País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

un crimen de película

1
En la penumbra del «Rick’s Cafe Americain», mientras las notas del piano sobrevuelan la crispada atmosfera, Humphrey Bogart, en el papel de Rick Blaine, golpea la mesa.
—¿Qué está tocando? —le pegunta a Sam.
—Una canción que he compuesto yo —le responde este.
—Para, ya sabes lo que quiero escuchar.
—No…
—La tocaste para ella. Tócala para mí.
—Bueno, es que no la recuerdo bien.
—Si ella la resistió, yo también. Tócala.
—Sí, jefe.
Sam desgrana las primeras notas de «El tiempo pasará». La escena se funde en los ojos de Rick Blaine, retrocede en el tiempo, forma un flashback, y entonces se le ve con Ingrid Bergman, en el papel de Ilsa Lazslo, en coche, por París, a través de los Campos Elíseos, con el Arco del Triunfo al fondo. Ella le mira y él pasa su brazo izquierdo por encima de sus hombros. Ingrid se le acerca.
Nueva escena: barco por el Sena. Más: en un hotel. Ella pone unas flores y él descorcha una botella de champán.
—¿Quién eres en realidad y de dónde vienes? ¿Qué es lo que hacías y qué es lo que haces?
—Dijimos sin preguntas.
—Entonces, por nosotros.
Brindis. Nuevo fundido. Ellos bailando. Hotel: Ilsa Lazslo juega con una moneda.
—Un franco por tus pensamientos —dice él.
—En América no dan más que un penique, y creo que no valen más que eso.
—Quizás, pero no me importa pagar más. ¿Qué piensas?
—Pues, me preguntaba…
—¿Sí?
—Nada.
—¿Por qué tengo la suerte de que vinieras a mí, y haberte encontrado, y…?
—¿Por qué no hay otro hombre en mi vida?
—Sí.
—Es sencillo. Lo tuve y ha muerto.
—Lo siento. Olvidé que… habíamos dicho sin preguntas.
Clay se preparó para el beso.
Lo único malo era que los besos, en las películas en blanco y negro del pasado, se daban con la boca cerrada. No era lo mismo que hacerlo con la boca abierta, la lengua…
Pero, qué diablos, aquello era «Casablanca». Luego ya se resarciría con una película más reciente.
Se besan. La música sube. Funde a negro con la llegada de los nazis. Imágenes de guerra. En la calle alguien vocea: «París, ciudad abierta», «Los alemanes a las puertas de París». Ellos están en un bar. Un altavoz anuncia que los alemanes entrarán mañana en la capital. Ella lleva una graciosa boina.
Rick Blaine dice:
—Ya no hay quien les detenga. De un momento a otro los tenemos en París.
—Te pondrán en la lista negra y ya no estarás seguro aquí.
—Ya estoy en su lista negra. En su lista de honor.
Cambio de imagen. En el suelo se ve reflejado el rótulo «La belle Aurore». Ilsa apoyada en el piano, escuchando como Sam canta «El tiempo pasará». Él le trae una copa, sonríe, la mira. Ella mira al pianista.
—Hens dice que acabemos esta botella y tres más —comenta Rick—. Dice que prefiere que bebamos agua antes de que esto se lo beban los alemanes.
—Esto nos ayudará a olvidar la ocupación, ¿verdad, señor Rick? —dice Sam.
—Claro que sí —se dirige a ella—: Toda la suerte, Ilsa.
Brindan. Se escucha un altavoz. Habla en alemán. Se acercan a la ventana.
—¿Qué demonios está diciendo? —pregunta él.
—Es la Gestapo. Dice que esperan entrar en París mañana. Instruye cómo actuar cuando las tropas entren. El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
—Sí, es un mal momento, la verdad. ¿Qué hacías tú hace diez años?
—¿Hace diez años? Te lo dije. Me había puesto un alambre en los dientes. ¿Qué hacías tú?
—Buscar trabajo.
Se produce una explosión. Ellos se asustan.
—¿Ha sido un cañonazo o el corazón que me late? —se estremece Ilsa.
Se abrazan.
En este momento, mientras ellos en la escena estaban así, unidos, Clay pensó en lo bien que olía la actriz. Podía aspirar todo su aroma, llenarse. Como si fuera mucho más que real. Y no era una ilusión más. La última sensación.
—Es el nuevo cañón 77. Debe de estar a unos 50 kilómetros —un nuevo cañonazo—. Se van acercando cada minuto. Anda, ten, bebe. Hay que terminar las otras tres.
Más y más cañonazos. Ella sentada. Él de pie. Aparece Sam.
—Los alemanes están a punto de llegar y vendrán a buscarle a usted. Hay un precio por su cabeza.
—Les dejé una nota en mi piso. Sabrán donde encontrarme —bromea Rick.
—Es curioso —suspira Ilsa—. Todavía sé tan poco de ti.
—Y yo tampoco sé mucho de ti. Tan solo que te arreglaron los dientes.
Ríen.
—En serio, corres peligro —afirma ella—. Debes abandonar París.
—No, no; debemos.
—Sí, por supuesto.
—El tren para Marsella sale a las 5. Pasaré a recogerte a tu hotel a las cuatro y media.
—No, no en mi hotel. Tengo cosas que hacer antes de ir a la estación. Nos veremos allí.
—Bueno, a las cinco menos cuarto. Nos casaremos en Marsella.
Más risas.
