—¡Reduce, vamos, reduce, ya estamos lejos!
Carlos mantuvo el pie en el gas.
—No me fío —dijo.
—¡Reduce ya, coño! ¿Quieres que nos pare uno de la urbana por exceso de velocidad?
Se lo pensó.
Miró por los tres retrovisores, los dos laterales y el que colgaba frente a sus ojos, y tras comprobar que, en efecto, nadie les seguía, redujo la velocidad gradualmente.
El coche pasó de rodar a ochenta, en plena calle de una sola dirección, a hacerlo a cincuenta.
—Baja un poco más —le pidió Miguel.
Le hizo caso.
Miguel era el cerebro. Y si lo era, era por algo.
Juan, Esteban y Carmelo eran otra cosa.
Servían para lo que servían.
—¿Oís algo? —preguntó de todas formas.
—No, nada —dijo Esteban.
—Ni una sirena —convino Juan.
—Estamos a salvo, fijo. Hemos sido efectivos y rápidos —aseguró Carmelo.
Miguel acabó de relajarse.
—Cuando se hacen las cosas bien… —suspiró.
Los cinco hombres guardaron un nuevo silencio. Carlos dobló por una calle a la izquierda. Luego, otras dos a la derecha. Seguía escrutando el panorama a sus espaldas. La noche era plácida. Una hermosa luna, a poco de llenarse del todo, presidía el cielo primaveral.
—Estoy dando un rodeo —les advirtió.
—Vamos al refugio de una vez —pidió Carmelo.
—Sí, quiero contarlo —se frotó las manos Juan.
—¿Cuánto calculáis…?
La pregunta de Esteban se quedó a medias. Miguel la interrumpió con acritud.
—Parecéis niños —dejó ir.
—Míralo, el millonario —se burló Esteban.
—Te aseguro que habrá lo suficiente para que pases unas buenas vacaciones en una isla del Caribe, y, de paso, comprarte una casa de puta madre y un cochazo.
—Sí, ¿verdad?
Miguel sonrió.
Conocía a Carlos de dos trabajos anteriores, pero ellos tres eran nuevos. La verdad es que se habían portado. Ningún fallo. La operación había salido al milímetro. El mayor golpe de sus vidas.
El sueño de todo ladrón.
—Cuidado…
Un hombre paseaba a su perro. Las dos de la madrugada parecía una hora de locos para hacerlo. Pero ahí estaba, cruzando la calzada sin mirar. Pegó un respingo cuando salió de su ensimismamiento al detenerse el coche a un metro e iluminarlo Carlos de golpe con las luces largas.
El perro, también asustado, se puso a ladrar.
—No te quedes ahí, va, sigue —lo apremió Esteban.
—¿Y si nos ha visto las jetas? —se inquietó Juan.
—Estaba deslumbrado, tranquilo —trató de infundir calma Carmelo.
Siguieron la marcha.
Ya no hablaron en los siguientes tres minutos, cada vez más cerca del refugio. En realidad un garaje abandonado en medio de una zona deshabitada y convertida en un estercolero antes de que llegaran las máquinas para construir un centro comercial o cualquier otra cosa. Allí se habían encontrado el primer día, allí habían perpetrado todo el plan, y de allí habían salido una hora antes.
Quedaba lo más sencillo: el reparto y la despedida.
Adiós.
La mejor garantía era no volverse a ver nunca.
Y que ninguno supiera mucho más de los otros.
Cuando enfilaron la última recta, se escucharon un par de suspiros de alivio. Carlos redujo por completo la velocidad y se detuvo en la entrada del garaje. Fue Miguel, a su lado, el que bajó para abrir las puertas. Una vez el coche estuvo dentro, él mismo las cerró. Habían sellado las ventanas, para que ninguna luz les delatara. El automóvil acabó la huida en silencio cuando el conductor apagó el motor, al lado de las cinco motos que iban a utilizar para separarse.
—¡Listos!
Salieron del coche y, todos a una, fueron a la parte de atrás. Miguel abrió el maletero. Juan y Carmelo cogieron las dos bolsas negras. No lo hicieron con facilidad. Tuvieron que emplear las dos manos para levantarlas.
—¡Joder, cómo pesan!
—Igual que antes, no te digo —se burló Esteban.
—¡Pues ahora parece que pesen más!
—¡Habrán criado en el camino!
Se echaron a reír. Cinco tipos felices. Cinco nuevos millonarios felices. Llevaron las dos bolsas a la mesa, las abrieron y empezaron a sacar los fajos de dinero perfectamente amontonados, cada uno con su etiqueta y su correspondiente goma elástica.
—¡Es lo más hermoso del mundo! —cantó Carlos.
—¿Más que una buena tía a punto?
