suerte, aunque con su aspecto, difícilmente le recogía ya nadie hacía años. ¿Qué otra cosa podía intentar?
En realidad estaba acabado y lo sabía, pero se aferraba a cualquier esperanza.
Así había vivido los últimos años.
Puso un pie en la madera del primer escalón y el ruido de su bota le hizo estremecer. Levantó la cabeza para ver la marquesina, triangular, sostenida por columnas, también de madera, octogonales. Se apreciaba cierto caduco refinamiento. Los artesonados eran barrocos. Una de esas casas de comienzos de siglo, señoriales, egregias. Pero ¿qué hacía en un lugar como aquel? Tal vez estuviera cerca de otro pueblo y no lo sabía. Tal vez al otro lado de cualquier loma, o al final del camino de grava, encontrara otra ciudad. Aunque no le iba a servir de mucho. Por la mañana, la noticia ya se habría extendido.
Pensó que era un imbécil.
¿Cómo había podido meterse en aquel lío?
Subió los restantes tres peldaños y quemó un último chispazo de energía para dejarse caer en un banco, junto a la puerta. Había uno igual al otro lado. Tenía brazos moldeados en relieve, como la enorme puerta doble, pero estaba seco, protegido por el voladizo de toda la entrada. La lluvia caía ahora recta, pesada y homogénea. De momento estaba a resguardo. Resolló sintiéndose mejor y de nuevo se enfrentó a la idea que le machacaba la cabeza.
—¿Cómo he podido meterme en ese lío? —se preguntó ahora en voz alta.
La chica, bañada en sangre… Le habían cosido los pechos y el sexo a mordiscos, arrancándole los rizados cabellos con los que él había jugueteado horas antes. También media vagina, la entrepierna carnosa y suave. El que hubiera hecho aquello no era un hombre, sino una bestia, un salvaje, un loco. Después le había roto el cuello, retorciéndoselo como si tratara de desenroscarle la cabeza.
¿Qué edad tendría? Desde luego era muy joven, mucho. ¡Pobre putita! Corta había sido su carrera. Y no era bonita, pero tenía gancho. Sí, eso: gancho. Era graciosa.
Él había aterrizado en el villorrio con un par de dólares en el bolsillo. Se metió en la partida sin quererlo, pero tuvo la racha. Nunca recordaba nada parecido: treinta y siete pavos. Seguro que los cabrones que le perseguían con más ahínco eran los de la mesa. Podía apostar uno cualquiera de sus gastados huevos. Para celebrarlo se había comprado una botella de whisky del bueno y se disponía a bebérsela, solo, en aquella callejuela apartada, feliz de poderla agarrar. ¡Qué diantre! ¿Había algo mejor que eso? Entonces apareció ella. Le dijo que por cinco dólares se lo haría, y por diez tendría el número completo. Pero no fue eso lo que más le interesó, sino que la chica dijo algo de una cama. ¡Una cama! ¿Cuánto hacía que no dormía en una cama, y acompañado? Le importaba un carajo lo que se montara la putita, pero meterse entre sábanas con un cuerpo caliente al lado… ¡Ah, eso era otra cosa!
Así que se fue con ella.
Bueno, no eran sábanas precisamente, sino algo parecido a una lona extendida sobre un camastro, y estaba lejos. Ella le ayudó a llegar primero y a desnudarse después. La lona hubiera podido picarle la espalda a cualquiera que no fuera él, que la tenía curtida por dormir al raso toda la vida. Pero se encontró muy a gusto.