—Eso está lejos todavía.
—Es cierto, demasiado lejos —se lamenta él—. Bueno, y el conductor de un tren, ¿no podría casarnos?
—Puede…
—¿Y por qué no? El capitán de un barco puede y por tanto… ¡Eh, eh! ¿Qué te pasa ahora?
Ilsa Lazslo aparta su cabeza. Está emocionada.
Clay pensó en lo mucho que le gustaba lo que ella le decía, y en cómo se lo decía, pero, con la boca cerrada o no, pensó de nuevo más en los besos que iban a darse a continuación, en el siguiente plano.
—Nada —suspira Ilsa—, que te quiero mucho y odio esta horrible guerra. En este loco mundo todo puede pasar. Si algo sucediera… Si no… —le mira llena de ansiedad—. Si algo viniera a separarnos… donde quiera que vayas y donde yo me encuentre, quiero que sepas que… —se besan apasionadamente y ella gime—: ¡Bésame, bésame como si fuera la última vez!
La mano de Ilsa cae sobre el piano.
La voz interior de Clay gimió: «¡Oh, Dios, es grandioso!».
Se dejó arrastrar por el sentimiento, la emoción.
El beso acabó llenándole los sentidos una vez más.
Estación de tren. Llueve copiosamente. Rick Blaine espera nervioso en el andén. El reloj marca las cinco menos tres minutos. Llega Sam, corriendo. Por detrás alguien anuncia: «Señores pasajeros, al tren, faltan tres minutos para la salida. ¡Viajeros, al tren! ¡Último tren para Marsella!»
—¿Dónde está? ¿No la has visto? —pregunta el protagonista, agitado.
—No, señor. No la encuentro —responde el pianista—. Se marchó del hotel, pero esta nota llegó hace unos minutos.
La abre. Mientras la voz de ella aparece en off, la lluvia va borrando las letras. La nota dice: «Richard, no puedo ir contigo ni verte nunca más. No debes preguntarme por qué, pero debes creer que te quiero. Ve, amor mío, y que Dios te bendiga».
Sam le coge. Tira de él.
—La última llamada, señor Rick. ¿No me oye? Vamos, señor Rick, vamos, vamos…
Sube al tren. Mira a lo lejos. Se apoya en la puerta y tira la nota a los railes. El humo de la locomotora aumenta y le desvanece. Fundido.
En ese instante escuchó el vibrador sónico de la puerta. Algo así como un eco lejano e irreal que sonó en medio de su cabeza, más allá del mundo virtual que lo rodeaba.
Clay vaciló.
Ahora llegaba la parte en la que ella entraba en el «Rick’s Cafe Americain» y él, borracho, la trataba con dureza, portándose groseramente. Otra gran escena.
El vibrador sónico de la puerta insistió.
—¡Mierda! —exclamó Clay.
Desconectó el sistema de forma voluntaria. Las imágenes se desvanecieron. Sintió en su mente algo extraño, como si le arrebataran una esencia íntima. Todo su universo en blanco y negro desapareció. Abandonó «Casablanca» para regresar a su realidad cotidiana. Dejó de ser el Rick de la película para recuperar su identidad vulgar y su consciencia real.
Se encontró sentado en su sala de proyección, como siempre en los últimos días. ¿O ya eran semanas, quizá meses? El tiempo había dejado de contar. No se había movido de allí, instalado cómodamente en el módulo de soporte. Era su mente, su pensamiento, el que regresaba a la consciencia real. Sin embargo, la sensación persistía, como si volviera de un largo viaje.
El vibrador sónico sonó por tercera vez.
—¡Ya va!
Los efectos pasaban rápido. Se quitó el casco y se levantó para dirigirse a la dichosa puerta y ver quién diablos le molestaba.
2
Lennox apareció ante él cuando abrió la puerta con cierta violencia.
Al verlo, Clay se relajó.
—Eres tú —suspiró.
—¡Pero bueno…! —su visitante se cruzó de brazos—. ¿Se puede saber qué estabas haciendo? ¿Por qué has tardado tanto?
—Estaba besando a Ingrid Bergman.
—¿A quién? —Lennox estiró el cuello para ver si localizaba a la mujer con la que parecía estar su amigo.
—Déjalo. Pasa —se apartó franqueándole el camino.
—Si estás con alguien no, hombre. Vuelvo luego.
—No estoy con nadie. Pasa.
—¿No acabas de decir que…?
—Ingrid Bergman es una actriz del siglo pasado, cafre.
Lennox no acabó de entenderle. Pasó por su lado y Clay cerró la puerta. Alcanzó a su amigo en la terraza exterior, porque atravesó la estancia a toda mecha.
—¿Has visto que día hace? —proclamó su visitante abriendo los brazos—. ¡Ni siquiera tenemos contaminación! ¡Los niveles son aceptables! ¿Qué demonios te pasa? ¡Hace días… semanas que no se te ve el pelo! ¡Estamos preocupados!
Clay se pasó una mano por la calva. Lennox soltó una carcajada al caer en la cuenta del mal chiste que acababa de hacer. El recién llegado medía un palmo más que el dueño de la casa así que uno tenía que mirar hacia arriba y el otro hacia abajo.
—Tengo cosas que hacer —dijo Clay—. Y haz el favor de no gritar.
—¿Cosas? ¿Qué cosas? ¿Estás loco? Si de verdad estás con una mujer…
—Estoy solo.
