País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

batallitas

1
Se habían conocido dos semanas antes. No tenían ni idea el uno del otro. La misma edad, el mismo trabajo, pero uno en el norte y otro en el sur. Una vida dedicada al servicio de la ley. Dos inspectores de policía. Con más de ochenta años ahora se sentían como dos dinosaurios, dos residuos. Solos, sin nada, sin nadie, en una residencia para ancianos.
Vidas paralelas.
—¡Yo era el mejor policía de Bilbao! —le oyó decir una mañana a la cuidadora.
Se acercó a él.
—¿Inspector?
Era «el nuevo». Le miró hoscamente.
—¡Sí! ¿Qué pasa?
—Yo también lo era. En Sevilla.
Eso había sido todo. Desde ese momento, se sentaban juntos, jugaban juntos al ajedrez o a las cartas, comían juntos y charlaban juntos. Formaban un binomio inseparable. Los demás ancianos y ancianas ya ni se les acercaban. ¿Para qué? El de Bilbao tenía mala fama desde el mismo día de su llegada, siempre enfadado, siempre gritando, siempre dispuesto a soltar una bronca, a las enfermeras, los cuidadores o a los demás residentes. El de Sevilla, el nuevo, todavía no se había estrenado, pero tampoco parecía muy sociable.
Desde que compartían cada momento lejos de los demás, la vida en la residencia se había vuelto más llevadera y agradable. Los dos gruñones llevaban su propia vida.
—Fíjate. Parecen dos críos —decía un cuidador.
—¿Qué se estarán contando? —sonrió una enfermera.
—Ya me dirás: batallitas. Es todo lo que debe de quedarles, ¿no?
Batallitas.
Si uno y otro los hubieran oído…
Lo que más les gustaba era ver películas y series policiacas. Más que para disfrutar, para protestar y quejarse. Las preferían antiguas, en blanco y negro, con Humphrey Bogart o James Cagney, «cuando los malos, eran malos, y los buenos, buenos, no esa mariconada de ahora». Y todo porque «las de ahora», les parecían absurdas, insulsas. «Toca sexo», «Toca escena de persecución en coche». Se reían y maldecían en voz alta.
—¿Quién coño escribe esos guiones de mierda?
—¡Todo es puro efecto, no hay nada de verdad, los personajes no son más que estereotipos! ¿Por qué los polis o el detective de turno ha de estar divorciado y ser alcohólico o tener problemas?
—¡No hay investigación, todo es tecnología!
—¡Sí, fíjate, reconocimiento facial y esas cosas!
—¡Cámaras de seguridad siguiendo al sospechoso o al coche de marras!
—¿Le hace la autopsia en media hora? ¡Venga ya!
—¡Un ADN tarda días en verificarse, y ahí, ya ves, en un plis plas! ¡Se creen que la gente es tonta!
—¡Es que la gente es tonta! ¡No tienen ni idea! ¡Qué sabrán del trabajo que supone una buena labor policial, minuciosa, exhaustiva, pista a pista hasta dar con el culpable!
Sus gritos y carcajadas resonaban en la residencia. Y cuando se reían atronaban la sala esparciendo ecos cargados de desprecio. Por suerte la mayoría de residentes eran sordos.
Sin embargo, preferían cualquier cosa policiaca, por insulsa o mala que fuera, a todo lo demás. En el fondo todavía llevaban la placa de sheriff en la solapa.
El bilbaíno. El sevillano.
En realidad se llamaban Damián Bengoechea y Javier Fernández, pero el uno al otro se medio picaban con sus orígenes.
—¡Eh, tú, bilbaíno! ¿Eras del Athletic o de la Real?
—¿Y tú qué, sevillano, del Betis o del Sevilla?
Dos peces fuera de lugar.
Dos residuos.
Por lo menos, ya no estaba ni se sentían tan solos.
Aquella tarde llovía. Era un día ideal para la melancolía, para dejarse llevar, para mirar por la ventana y evocar decenas o centenares de historias pasadas, ocres ya por la pátina del tiempo. Además de la lluvia, a veces surgía de la tierra una niebla gris que difuminaba los contornos. La sensación era la de estar en una burbuja. Los dos exinspectores contemplaban la vida a través de la ventana, con sus rostros surcados por las arrugas de la historia.
Campos arados en la piel.
Pero campos secos, ya sin semillas.
—En Bilbao sí que llovía a gusto.
—En Sevilla poco, pero cuando caía, caía.
Un minuto de silencio.
—¿Cómo viniste a parar aquí, tan lejos?
—Mi hija se casó y cuando enviudé y me jubilé, tuve que dejar mi casa para irme a vivir con ella. Ahora dice que ya no me aguanta y me mandó aquí, a esta antesala del purgatorio. ¿Y tú?