Estaba echando un largo trago, lo recordaba, cuando de repente vio a la jodida putita frente a él, ya desnuda. ¡Diablos… qué cuerpo! No lo había notado antes, vestida con aquella mierda de ropa que llevaba, pero de pronto era otra cosa. Tenía el cuerpo pequeño, sin apenas cintura ni caderas, pero el vello púbico era como un campo de césped bien regado, fértil y suave. La vulva sobresalía generosa, como una flor pálida y marchita de pétalos entreabiertos. Tenía los pechos como picachos duros y tiesos, coronados por unos negros rosetones y rematados por dos pezones redondos como los pulgares de un adolescente. El rostro era ovalado, de rasgos ligeramente mexicanos. Los ojos grandes demostraban saber la Biblia. Pero lo que más picazón le produjo fue la lengua, rosada y larga, muy larga. Debía de hacerla trabajar desde hacía años la muy guarra. Sí, muchos años a pesar de parecer más una adolescente que una joven. Una calientabraguetas que se las sabía todas. Y en el último rincón del infierno.
Después le había trabajado a conciencia, ganándose el dinero, y él la había trincado como solía hacerlo de joven, renacido, empujando como un toro furioso. Ella ni siquiera había hablado en todo el rato. Conocía el oficio para el que sin duda había nacido. Su piel era suave y las entrañas le ardían. Se había puesto húmeda nada más tocarla. La muy…
Lo último que recordaba fue que engulló el trago final de la botella y que cerró los ojos con ella sentada a su lado, acariciándole el pecho con los pezones. Debió de dormirse casi inmediatamente.
Y al despertar… sangre. Sangre por todos lados. En la cama, en el suelo, en su pecho y también en su cara… solo que él no había sido, no hubiera podido siquiera, y más de aquella forma. No, él no.
A pesar de todo, había huido, como alma que lleva el diablo, enloquecido. ¿Quién se para a explicar algo como aquello en una ciudad que no conoce? Sabía de sobra la reacción de las gentes de cualquier pueblo o ciudad pequeña ante algo así. La conocía porque más de una vez había estado en medio, dejándose llevar por la histeria y el deseo de matar. En una ocasión ayudó a colgar a un pobre negro en el Norte. Claro que entonces tenía veinticinco años. En lugares como aquel nunca pasaba nada, y bastaba una chispa para encender los ánimos, bastaba un incidente por pequeño que fuera para romper la monotonía y provocar la vorágine. Cada cual sacaba entonces la bestia que lleva dentro. Y era capaz de matar.
Ahora la presa era él. Le habían visto correr por un par de calles. Seguro que habrían encontrado a la putita y se echaron tras sus pasos como lobos hambrientos. Ella podía ser una persona insignificante, la rata más perdida del pueblo, pero les pertenecía. Las comadres, que antes debían lapidarla y escupirle en la cara, ahora rezarían por ella y pedirían su perdón en la iglesia. Los tipos que se la tiraban, y los que no podían, reclamarían venganza. Si le cogían le lincharían, o le despedazarían. Entonces el más grande de sus pedazos cabría en un bolsillo.
A sus sesenta y muchos años sabía todo eso y más.
Había sentido pena por la putita. Ni siquiera le dijo su nombre. A veces la gente le miraba y él adivinaba sus pensamientos. Pensaban que un vagabundo era alguien muerto, un rescoldo del pasado, un despropósito que se agarra a la vida, una zarza en medio de los macizos de flores, una estampa anacrónica. Solo alguien, de vez en cuando, parecía imaginar que tras los gastados ojos de un vagabundo se escondían muchas cosas, más de las normales en cualquier persona. Pero era una persona entre un millón. El resto siempre le observaba de reojo, con desconfianza, o mostraba algo parecido al asco o la indiferencia. Viendo el cuerpo roto de la chica, él había sentido rabia, ira y pena. Después miedo.
A fin de cuentas ella estaba muerta. Él todavía no.
Se preguntó qué ventaja debía llevarles.
—¡Pobre putita…!
No tuvo una muerte agradable, pero él tampoco la tendría si le cogían, y era estúpido seguir pensando en aquella desgraciada. Debía de pensar en él y solo en él. Su pellejo valía más que todas las putas del mundo.
Era todo lo que tenía.
