El maldito GPS había dejado de funcionar hacía dos o tres kilómetros. En la pantalla no se veía nada. Era como si se encontrara en mitad de ninguna parte, en una especie de vacío o en el centro de un agujero negro. El coche se había vuelto ciego. Un ciego rodando por páramos boscosos. Los árboles eran tan altos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Eso hacía que la carretera, más bien senda, estuviera mojada y resbaladiza. Huecos en los que se hundían las ruedas, barro, piedras. Una delicia. Había lavado el coche para nada. Y, de vez en cuando, encima, aparecía una curva peligrosa con un terraplén a un lado u otro. Si se despeñaba por uno no le encontrarían en días.
Tampoco nadie sabía que estaba allí.
Nadie salvo Ismael.
Maldito Ismael…
O no. Ya no.
Luciano sonrió, y mientras lo hacía se miró en el espejo retrovisor, levantando ligeramente la cabeza.
—Bien, bien, tranquilo —se dijo.
Por lo menos la carretera era única, no había desvíos, dudas entre si ir por la derecha o la izquierda. Bastaba con seguir hasta el final, suponiendo que hubiera un final.
¿Y si Ismael le había dado unas señas imaginarias para tomarle el pelo, para burlarse de él, para perderle en mitad de ninguna parte?
Era capaz.
Sin embargo, la llamada había sido auténtica.
—Hemos de hablar.
—¿Por qué?
—Porque llevamos toda la vida así, y nos estamos haciendo viejos.
—Me da igual. Dije que te enterraría.
—Y yo a ti.
Pausa.
Una risa hueca devuelta por la de él.
—Estaremos solos, en una cabaña en el fin del mundo. Podemos gritarnos y pelearnos hasta acabar exhaustos. Podemos sacar toda la mierda que llevamos dentro. Después…
—¿Después qué?
—No lo sé. Ya veremos. ¿Vendrás?
Y allí estaba, en una luminosa mañana otoñal, sin GPS y conduciendo a ciegas para verse con él.
Inaudito.
O no. Ya no.
Hubiera podido negarse. Hubiera podido decirle que, si quería hablar, fuese a verle a él en lugar de pedirle que hiciera el viaje.
Pero no se había negado.
Ahora el plan era sencillamente perfecto.
—Iré —le había dicho a Ismael.
—Toma nota de la dirección, de cómo llegar.
Lo sabía todo de Ismael, e Ismael lo sabía todo de él, pero ignoraba lo de la cabaña.
¿Un picadero? ¿Un refugio oculto y secreto en el que perpetrar sus maldades? ¿Un rincón para aislarse?
—Ni siquiera sé cómo puedes vivir contigo mismo, hijo de puta.
El automóvil pegó un brinco. La rueda se hundió demasiado en el agujero medio cubierto por agua y hojarasca. Luciano se golpeó la cabeza contra la parte superior del techo. Asió el volante con fuerza, para no perder el control cuando el coche se escoró hacia la izquierda. Una vez afianzado se concentró de nuevo.
Antes de que pudiera volver a maldecir, apareció la casa.
Una cabaña, sí.
Pequeña, cuadrada, hecha de piedra vista y madera, con el techo de pizarra. Una leve nube de humo grisáceo surgía del extremo de una chimenea. Inmersa entre los árboles, tenía visos de casita perdida a lo Hansel y Gretel. Todo era silencio.
Un silencio plácido.
Lo notó más cuando detuvo el coche detrás del de Ismael, apagó el motor y salió al exterior. No se oía nada. Ni siquiera el piar de un pájaro. Era como estar en el espacio, en una cápsula. Incluso el tiempo parecía dejar de existir allí.
Casi era raro imaginarse a Ismael en un lugar como aquel.
—Hola, Luciano.
La voz le sobresaltó. Volvió el cuerpo y le vio en la entrada, bajo el porche hecho de gruesos troncos entrelazados y pintados de marrón oscuro. Vestía muy adecuadamente, una camisa a cuadros, campestre, unos pantalones holgados y unas botas de montaña. Ya ni recordaba cuando había sido la última vez que estuvieron a solas en algún lugar.
