País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

el último vuelo de sam sánchez

Berta detuvo el coche frente a la doble cadena que impedía el paso de los coches más allá de ella. Ni siquiera los todoterreno tenían acceso a la senda. O, precisamente, a causa de los todoterreno, que se creían ya los dueños de los montes, contaminando el aire y dañando la salud de los árboles al tiempo que esparcían basura a su paso.
No bajó inmediatamente del vehículo.
Lo apagó y miró la urna debidamente protegida con el cinturón de seguridad, instalada en el asiento del copiloto.
—Hemos llegado —le dijo.
Esperó, como si las cenizas pudieran responderle.
Luego cerró los ojos y sonrió.
Le gustaba el silencio. La obligaba a pensar, a hablar en voz alta, pero le gustaba. Una podía refugiarse en él, dejarse llevar. Creer, incluso, que la vida era así: calmada y callada.
Una vida distinta a la de la ciudad.
Sobre todo en los últimos días.
Se embebió de aquella calma, atemperando los últimos nervios, antes de volver a abrir los ojos.
La carretera montañosa terminaba abruptamente, a los pies del risco. La senda hasta la cima era empinada, pedregosa. Unos diez minutos a pie a buen paso y quince si se trataba únicamente de un paseo. Como era día laborable, no había nadie en la plazoleta abierta entre los árboles. Estaba sola. También había pensado en eso. Un letrero bastante rupestre, claveteado en un poste hincado en la tierra, advertía de que se hallaba en la ruta del pico del águila. Y, más abajo, con caracteres más gruesos y rojos, la recomendación era evidente: PELIGRO. PRECAUCION.
Sí, claro que era peligroso.
¿Cuántos suicidas se habían echado a volar desde la cima?
Volar por encima de un acantilado de trescientos metros, con una caída en vertical, libre terrorífica.
—¿Vamos, querido?
Salió del coche, lo rodeó por delante y abrió la puerta del otro lado. Desató el cinturón de seguridad y cogió la urna. El tacto era frío y suave. De hecho era un receptáculo bonito, parecía un trofeo, hecho de metal negro con una tapa llena de incrustaciones doradas, lo mismo que la base. Una placa perfectamente atornillada en la parte más amplia de su circunferencia rezaba: «Samuel Sánchez Roc».
Bueno, nadie le llamaba Samuel.
Sam, solo Sam.
Al comienzo de sus exhibiciones como piloto aéreo incluso se hacía llamar Sam S. Roc. Decía que eso le daba un aire más internacional.
De eso hacía…
Berta pulsó el control remoto del coche y lo cerró. Se puso la urna bajo el brazo, superó la doble cadena, e inició la ascensión.
Un primer paso, otro, el tercero.
No había vuelto allí desde hacía diez años.
Toda una vida.
—Hemos de regresar y besarnos de nuevo allí arriba, ¿no crees? —decía Sam de vez en cuando.
Eso era en los días dulces.
Los días en que todavía podían creer en el amor.
No, nunca habían vuelto.
Nunca hasta ahora.
Aunque no para darse un beso.
—Primero me gustaba que fueras romántico —le dijo a la urna—. Pero luego… Mira que te ponías pesado, ¿eh? Pesado y empalagoso. Fue lo primero que me cansó de ti.
Lo primero.
No lo único.
Las largas ausencias para tomar parte en los campeonatos de acrobacias aéreas, los entrenamientos, las horas y más horas de vuelo, las prácticas con los nuevos aviones o las pruebas de los nuevos motores, el riesgo… Que si una exhibición, que si el reto de pasar por debajo de todos los puentes de Nueva York, que si el record de velocidad, que si el record de altura y caída libre, que si la vuelta a España por etapas… Al final había resultado insoportable, insufrible. Años de miedo por si sobrevenía un accidente para dejar paso, en los últimos tiempos, al anhelo de que así fuera, de que llegara el accidente que acabara con todo y la liberara.
¿Cómo lo había soportado?
—Te dije que lo dejaras, que quería tener un hijo —le recriminó a la urna—. Y me decías que pronto, que esperase, que el próximo año.
La subida era más que pronunciada. Ya resoplaba por la falta de ejercicio. El terreno, además de pedregoso, tenía zonas húmedas, incluso fangosas, por la falta de sol directo y el tono umbrío del bosque que se cerraba a ambos lados de la senda. Estuvo a punto de resbalar un par de veces. Tropezó otra. Por todo ello, asió la urna con algo más que fuerza y determinación. La asía como si fuera su sostén, el punto cenital de su apoyo en la tierra.
Bueno, subir allí para arrojar las cenizas de Sam al vacío tenía algo de justicia poética.
Por un lado, él, dispuesto a emprender su último vuelo.
Por el otro ella, dispuesta a cumplir la última voluntad de su marido.
Una voluntad expresada casi en broma una noche, cenando.