—¡Más! ¿Qué dices? ¡Muchísimo más!
—¿Queréis dejar de hablar? —protestó Carmelo—. Parecéis críos.
—¡Uy, míralo este! —se burló Juan.
—¡Eh, eh! —los detuvo Miguel—. Al tajo.
—Sí, cuanto antes acabemos, antes nos largaremos y, por lo que respecta a mí, dejaré de ver vuestras feas caras —pareció escupir cada palabra Esteban.
La mirada de Miguel acabó con todo posible conato de respuesta. Las dos bolsas se vaciaban rápidamente. La mesa mostraba ya una perfecta montaña de fajos de billetes perfectamente alineados y amontonados.
Cuando el último fajo salió de la bolsa, contemplaron aquella maravilla.
Miguel no perdió el tiempo.
—A contar —dijo.
Y él mismo lo hizo, en voz alta, para que Carlos lo anotara y los otros tres formaran una segunda montaña en el otro extremo de la mesa.
Todavía no hicieron las cinco partes.
No, todavía no.
Cinco minutos después, el dinero había sido contado y Carlos sumaba a toda velocidad las cifras anotadas. Fue el primero en dilatar los ojos al ver el resultado.
—¿Qué, qué? —le apremió Juan.
Carlos miró a Miguel.
—Dieciséis millones doscientos veinte mil euros —exhaló.
Miguel volvió a sonreír. Los otros tres reaccionaron según sus respectivos estados de ánimo.
—¡Qué fuerte!
—¡Qué pasada!
—¡Dieciséis millones, la hostia!
Si la emoción se hubiera podido medir, las suyas habrían dado la vuelta al mundo.
Carlos seguía escribiendo algo.
—Tocamos a tres millones doscientos cuarenta y cuatro mil euros por cabeza —remató la jugada.
Cinco tipos, cinco partes. En eso habían quedado. Miguel no se había resistido. ¿Para qué? Un problema menos. Jefe o no, motor del plan o no, el trabajo lo habían hecho al alimón. Habían calculado un botín de entre doce y trece millones. Aquello superaba las expectativas.
Todos tenían sus planes de fuga ultimados.
—¿Empezamos ya? —propuso Juan.
—Esperad —los detuvo Esteban—. Me estoy meando.
Hizo ademán de apartarse del grupo pero Miguel lo detuvo.
—Quieto.
—¿Qué? —Esteban frunció el ceño—. ¿Por qué?
—De aquí no se mueve nadie hasta que hayamos hecho el reparto y salgamos por esa puerta —le advirtió.
—¡Que me estoy meando, coño!
—Te aguantas.
—¿Por qué he de aguantarme? —Esteban mostró su incredulidad—. ¿A dónde quieres que vaya, eh? ¡Meo en el retrete y vuelvo! ¡Es un minuto!
—No.
El tono de voz de Miguel era más que categórico.
Era duro.
Inflexible.
—¡Mecagüen todo! —estalló Esteban.
—Te pasas el día meando —advirtió Miguel—. Estaba empezando a sospechar. Y justo ahora…
—¿Sospechar qué? —se le enfrentó su oponente.
—¿Vas a llamar a alguien?
La pregunta hizo que Juan, Carlos y Carmelo se tensaran.
Los tres miraron fijamente a Esteban.
—¿A quién coño quieres que vaya a llamar?
—No lo sé. Dímelo tú.
Esteban se agitó. Dejó de parecer enfadado para mostrarse preocupado.
—Oye, oye, para, ¿vale?
—Estos días has llegado siempre el último y te has ido el primero. Se me estaba poniendo la mosca detrás de la oreja, ¿sabes?
—¡Pero de qué mierdas…!
De pronto, todo estaba sucediendo muy rápido.
Miguel se dirigió a los otros tres.
—Registradlo —ordenó.
La escena fue insólita. Esteban reaccionó tarde, sorprendido por lo que estaba sucediendo. Cuando quiso darse cuenta, Carlos y Juan ya le estaban sujetando por ambos lados. Se resistió, se debatió, pero fue inútil. Carlos abultaba el doble que él. Fue Carmelo el que introdujo la mano en los bolsillos de la cazadora.
El papel apareció en el de la izquierda.
Con un número de teléfono anotado.
—¿Eh? —gritó Esteban—. ¿Qué es esto? ¡Yo no llevaba nada en ese bolsillo!
Carmelo se lo pasó a Miguel.
—¿De quién es este número de teléfono? —le pregunto este a Esteban.
—¡Yo que coño sé! ¡Te digo que no llevaba nada en el bolsillo! ¡Alguien me lo habrá puesto!
Miguel arrugó el papel y lo arrojó al suelo.
Sus ojos eran dos piedras.
—¿Ibas a llamar a tus secuaces, para que nos jodieran, o es que eres un confidente de la poli?