—¿Entonces? —Lennox abrió los ojos comprendiendo la realidad—. ¡Por Dios, Clay!, ¿qué has construido ahora? ¡Ha de ser eso! ¡Ni siquiera te vemos en los reproductores holográficos! ¡Tú y tus inventos! ¡Estamos preocupados, todos!
—¿Por qué? —el tono de Clay fue duro—. ¿No tenéis a nadie de quién burlaros?
Lennox le pasó una mano por los hombros.
—Vamos, Clay, vamos. Todos nos divertimos, ¿no es así? No me digas que estás molesto con nosotros. Si es así, te juro que los machaco.
—Da igual, déjalo —bajó los ojos al suelo y se mordió el labio inferior.
—¿Cómo va a dar igual? ¡No puedes pasarte la vida en casa! ¿Qué tienes ahora?
Clay mantuvo el silencio. No se movió.
—¡Soy tu mejor amigo! —insistió Lennox.
—No tengo nada.
—¿He de creerte? ¡Tú tienes un secreto, lo veo en tus ojos! ¡Sé perfectamente que te pasas el día ideando aparatos, manipulando sistemas, inventando cosas! ¿Qué ha sido esta vez? ¡Tiene que ser algo muy especial si te has apartado del mundo para recluirte aquí!
Clay miró en dirección a su estudio.
Su secreto, sí.
¿Por qué no sacar pecho, lucirlo, demostrarles que era un genio? Ellos siempre se burlaban de sus inventos, de su forma de ser, de su estatura, de su calva, de su aspecto infeliz y estrafalario. Y esta vez había ganado. Lo había conseguido.
Era su gran momento, pero…
Se sintió furioso.
¡Al diablo con todo!
—Ven —le hizo una seña con determinación.
—¿Así que hay algo? —entrechocó sus manos Lennox.
Clay lo precedió. El primer día ya había tenido ganas de salir a la calle y gritarlo, echárselo en cara a Lennox, a Mulhany, a Conny, a Shire… Luego se sintió egoísta. No quería compartir su invento con nadie. Ni tan solo comercializarlo. Era suyo.
De pronto sonrió para sí mismo.
Le haría una buena demostración a Lennox.
—¡Clay, Clay, Clay! —le palmeó la espalda su amigo.
En el estudio todo estaba revuelto, la cama igual que si por ella hubiese pasado un regimiento a pie, la mesa abarrotada, ropa por el suelo, restos de comida medio podrida, las dos butacas situadas frente al televisor, la pantalla de cine y el sistema holográfico, las estanterías con miles de películas en todos los soportes imaginables, desde los primitivos DVD hasta los monitores de descarga y almacenaje o las recientes cápsulas integradas.
—¡Qué barbaridad, chico! —arrugó la cara Lennox.
—Siéntate —le pidió Clay.
Le obedeció y ocupó una de las butacas. Clay tomó el casco, formado por varias retículas, los dos altavoces laterales y un sensor posterior, acoplado a la nuca. No tenía ninguna conexión más. Se lo entregó a su amigo.
—Póntelo.
—¿Y para qué es? —le dirigió una desconfiada mirada él.
—Haz lo que te digo.
—No irás a electrocutarme, ¿verdad?
Lo dejó con el casco en las manos y buscó algo en las estanterías. Extrajo una cápsula y la introdujo en el sistema operativo instalado sobre la mesa.
—¿Qué tal «En busca del Arca perdida»?
—Una de mis favoritas del siglo pasado, sí —reconoció Lennox—. La vi de niño con mi abuelo. Pero ¿no irás a ponerme ahora una película?
—Solo una escena.
—¿Para qué?
—¿Quieres saber por qué no salgo de casa, pesado?
Lennox ya no insistió. Se colocó el casco. Clay le bajó la visera para protegerlo de la luz. Luego puso en marcha el sistema, seleccionó la escena que quería y el personaje con el que debía mimetizarse, sintonizarse y fusionarse. En ella, Indiana Jones perseguía al camión que trasladaba el Arca de la Alianza desde las excavaciones donde había sido hallada hasta la ciudad. Los seis minutos más trepidantes de la historia del cine de su tiempo.
—¿Preparado?
—¡Pues claro que estoy pre…!
No pudo decir nada más. Fue como si, de pronto, le sucediera algo impactante, tanto que se aferró a la butaca y se puso pálido de golpe. Clay se sabía la escena de memoria, así que continuó observando a su amigo. Indiana Jones a caballo. Indiana Jones luchando contra los nazis conductores del camión. Indiana Jones conduciendo y luego herido en un brazo.
Uno de los alemanes le golpeaba ese brazo herido.
Lennox sudaba. Se llevó una mano a su brazo y el gesto de dolor fue evidente. Le dolía. Gimió.
Después, Indiana Jones caía, se quedaba colgado del morro del camión, reculaba por el suelo, bajo él, se veía arrastrado por el pedregoso suelo, pero haciendo un esfuerzo sobrehumano conseguía volver a subir, por la parte de atrás, llegar hasta la cabina, machacar a su enemigo y hacerse con el control del vehículo.
Lennox seguía blanco, rojo, sudaba, gemía, gritaba de terror.
Ni siquiera sabía qué hacer, cómo parar aquello. No se le ocurría llamarlo para decirle que cortara la emisión. Ni se quitaba el casco, no podía.
Formaba parte de otra realidad.