Y nunca tan a solas como ahora.
Siempre había alguien lo bastante cerca para evitar…
—Hola, Ismael.
—¿Lo has encontrado bien?
—Sí, claro —mintió.
—Me alegro.
Se apartó de la puerta. Entró en la casa. Luciano le siguió.
Ni se dieron la mano.
El interior era confortable, techo y suelo de madera. Había cortinas en las ventanas y un hermoso fuego crepitaba en el hogar, devorando despacio el contorno de un grueso tronco. A un lado, una mesa con seis sillas frente a la cocina. Al otro, un sofá y dos butacas envolviendo la chimenea. En medio de ellas, una alfombra gruesa, de color rojo, rompiendo el equilibrio armónico de la estancia. Un poco más allá de la zona de descanso, una puerta conectaba con el resto de la construcción, las habitaciones y los baños.
Luciano no supo qué hacer.
Ismael hizo de perfecto anfitrión.
—¿Algo de beber?
—Sabes que sí.
—¿Whisky?
—Sabes que no.
—Siempre tan antiamericano.
—Y tú siempre tan servil con ellos.
Decidió pasar del comentario.
—¿Coñac, anís, bourbon, una limonada, una cola sin nada…?
—Una limonada estará bien. Con el estómago vacío no quiero alcohol.
—Te has vuelto muy comedido.
—Llegar hasta aquí ha sido un infierno —concedió—. Quiero estar sereno cuando me vaya, no sea que me despeñe por cualquier parte.
No hubo comentarios.
De momento, los dos se comportaban. Los respectivos tonos eran secos, pero nada más.
Todo era posible.
Mientras Ismael servía las bebidas, Luciano paseó una mirada más detenidamente por la casa. Parecía vieja, gastada, pero desde luego no estaba abandonada. No había muchos muebles aparte de la mesa, las sillas, el sofá y las butacas. Solo los precisos. Un aparador con utensilios varios, una vitrina con algunos minerales, media docena de cuadros con imágenes campestres…
—Siéntate —le ofreció Ismael.
—Estoy bien así.
Fue como si dijera: «No quiero bajar la guardia».
Nada de relajarse.
Ismael acabó de servir las bebidas. Caminó hasta él y le ofreció la limonada. Luciano tomó el vaso. Obviamente el de su anfitrión contenía alcohol. Whisky. Siempre tomaba whisky.
Ismael levantó su vaso.
Luciano vaciló.
¿Brindar?
¿Por qué iba a brindar con aquel maldito…?
Pero entrechocó su vaso con el de él.
—Salud.
—Bueno.
El viaje había sido largo, así que bebió casi la mitad de la limonada. Era áspera, pero estaba fresca. Ismael se contentó con darle un pequeño sorbo a su whisky.
Los dos se miraron fijamente.
Quizá, en el fondo, era como estar delante de un espejo.
—¿Qué estamos haciendo aquí? —suspiró el recién llegado.
—Ya lo ves, hablar.
—¿De qué y para qué?
Ismael se encogió de hombros.
—Creo que ya nos toca —dijo.
—¿No querrás enterrar el hacha de guerra?
—No, supongo que no, pero…
—¿Pero qué?
—¿Tienes prisa?
—No.
—Pues entonces tomémonoslo con calma.
—¿Calma?
—Sí, hombre.
—Tú nunca has tenido calma.
—Los años te hacen cambiar.
—¿De veras?
—¿A ti no?
—No, a mí no.
—Vamos, no tienes por qué ponerte agresivo.
—No estoy agresivo.
—Sí lo estás. Agresivo y a la defensiva.
Luciano frunció el ceño. Ismael parecía otro, tan calmado. Eso era lo más increíble.
—¿Tienes un cáncer, vas a morirte y quieres irte en paz, por eso me has citado aquí?
—¿Un cáncer? —le pareció asombroso—. ¡No! —y agregó—: ¿Crees que te he citado para hacer las paces o algo así?
—¿Entonces?
