País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

el muerto se movía, se movía, se movía…

El edificio era relativamente alto para estar situado casi en primera línea de mar. Bueno, todos lo eran. Formaban una fila homogénea de cemento encalado, primero blanco, ahora gris, con terrazas amplias y aires veraniegos aún en invierno, como era el caso. No había toallas estridentes en las barandillas ni se veían flotadores gigantescos sobresaliendo de ellas. Pero estaba claro que habían sido construidos para satisfacer la demanda estival. Segundas residencias o pisos de alquiler. Daba igual. ¿Qué podía esperarse de un foco turístico que antes había sido un sencillo pueblo de pescadores? Los años de especulaciones pesaban. Años en los que nadie pensaba en el cambio climático y la subida de las aguas que acabaría comiéndose las costas a lo largo del siglo XXI. Quizá en veinte, treinta o cincuenta años, la puerta principal daría directamente al mar. Habría que entrar o salir en canoa.
El inspector se encogió de hombros.
Siempre que pasaba con el coche cerca de aquellas edificaciones costeras en invierno, o las veía de lejos desde la autopista, las sentía como esqueletos muertos, cadáveres de cemento bajo el sol o la luna. Nunca había luz en las ventanas. Aquellas casas solo recibían la transfusión de sangre que las vivificaba durante tres meses al año. El resto… nueve meses de silencio y vacío.
Aunque, por lo visto, allí sí vivía alguien.
Y encima lo habían matado.
El inspector cruzó el umbral de una vez. El agente que custodiaba la puerta lo saludó. Él solo hizo una ligera inclinación de cabeza. La víctima vivía en la planta baja. El pasillo era corto, apenas cinco metros. Otro agente se apartó para dejarle paso.
No llegó a cruzar el umbral.
Aquello parecía haber sufrido los envites de un temporal.
—¡Santo Dios! —suspiró.
Ezequiel Pons estaba allí, cerca, examinando algo en el suelo. Se incorporó al oírle y verle. Salvo él, el único ser vivo de la estancia era la mujer de la científica que estaba examinando el cadáver, boca arriba, desmadejado, con los brazos abiertos y una expresión estupefacta cincelada en su rostro. Había caído de espaldas y su cuerpo se reclinaba en parte en la pared del fondo. Había mucha sangre tintando su anatomía.
—Hola, Mario —lo saludó su compañero.
—¿Qué ha pasado aquí?
—Vete tú a saber. Desde luego parece que ha sido una pelea, y de las gordas. No han dejado un mueble entero.
—¿Hay más?
—No. Lo que ves es lo que ves. Estos pisos están para lo que están. Son pequeños. La cocina y la sala de estar —abarcó lo que estaban viendo—. Esa puerta da al baño —señaló una a la derecha—, y esa otra al dormitorio —hizo lo mismo con la de al lado—. Pero ninguna de ellas ha sido abierta. Todo se ha desarrollado aquí.
—El clásico apartamento cajita de zapatos.
—Bueno, según parece el tipo vivía solo.
—Debía de ser el único habitante del edificio.
—Ni más ni menos —se lo confirmó Pons.
El único ser vivo de un esqueleto veraniego.
—¿Quién ha descubierto el cadáver?
—Nadie. La hija del muerto llevaba un par de días llamando a su padre, y al no contestar, se asustó. Nos telefoneó a nosotros para dar la alarma.
—¿Por un par de días?
—Ella hablaba con él a diario, por precaución, por lo de vivir solo y todo eso.
—¿Dónde está esa mujer?
—Vive en Londres. Habrá que decírselo.
El inspector miró el cadáver desde la misma puerta, de la que no se había movido. A pesar de la sangre, de la cara de estupefacción, intuyó que aquel hombre no debía de ser muy viejo.
—¿Qué edad tenía?
—Sesenta.
—¿Y le llamaba cada día? —se extrañó—. ¿Tenía alguna enfermedad?