Le sacudió un ramalazo de frío. Las ropas empapadas le habían calado el cuerpo metiéndole la humedad en los huesos. Y eso era malo, muy malo. Tampoco deseaba pringarla de una pulmonía, como Matthew. Siempre quiso vivir más que su padre, para probarle algo, no sabía qué, y aún le faltaban muchos años para ello.
La casa… ¿Estaría habitada? No, bien pensado no era probable. La ventana situada sobre su cabeza tenía los cristales rotos. Algunos maderos estaban carcomidos. Se fijó en las huellas dejadas por sus pasos y las vio inmersas en cercos polvorientos. Allá donde le había goteado agua de la lluvia, esta había desaparecido tragada por la avidez grisácea de la arena almacenada por doquier. Era absurdo imaginar que dentro hubiera alguien, y si era así… ¿qué diablos hacía él allá afuera, helándose?
Se incorporó un poco más aliviado. Como sea, sentirse protegido siempre venía bien. Si no hubiera sido optimista toda la vida, habría dejado la piel ya en cualquier parte. ¿Y si después de todo no habían encontrado el cuerpo de la putita? ¿Y si lo de que le seguían de cerca eran imaginaciones suyas? Bueno, mientras estuviera vivo y libre, la ventaja estaría de su parte. Todavía era duro de pelar.
—Venga, vamos adentro. Habrá alguna cama en alguna parte, y puede que ropa, quizá algo de valor…
Imposible entrar por la puerta. Era grande y gruesa, con tres cerraduras. La aldaba tenía forma de cabeza de búfalo, con los cuernos largos y puntiagudos. Los ojos casi parecían vivos y le miraban con odio. Viéndolos se acordó del frío, porque tuvo un nuevo estremecimiento. Caminó por la izquierda inspeccionando las ventanas. En todas faltaba algún cristal, pero no estaban protegidas por barrotes de hierro o algo parecido. Hubiera podido entrar por cualquiera, pero prefería un método más fácil. Si forzaba una ventana era una cosa. Si encontraba una abierta, era otra. La ley ofrecía esas variantes, como alternativas en las que joder de una forma o de otra.
Estornudó con violencia y se asustó de su propio bramido. Bueno, ¿a qué esperaba? ¿Qué más daba una acusación de más o de menos? Si le trincaban y le metían encima el mochuelo de la putita… ¡adiós! Necesitaba descansar, dormir un rato, sacarse de encima aquella ropa mojada.
Ah… de niño le encantaban las casas vacías.
Llegó hasta la esquina y observó la parte lateral. Por los lados las ventanas eran más altas ya que no había tarima de madera como en la fachada principal. Regresó a la puerta y se subió a uno de los bancos laterales frente a la primera ventana. Mayor comodidad, imposible. Descargó un golpe con el macuto sobre el cristal contiguo a la manivela que accionaba el perno de abrir y cerrar y metió una mano por el agujero. Las dos hojas se abrieron con un gemido curioso. Pasó una pierna por encima del alfeizar y luego otra. Se quedó sentado en él. Agudizó el oído a la espera de cualquier señal de peligro pero esta no se produjo. En cambio, un nuevo trueno le hizo saltar al interior de golpe. La noche se ponía cada vez más fea.
—Bueno, no podrán continuar con esa tormenta gruñó feliz.
¿Y si hubieran encontrado al que mató realmente a la putita, y él estuviera huyendo sin motivo? La idea le sonó a cuento de hadas, pero no se la tragó. En la vida real esas cosas no sucedían. El bestia que le había arrancado pedazos de carne de medio cuerpo con los dientes, habría cuidado de no dejar demasiadas huellas ni dejarse ver. Lo que quedaba claro era que él estaba allí. El viejo cliente de la chica. Un desconocido. Podía ser incluso que el que lo hizo hubiera regresado a «descubrir el cadáver» y ahora dirigiera la persecución, frustrado al ver que su candidato había volado. ¡Menuda sorpresa!
