País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

el testigo ilustrado

El tinterillo estaba en la esquina de siempre, con su parasol colorista, el nochero y la Brother. Su silla era vieja. La de los clientes también, pero más cómoda. En el cajón del nochero, las hojas blancas y un gastado papel carbón, por si se necesitaban dos copias de lo que le pidieran que hiciera a máquina. Eso era todo. No necesitaba nada más.
El día, luminoso. Llovería luego, por la tarde, como siempre. Pero para entonces ya estaría en casa. Por alguna razón, el trabajo siempre llegaba por la mañana.
El tinterillo formaba parte del paisaje, lo mismo que los bancos del parque, la remontadora de neumáticos de la esquina frontal, la botica, la dulcería del señor Juan Pablo o la chancería de la señora Paula, llena de boletos para las siguientes loterías. Era temprano, pero de vez en cuando el viento traía algún eco de los billares, a media cuadra. Hombres volados de sus mujeres, camajanes y jóvenes sin trabajo mataban allí las horas. Casi todo el barrio había pasado por el carro de la Brother para que el tinterillo les escribiera cartas oficiales, pagarés o documentos necesariamente bien presentados, legibles y hechos con máquina de escribir. Claro que esa era la correspondencia oficial. También había cosas más personales, como cartas. No todo el mundo sabía escribir, y aunque supieran, costaba a veces expresar los sentimientos. Mejor un experto. La fama del tinterillo llegaba hasta más allá del cruce de calles, el parque o el barrio entero. Sobre todo desde que se había quedado solo.
Tiempos modernos. Nuevos tiempos. Computadoras y celulares empezaban a llenarlo todo. En unos años, menos de los que cabría esperar, hasta él, el escribano de la calle, desaparecería.
Nada es eterno.
Aunque, de momento, la vida seguía.
—Buenos días, Guillermo, ¿un tinto?
—Buenos días, señora Yeimy. Sí, gracias.
No hacía frío, pero el café siempre sentaba bien.
—Buenos días, Guillermo. ¿Cómo amaneció hoy?
—Regular, señor Mauricio, regular.
—Claro, tiene mala cara.
—No dormí mis horas.
—¿Estuvo de fiesta con el parche?
—No, no. Qué va.
—Bueno, que esté muy bien.
De vez en cuando le llegaban los aromas de la dulcería. La mezcla de obleas, maní, tamarindo o perico. A veces le costaba resistirse. Las obleas eran deliciosas.
Pero esa mañana, Guillermo, el tinterillo, no tenía hambre.
Esperaba.
Y esperó hasta que la vio llegar.
La miró de una forma distinta. La vio de una manera diferente. Incluso sintió una punzada en el pecho. La señora María Esperanza vivía en frente de él. Ella tenía una casita de madera muy dañada pero todavía resistente y en pie. Una casita con un jardín sin cuidar por la parte de atrás. Desde la ventana de su piso, Guillermo atisbaba más de la mitad de ese jardincito alborotado y descompuesto que nunca había sido amado como tal. No era curioso, pero las ventanas sirven para mirar.
Ver.
La señora María Esperanza llevaba su eterna cotilla y un saquito por encima. También calzaba sus viejas sandalias gastadas. Era una mujer grandota, de manos fuertes, superviviente de mil batallas. Se decía incluso que una vez se había enfrentado a la guerrilla, a pecho descubierto, haciéndoles dar media vuelta y sin que la tocaran ni a ella ni a los suyos.
Cuando tenía «suyos».
Ahora estaba sola.
La mujer se encontraba a unos diez metros cuando un hombre se materializó al lado de Guillermo.
—¿A cómo es un pagaré? —preguntó.
—Dos mil pesitos, señor.
—¿Y un contrato?
—Depende. Tres mil si es largo y va por duplicado, para la firma de las partes en la notaría. Dos mil si es normal.
—Gracias.
—No hay de qué.
El hombre se marchó y la mujer llegó hasta el nochero. Sin decir nada, se sentó en la silla y la acercó para quedar cubierta por el parasol. Luego cruzó las manos sobre el regazo.
—Buenos días, Guillermo —suspiró al fin.
—Sabía que vendría hoy, doña María Esperanza. Como todos los lunes —contestó él.
—Bueno, usted me escribe las carticas muy bien.
Las carticas.
Un hijo en el ejército, sirviendo lejos, en la frontera con Ecuador. Malas tierras para ser soldado. Malas tierras para morir. Los acuerdos de paz eran una cosa. La realidad otra. Cuando no se trataba de la guerrilla, se trataba de los paras, y, si no, de los narcos, que servían a todos los lados tanto como al suyo.