—Era ciego.
La palabra le impactó. Arqueó las cejas y miró más detenidamente al muerto.
El asesinado era ciego.
—Coño… —exhaló.
La mujer de la científica acabó de examinar el cadáver. Se levantó y, tratando de no pisar nada, algo difícil en aquel caos, se aproximó a ellos. Mario la reconoció a pesar del gorro blanco y la bata que la cubría. Era de las buenas. Se llama Rosa Campos y tenía experiencia. Una profesional. Se detuvo delante de ellos y les atravesó con una mirada profesional.
—¿Por dónde empiezo?
—¿Hay mucho? —se extrañó el inspector.
—Me temo que sí —fue muy clara ella.
—¿Causa de la muerte?
—Un balazo en el corazón.
—¿Y toda esa sangre?
—Las otras tres balas.
—¿Le disparó cuatro veces?
—Seis, inspector Aguirre —y se lo repitió—. Seis.
Era meticulosa, hablaba despacio, había que sacarle la información palabra a palabra. Mario Aguirre se impacientó.
—Suéltelo todo, va.
—Hay una bala incrustada allí —apuntó con el dedo índice de la mano derecha a la cocina—. Otra allí —señaló justo entre las dos puertas, del baño y el dormitorio—. Las otras cuatro le alcanzaron a él. Una en el costado derecho, otra en el muslo izquierdo, la tercera en el hombro derecho, bajo la clavícula, y la cuarta justo en el corazón.
Se produjo un silencio extraño.
—¿Alguna teoría? —peguntó Pons.
—Es evidente que las dos primeras balas fueron las que impactaron en la pared. Quizá para asustarle. No creo que disparara a la pared después de alcanzarle a él.
—¿Y la pelea? Habrá restos epiteliales en las manos, los nudillos o las uñas —dijo Mario Aguirre.
—No hubo pelea —fue categórica Rosa Campos.
Otro golpe dirigido a la razón.
—¿Cómo que no hubo pelea? —manifestó su desconcierto el inspector.
—Los puños del muerto están limpios.
—¿Y este destrozo?
—Lo provocó él mismo, tratando de escapar de los disparos, aterrorizado. Fíjese que no hay ningún mueble roto, solo están desplazados, patas arriba, volcados de cualquier forma.
—¿Por qué no se defendió atacando al agresor?
—Eso no lo sé —se encogió de hombros ella.
—Por el pánico —dijo Pons—. Imagino que sabía que siendo ciego no lograría alcanzar a su asesino antes de que este le metiera una bala entre los ojos.
—Sí, el asesino jugó con él, eso está claro —convino la mujer de la científica—. Siendo ciego no tenía la menor probabilidad.
Todos los asesinatos eran malos, pero si se veían agravados por matices que los convertían en pasto de los sensacionalistas, se convertían en una pesadilla. Matar a un minusválido era uno de ellos.
«El asesino se ensañó», «Noche de terror en un edificio vacío», «Lluvia de balas antes de la definitiva».
Es necesario mucho odio para matar a una persona con seis disparos. Mucho odio para asustarle primero, sin dar en el blanco, y luego acribillando varias partes distintas de su cuerpo.
Eso era sadismo.
—Gracias, Rosa —movió la cabeza de arriba abajo el inspector.
—Voy a dejar que entren ya los demás —salió del piso ella.
—¿Podemos hacerlo nosotros?
—Sí, pero procuren no pisar… Bueno, ya lo saben. Ni que fueran nuevos.
Mario Aguirre y Ezequiel Pons cruzaron aquel umbral. El primero se dirigió a una de las paredes donde habían impactado las dos balas no dirigidas al muerto. El segundo, en cambio, se inclinó sobre el cadáver para examinarlo mejor.
El inspector miró unos segundos el agujero de la bala.