Aquello estaba oscuro. La expresión «negro como la boca de un lobo» se le antojaba barata, de mala novela, pero era real. Pidió mentalmente un rayo que le iluminara un poco pero este no llegó. Comenzó a caminar a tientas, arrastrando los pies y moviendo las manos por delante para apartar cualquier obstáculo o evitar darse un golpe. Dentro de la casa el ruido de la lluvia quedaba ligeramente amortiguado, incluso los truenos parecían alejarse. Era una extraña sensación.
No podía apartar de su cabeza la visión trágica de la chica muerta, y no sabía por qué. ¿Le perseguía el recuerdo? O acaso… ¿Acaso lo había hecho él realmente y su subconsciente lo sabía?
Trató de imaginarse a sí mismo, enloquecido, mordiéndole los pechos a la putita, hundiendo sus dientes en el sexo aún caliente y húmedo, triturándolo sin piedad… y eso le hizo temblar. ¿Cómo iba a hacerlo si no le quedaban ni la mitad de los dientes en la boca? De todas formas, ella tuvo que haber chillado, a pleno pulmón. Gritos desgarradores, ¿no? ¿Por qué no se despertó él? Sí, claro, cuando estaba borracho no le despertaba nada. Aunque para matarla de aquella forma lo más lógico era dormirla antes, darle un golpe en la cabeza y dejarla inconsciente. Sí, tenía que haber sido así. Después la destrozaron.
Sus manos se agitaron en el aire, tratando de sujetarse a algo, cuando notó que caía hacia adelante. Su rodilla había impactado con alguna cosa baja y repentinamente el mundo pareció hundirse bajo sus pies. No pudo evitar lanzar un alarido de terror y, casi inmediatamente, otro de dolor cuando la muñeca se le dobló incapaz de soportar su peso y sintió un golpe duro y contundente en el estómago, haciendo que cayera finalmente de lado al suelo. Junto a todo ello, el ruido de algo que se hacía añicos y el de varios objetos más rompiéndose o rebotando en la madera, estalló a su alrededor. Fue un estruendo de mil demonios, capaz de poner sobre aviso a cualquiera que estuviera allí dentro.
El viejo Mac contuvo el dolor y esperó, una vez más, en estado de alerta y máxima tensión. Sin embargo, no se produjo reacción alguna. La casa tenía que estar deshabitada… a no ser que alguien ya estuviera esperándole en algún rincón con un arma, a punto de disparar.
Si era eso…
Se incorporó y se frotó las partes que más le dolían. Tanteó en busca de aquello con lo que había tropezado. Se trataba de una mesa baja que debía de estar llena de cachivaches. No se molestó en ponerla bien. Además, el suelo estaba lleno de cristales y solo le faltaría cortarse una mano. Iba a levantarse cuando rozó algo con un dedo y lo asió. Era un objeto largo y blando. Lo palpó con la secreta esperanza de que fuera lo que imaginaba y casi soltó un alarido de alegría al comprobar que se trataba de una vela. Rebuscó por su viejo macuto hasta encontrar la caja de cerillas. Confió en que no se hubiera mojado y casi se sorprendió al ver que así era. ¿Un poco de buena suerte alumbrando su momento más delicado? Se encogió de hombros. Lo que sí iba a alumbrarle el presente era aquella vela bendita. Una casa desconocida y en tinieblas sobrecogía a cualquiera, y más con los recuerdos que a él le pasaban por la cabeza.
Encendió un fósforo e inmediatamente miró hacia su derecha. ¿Eran imaginaciones suyas, un reflejo de la repentina luz, o había visto una sombra fugaz moverse al final de una de las dos escaleras que ahora podía ver casi a la perfección? Elevó el fósforo por encima de su cabeza para expandir más el círculo luminoso, pero no vio nada. Decidió prender la vela antes de que el fósforo se consumiera. Gastar otro era un despilfarro que durante su vida había aprendido a tener muy en cuenta.