Cuando el camión desaparecía tras una puerta falsa y terminaba la escena, Clay desconectó el sistema.
Lennox continuó inmóvil.
Le quitó el casco y se encontró con sus ojos abiertos de par en par, sacudidos por la sorpresa y la emoción. El corazón le iba a mil, sudaba. Le miró a él, luego a su brazo. Volvió a centrar sus aterrados ojos en el autor de aquel prodigio.
—¡Mier… da, Clay! ¿Qué diablos…?
—¿Te lo has pasado bien?
—¡Yo era el maldito indiana Jones!
—Genial, ¿no?
—¡Estaba… dentro de él! —abrió las manos como si todavía no entendiera lo que acababa de suceder—. ¡Sentía lo que sentía él, al límite! ¡No podía hacer nada, porque solo ocupaba su cuerpo, pero…!
—Cien por cien real, ¿verdad?
—¡Casi me mato!
—No, porque en la película Indiana no muere en esa escena.
—¡Ya, pero al estar dentro del personaje la sensación…! —Lennox seguía alucinado—. ¡Para Indiana todo eso era real! ¡Yo sabía que no, pero él…!
—No me digas que no es genial —sacó pecho Clay.
Lennox le miró con los ojos muy abiertos.
Respeto, sorpresa, admiración… El corazón seguía latiéndole a mil por hora.
—¿Cómo lo has conseguido?
—No lo entenderías.
—¡Eres… un puto genio!
—Pues siempre os burláis de mí.
—¡Porque eres una rata de laboratorio, joder! Pero esto…
—Lo llamo Sintetizador Videomaterial —Clay abarcó el sistema y el equipo—. De niños queríamos ser como los héroes de nuestras películas favoritas, ¿no? Pues yo he logrado ese sueño.
—¿Quieres decir que… esa cosa te permite meterte en cualquier película y ocupar el papel del personaje que quieras?
—Así es, Lennox.
Acababa de experimentarlo en sí mismo. Ya no tenía por qué dudar. La realidad se abrió paso en su mente. Volvió a tocarse el brazo que, en su corta intervención como Indiana Jones, tanto le había dolido al herírselo y golpearle el conductor alemán.
—Cuando has llegado te he dicho que estaba besando a Ingrid Bergman —continuó Clay—. Y era cierto. Yo era Humphrey Bogart en «Casablanca». Ayer fui Clark Gable en «Lo que el viento se llevó», y esta semana he sido Leonardo DiCaprio en «Titanic», Michael Douglas en «Instinto básico», Aragorn en «El Señor de los Anillos», Keanu Reeves en «Matrix», Godofred Aarno en «La conquista de Marte» o uno de los dragones de «Juego de tronos». También he sido el Capitán América, Spiderman, Ironman, el doctor Strange, y puedo ser el cantante de moda en pleno concierto ante cien mil espectadores, un político, un futbolista marcando el gol en la final del mundial o quien sea mientras exista una imagen. Mi Sintetizador me hace ocupar su lugar, es sencillo. Marca las coordenadas en la película, un algoritmo me transfiere a ellas y… ¡zas! ¿Lo entiendes, Lennox? ¿Da tu pobre cabeza para tanto? Y ahora dime, ¿por qué debería salir de casa? —abarcó de nuevo el lugar, las estanterías, el equipo—. Aquí tengo cuanto quiero. ¡Me basta y me sobra! ¡Miles de películas por las que moverme, sentir, amar, ser amado, triunfar…!
Su sonrisa era superior. La mejor de su vida. Lennox continuaba mudo.
—No puedo tocar nada una vez dentro de la película, por supuesto. Ni puedo cambiar nada lo que sucede. Yo dejo de ser yo y soy él, o ella, o quien quiera que me guste. La película es inamovible. Pero para mí es todo real, siento el personaje, sus emociones, sus sentidos, su pasión… —se animó al contárselo—. ¡Oh, sí, Lennox, pasión! ¡Esa es la clase: sentir! Puedo besarlas a todas, una y mil veces, en cualquier escena. Puedo amarlas sin freno, hacer el amor con ellas…
—¿Haces el amor…?
—Para nosotros, espectadores, la película es una ficción, pero cuando estás dentro no hay ficción, todo sucede de verdad. ¡Pues claro que hago el amor!
Lennox logró apartar su mirada y centrarla en el sistema.
—¿Cómo has podido… hacer algo así?
—¿No decíais que estaba loco? —se rio Clay—. ¿De verdad creíais que lo único que podía construir eran robots de servicio, sistemas de alarma, muñecos articulados…? ¡Idiotas! Qué sorpresa, ¿verdad? El tonto de Clay ha tocado el cielo con las manos. Aquí estoy aún mejor, en el paraíso. ¿Salir de casa? ¿Para qué? ¿Para pasar las horas muertas con vosotros y aguantar vuestras bromas? ¡Aquí soy Dios! —dirigió un dedo triunfal al sistema—. ¡Puedo hacerlo todo!
Lennox parpadeó. La admiración empezaba a dejar paso a su sorpresa anterior.
—¿Puedes entrar y salir sin más?
—Conservo mi autonomía, por supuesto —dijo Clay—. Cuando quiero regresar no tengo más que conectarme mentalmente con el sistema y cortar la conexión. No es una orden física, claro. No es difícil, aunque se necesita mucho autocontrol.
—¿Cómo lo haces?
Era su momento. ¿Qué más daba enseñárselo?