—¿Sabes, querida? Si un día me sucediera algo, creo que deberías echar mis cenizas al viento desde el mirador, nuestro mirador. ¿Qué te parece?
—No seas tonto —había protestado ella.
—No, en serio. Prométemelo —había insistido él.
—No sé si bromeas cuando hablas en serio o si hablas en serio cuando bromeas.
—Las dos cosas. ¿Lo harás?
—Bien, sí.
—No, prométemelo.
—Te lo prometo.
—¡Fantástico! —la aplaudió—. Un tema resuelto.
Tema resuelto.
El muy…
Encima, Gabri la había llamado loca.
—¿Vas a subir a ese acantilado para cumplir su última voluntad?
—Sí.
—¿Pero qué más da? Ya no se va a enterar.
—¿Qué más da? No, ¿qué más te da a ti?
En la cama, desnudos, después de hacer el amor, en parte celebrándolo, Gabri la había besado como si todavía tuviera celos de él.
—Déjame que te acompañe.
—No. Es algo privado.
—¡No le debes nada!
—Entonces digamos que me lo debo a mí misma.
Claro, Gabri no sabía nada.
Era su amante, de acuerdo. Pero no sabía nada.
Nadie lo sabría jamás.
¿Para qué contar que ella había asesinado a Sam?
El avión había caído al mar. Se había ido al fondo. El cadáver de Sam por lo menos había flotado.
Quizá luchando desesperadamente por sobrevivir.
¿Habría notado que algo no iba bien, que el motor no ronroneaba como siempre? ¿Habría intuido que aquel era un vuelo sin retorno? ¿Habría imaginado que no se trataba de un fallo, sino de un complot?
¿Habría imaginado por un momento que ella…?
—¿Lo sabías? —le preguntó a la urna.
No. Sam solo estaba pendiente de los malditos aviones y sus pruebas. Nunca sospechaba nada. Nunca preguntaba nada. ¿Cuánto hacía que ella y Gabri eran amantes? Siete meses ya. Siete. Y ni una sola vez había expuesto una duda. Al contrario: Gabri le caía bien.
—Estaré fuera una semana. Sal y diviértete. Cena algún día con Gabri.
¿Se podía ser más estúpido?
Ella era atractiva. La miraban. Tenía incluso un punto de morbo innato. Encima, con treinta años, estaba en lo mejor, en la plenitud, física, mental, sexual…
Sam era divertido, pero Gabri…
Gabri la hacía volar de verdad. La llevaba a las estrellas.
—Te excitaba más volar que yo. ¿Crees que no lo sé? —gruñó—. A veces te imaginaba masturbándote allá arriba. El cielo era tu cama y el avión tu amante.
Se detuvo un momento para respirar. Aunque le hablara a la urna en voz baja, hacerlo la cansaba. La culpa la tenía la maldita falta de ejercicio. No recordaba lo empinada que era la senda. Estuvo a punto de vaciar la ceniza allí mismo.
Pero no.
Lo menos que podía hacer era llegar hasta lo alto y cumplir con su palabra. Se lo había prometido también a sí misma. La noche antes del accidente, mientras aflojaba aquella tuerca y alteraba el sistema de conducción del combustible, juró hacerlo. Una forma simple de quedarse en paz. El último precio a pagar por la libertad.
Gabri trabajaba en tierra. Odiaba volar.
Tendría ese hijo.
Una vida normal.
Encima, Sam había muerto dejándola bien cubierta, con el dinero ganado en aquellos años.
—Eras bueno, hay que reconocerlo —suspiró reemprendiendo el ascenso—. Y tenías agallas. Lo de los puentes de Nueva York…
La urna no pesaba, pero era incómoda de llevar. Un par de veces estuvo a punto de escurrírsele y caer al suelo. Berta lamentó no haber cogido una mochila, para tener las manos libres. Aprovechó un tramo casi recto para cambiársela de lugar. Recordaba que, justo antes de llegar a la cima, quedaba un tramo de unos cien metros muy empinado.
—Te odio —jadeó.
Sí, le odiaba en ese momento, pero más lo había odiado el último… no, más, los dos o tres últimos años. No podía precisar a ciencia cierta cuando había empezado todo, pero era así. Por supuesto que conocer a Gabri fue el detonante final. En esos meses se había dado cuenta de la trampa en la que estaba. Una trampa que ya no la dejaba respirar. Se asfixiaba.
—Me gustaría casarme contigo —le dijo Gabri aquella noche.
—¿Lo harías?
—Por supuesto. Casarme y darte todo lo que necesitas, lo que no tienes, lo que anhelas, lo que ese idiota no sabe ver ni sabrá jamás.
—Puedo divorciarme.
—No lo harás.
—¿Por qué no?
—Porque no eres de las que deja cosas atrás, porque tú solo serías libre si él muriera, y porque conociéndole como ya le conozco, sé que nunca te daría el divorcio. A su manera, te quiere. Es más: se apoya en ti para todo. No lo reconocerá jamás, pero si hace lo que hace es porque te tiene a ti en la retaguardia.