Poder ver a su alrededor le hizo tener un poco más de valor, aunque reconoció que no demasiado. Tuvo la sensación, indefinible y angustiosa, de que alguien le observaba desde alguna parte. Él nunca había sido valiente; todo lo más osado, decidido, quizá incluso algo temerario, pero no valiente. El valor venía determinado a veces por la necesidad, pero no por el placer de experimentarlo. Había conocido a tipos que disfrutaban sintiendo miedo, notando el subidón de la adrenalina, aquel gusanillo inquieto que recorría la sangre al realizar cualquier cosa peligrosa. Pero la mayoría de ellos estaban muertos, y él seguía vivo. He ahí la diferencia.
Aquella casa le ponía los pelos de punta…
—Tranquilo…
Paseó una mirada tensa a su alrededor. Estaba en el centro de un gran vestíbulo, con la puerta a su espalda y dos escaleras frente a él arrancando casi del centro para arquearse en dos semicírculos hasta ir a desembocar a ambos lados de la planta superior. Movió la vela y vio que a derecha e izquierda se alineaban algunas puertas. Imaginó que por allá solo habría salas, algún despacho, un gran comedor. Después ya inspeccionaría aquello. Ahora solo deseaba descansar, quitarse la ropa mojada y meterse en una cama. Algo que solo encontraría en el piso superior.
Tuvo que hablar en voz alta, escuchar su voz, para decidirse a caminar.
—Si eres capaz, de dormir en una casa así, es que eres decididamente valiente, Mac —dijo para darse ánimos.
Pero más que valiente, sabía que estaba agotado. Lo suyo era pura necesidad. No resistiría mucho más. El frío ya se le había incrustado en el cuerpo. Tenía que meterse cuanto antes en una habitación, y si esta tenía pestillo, cerrarlo. Si lograba hacer esto sabía que estaría a salvo y lograría dormir… dormir… La sola palabra le hacía desearlo más que nada en el mundo.
Solo tenía que subir por una de aquellas escaleras…
De acuerdo, tenía más miedo del que pudiera imaginar, ahora lo sabía. No temblaba únicamente de frío, sino de pánico. La casa, las sombras que se movían bajo las caprichosas formas de la llama de la vela, la imagen teñida de sangre que surgía en su mente cada vez que cerraba los ojos, la sensación de peligro, de acoso por los que le perseguían, la impotencia de sus años… Era demasiado. Todo formaba un cerco en el que se sentía atrapado e indefenso. Por la mañana se reiría, estaba seguro, pero la mañana parecía tan distante y lejana como aquella maldita tierra de la dorada Costa Oeste a la que se dirigía.
Estalló un nuevo trueno y refulgió otro relámpago. La casa se pobló de luz y casi inmediatamente de sombras danzando a su alrededor. Sintiendo el cosquilleo de la muerte pinzándole el estómago se movió con pesada agilidad hacia las escaleras. El seco latigazo le impulsó hacia delante, pero cuando su mano tocó la barandilla de la escalera más cercana, la de la izquierda la retiró como si esta le hubiera quemado. No supo exactamente por qué hasta que la examinó.
Tardó un par de segundos en darse cuenta de qué era lo que había notado.
La barandilla no tenía ni una pizca de polvo.
Miró a su alrededor con violencia. Sí, eso era. Sabía que algo, desde que encendiera la vela, le había llamado la atención. En el exterior se almacenaba el polvo, y no había huellas en el entarimado frontal de la casa, pero dentro… todo estaba limpio, muy limpio. Allí tenía que haber alguien.
¿Otro absurdo más?
—Puede que vengan durante el día a limpiar, y que use la entrada posterior… ¿Qué diantre importa eso?