—¿Ves esta pantalla? Aquí aparecen los algoritmos de todos los personajes, escaneados por el sistema previamente. Manipulo aquí, y aquí, delimito las coordenadas y conecto mi casco con el personaje con el que deseo interactuar. Me acomodo, doy la orden mental y… listo.
—¿Así de fácil?
—Lo complejo es crear el software. A la gente no le importa lo que hay en sus equipos, solo tener el mando a distancia para ponerlos en marcha. Mi mando a distancia una vez dentro es mi mente.
Lennox logró reaccionar. Se puso en pie. Volvía a ser un palmo más alto que Clay. Caminó por el estudio un par de pasos, agitado. Se le notaba más que impresionado, mitad aturdido mitad… Poco a poco levantó las cejas al comprender el alcance de lo que acababa de descubrir.
—¡Clay!
—¿Qué?
—¡Vas a hacerte rico con esto!
—¡No quiero hacerme rico! —dijo él.
—¿Cómo que no…? ¡Rico es poco! ¡Y siendo como eres tú necesitarás un socio! —se le disparó la adrenalina—. ¡Por todos los santos, Clay! ¿No lo ves?
—Lennox, mírame.
—¡Ya te miro!
—No. Mírame y escúchame —bajó el tono para hablar desde la serenidad—. No compartiré esto, ¿comprendes? ¡Es mío! ¿Te imaginas a todo el mundo viviendo en las películas? ¡Nadie saldría a la calle! ¡Algo así acabaría siendo el fin de la humanidad!
—¡No seas trágico, por Dios! ¡La gente habría de trabajar igual!, ¿no? Sería solo… una diversión, el mejor de los entretenimientos.
—¿Y el peligro?
—¿Qué peligro?
—Si el personaje muere en una escena y no lo sabes, mueres con él al no poder salir a tiempo. Te quedarías ahí sentado, en el limbo, hasta perecer por hambre después de que tu cerebro ya lo hubiese hecho antes. Muchos locos lo usarían para suicidarse, por ejemplo.
—¡No seas absurdo!
—¿Absurdo? ¡La humanidad sí es absurda!
—¡Cualquier cosa tiene sus riesgos!
—No, Lennox. No —quiso dejarlo claro—. El riesgo en mi invento es mayor. Y te repito que solo es mi juguete —se lo repitió—: Mi juguete.
—¡No puedes quedártelo para ti solo!
—Pues es lo que haré.
Lennox comprendió que su amigo hablaba en serio.
—¡Mierda, estás como una puta cabra! —gritó.
—No tenía que habértelo enseñado —lamentó Clay.
—¡Pues claro que tenías que habérmelo enseñado! ¡Joder, es el sueño de toda persona! ¡Ríete de los robots sexuales! ¡Has dado con la inmersión total!
—Si te portas bien, puedes venir de vez en cuando a por una sesión.
—¿Si me porto bien? ¡Maldita sea, Clay! —pareció a punto de insultarlo y se lo pensó mejor. Ya no era el de siempre. Ahora sí resultaba ser un genio. La pregunta estalló de pronto—: ¿Vas a encerrarte aquí el resto de tus días?
—¿Hay algo mejor afuera?
Lennox volvió a mirar el conjunto, acarició el casco y se detuvo ante las películas, en sus múltiples sistemas, perfectamente alineadas en las estanterías. Eran las mejores, miles de ellas. Un mundo por el que viajar incesantemente. Sentía el vértigo en su propia cabeza.
No era el momento de discutir ni pelearse con Clay.
Tenía que pensar.
—¿Me dejarías ser… Superman? —le preguntó a su amigo.
El dueño de la casa soltó una carcajada.
—Por supuesto, pero ahora no, Lennox —le dijo terminante—. Ya quedaremos, ¿de acuerdo? Es mi tiempo, mi nueva vida, mi todo. No puedo compartirlo sin más y a cualquier hora. Habría cola y esto es mío. Lo siento —llegó a la puerta del estudio, la abrió y de la forma más natural aunque firme agregó—: Da mis saludos a los chicos.
3
Clay desconectó el vibrador sónico de la puerta.
Y el sistema telefónico así como el circuito audiovisual.
Sabía que le molestarían. Sabía que acudirían todos en tropel para ver su invento. Eran capaces de instalarse en su cubículo. Los conocía bien. No tenía que haberle enseñado a Lennox el sintetizador, por mucho que se sintiera furioso, y triunfal, y…
—¡Estúpido! —lamentó.
Aunque de todas formas, ¡qué placer ver su cara de estupefacción! ¡Qué sensación de éxito demostrarles a todos que no era tan estúpido ni infeliz como creían! Había sido una venganza en toda regla, la demostración de su intelecto superior.
¡Al diablo con ellos!
Podían llamar hasta desgañitarse. No le importaba. No los oiría. Estaba solo. Solo con miles de películas, miles de oportunidades, miles de emociones. Salvo comer y dormir un poco, ya nada merecía su atención. Cuanto precisaba estaba en su estudio.
Podía ser Bambi o King Kong, podía ser la última estrella de la música o el pionero Elvis Presley, podía ser E.T. o el primer hombre que puso un pie en la luna.
La excitación lo dominaba. Desde el momento en que completó y perfeccionó el sintetizador no había dejado de entrar y salir de sus películas favoritas. La visita de Lennox, sin embargo, acababa de darle la auténtica dimensión de su creación.