Si los de Miguel eran dos piedras, los de Esteban se desorbitaron.
—¿Estás loco? ¿Cómo iba a llamar yo a la poli teniendo toda esta pasta?
—Entonces a tus cómplices.
—¡Yo no tengo cómplices!
—Ya sabía que no eras trigo limpio.
—¡Mecagüen todo, te digo que…!
Esta vez el forcejeo pilló de improviso a Carlos y a Juan. El primero siguió sujetándolo a pesar de todo, pero el segundo cedió lo suficiente para que a Esteban le quedara la mano libre.
La mano que se llevó al bolsillo derecho.
—¡Cuidado! —gritó Miguel.
Carmelo fue más rápido.
Primero oyeron el estallido. Después vieron la pistola en su mano.
Esteban se venció hacia adelante, sin fuerzas, muerto incluso antes de llegar al suelo.
Quedó tendido boca abajo, como un muñeco roto, mientras la sangre que salía del orificio de su pecho empezaba a manchar el suelo.
Miguel miró a Carmelo.
—¿Qué has hecho?
—¿Yo?
—Le has matado.
—Iba a sacar un arma, ¿no?
—Ahora no sabremos qué planeaba.
—¡Y qué más da lo que planease! Si tenía un doble juego ya está, arreglado —se debatió un instante, víctima del peso de las miradas de sus tres compañeros—. ¡Tú mismo has dicho «cuidado», joder!
—Era para que le sujetaran de nuevo. ¡Necesitábamos saber si tenía cómplices o no!
—¡Te digo que iba a sacar la pistola!
—Siempre la lleva detrás —le hizo ver Carlos.
—¡Mierda! ¿Y qué? ¡Si era un traidor íbamos a liquidarlo igual!, ¿no?
—Quizá tuviera a alguien… aquí dentro —observó despacio Miguel.
—¿Te has vuelto loco? —gritó Carmelo.
—Tú no llevarás otro número de teléfono en el bolsillo, ¿verdad?
—¡Yo que coño…!
Él mismo se llevó la mano a los bolsillos para vaciarlos. Tuvo que bajar la guardia, meterse la pistola en la axila. Por encima de su estado nervioso, súbitamente se quedó rígido un segundo, o menos, una fracción. Todos vieron cómo palidecía.
Intentó sobreponerse.
—¡Nada! —gritó.
—Yo creo que sí —dijo Miguel.
Carmelo seguía con la pistola bajo la axila. No hizo el menos ademán de querer cogerla. Instintivamente, dio un paso atrás y se le desorbitaron los ojos.
—¿Pero qué está pasando aquí? —se agitó.
—¿No lo sabes? —inquirió Miguel.
—¡No!
—Le has matado muy rápido, y creo que sabemos por qué, ¿verdad, chicos?
Carlos y Juan estaban pendientes de Carmelo.
Y este de Miguel.
—Queréis quedároslo todo, ¿no es así? —apareció un rictus mortal en sus ojos.
—Éramos un equipo, por eso el trabajo ha salido bien. Ahora es una pena…
Lo mismo que había sucedido con la muerte de Esteban, lo siguiente fue tan o más rápido. La ventaja de Carmelo era que ya tenía la pistola cerca de la mano. La desventaja era el movimiento. Logró cogerla, incluso disparar, pero no antes de que Juan le abriera un tercer ojo en mitad de la frente.
Carmelo salió despedido hacia atrás.
Juan, en cambio, cayó de rodillas.
El arma resbaló de su mano derecha mientras él veía la izquierda empapada en sangre tras tocarse la herida del pecho.
—Mier… da… —gimió.
Fue Carlos el que se arrodilló a su lado y le sostuvo la cabeza. La mirada vidriosa de Juan se centró en él. Miguel se quedó de pie sin hacer ni decir nada.
Los ojos brillantes.
—Llévame… al hos… hospital… —le pidió Juan a su compañero.
—Sabes que no podemos —le dijo Carlos.
—Por… favor…
—Sería un riesgo. Y aunque sobrevivieras, que no creo, se lo cantarías todo a la poli.
Juan le agarró por la chaqueta haciendo un esfuerzo.
—Yo… nunca…
—Vas a palmarla igual, tío.
—No… —gimió el herido con lágrimas en los ojos—. No… ahora… Toda esa… pasta…
—Lo siento —dijo Carlos.
Y le puso las manos en la garganta.
Juan apenas se debatió.
No podía.
La resistencia fue leve. Dejó de moverse a los diez o quince segundos. Lo peor fue que siguió con los ojos fijos en Carlos.
Tuvo que cerrárselos.
Transcurrieron unos segundos de plomo.
