País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

una carta de despedida

El sobre estaba en el buzón.
Un sobre mediano, vulgar y corriente, de color amarillo oscuro o marrón claro, acolchado, como para proteger el contenido. Su dirección, en la parte frontal, estaba escrita con letras grandes, de palo. Le dio la vuelta para ver quién se lo mandaba y no encontró nada en el reverso. Ningún remitente.
¿Propaganda?
No, no lo parecía. La propaganda siempre lleva logotipos externos.
Apretó el contenido.
Era blando.
Alma se encogió de hombros, metió el sobre bajo el brazo, recogió las llaves que todavía colgaban del buzón y se dirigió al ascensor. Mientras subía hacia su piso, en la quinta planta, se observó en el espejo. Imposible no hacerlo. Era grande, enorme. Podía verse de cuerpo entero.
Se guiñó un ojo a sí misma.
Era guapa. Y se sentía pletórica. Estaba buena.
Si se lo decía una a sí misma, no podía considerarse machismo. Más bien autoestima.
Admitir un hecho.
La falda corta, la blusa ceñida, los zapatos altos, el pecho firme, los pezones sobresaliendo tímidamente más allá de la tela, las manos cuidadas, el cabello desparramado por encima de los hombros, los labios pintados de rojo, las cejas perfectas, los ojos limpios…
Con dos o tres kilos menos…
Tenía que dejar de beber tantas cervezas. Seguro que era eso.
Dos o tres kilos… o cinco.
Sí, mejor.
Suspiró al detenerse el ascensor y darle la espalda al espejo para salir del cubículo. De todas formas, tenía otro en el recibidor y uno tan grande como el del ascensor en la habitación. Dejó el bolso y el sobre encima de la cama y volvió a mirarse. Lo hacía siempre mientras se desnudaba. Tenía algo de erótico. Algo de satisfacción personal, individual y propia. Solo que esta vez no se quitó la ropa de inmediato.
El sobre.
La curiosidad.
Se sentó en la cama, lo cogió y lo abrió.
Lo que contenía sí era extraño.
Sorprendente.
Una especie de funda o envase de plástico, como los que se usan en los frigoríficos para guardar según qué cosas. Era plano. No abultaba nada. A fin de cuentas en su interior solo había unas cuartillas.
Una carta.
¿Un juego? ¿Una broma? ¿Propaganda a fin de cuentas?
Deslizó el cierre del plástico y, como si el interior estuviese envasado al vacío, notó como el aire penetraba en él esponjándolo ligeramente. Al extraer la carta no sucedió nada, pero sí al abrirla y desplegarla.
Era la letra de él.
—¿Pero qué…? —frunció el ceño sin entender nada.
¿Una carta, y manuscrita, y enviada en un sobre de plástico metido dentro de un sobre acolchado, y sin remitente, y…?
¿A qué venía aquello?
¿Y si le pedía… volver?
Aunque para eso bastaba una llamada telefónica, ¿no?
Tembló ligeramente pero ya no se lo pensó dos veces y comenzó a leer.
Querida Alma.
Imagino que te habrá extrañado recibir todo esto, un sobre acolchado, sin remitente y con matasellos de un lugar a casi mil kilómetros de mi casa y de la tuya, conteniendo otro sobre, en este caso un envase de plástico blando y transparente, de cierre hermético, con una carta escrita a mano en su interior. La carta que tienes en las manos y estás leyendo ahora.
Sí, extraño, ¿verdad?
Te estarás preguntando «¿A qué viene esto? ¿A qué está jugando ahora?».
Se lo preguntaba, se lo preguntaba.
Encima, ahora estaba nerviosa.
El matasellos… de Huelva, sí. No se había fijado en ello.
Él y sus juegos.
De acuerdo, no nos despedimos bien. Dije que dejaría de escribirte por un tiempo, y tu reacción fue furiosa, furibunda, de acuerdo con tu temperamento, siempre dispuesta a saltar a la más mínima…
¿Temperamento?
—¡Será posible! —se agitó.
¿Cómo quería que reaccionase? ¡Era él el que, sin más, había cortado, reaccionando muy mal por un simple comentario…!
Sí, bueno, quizá no había sido tan simple, ni era «un comentario». El correo electrónico había sido… un poco fuerte.
Era consciente.
Pero…
Respiró un poco, a fondo, y continuó donde se había detenido.
Dijiste una vez que no podrías vivir sin mí, ¿recuerdas? Puro sentimiento. Llorabas y trataba de consolarte. Yo sabía que no era así, pero para ti era una verdad enorme. También me dijiste que nunca me harías daño, porque tu amor iba más allá de todo.