Retomó «Casablanca». Antigua o no, siempre sería una de sus favoritas. El mundo en blanco y negro era, además, muy hermoso y peculiar. Volvió a colocarse el casco, hizo los ajustes, se sentó en una de las butacas y programó ya el final de la película. La última escena…
Ingrid Bergman, convertida en Ilsa Lazslo, decía:
—No, Rick, no. Anoche dijimos…
—Anoche dijimos muchas cosas —la detiene Rick Blaine—, dijiste que yo tenía que pensar por los dos y es lo que he hecho y sé que tienes que subir a ese avión con Viktor, que es a quien perteneces.
—Pero Rick, escucha…
—Escúchame tú. ¿Tienes idea de lo que te espera si te quedas aquí? Créeme, los dos acabaríamos en un campo de concentración, ¿verdad, Lui?
—Me temo que Strasser insistirá en ello —decía el policía.
—Dices eso para que me vaya.
—Lo digo porque es cierto, y es cierto también que perteneces a Viktor. Eres parte de su obra, eres su vida. Si ese avión despega y no estás en él lo lamentarás. Tal vez no ahora, tal vez no hoy ni mañana, pero más tarde, toda la vida.
—Nuestro amor no importa.
Clay repitió mentalmente la mejor frase de la película doblando a Bogart: «Siempre tendremos París».
—Siempre tendremos París. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca. Pero lo recuperamos anoche.
—Dije que nunca te dejaría.
—Y nunca me dejarás. Yo también tengo mi labor y no puedes seguirme a donde voy y en lo que he de hacer no puedes tomar parte. Yo no valgo mucho, pero es fácil comprender que los problemas de tres pequeños seres no cuentan nada en este mundo loco. Algún día lo comprenderás.
Mirada al suelo. La mayor de las emociones. La renuncia de Rick y la duda de ella, que comienza a llorar.
—Vamos, vamos, ve con él, Ilsa.
Las lágrimas fluyen. Los sentimientos son volcanes candentes. Se interfiere un breve plano de Strasser conduciendo a gran velocidad y acercándose al aeropuerto. Vuelven ellos, bajo la neblina. Llega el marido de Ilsa, Viktor.
—Todo está en orden —dice.
—Excepto una cosa que debe usted saber antes de partir —objeta Rick.
—Señor Blaine, no quiero que me explique nada.
—Es preciso que lo haga para que no queden dudas algún día. Dijo que sabía lo mío con Ilsa.
—Sí.
—Pero no sabe usted que ella vino a verme anoche a mi casa. Había venido a buscar los salvoconductos, ¿no es así, Ilsa?
—Sí —responde ella dubitativa.
—Hizo lo imposible por obtenerlos. Incluso se empeñó en hacerme creer que seguía queriéndome. Pero eso pasó hace tiempo. Por usted ella pretendió que no y yo la dejé mentir.
—Entiendo —asegura el marido.
—Aquí los tiene.
Rick le entrega los salvoconductos.
—Gracias —dijo Viktor—, no lo olvidaré. Bienvenido a la lucha. Esta vez sé que seremos los vencedores.
El avión. Las hélices giran. Rick Blaine y ella intercambian la última mirada. Van a marcharse. Lo que siente él es imposible de describir. Es el gran amor, el AMOR con mayúsculas, la renuncia y el todo.
Clay dio la orden mental y cerró el sistema. Prefería no pronunciar la última frase de la película, la que le decía Rick a Lui: «Creo que este es el comienzo de una gran amistad». Demasiado dolor viendo marchar a la mujer que ama. Prefirió quitarse el casco y «salir» de la obra en su apogeo, recuperar su yo, moverse en su mundo a color y dejar el del blanco y negro.
Si tuviera que escoger una película para vivir siempre en ella, ¿cuál sería?
Una con un final feliz.
Y había tantas.
Miró en su filmoteca. Comedias, biografías, musicales, de época, ciencia ficción, policiacas, románticas, melodramas… A veces le costaba decidirse por la siguiente.
Sus ojos se detuvieron, de pronto, en una.
«La vida de Jesucristo».
Ni siquiera recordaba haberla visto, y, además, no era religioso. Sin embargo… aquello no tenía nada que ver con la religión. Independientemente de lo que Jesús representaba, nadie podía poner en tela de juicio que había sido un personaje singular y un gran hombre. Lo que sintió en su vida debió de ser… extraordinario.
Único.
Aunque no llegaría al final, por supuesto. Saldría justo antes de los latigazos, la corona de espinas… la crucifixión.
Si moría dentro de la película…
Tomó la placa y examinó los créditos. No sabía si era una buena película. ¿Cuántas se habrían hecho sobre el mismo tema? Muchas. Hasta una vieja ópera rock que lamentó no tener. De cualquier forma, para sentir el personaje tanto daba una como otra.
Sí, sería una experiencia más. Diferente.
La vida del hombre que más había marcado los últimos dos mil años de la Era Moderna.
Clay sonrió.
—Vamos allá.
Inició el ritual, puso en marcha el sistema, se colocó el casco, se fijó el sensor y los auriculares, se bajó la visera, cerró los ojos…
Un viaje corto, de su mente a las escenas del film, y de las escenas de regreso a su mente invadida por ellas. Estaba en un desierto, hacía mucho calor, empezó a verlo todo a través de los ojos del personaje.
Jesucristo.