—Más o menos lo mismo, aunque diferente. Yo no enviudé, pero me separé. Al jubilarme acabé liado con una de aquí, de Madrid, y todo fue bien hasta que se murió. Había vendido el piso de Sevilla, por lo tanto…
—Vueltas da la vida —chasqueó la lengua el bilbaíno.
—Y que lo digas —asintió el sevillano.
Era la primera vez que entraban en el terreno personal. Probablemente, habían esperado a tenerse más confianza. Quizá la tarde invitara a soltarse un poco más, abrirse. Cada cual cargaba con su pasado, era una mochila imposible de apartar de uno mismo. Y hasta la ostra más cerrada acaba por abrirse.
Entonces, uno, da lo mismo cuál, hizo aquella pregunta:
—¿Cuál fue tu caso más sencillo?
—Nunca hay casos sencillos.
—¿A mí me lo dices? Lo sé bien. Pero de tanto en tanto uno está tan claro…
—Diáfano, sí.
—Solo hay que saber mirar.
—Eso y el instinto.
—Por supuesto, el instinto.
—Tuve alguno…
—Y yo…
Intercambiaron una mirada, como si cada uno esperase a que el otro abriese fuego.
—Venga, hombre —rezongó Damián Bengoechea golpeando con la mano extendida el reposabrazos de su silla de ruedas—. Abres una puerta, te encuentras a un tipo con un cuchillo en la mano y un cadáver ensangrentado a sus pies. Eso es un caso sencillo, ¿no?
—Ya. ¿Y cuántas veces has abierto tú una puerta y te has encontrado a un tipo con un cuchillo en la mano y un cadáver ensangrentado a sus pies? ¿Y si resulta que no es el asesino, que solo ha recogido el cuchillo del suelo? ¡Aun en el caso más sencillo, si no eres listo…! —se tocó la sien con el deforme dedo índice de su mano derecha, retorcido a causa de la artritis.
—De acuerdo —concedió Damián Bengoechea—. Venga, dime un caso que resolvieras en un santiamén gracias a eso —también se tocó la sien con un dedo.
Javier Fernández hizo memoria.
Tantos años de servicio y tantos años jubilado…
—Era un laboratorio, de esos en los que hacen experimentos y tal. Todo eran físicos, químicos y gente con bata blanca. Me llamaron porque habían asesinado al jefe, un científico. Un caso de envenenamiento. El hombre debió encontrarse mal estando ya solo, a última hora del día, y antes de morir se agarró a una cortina en la que estaba impresa la tabla periódica de los elementos. ¿Sabes de qué va?
—Claro. La relación de… bueno, de eso, de los elementos, con las iniciales, el peso atómico y esas cosas.
—Exacto. Así que llegué yo y el tipo estaba en el suelo, boca abajo, con las manos extendidas. Nadie había tocado nada, por supuesto. Yo lo miré y pregunté quiénes eran las tres últimas personas que habían estado en el laboratorio la noche anterior. Me dijeron que tres colegas. ¿Sus nombres? Marcelino Hernández, Vicente Tello y Juan Pedro Abad. Entonces yo anuncié: «El asesino es Tello».
—Los debiste dejar impresionados.
—Bueno, imagínate. Me preguntaron cómo podía estar seguro y les hice ver dónde había puesto el muerto las manos antes de morir. Porque, desde luego, no había arrancado la cortina sin más, en un paroxismo de dolor. Fue premeditado. Sabía perfectamente quien le acaba de meter el veneno en el café o lo que hubiera tomado.
—Déjame que adivine: las dos manos señalaban las iniciales del culpable.
—Exacto —se lo confirmó Javier Fernández—. Una estaba sobre la V de Vanadio y la otra sobre la sílaba Te, el símbolo del Telurio. Por supuesto que no tenía ni idea de lo que eran esas cosas, daba lo mismo. Lo importante era lo que significaban. V de Vicente y Te de Tello. Naturalmente, el tipo se vino abajo en seguida.
—Muy bueno —aplaudió Damián Bengoechea.
—Te toca.
—Pues recuerdo el del hospital —cerró los ojos un momento—. Imagínate: una habitación, cuatro camas dos y dos frente a frente. Cuatro tipos que iban en el mismo coche y habían tenido un accidente. Uno había perdido las dos piernas, otro el brazo derecho, y el tercero se había quedado ciego. El asesinado era el conductor del coche, con múltiples heridas, pero ninguna tan grave como las de los otros tres, aunque no podía hablar a causa de una de ellas. El accidente se había producido por una negligencia suya. Era, pues, el culpable de las desgracias de sus compañeros. Cuando yo llegué todo seguía igual, con la enfermera que se había encontrado al tipo muerto muy nerviosa. Según ella, nadie entró en la habitación durante la noche. El asesino tenía que ser uno de los otros tres.