Ni siquiera hablar en voz alta le servía. Recordó al granjero que le apalizó. Allí podía vivir una de esas viejas locas, solitarias. Estaría acurrucada en su habitación, rezando para que no la violaran, o quizás ya habría llamado al sheriff del pueblo… o le esperaba arriba con una escopeta, dispuesta a vaciársela en el estómago.
Un enorme nudo se le agigantó en la garganta.
—Maldita putita… —gimió antes de pensar que la culpa no era de ella, sino del mal nacido que se la había comido.
No iba a arreglar nada quedándose quieto. Eso le impulsó a subir la escalera. Los primeros peldaños fueron los más difíciles, los siguientes ya no. Una rabia sorda y violenta se apoderó de su ánimo inculcándole breves ráfagas de decisión mezclado con atisbos y ramalazos de valor. Se detuvo a mitad de la ascensión para mirar a su espalda, al amplio vestíbulo, y comprobó que observar las cosas desde una cierta altura las empequeñecía. No perdió más de un par de segundos y reanudó la subida. Cuando su pie tocó el rellano del primer piso, respiró aliviado. Era casi una pequeña victoria.
A su alrededor tenía cuatro pasillos, dos a derecha e izquierda y otros dos naciendo uno frente a cada tramo de escalera. No supo por cuál tirar y se decidió por el más cercano. De cualquier modo, la vela solo iluminaba unos pocos metros a su alrededor. No veía el fin de ninguno de los pasillos, ni cuántas puertas había en cada uno.
No había dado más que dos pasos cuando sucedió todo aquello.
Una repentina ráfaga de viento que silbó en el exterior, fue como si se incrustara por entre las rendijas de la casa, porque algo gimió en algún lugar de ella. Casi a la vez se escuchó el impacto brutal de una puerta cerrándose con violencia y la llama de la vela se apagó. El viejo Mac no pudo evitar que el cilindro de cera se escapara de entre sus dedos.
A la súbita oscuridad la acompañó también un tenso silencio, únicamente roto por el monocorde ronroneo de la lluvia y los latidos del corazón del viejo Mac. Una voz interior le gritó que retrocediera, que echara a correr y saliera de aquella maldita casa; pero ni uno solo de sus músculos obedeció la orden. No quería volver a bajar aquella escalera, ni cruzar el vestíbulo a oscuras, era más sencillo meterse en una habitación y cerrar, aunque se tratara de un simple armario. Cualquier cosa era mejor que echar a correr.
—¡Venga, muévete! De niño ya tenías miedo de ir por la casa solo, y luego las películas de terror te ponían el agujero del culo así…
Hizo un intento de encontrar la vela, tanteó el suelo a sus pies, pero no la localizó. La maldita habría rodado hacia cualquier lado. Enderezó de nuevo la espalda, y con ella pegada a la pared, se movió por el pasillo. Sintió alivio cuando sus dedos tocaron la moldura de una puerta, pero este se evaporó al tratar de abrirla. La puerta estaba cerrada, y con llave. Luchó para no dejarse vencer por las nuevas sospechas que le acosaban y siguió caminando. Encontró una nueva puerta, pero, como la primera, también estaba cerrada con llave. Lo mismo le sucedió con la tercera. A la humedad de sus ropas mojadas se unía ahora la que manaba de sus poros. El viejo Mac sudaba desesperadamente. No cesaba de repetirse que era absurdo, que estaba en una casa deshabitada y en mitad de una noche de perros, pero nada le tranquilizaba. Llevaba el miedo cosido a la suela de las botas, la sensación de peligro, ese extraño pavor que produce sentirse perseguido, y, sobre todo, el recuerdo mortificante de la putita, siempre ella.
El pasillo parecía no terminar nunca, así que decidió probar en la pared frontal. Extendió las manos frente a él y dio un paso.
Al dar el segundo, sus manos tropezaron con un rostro humano.