Su cabeza se llenó de luz.
De paz.
4
Desde que había salido de casa de Clay, Lennox no dejaba de darle vueltas a lo que acababa de ver.
Recordaba aquellos seis minutos haciendo de Indiana Jones.
La adrenalina a tope.
La cabeza sumergida en un vértigo alucinante.
Se imaginaba en cama con todas sus actrices favoritas en las escenas más tórridas de sus películas, tocando sus cuerpos, besándolas, y convertido en héroe, en músico, en futbolista… Sí, Clay lo había dejado bien claro: si existía una imagen, podía meterse en la piel de quien quisiera.
¡El muy hijo de puta!
¡Había conseguido algo…!
No, no tenía palabras.
¡Y el muy idiota lo quería para él!
—¿Se puede ser más imbécil? —rezongó en voz alta.
Levantó la cabeza y miró el edificio, gris, vulgar y feo. El último piso era el de Clay. Allí dentro, ahora mismo, se escondía el mayor tesoro de la tecnología moderna. Y también, en ese mismo momento, Clay debía estar viviendo en otra película, ajeno a lo que pasaba más allá de sus ventanas.
Tenía su propio mundo.
El mundo encerrado en miles de historias cinematográficas.
Lennox apretó los puños.
Más que rabia sintió… ¿Qué? ¿Odio, celos, estupefacción?
Tanto tiempo burlándose de las locuras de Clay, y ahora les daba con un canto en los dientes.
A todos.
¡Y el muy idiota, idiota, idiota, ni siquiera pensaba en hacerse rico!
—¿Un juguete peligroso? ¡Allá cada cual con su vida!
Estaba anocheciendo. La oscuridad caía rápida sobre la ciudad extendiendo su manto de sombras. Lennox se imaginó regresando a casa, su triste cubículo, solo. ¿Y para hacer qué? ¿Dormir? No, no podría. Le bastaría con imaginarse a Clay en su mundo de fantasía y eso le superaba.
Nada volvería a ser igual.
Nada, salvo que cambiara las cosas.
¿Cómo?
Siguió mirando el último piso de la casa. El ascensor llegaba hasta él. Después, un corto tramo de escaleras y el pequeño terrado. ¡Sería tan fácil descolgarse hasta la terraza de Clay!
La idea penetró en su mente como una cuña.
Clay le había enseñado como funcionaba el aparato.
Bastaría un golpe en la cabeza, atarle a la butaca, seleccionar una película en la que el héroe muriese, colocarle el casco, cortar la conexión para que no pudiera dar la orden mental de salir, y dejarlo allí.
Pasarían unos días, fingiría ansiedad por la falta de noticias, iría con la policía, le encontrarían sentado con el casco puesto y la deducción sería rápida. Muerte accidental. Clay no tenía familia, no tenía a nadie. Así que hablaría con el dueño del piso y se lo alquilaría, con todo lo de dentro. ¿Por qué no? Tan sencillo…
En cuanto al dinero…
Ya vería cómo lo conseguía. De momento eso no era lo más urgente. A lo mejor podía vender algún invento de Clay, o sus cosas, muebles, ropa… Lo único que necesitaba, lo único que quería, era el sintetizador videomaterial.
—¡Hazlo! —le gritó una voz interior.
Una voz poseída por la rabia y la furia.
Clay cruzó la calle y volvió a entrar en el edificio.
Nadie le vio.
5
Clay se sentía la mejor persona del mundo.
Sí, no todo era sexo, superhéroes o tocar la guitarra ante medio millón de personas en un festival de rock. Había otras formas, otras experiencias, otras películas, muchas más maneras de enriquecerse humana, personal y moralmente.
Era Jesucristo.
Toda aquella paz…
Había convertido un puñado de panes y peces en una comilona. Había resucitado a un hombre llamado Lázaro. Había dado un hermoso sermón en una montaña. Había expulsado a un sinfín de mercaderes del templo. Había llegado a lomos de una mula a la ciudad mientras el gentío le recibía con palmas.
Estaba cerca del punto en el que ya no podría seguir.
Precisamente en aquel momento, Poncio Pilatos se levaba las manos en una jofaina, rendido ante la evidencia del fin de aquel hombre.
Clay nunca había sentido tanto amor.
Dio la orden mental y salió de la película.
Se quedó unos segundos sentado, meciéndose en aquella paz y saboreando todo lo que sentía. Caray, uno podía llegar a ser un santo metiéndose en películas como la que acababa de ver.
Jesucristo sabía que iba a morir y no le importaba.
Era el precio a pagar por la inmortalidad.
¿O no?
Estaba meditando sobre ello cuando escuchó el ruido.
Un roce.
De haber estado dentro de la película, ni se habría dado cuenta. Una cosa era el timbre de la puerta y otra aquello. Primero tensó el cuerpo. A continuación, una vez llegado a la certeza de que tenía un intruso en casa, sintió miedo.
No era un valiente.
Podía llamar a la policía, pero tendría que hablar en voz muy baja para no delatarse. Luego, igual tardaban diez o quince minutos en llegar. Tiempo suficiente para estar ya muerto. Si era un ladrón, poco iba a llevarse. Lo malo era que al sentirse descubierto, igual reaccionaba haciéndole daño, asesinándole.
¿Y si se escondía en un armario?