—¿Uno sin piernas, uno ciego y el otro sin el brazo derecho?
—Ni más ni menos.
—¿Y el muerto como había sido asesinado?
—Con un cuchillo. Lo tenía hundido en el cuello.
—Sigue.
—Los interrogué a los tres. El que no tenía piernas y ocupaba la cama contigua al muerto, me dijo que su sueño era muy profundo a causa de los sedantes, y que, además, sin piernas, no podía moverse. El invidente, que llevaba la mano izquierda vendada, me dijo que siendo ciego no habría podido cortarle el cuello tan certeramente. Le pregunté por la venda, que parecía reciente, y me dijo que al oír el grito de la enfermera había dado un salto en la cama y, al extender esa mano, derribó el vaso de la mesita y se cortó. Por último, el del brazo amputado, me aseguró que era diestro, así que difícilmente se habría manejado con la izquierda —Damián Bengoechea hizo una pausa—. Salí de la habitación y les dije a los agentes que detuvieran al ciego.
—Por lo de la mano vendada, obviamente.
—Claro. Se levantó de noche tanteándolo todo paso a paso para no tropezar con nada, recogió el cuchillo de las pertenencias del grupo, guardadas en el armario, fue a la cama de su compañero, lo tanteó a él en busca de su objetivo, la garganta, y entonces colocó la mano izquierda para sujetarle y precisar el golpe mientras le hundía el cuchillo con la otra. Lamentablemente, se hirió a sí mismo al hacerlo, quizá porque aunque no pudiera gritar, el asesinado se movió o se agitó. Por la mañana se inventó lo del corte con el vaso para justificar el daño y la sangre.
—¡Fantástico! —aplaudió Javier Fernández.
—Venga —se animó Damián Bengoechea—. ¡Esta será una tarde divertida! Cuéntame otra igual de rápida.
—Yo también pillé a un asesino por lo de ser diestro o zurdo. Y en un caso de apuñalamiento, como el tuyo. En realidad ese sí fue sencillo y rápido —sonrió—. Cuatro vecinos en un edificio. Se reunían para jugar a las cartas y solían discutir y pelearse. Una noche uno aparece muerto, con un cuchillo hundido en el pecho. Lo examiné y vi que el apuñalamiento había sido hecho en diagonal, con el mango apuntando a la izquierda y hacia arriba y la hoja hundida hacia la derecha. Reuní a los tres vecinos y sin preguntarles nada me volví hacia ellos y les tiré tres manzanas de improviso. Dos las atraparon con la derecha y el tercero con la izquierda.
—Por el ángulo de la puñalada, era evidente que se trataba de un zurdo.
—Ni más ni menos.
—Pero el truco de echarles tres manzanas te ahorró horas de interrogatorios.
—¡Y que lo digas!
Echaron unas risas.
Cada vez más cómplices.
—¿Puedo preguntarte algo delicado? —dijo entonces Javier Fernández.
—Adelante. Con toda confianza.
—¿Mataste a alguien a lo largo de tu carrera policial?
Damián Bengoechea bajó la vista.
Tardó unos segundos en responder. Pero no lo hizo directamente.
—¿Y tú?
—No, yo no —confesó el sevillano.
—Yo sí —reconoció el bilbaíno.
La confesión resultó abrumadora.
—Vaya, lo siento —lamentó su amigo.
—Ya no importa. Fue un lamentable accidente, y de eso hace muchos años. Casi en otra vida.
—No lo cuentes si no quieres.
—¿Qué más da? —se encogió de hombros—. El comisario me envió a Valencia para hacer un seguimiento y unas investigaciones. Eran otros tiempos, no existía eso de Internet ni las cosas eran tan rápidas y sencillas. Llevaba allí dos días cuando una mañana me tropecé inesperadamente con el atraco a un banco. Vi salir a dos tipos con unas bolsas, armados, y claro, reaccioné como lo habría hecho cualquier poli. Saqué mi arma y les di el alto. Ellos, en lugar de obedecerme, me dispararon. Repelí esa agresión y apunté a las ruedas del coche en el que se disponían a huir. La mala suerte fue que una bala rebotó en el guardabarros y alcanzó a un joven en la otra acera. La peor de las malas suertes, porque murió al instante.
Javier Fernández le escuchaba atentamente, muy serio.
—¿Dices que era… un joven?