Berta miró la urna.
Chasqueó la lengua.
—Gabri tenía razón —masculló—. Eras tú o yo, la esclavitud o mi libertad, la cadena o la vida. ¿Sabes cuál es mi consuelo? Imaginar que si no lo hubiera hecho yo te habrías matado tú igualmente, pero no ahora, sino dentro de cinco, diez o quince años, cuando ya nada hubiera sido igual. Lo he acelerado, a tiempo para mí, nada más.
Cuando le dieron la noticia fingió bien.
Encima, con el avión en el fondo del mar…
Todo había salido a la perfección.
Ahora, a esperar unos meses. Con Gabri, por supuesto. La boda podría celebrarse en menos de un año, cuando las aguas estuviesen calmadas y la herencia en su poder. Los padres de Sam no abrirían la boca. Se alegrarían de que ella «rehiciera su vida». Y si era «con un amigo», mejor. Buena gente. La adoraban. Muy, muy buena gente.
La subida final.
Aquellos últimos metros empinados.
En un par de tramos tuvo que ayudarse de la mano libre para asegurar cada movimiento.
Al llegar arriba se sintió feliz.
Liberada.
En la cima había una pequeña planicie de unos veinte metros cuadrados. A ambos lados, los árboles. Por detrás, la senda. Por delante, el abismo. Una valla de madera intentaba proteger el mirador, pero resultaba obsoleta. La humedad, el viento, la lluvia, todo contribuía a deteriorarla de forma rápida cada vez que la cambiaban o le hacían algún apaño. La caída en vertical hacia abajo resultaba espeluznante. Nadie que tuviera vértigo podía aproximarse al borde, aunque se apoyara en la madera. Una pared prácticamente lisa formaba una falla natural tan impresionante como bella. Al otro lado se extendían colinas pequeñas y los valles que las flanqueaban. Dependiendo de la hora, la vista también era extraordinaria. En ese momento, con el sol por delante, no era así.
Habían pasado diez años pero Berta reconoció que todo estaba igual.
Un perfecto déjà vu.
—Bueno, aquí estamos —acompasó su respiración.
Necesitaba descansar, recuperarse del esfuerzo, pero cuanto antes acabara con aquello, mejor.
Fin de la historia.
Regresaría y haría el amor con Gabri para celebrarlo.
Se acercó al borde del abismo.
—¿Qué te parece?
Creyó escuchar la voz de Sam respondiendo:
—Bien, genial. Será precioso. ¡Mi último vuelo!
Sam siempre había sido muy positivo.
Antes de que todo se deteriorara, apareciera la rutina, llegara la crispación, la hacía reír.
Antes.
Luego, todo lo que una vez le hizo gracias pasó a molestarla.
Berta desenroscó la tapa de la urna.
Parecía mentira lo poco que abultaba un ser humano convertido en cenizas.
—Que conste que podía haberme hecho un diamante con ellas —le dijo.
Pero no, no quería llevar a Sam en un dedo, montado sobre un anillo de oro, o en un colgante, sobre el pecho. Cortar era cortar, del todo, por lo sano.
Se apoyó en la barandilla de madera y extendió las manos, con la urna entre ellas.
¿Tenía que ser solemne?
No, al diablo.
—Adiós, Sam —suspiró.
Colocó la urna boca abajo.
Las cenizas de Samuel Sánchez Roc empezaron a fluir del interior formando una liviana nube gris en el aire. La nube se hizo mayor al caer el grueso del contenido de la urna. Por un momento, parecieron flotar delante de los ojos de Berta, quedar en suspensión.
Por un momento.
Entonces surgió lo inesperado.
¿De dónde había salido aquella ráfaga de viento?
Ráfaga, golpe…
Las cenizas ya no cayeron. Primero, se arremolinaron en torno a sí mismas. Después, salieron disparadas con inusitada violencia hacia el rostro de Berta.
Penetraron en sus ojos.
—¡Mierda! —protestó.
La urna cayó al suelo haciendo un ruido metálico. Se llevó las manos a los ojos. Quiso dar un paso atrás, pero lo que hizo en realidad fue pisar en falso, trastabillar y venirse hacia adelante. Se apoyó en la valla. Una valla vieja y, justamente en ese punto, ya muy castigada por la intemperie. Casi podrida.
Se escuchó un quejido.
Como si la madera hablara.
El quejido en realidad fue un crujido.
El de la madera rota.
Berta agitó los brazos, como si quisiera volar.
Tenía trescientos metros de caída libre para intentarlo. Y no lo consiguió. Tenía trescientos metros de caída libre para pensar, pero su grito, su alarido, le dio pocas opciones de hacerlo.
Antes de que ella llegara al fondo del precipicio, las cenizas de Sam ya habían caído sobre el suelo de la cornisa, junto a la urna, en el mismo lugar donde había estado su asesina hacía unos segundos.