Se quitó el casco, se levantó de la butaca y en la penumbra de la sala buscó algún objeto contundente. Por suerte veía las películas con la luz apagada. No había ninguna encendida en todo el apartamento. Lo único sólido que encontró fue un jarrón metálico que le servía de parco adorno en una estantería. Con él en la mano asomó la cabeza por el quicio de la puerta.
El intruso estaba en la terraza. Su silueta oscura se perfilaba a contraluz en la negra noche sin luna. Acababa de forzar la cristalera del comedor. Se disponía a entrar en el piso.
A Clay se le aceleró el corazón.
—Mierda… mierda… —gimió.
Estaba atrapado. No tenía escapatoria. Ahora se trataba del intruso o de él. Le tocaba luchar por su vida.
Contuvo la respiración.
El hombre se movía despacio.
Se dirigía justo a donde él estaba, la sala de proyección.
Clay levantó la mano con el jarrón en todo lo alto.
Esperó.
Y cuando el intruso metió la cabeza por el hueco de la puerta, se la golpeó con todas sus fuerzas.
Mientras el hombre caía boca abajo pesadamente, Clay abrió la luz de inmediato, dispuesto a echar a correr por la puerta.
No lo hizo.
Se quedó muy quieto y boquiabierto mirando a Lennox.
6
El dolor de cabeza era insoportable.
Venía a ser como tener una barra de hierro incrustada en el cráneo. Una barra que cambiaba de temperatura, porque de pronto la sentía ardiente y al segundo siguiente fría como una cuña de hielo.
Lennox intentó abrir los ojos.
¿Por qué le costaba tanto?
¿Y si estaba dormido pero despierto a la vez, como en esas pesadillas en que no puedes ni siquiera moverte pese a estar consciente?
Se agitó.
Entonces escuchó la voz.
—Lennox.
Alguien le llamaba.
Alguien quería que despertase, sí.
Bueno, no estaba solo.
—Lennox, ¿me oyes?
Oír, le oía. Pero seguía sin reaccionar.
Se agitó un poco más.
Farfulló algo.
—Vamos, despierta.
Un cachete. ¿No había otra forma de hacerle volver a la vida? ¿Dónde estaba? ¿Por qué le dolía tanto la cabeza? ¡Tenía que despertar!
Abrió los ojos.
Clay estaba delante de él.
—Bien —suspiró su amigo.
¿Bien? ¿Qué era lo que estaba bien?
—Mi cabeza… —gimió.
Intentó llevarse una mano al lugar en el que sentía la barra de hierro incrustada. No pudo. Lo intentó de nuevo con el mismo resultado. Nada. Lo probó con la otra. ¿Estaba paralizado? No, si no podía moverse significaba que seguía dormido. Consciente y con los ojos abiertos pero dormido.
Miró sus manos.
Atadas.
¿Atadas?
Clay seguía delante de él, de pie. Tenía los brazos cruzados a la altura del pecho.
Lo peor era la cara.
A Lennox no le gustó nada su cara.
Aquella expresión…
—¿Clay?
—Eres un hijoputa.
—¿Qué?
—Querías matarme.
—¿Yo?
—¡Sí, tú! —el grito le dolió tanto como la barra de hierro—. ¡Has vuelto para quitarme de en medio y quedarte con mi invento cabrón!
—No seas… absurdo.
—¡Los amigos no se descuelgan de noche por el terrado hasta la terraza ni fuerzan la vidriera para entrar en el piso sin hacer ruido! ¡Tenía que habérmelo imaginado!
Lennox arrugó la cara.
Le costaba hablar.
—Vamos, desátame.
—No.
—Ya te has divertido bastante.
—No.
—¡Que me desates, coño!
Clay ya no le contestó. Apretó las mandíbulas y comenzó a manipular el sistema con movimientos rápidos y precisos. Fue entonces cuando Lennox se dio cuenta de que llevaba puesto el casco.
Se debatió inútilmente en la butaca.
La butaca instalada frente al equipo del sintetizador videomaterial.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó a su examigo.
—¿No querías mi invento?
—¡Yo no…! —agitó la cabeza como si así pudiera quitarse el casco—. ¡Sácame eso, joder!
Clay acabó de hacer las manipulaciones finales.
Entonces se volvió hacia su prisionero.
—Espero que disfrutes de la película —le dijo.
—¿Pero qué…? ¡Espera! ¡Por favor, Clay, espera…!
Primero, se hizo la oscuridad.
Después, Lennox se vio en mitad de una escena muy antigua. Una escena de película de romanos o algo así. Tenía delante a un hombre con aspecto de patricio, túnica y un oropel dorado en la cabeza, lavándose las manos en una jofaina con agua. Él estaba sujeto por dos legionarios, sandalias, falda corta, casco emplumado…
Se sintió muy cansado.
—Lo siento por ti —suspiró el patricio—. Lleváoslo ante el pueblo y que decida él. Que escoja entre Barrabás o este hombre que dice ser el hijo de Dios…
Lennox supo lo que era terror por primera vez en la vida.
Puro terror.
¿No le había dicho Clay que salía de las películas dando una orden mental?
¿No…?
—¡Quiero salir! —se gritó a sí mismo en silencio.
Nada.
Continuó siendo Jesucristo justo antes de todo su calvario, los latigazos, la corona de espinas, el paseo cargando la cruz, la crucifixión…
No, jamás hubiera imaginado que el horror pudiera llegar a tanto.
Y seguro que Clay cortaba la película antes de la resurrección.