Fue una sensación alucinante en medio de la negrura que le rodeaba, por ello tardó más de la cuenta en reaccionar y darse cuenta de que aquello carecía de vida, que era tan solo un busto, una estatua o algo parecido. Pero para entonces ya había sentido el pinchazo en el pecho y la sensación de ahogo inundándole los sentidos. Las rodillas se le doblaron hacia delante y se sujetó a lo que le había aterrorizado. Así palpó la nariz, los ojos desprovistos de vida, el frío contacto del mármol.
Y entonces llegó el alarido.
Todavía con el pánico del susto anterior, el viejo Mac perdió los últimos restos de normalidad y control. El gemido, o lo que fuera, había venido de la derecha, de las escaleras. Poco importaba que aquello tuviera más de animal que de racional. Había sido un grito desgarrado y angustioso. Con mil lucecitas danzándole en los dilatados ojos que buscaban la llave de la negrura que les rodeaba, echó a correr con los brazos extendidos en dirección contraria. Chocó una vez con una pared y la siguió por la izquierda. Halló otra puerta cerrada y rodó por el suelo al chocar con una segunda estatua. Por encima del fragor del mármol roto escuchó nítidamente el de su brazo izquierdo al quebrarse. El dolor fue insostenible, pero pudo más su miedo. Una vez más logró ponerse en pie y correr… correr…
Tuvo visiones.
Él… él abofeteaba a la putita, borracho perdido… Pero… ¿por qué? Después le retorcía el cuello, blandamente, como si tronchara una rama seca. Ella no gritaba, no podía. ¡Qué extraña sensación! Y él seguía, enloquecido, al límite. Aquellos pechos pequeños y duros, que cabían en su mano, aquellos pezones que bailaban entre su lengua como uvas antes de ser trituradas, mordidas… La putita muerta, muerta. Era ya como un pelele sin vida, pero el pecho estaba vivo… Le arrancaba el pezón, la sangre caliente le enardecía, como el mejor whisky. Y daba más y más mordiscos, para bajar luego hacia el vello púbico, los carnosos labios vaginales… Los besaba, los besaba… pero ellos no correspondían a su amor, estaban quietos, no reaccionaban al estímulo de su lengua. De nuevo hundía los dientes, más y más, en aquella carne joven. Había pagado por ella, y le pertenecía.
—No… ¡Noooo!… ¡Yo no he sido… es una alucinación!
Se asustó de su propio grito. No podía levantar el brazo izquierdo, roto, y con el derecho trató de apartar los fantasmas de su mente sin lograrlo. Sus pies tropezaron con algo una vez más y cayó, ahora sobre una escalera. Ni siquiera se detuvo a buscar aire para sus pulmones. Gateó por ella, pero era interminable.
—No he sido… no he sido —lloriqueó en un suspiro que se confundió con su resuello extenuado.
No, sabía que no había sido, lo sabía, pero había estado allí, y era casi lo mismo. El miedo era una barra de hielo incrustada en su cabeza, y a su alrededor giraba toda aquella pesadilla desde su inicio, desde que despertó y vio la sangre llenándolo todo, exactamente como treinta años atrás con aquella negra…
Vania se llamaba.
La recordó súbitamente y se detuvo. Él no había matado a la putita, pero sí a Vania, en medio de una borrachera infernal. La había forzado primero, y después la golpeó, una y otra vez, hasta dejarla muerta… muerta… La putita… Vania… ¿Qué más daba?
El viejo Mac comenzaba a estar muerto.
—¡Soy más fuerte que todos vosotros! —gritó apartando con su brazo los nuevos fantasmas.
Subió de nuevo; mejor dicho se arrastró, hasta que la escalera le entregó su último peldaño. Movió el brazo sano sin encontrar ningún asidero y el esfuerzo provocado por el hecho de levantarse le hizo vomitar más bilis. Trastabilló escupiéndola y, con la parte izquierda de su cuerpo, chocó contra la pared. La oleada de dolor se esparció por todo él y fue a morir en el centro de su cabeza, donde explotó lanzándole agujas ardientes una vez más por el resto del cuerpo.