—Podemos hablar, solo hablar, zanjar algunas cosas. ¿Otra limonada?
Luciano se la había terminado sin darse cuenta.
—No, está bien.
Ismael bebió un sorbo de whisky.
—Últimamente nuestra guerra se ha extendido a otras personas, han tomado partido, casi nos han dejado incluso al margen.
—En eso estoy de acuerdo.
—Ya sabes. En muchos conflictos, con el paso de los años, hasta los contendientes se olvidan de cómo empezó todo. El odio se enquista.
—Yo no he olvidado nada —fue categórico Luciano.
—Ni yo.
—Lo tengo todo aquí —se llevó un dedo a la frente.
—Y yo aquí —se tocó el pecho, a la altura del corazón, con la punta de los dedos.
—Sí, siempre fuiste muy sentimental.
—Y tú muy cerebral.
Luciano se movió inquieto. Caminó tres pasos y dejó el vaso sobre la mesa. Prefería tener las manos libres.
¿Por qué no acababa ya con aquello?
—Dime lo que tengas que decirme y me largo —mintió.
Porque, desde luego, no iba a largarse.
No sin antes…
—Eres un cabronazo.
—¿Me has hecho venir para eso, para insultarme?
—No es un insulto.
—¿Entonces qué es?
Ismael apuró el whisky y también dejó el vaso sobre la mesa. Volvían a estar cerca el uno del otro.
—¿Qué es lo más grave que crees que te he hecho?
Era una pregunta inesperada.
Le pilló desprevenido.
—¿Tienes una semana? —contestó.
—No te he hecho ni la mitad de cosas que tú a mí.
—¡Ojalá!
—Dime una, la peor.
No quería perder los nervios, necesitaba sentirse centrado. Luciano apretó los puños.
¿Por qué no lo hacía de una vez? ¿Qué sentido tenía prolongarlo?
—¿Hablas en serio?
—Sí, hablo en serio.
Intentó mostrarse frío, pero no lo consiguió. Ismael siempre le sacaba de quicio. Siempre. Era difícil dominarse. Por supuesto era algo recíproco, aunque ahora su anfitrión pareciese más tranquilo.
Falsas apariencias.
—¡Me quitaste a Berta! —gritó de pronto.
—¡Yo no te la quité! ¡Ella estaba harta de ti! —le respondió Ismael en el mismo tono.
—¡Porque le llenaste la cabeza de mentiras!
—¿Te crees que era tonta?
—¡Lo hiciste, y después la dejaste tirada!
—¡Te digo que no era tonta, no que no estuviese loca! ¿Tú, en cambio, qué me dices de Carlota?
—¡No le hice nada!
—¿Exacto, no le hiciste nada, ni siquiera le diste una oportunidad! ¡Era brillante, pero la ignoraste, y todo por ser amiga mía! ¡Fue como si la mataras con tus propias manos! ¡Regresó al pueblo y ahora vive completamente amargada! ¡Eres un cerdo resentido!
Ya no había calma.
Estallaban, como siempre.
Todos los agravios se les apelotonaron en la cabeza, en la garganta, en los labios.
—¡Hiciste que me echaran del club!
—¡Vertiste un sinfín de infundios sobre mí!
—¡Propagaste la idea de que me había propasado con una menor!
—¡Me acusaste de desfalco!
—¡Me metiste marihuana en el coche!
—¡Pusiste una denuncia falsa a la policía y asaltaron mi casa en plena noche creyéndome un terrorista!
—¡A mí casi me acusaron de narcotráfico!
—¡Eres un hijo de puta!
—¡Y tú un cabrón!
Estaban casi uno encima del otro, los puños apretados, los pechos subiendo y bajando aceleradamente, los ojos encendidos, los dientes apretados. Bastaba con que uno alzara una mano.
Y, sin embargo…
La escena se congeló unos segundos.
Luego, se apartaron unos centímetros, las manos se abrieron, los pechos acompasaron las respectivas respiraciones, los ojos se apaciguaron y las mandíbulas dejaron de estar rígidas por el apretón dental.
—Toda la vida —dijo Ismael.