Este día, sin embargo, Guillermo no pensó en nada de eso.
Pensó, únicamente, en lo que iba a hacer.
La carta que estaba a punto de escribir.
La carta que había escrito en su mente durante toda la noche.
—¿Empezamos?
—¡Oh, sí, perdone! Estaba paseando los sueños.
Puso una hoja de papel en el carro de la Brother, la centró y se dispuso a comenzar por la parte superior. Sentía el cosquilleo en los dedos. Notaba el zumbido de los oídos. Le parecía que el corazón iba a salírsele del pecho.
Intentó no traicionarse.
Aunque ella, la señora María Esperanza, parecía ajena a todo.
—¿Querido hijo? —preguntó.
—No. Hoy ponga «Mi muy amado hijo».
Comenzó a escribir, siguiendo ya el dictado de la mujer, aunque ella le decía las palabras que él luego adornaba para dotar a la carta de todo el amor y el sentimiento de una madre hacia su hijo.
—Espero que al recibo de la presente te encuentres bien de salud, y que no hayas tenido problemas en esta semana, pues las noticias que llegaban no eran del todo buenas y siempre temo que te hagan daño y te hieran…
Los dedos de Guillermo tecleaban los círculos negros con las letras de la Brother. En el papel, las pequeñas manchas iban conformando el texto de la carta. Cada pulsación era un chasquido. Había cierta musicalidad en ese conjunto, en el ritmo, y más aún cuando la línea llegaba al final y, con la mano izquierda, movía la palanca para llevar el carro al otro lado y seguir con la siguiente línea. Sonaba una campanilla. Guillermo nunca había tocado una computadora, así que se preguntaba como sería lo de escribir sin carro, sin necesidad de cambiar de línea, sin pensar en que se terminaba la hoja por la derecha cada setenta pulsaciones.
Una computadora era cara.
Y, aunque la tuviera, ¿dónde iba a enchufarla?
Se concentró.
Era la carta más importante de su vida.
—… por lo que esta semana he hecho algunos trabajos cosiendo en lo de la señora Catalina y me he ganado unos pesos de más que guardo por si los necesitas, que ya sabes que la última vez te vi muy delgado y tú bromeaste con aquello de que así las balas no te daban…
Tac-tac-tac…
Guillermo vio pasar de reojo el coche de la policía.
Casi se tropezó. Y tenía fama de no hacerlo. Sus cartas, pagarés, contratos, lo que fuera, salían siempre sin una mácula del carro de la Brother.
Tac-tac-tac.
—Hay pocas noticias por el barrio. Puede que la más interesante sea la marcha del señor Mejía…
Guillermo tuvo que tomar aire.
Y seguir.
Seguir como si tal cosa.
Además del pulso, el corazón, los oídos, ahora se le nublaba la vista poco a poco.
—El señor Mejía se ha ido a Bogotá, al frío. Ni se despidió de nadie. Por mi parte fue casual que le viera. Parece mentira que un paisa de pura cepa, como él, se vaya allá, con los rolos. Pero ya ves. A ti siempre te cayó bien, ¿verdad? Yo siempre te dije que tenía las manos demasiado ligeras. Pero bueno…
Guillermo logró contenerse.
Respirar hondo.
—Parece que escribe menos de lo que le digo —le hizo notar su clienta.
—¡Oh, no, no! Ya verá, no se preocupe.
Hablaba pero su cabeza iba por otro lado. Se centraba en lo que escribía, pero veía otras cosas.
La señora María Esperanza y el señor Benito Mejía jugando a ser jóvenes en la cama, tan visible desde su ventana…
Manos ligeras. Cuerpo de mujer madura necesitado de amor.
Y, en el fondo, eso era lo de menos.
Guillermo vivía y dejaba vivir.
Hasta la noche pasada.
Ahora, vivir era otra historia.
—… y la niña de los Moreno me pregunta cada día por ti. De verdad, hijo, que está muy guapa. Ya cumplió los quince y se ha puesto hermosa. Para cuando regreses, si sigue interesada, yo os veo casados, mira tú.
Tac-tac-tac.
Nunca había sentido la eternidad.
Además, necesitaba que la carta cupiera en una sola hoja.
Afortunadamente, la señora María Fernanda ya no tenía nada más que decir.
—Y dígale que le quiero mucho, mucho, mucho, y que le echo de menos.
Guillermo sacó el papel del carro.
Ya tenía el bolígrafo a punto.