Mientras lo dejaba en el suelo y se levantaba, arrugó la cara. Los tres muertos estaban caídos como sacos entre los dos supervivientes. Miguel parecía muy tranquilo.
Tanto que incluso sonreía.
Los ojos de Carlos se empequeñecieron.
—No lo entiendo —susurró.
—No hay nada que entender.
—Yo creo que sí —arrugó la cara todavía más.
De los cuatro, Carlos era el menos estúpido.
Miguel lo sabía.
—Todo esto… en un par de minutos —abarcó la escena Carlos.
—Cosas que pasan.
El conductor del coche se llevó las dos manos a los bolsillos.
—¿Qué buscas? —le preguntó Miguel.
—Miro a ver si yo también tengo un papel con un número de teléfono apuntado —le respondió.
—¿Crees que yo se los puse ahí? —el tono de Miguel era socarrón.
—Sí, creo que sí.
—¿Así que piensas que yo he planeado todo esto?
Carlos lo consideró.
Su respuesta fue contundente.
—Sí.
—¿Sabía que Esteban querría ir a mear, y que Carmelo le mataría, y que luego él y Juan se matarían entre sí?
—Da igual como sucediera o quien matara a quien. El fin era el mismo: deshacerte de ellos… —rectificó—. De nosotros.
Carlos no tenía ningún papel en el bolsillo, pero sí su arma.
La sacó despacio, sobre todo porque Miguel seguía inmóvil, sin hacer el menor gesto, con aquella enigmática sonrisa colgada de sus labios y el molesto brillo de irónica satisfacción en sus ojos.
—Eres un cerdo —tensó la mano alrededor de la culata, con el dedo en el gatillo—. Incluso pensaba que éramos amigos.
—¿Vas a matarme?
—No me dejas otra.
—¿Y te quedarás con todo?
—Ahora sí.
—Tan fácil.
—Tú lo has hecho fácil. Yo soy legal. Me conformaba con la quinta parte. Ahora, muertos estos tres, con la mitad. Pero no, tú y tu maldita ambición… ¡El gran golpe! Y lo has jodido todo —levantó la mano armada y le apuntó a la cabeza—. Siempre presumiendo de lo listo que eres, de tus planes milimétricos, de cómo sabes utilizar a la gente, moviendo las piezas de cada partida como si fuéramos peones de ajedrez.
—Y si es así, si yo lo he preparado todo, ¿no crees que dejarte a ti el último, con vida y armado, hubiera sido un fallo tremendo?
Carlos acusó el golpe.
Pero mantuvo la calma.
—No vas a liarme —le advirtió.
—No tengo por qué.
—Si crees que me convencerás de que tienes un cómplice y que me está apuntando por la espalda, vas listo.
—No soy tan peliculero —le aseguró Miguel—. ¿Y para qué quiero yo un cómplice? Puestos a jugármela, mejor hacerlo a lo grande y apostar a caballo ganador.
—Todo para ti.
—Todo para mí.
—Pues ahora, ya ves, será mío. Dieciséis millones.
—¿Estás seguro?
La mano armada vaciló. El ojo izquierdo de Carlos tuvo un espasmo. No le gustaba el sesgo de la conversación. Fue el momento en que decidió acabar ya la con todo, ponerle punto final a la escena.
Apretó el gatillo.
Se escuchó un clic.
El percutor golpeando una recámara vacía.
Antes de que Carlos se diera cuenta, Miguel ya tenía su propia pistola en la mano.
—¿Qué has…? —balbuceó el frustrado asesino.
—Te quité las balas esta noche —anunció Miguel.
Un segundo para comprenderlo. Otro para darse cuenta de la realidad. Un tercero para reaccionar.
Carlos saltó sobre él.
La bala le frenó en seco, mientras estaba en el aire.
La segunda le impactó aun antes de caer y la tercera cuando se retorcía en el suelo.
Luego, ya no se movió más.
Miguel se guardó la pistola.
Paseó una mirada incluso triste por los cuatro cadáveres.
Sonrió de oreja a oreja al ver el dinero sobre la mesa.
Todo lo que tenía que hacer era recogerlo, cargarlo, llamar a Claudia, reunirse con ella y largarse de allí.
Sí, Claudia y dieciséis millones de euros.
Cuando le había contado el plan, ella le había dicho que era un genio.
Luego se lo había follado como nunca lo había hecho.
Miguel se acercó a la mesa.
Iba a cantar.
No lo hizo porque en ese mismo momento escuchó el rumor, el roce a su espalda, y su sexto sentido le dijo que algo no marchaba bien, y su instinto le advirtió de que iba a morir, y por supuesto, aunque lo intentó, ni siquiera pudo volver a extraer su pistola.
La bala le destrozó el cráneo justo en el instante en que musitaba:
—Claudia…