Ambas cosas han saltado en mil pedazos en menos de dos meses, algo que, por otra parte, no deja de ser lógico.
Lo malo es el dolor.
Y cómo nos hace reaccionar.
Frente a estas dos declaraciones tuyas, la del amor eterno y la de no hacerme nunca daño, queda una muy precisa por mi parte. Te dije siempre que, dada la distancia, lo anómalo de nuestra relación, viéndonos cuando podíamos coincidir, estabas en tu derecho de vivir, conocer a otros, incluso acostarte con alguno si te apetecía, solo por una necesidad sexual. Creo que es lógico a los treinta años. Te lo dije mil veces, y siempre acababa agregando: «pero no me lo digas». Era la única condición. Una cosa es tu libertad, era tu libertad, y otra muy distinta ese daño que podías causarme, aun entendiéndolo.
Y menos de dos meses después de dejar de escribirnos, me cuentas que has conocido a otro, que te acuestas con él y que es maravilloso.
Maravilloso.
Menos de dos meses.
Si esto es «no hacerme daño»…
¿Y qué quería?
Igual creía que estaba en casa, sola, llorando amargamente. ¡Pues no! ¡Y tenía que saberlo! ¡Que se enterara!
Se pasó una mano por los ojos. Le escocían. No tenía ni el menor atisbo de lágrimas, la invadía una mezcla de furia y rabia, ansiedad y desazón.
Nada más.
Y nada menos.
¿Qué sentido tenía aquella maldita carta a mano?
No creas que no te entiendo. Sigues siendo la niña visceral de siempre. Es lógico que te hayas acostado con una persona. Es lógico que quieras vengarte de mí. Es lógico que trates de refregarme por la cara que no solo tienes a otro, sino que haces el amor con él. Menos mal que no dices que es mejor que yo, porque también gritabas en tus éxtasis que nadie te lo había hecho como te lo hacía yo, ni nadie te lo haría jamás si un día se daba la circunstancia. Gritabas, sí, en tus orgasmos, que yo te había descubierto el sexo de verdad, el Todo. Eran los días en que pasábamos horas en la cama, horas y más horas haciéndolo, tú siempre insaciable y yo incansable pese a mis años. Una locura.
Sí, el sexo era…
—Joder…
Él se lo había enseñado todo. Tanto y tan bueno que le costaba respirar al recordarlo. Era como si antes no hubiera hecho nada ni hubiera sentido nada. Placer en todas las partes de su cuerpo, en todos los poros, en rincones que ni siquiera sabía que existían. De los pies a la cabeza.
Toda aquella libertad…
Quería lo mejor para ti. Quiero lo mejor para ti. Pero ese último correo tuyo era innecesario. Puedo imaginar que si eres feliz es por algo. Pero ese grito diciendo que ya estás con otro, esa venganza con la sola intención de hacer daño, aunque pueda entenderla, no puedo perdonarla. Ha sido cruel. Excesivamente cruel.
Y todo tiene un precio.
Bien, es hora de que te explique el motivo de esta carta. No queda mucho tiempo, aunque sé que la estarás devorando palabra a palabra a toda velocidad.
Llegaba la hora de la verdad, claro.
Igual le escribía para decirle que él también tenía ya a otra, y más joven, y…
Si también quería causarle daño con aquellas letras, ya lo estaba consiguiendo.
¿Recuerdas cuando vimos la película «El nombre de la rosa»? Estábamos en aquel hotelito de Sevilla, yo pasando canales buscando algo y tú enroscada junto a mí, o sobre mí, es difícil precisarlo. Desnudos, sudorosos porque era verano, nos quedamos un momento enganchados a la película. A ti te gustaba porque salía Sean Connery. A mí porque tenía imágenes muy poderosas. Cuando se descubre que los frailes mueren asesinados porque se ha puesto veneno en los extremos de las hojas de los libros, y en aquel tiempo se tenía la costumbre de humedecer las yemas de los dedos para pasar las páginas… Genial, ¿cierto? Un crimen astuto. Me comentaste que tú habías visto a tu abuelo hacer eso mismo, y que a veces no cogías libros de su biblioteca por si los extremos superiores de las páginas habían sido mojados tiempo atrás. Sentías asco.
Bien, no hace falta poner veneno en esos extremos de las hojas de los libros porque hoy en día nadie se moja las yemas para pasar las páginas.
Pero la idea del veneno en un texto sigue siendo tan poderosa.
Morir leyendo.
¿Hay algo más bello?
¿A qué venía lo del veneno?
Se estremeció.