Ella siempre firmaba las cartas allí mismo.
—¡Pues ya está!
Extendió la hoja de papel delante de ella, a un lado del nochero, y contuvo la respiración. La señora María Esperanza no solía leer las cartas. Lo hacía él para que diera su aprobación. Pero si por casualidad veía una palabra que la alarmara o la inquietara…
No lo hizo.
La firmó.
Entonces, Guillermo se la recogió de la mesa. La señora María Fernanda pensó que iba a leérsela.
El tinterillo aspiró todo el aire que pudo antes de volver a hablar.
—Doña María Fernanda —dijo—. Sabe que yo vivo en frente de usted, ¿verdad?
—Sí, lo sé.
—¿Sabe que veo su cama desde mi ventana?
Ella pareció serena.
—¿Sí?
—De noche, usted apaga la luz, es discreta. Pero no lo suficiente para que, a veces, la vea acostarse, levantarse. Y no únicamente a usted.
—¿Qué quiere decir?
—También le veía a él estas últimas semanas.
La señora María Fernanda se mostró entera, inmutable.
Sostuvo la mirada de Guillermo.
—Pero aunque no los hubiera visto, Benito Mejía era mi amigo. Y los amigos hablan, se cuentan cosas.
Los ojos se le empequeñecieron un poco.
—Continúe —le pidió.
—Nunca me habría metido en sus asuntos, ni en los de Benito. Allá cada cual con su felicidad. Dicen que la vida hace extraños compañeros de cama. Y si no lo dicen, resulta cierto. A veces la necesidad ahoga, el cuerpo pide cosas, la carne es débil.
—Así que sabe que el señor Mejía yo…
—No solo eso. También la vi a usted anoche, señora María Fernanda.
—¿Qué viste? —se envaró.
—Vi como le mataba. Como le hundía el cuchillo en el pecho. Lo vi en la penumbra de su habitación. Y más aún: vi como le enterraba en la parte de atrás, en su jardín lleno de maleza y hojarasca. Ese jardín que, no sé por qué, usted nunca amó ni cuidó, peo que ahorita es la tumba de mi amigo.
—¿Está seguro de lo que vio?
—Sí, lo estoy.
La mujer se sobrepuso a duras penas.
Los ojos ya no eran más que dos rendijas.
—Benito Mejía era mi amigo —le repitió despacio el tinterillo—. Quizá con otro hubiera callado, pero no con él.
Ella levantó la cabeza.
No era un desafío, pero sí un recelo.
—¿Y qué va a hacer, Guillermo?
—Dígame por qué lo hizo.
Apareció una mota de humedad en los ojos de femeninos, leve pero real.
—Dijo que me amaba. Dijo que se quedaría. Dijo que me haría una mujer digna. Dijo muchas cosas para encamarse conmigo. Me llenó la cabeza de pájaros y luces. Pero ayer me dijo otra cosa: que se iba a Bogotá, sí, porque había conocido a una mujer más joven, más guapa, más de todo, ¿entiende? Me hizo el amor y después…
—Era mi amigo —dijo Guillermo por tercera vez.
—Era un cerdo —suspiró ella.
—Créame que lo siento, de veras.
—¿Qué va a hacer? —preguntó mientras empezaba a descomponerse.
—¿Yo? Nada. Bueno, sí: entregar su declaración de culpabilidad a la policía. Nada más.
—¿Qué declaración? —mostró su pasmosa sorpresa.
—Esta —Guillermo dobló pacientemente la hoja de papel que acababa de escribir—. Usted la ha firmado reconociendo todo lo que cuento en ella.
—Pero la carta…
—No, yo no hice hoy esa cartica, doña María Fernanda. Hoy no. Usted hablaba y hablaba, pero yo escribía los hechos, la verdad, cómo le mató, dónde está. La llevaré a la ley y que ellos se ocupen, nada más. Y le juro que lo lamento. Se lo juro de verdad. No podría vivir sabiendo que mi amigo estaba enterrado ahí, al otro lado de la calle. Uno tiene su conciencia, ¿sabe doña María Fernanda? Su conciencia de pobre, pero también de persona honrada.
—¡Guillermo!
Eran lágrimas de derrota. Lágrimas de fin del mundo. Quizá pensara en su hijo, tan lejos, o quizá pensara en sí misma, tan perdida. De todas formas daba lo mismo.
Un crimen era un crimen.
Guillermo, el tinterillo, se levantó de la silla.
El coche de policía estaba aparcado en la esquina frontal, cerca de la reponedora de neumáticos.
Tan cerca, pero también tan lejos.