—Un estudiante, sí. Estaba con unos amigos, por las Fallas —siguió hablando muy serio—. Por suerte eran otros tiempos y, en cierta forma, se tapó el asunto. Para preservar mi identidad mi nombre no salió a la luz. A fin de cuentas era un caso de mala suerte y yo no hice más que cumplir con mi deber. Se dijo que un policía había repelido la agresión de los dos ladrones y que «una bala perdida» había alcanzado al chico —suspiró profundamente—. Pero bueno… joder, tú, tenía veintitrés años. Una putada.
Javier Fernández estaba muy serio.
Damián Bengoechea también dejó de hablar con la locuacidad con la que lo había estado haciendo.
—Hacía mucho que no pensaba en eso —dijo.
Seguía lloviendo y la noche había caído muy rápida al otro lado de la ventana, sin que ni siquiera se dieran cuenta de ello. De pronto, la oscuridad era opresiva. La neblina húmeda se pegaba a los cristales. Javier se estremeció. Damián hizo un gesto de resignación, subiendo y bajando los hombros. Ya no miraba a su colega. Tenía los ojos fijos en el suelo.
Una voz les ayudó a volver al presente desde los procelosos y turbios recuerdos del pasado en el que habían acabado sumergidos.
—¡Hora de cenar! ¡Señoras, señores! ¡Hora de cenar!
2
A Damián Bengoechea le costaba dormir.
Pero cuando conseguía coger un buen sueño, era difícil despertarle, porque se sumergía en él, en su oscuridad y su silencio, como si cayera en un profundo pozo, aislado del mundo y de la realidad.
Entonces soñaba.
Soñaba mucho.
Unas veces, incluso dormido era consciente de que solo se trataba de un sueño. O una pesadilla. Otras, en cambio, las imágenes, las palabras y las sensaciones, eran tan irreales…
Lo peor era querer despertar y no poder. Querer moverse y no conseguirlo. Saberse despierto pero estar dormido, o viceversa.
Como esa noche.
Algo no encajaba.
La primera sensación que tuvo de que algo no iba bien fue cuando intentó darse la vuelta, para cambiar de lado, y no pudo.
Lo probó de nuevo.
Nada.
Se esforzó por abrir los ojos.
Calma…
Cuando lo consiguió, comprendió por qué no podía moverse.
Estaba atado.
Tenía los dos brazos atados a los laterales metálicos de la cama.
En la penumbra, vio algo más.
Javier Fernández, allí, a su lado.
—¿Pero qué…?
—¡Chst! —susurró el aparecido en un largo suspiro.
—¿Qué pasa? ¿Qué haces? ¿Por qué tengo los brazos atados?
El exinspector sevillano le miraba de una forma extraña. Sus ojos eran neutros, cansados, vencidos. En la difusa penumbra de la habitación, su silueta se recortaba fantasmalmente contra las sombras.
—¿Crees en las casualidades, Damián? —le preguntó.
—No.
—Yo tampoco, y sin embargo…
—¿Sin embargo qué? ¡Maldita sea, quieres desatarme! ¿A qué viene esto?
El tono de Javier Fernández siguió siendo lúgubre, crepuscular incluso.
—Toda la vida preguntándome quién habría matado a mi hijo, y ahora, inesperadamente…
Damián Bengoechea frunció el ceño.
—¿Tu hijo?
—¿Recuerdas que te he dicho que me separé de mi mujer? —no esperó a que asintiera—. Lo hicimos porque no pudimos seguir juntos tras la pérdida de Enrique. Así que no solo le perdí a él. También perdí a mi mujer, mi vida…
—¿Qué… estás diciendo?
—Enrique fue a ver las Fallas, con sus amigos. Tenía novia, un futuro, iba a casarse… Ya ves, Damián. Treinta años preguntándome qué sucedió y ahora, de pronto…
—¡Fue un accidente!
—Da lo mismo.
—¡No! —se debatió tratando de soltarse—. ¡Tú habrías hecho lo mismo! ¡Fue un caso de mala suerte, nada más! ¡Mala…!
Javier Fernández supo que iba a gritar.
Y que si lo hacía pondría en pie a toda la residencia.
Ya no esperó más.
—Adiós —dijo.
Cuando le colocó la almohada sobre la cabeza y la apretó con todas sus fuerzas, cerró los ojos.
Pensó en Enrique.
No la retiró hasta mucho después de que Damián Bengoechea hubiera dejado de agitarse y patalear, gimiendo mientras se ahogaba.
Luego le desató, guardó la almohada y salió de la habitación.
Con un poco de suerte, por la mañana pensarían que todo había sido una consecuencia de la edad. Lo normal. Allí la gente se moría día a día, mes a mes, a puñados y constantemente. ¿Para qué ahondar más buscando causas o hacer una autopsia a un viejo decrépito de más de ochenta años?
Y si no había suerte…
Pues bueno.
¿Qué más daba?
Sí, ¿qué más daba ya todo?