Sabía que ya no podía más.
Fue el resplandor del rayo el que le hizo ver el corto pasillo, y la puerta al final, a través de una cristalera que recorría la parte de la derecha.
Reunió sus últimas fuerzas.
Pudo haberse quedado allí mismo, aterido, pero la imagen de la puerta al final del pasillo le hizo el efecto de una meta, un destino. Tal vez al otro lado hubiera una cama… una cama. La sola evocación le dolió en el alma.
Dio un paso, luego otro. La cristalera, a su derecha, estaba salpicada por la lluvia. No se veía nada más allá de la oscuridad de la noche hasta que, de pronto un relámpago le cegó. Siguió moviendo los pies, ganando palmo a palmo la eternidad que le separaba de la puerta. Si estaba cerrada, como las otras, quemaría el último aliento de vida para echarla abajo. Lo juró. Lo juró por su padre, y por John John, por Matthew, por Lester, por Williams…
Se dejó caer sobre la puerta y esta se abrió con su peso. El viejo Mac tuvo la sensación de caer desde lo alto de un pozo, en un vuelo interminable, pero solo cubrió la exigua distancia que le separaba del suelo. Supo que lo había conseguido, pero no se movió, necesitaba descansar un instante, solo un instante. Un instante…
Movió su brazo sano hasta apoyar el codo en el suelo. Hundió la cabeza sobre el pecho y encogió las piernas. Quedó hecho un ovillo pero no se detuvo. Haciendo fuerza con el codo clavó las rodillas y enderezó el cuerpo. Un poco más y levantó una pierna hasta poner el pie en el suelo. Abandonó la presión del codo y la pasó a la mano. Otro esfuerzo. Retiró la mano. Solo le faltaba dejar todo el peso de su cuerpo en la pierna cuya rodilla permanecía en el suelo. Lo hizo. Respiró el escaso aire que fue capaz de capturar y se enderezó mareado.
Lo había conseguido.
Levantó los ojos esperando taladrar la negrura frente a él.
Entonces retumbó el trueno.
El rayo fue intenso y su estela blanca, pura, cegadora. Penetró por la cristalera, a su espalda, y bañó de una luz brillante el lugar atravesando el hueco de la abierta puerta.
El viejo Mac le vio entonces.
Estaba delante de él, semiencorvado, con los brazos caídos a lo largo de su tétrica figura, la boca abierta y llena de espuma blanca. Podía haber salido del mismo infierno.
El viejo Mac ni siquiera exhaló un gemido. La luz desapareció tan repentinamente como había inundado las sombras y estas se adueñaron de nuevo de la escena. Cayó hacia delante y su cabeza golpeó sordamente en la madera. Se retorció un par de segundos en el suelo, espasmódicamente, y por fin quedó inmóvil.
Mortalmente inmóvil.
2
Probablemente, el viejo Mac se habría reído.
Probablemente.
Sí, ¿por qué no?
La risa final para despedir la vida.
Aunque nunca hubiera tenido mucho sentido del humor, la verdad.
Pasaron cerca de quince minutos antes de que un nuevo relámpago cruzara el cielo e iluminara la casa llenándola de aquella luz fantasmagórica. Este incluso fue más vívido que los anteriores, prolongó su imagen un poco más, llegando hasta cada rincón. Entró por la cristalera, cubrió el pasillo y se esparció por la habitación cruzando el hueco de la puerta.
Cuando cesó, un espectador imaginario hubiera visto en la reducida estancia sin ventanas únicamente dos cosas.
Las habría recordado al hacerse nuevamente las sombras.
Una era un gran, enorme espejo, con un viejo marco de madera, de pie en mitad de la habitación, frente a la puerta.
La otra era un cuerpo sin vida, tendido frente a él.
El cuerpo era el del viejo Mac.