Él era sofisticado, pero también podía ser retorcido.
¿Y si era una carta póstuma? ¿Y si era una despedida porque, cuando la recibiese, ya se habría suicidado?
No, él no.
Qué absurdo.
Pero, entonces, ¿por qué le hablaba de veneno, de… morir leyendo?
Has leído ya la primera cuartilla, por ambos lados, y estás a mitad de la segunda. Has tenido tiempo suficiente para tocar las páginas con los dedos.
Bien, en este caso, el veneno ya corre por tus venas.
¿Qué?
Veneno al tacto.
La tinta, el papel, todo impregnado.
Vas a morir, Alma.
Ya no hay vuelta atrás.
¿QUÉ?
Se le aceleró el pulso.
La carta tembló en sus manos.
Dejó de respirar.
No, no tenías que haberme dicho que te acostabas con otro. Y menos tan rápido, insisto: para hacerme daño. Lo habría imaginado pasadas unas semanas, o meses, y me habría hecho a la idea. Con el tiempo lo habría aceptado, aun sin decírmelo tú. Era lo lógico. Ley de vida. Pero tenías que decírmelo, clavarme la aguja. Vengarte. Pues bien, ahora me toca a mí.
El veneno con el que he impregnado la tinta y el papel te matará en aproximadamente cinco minutos. No te dará tiempo a telefonear, ni a dar aviso a nadie. Puedes arrojar esta carta al suelo, salir corriendo y llamar a los vecinos suponiendo que tus músculos te respondan. Pero ya es tarde. Demasiado tarde. Más bien creo que estarás pensando que es una broma y seguirás leyendo hasta el final.
¿Es así?
¡Una broma!
¡Tenía que ser una broma, sí!
¡La retorcida mente de un sádico!
Había dejado caer las hojas sobre la cama sin darse cuenta, pero no podía apartar los ojos del texto. Tenía las pupilas dilatadas.
Claro, pensarás: «¡No es cierto!». Pero también, conociéndome, llegarás a la conclusión de que digo la verdad. Tu único consuelo entonces será pensar que cuando te encuentren, encontrarán también esta carta, y con ella me detendrán.
¿Detenerle?
¡Al diablo con eso!
¡No quería morir!
Pues no.
El sobre sin remitente.
Un matasellos lejano.
¿Por qué crees que la carta iba metida en un envase de plástico sellado?
El veneno del interior se habrá desvanecido ya en el aire.
En cuanto a la carta…
En cinco minutos también se desvanecerá, primero las letras escritas a mano, después, el papel. Por algo soy químico, corazón. Cuando te encuentren, verán el sobre y el plástico, pero nada más. Cuando te hagan la autopsia, descubrirán el veneno, pero nada más. Ni rastro de cómo te contagiaste. Incluso puede que piensen en un suicidio. Dijiste que habías borrado todo rastro de mí en el ordenador, así que no existo. Nadie sabía lo nuestro. Y aunque no fuera así… No pasa nada. Nunca habrá la menor prueba. Vivimos un romance, una aventura, y se acabó. Tú tenías ya a otro.
Quizá le culpen a él, pobre diablo.
El peso que le aplastaba el pecho la ahogó. El fuego que se lo abrasaba se expandió por todo su ser. Las piernas no obedecieron su orden de levantarse y salir corriendo. Los músculos de los brazos se le acartonaron.
¿Le temblaban las manos?
¿Empezaba a verlo todo borroso?
¿Simples nervios?
Estaba en shock.
—No… puede ser…
No era su voz: era un balbuceo.
¿Y aquel ruido?
¿Caballos?
No, su corazón, intentando…
—¡Oh, Dios…!
Apenas si quedaban unas líneas.
Unas líneas que empezaban a desvanecerse.
Lo mismo que las hojas de papel, ya transparentes.
—¡Hijo… de… puta…!
Bien, Alma, esto es todo.
Que tengas una feliz muerte.
Me habría gustado hacértelo por última vez, a modo de despedida; o verte la cara ahora, llámame sádico; pero me contentaré con imaginarlo.
A pesar de todo, te quiero.
—¡Hijo… de…!
No sé si es un consuelo o te servirá de algo con este último aliento.
Descansa en paz. Yo también lo haré.
Tu amor.
X.
Alma ya no pudo leer las dos últimas líneas.
Había caído sobre la cama, de lado, con los ojos abiertos e inexpresivos.
Las últimas letras dejaron de ser reales. Las hojas de papel se fundieron en el aire.
Solo sobrevino el silencio.
Al otro lado de la ventana, la primavera era hermosa.