Luego sacó del bolsillo interior de su chaqueta un estuche alargado. De él extrajo una varilla de hierro, de unos diez centímetros de largo por apenas tres de diámetro. La introdujo por el agujero de la bala. El proyectil seguía dentro, pero aun así, la varilla penetró unos cuatro centímetros en él.
La dejó así, quieta, y miró hacia donde apuntaba el extremo libre.
La puerta.
Retiró la varilla y haciendo equilibrios para no pisar nada llegó hasta el otro agujero de la bala. Repitió la operación. Esta vez la varilla solo penetró un par de centímetros.
Suficiente.
El otro extremo también apuntó en dirección a la puerta.
Los dos disparos se habían hecho desde la entrada.
¿Por qué?
Pensó en la teoría de la crueldad. Imaginó al muerto tratando de escapar mientras su asesino disparaba sin darle, a conciencia, solo para que se moviera, ciego de miedo y de vista, dando tumbos por su apartamento.
Sí, una crueldad absoluta.
—Le arrojó cosas —oyó que decía Pons—. Una lámpara, un cuadro…
El inspector inició un examen rutinario, paciente. Primero la cocina. Abrió los armarios, la nevera. Después la habitación y el cuarto de baño. Nada. Indemnes. Cuando volvió a la sala donde se había producido todo, el lugar ya se había llenado de extraños. Otros dos de la policía científica y un oficial de uniforme que le decía a Pons que, en el exterior, no había nada, ninguna huella visible. Dado lo aislado que estaba aquello, sin nadie viviendo en los apartamentos, era probable que no hubiera testigos.
—El asesino tuvo que llamar al timbre exterior —comentó Pons. Y se respondió a sí mismo—: Es evidente que el muerto le conocía. Le abrió la puerta de la calle y esta, la del piso.
Mario Aguirre se detuvo.
El tipo era ciego, pero tenía fotografías enmarcadas.
¿Raro?
Bueno, si la hija iba a visitarlo…
Se agachó para recogerlas. Eran tres. Debían estar en la repisa, al lado del televisor o en la mesita ratona que ahora estaba patas arriba. Una tenía el marco desestabilizado, otra el cristal roto. La tercera estaba bien.
Miró la primera.
El muerto con una mujer muy guapa, de unos treinta años, cabello largo, rostro abierto, sonrisa franca. La extrajo del marco, liberando las pastillitas de sujeción de la parte de atrás, y vio que tenía una dedicatoria. Decía: «Aunque nunca puedas leer esto, papá, me basta con decirte que te quiero y que tengas cerca de ti siempre esta foto».
Lo que imaginaba, la hija del muerto.
La segunda fotografía era muy anterior, quizá de quince o dieciséis años atrás. En ella se veía al ciego del brazo de una mujer de más o menos su edad, y delante de ellos su hija, la misma del primer retrato, pero convertida en una adolescente.
O el muerto estaba separado o era viudo.
Le quedaba la tercera foto.
Y entonces lo comprendió todo.
Lo vio claro.
Un ramalazo de frío le atenazó la espalda y lo hizo estremecer.
—Por todos los… —musitó.
A veces las cosas eran tan sencillas…
Tan lógicas.
De pronto, el orden de los disparos ya era lo de menos. El último había sido el que, casualmente, le dio en el corazón.
El último.
Casualmente, sí.
Los otros cinco habían sido hechos al tuntún, siguiendo el rastro de cada ruido, con intención de darle, pero sin éxito, porque el dueño del apartamento no había dejado de moverse de un lado a otro. Incluso ya herido, con el balazo en el hombro o en el muslo, el agresor no había podido atinar con el disparo final.
Y todo porque…
El inspector le sonrió a la foto. Casi con tristeza. En ella se veía al muerto, gafas oscuras y bastón, junto a otro hombre… también con gafas oscuras y bastón.
Tan ciego como él.
Dos invidentes.
Dos hombres que, ajenos a la tragedia que un día llegaría a sus vidas, le sonreían felices a la cámara.