—Sí, toda la vida —convino Luciano.
Era justo la verdad.
Toda la vida peleados, enemistados, desde la infancia, cuando ambos habían coincidido en la guardería. Toda la vida tratando de superarse el uno al otro, empujándose, zancadilleándose, como si fueran incompatibles y solo cupiera uno en el mundo. El éxito de uno había de ser barrido por el del otro, y a su vez, el de este, empequeñecido por el siguiente del primero. En el jardín de infancia se peleaban por los juguetes, en la niñez por la merienda, en la adolescencia por capitanear cada uno un equipo de fútbol, después llegó la competencia por las chicas, más tarde por el trabajo… Se odiaban pero se perseguían. Vivían pendientes el uno del otro. Siempre había más placer en la derrota del rival que en la victoria de uno mismo. Siempre se disfrutaba más por aplastarlo antes que por la satisfacción propia.
Alguien había dicho una vez:
—Os necesitáis.
Y se habían reído.
Pero tal vez era cierto. El éxito individual se sustentaba, o mejor decir se apoyaba en el placer de la derrota del contrario y el anhelo de superación para ser mejor que el otro.
El acicate continuo.
—Os necesitáis y os queréis. Sois como las dos caras de una misma moneda. Una no puede existir sin la otra.
Más risas.
Locos. ¡Locos! Ninguno tenía idea de cuánto odio albergaban. Ni de la magnitud de ese odio. Si se hubiera podido medir, cuantificar, valorar, serían ricos, millonarios. Se odiaban a muerte.
Por eso estar ahora allí, solos…
—¡Bah! ¿Para qué discutir? —dio por terminada la disputa verbal Luciano.
Y sacó la pistola del bolsillo de la chaqueta.
Ismael arqueó las cejas.
Miró el arma como si jamás hubiera visto una en la vida.
—¿Qué haces? —frunció el ceño.
—Ya lo ves.
—¿Has venido con una pistola?
—Eso parece.
—¿Por qué?
—¿Y lo preguntas? Me citas en este lugar apartado, sin nadie en kilómetros a la redonda, a saber para qué. ¿Me has tomado por idiota? ¿Pensabas que vendría sin más? Pues no. Pero ya ves, tuve la idea en seguida. En el fondo es perfecto. Tan perfecto que da incluso risa. Puedo matarte, enterrar tu cuerpo en el bosque, deshacerme de tu coche en algún barranco. Nunca te encontrarán. Fin de la historia.
—¿Estás loco?
—Vamos, Ismael. Lo nuestro viene de lejos, es irreconciliable. ¿Qué esperabas? ¿Un abrazo y pelillos a la mar? ¡No me jodas, hombre!
—No vas a disparar.
—¡Oh, sí lo haré!
—¡Espera!
—Puedo esperar lo que haga falta. Tengo todo el tiempo del mundo —le enseñó los dientes en lo que pretendía ser una sonrisa sardónica pero resultó más bien una mueca fría—. Cuanto más tarde en meterte la primera bala, más disfrutaré. Y hay seis en el cargador. Seis —forzó la mueca—. ¿Sabes lo que quiero decir?
—Eres un sádico.
—Puedes estar seguro. Aunque necesitaría una ametralladora para meterte una bala por cada putada que me has hecho.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y tú qué?
—Tú empezaste esta guerra.
—No es verdad.
—Tú la empezaste y yo la terminaré.
Para sorpresa de Luciano, Ismael se echó a reír de pronto.
—¿Y ahora de qué te ríes?
—¡De ti!
—Bueno, ríete. Voy a matarte igual. Me gustaría más que lloraras, que suplicaras, pero en el fondo me importa una mierda.
Ismael seguía riendo.
—¡Para! —Luciano tensó el dedo en el gatillo.
—¿No quieres saber para qué te he hecho venir?
—Ya me da igual.
—No debería darte igual. ¿Ni siquiera entiendes el motivo de que haya prolongado tanto esta cháchara?
—No me líes, Ismael. ¿Es que esperas a alguien?
—No.
—Pues ya está.
—Eres un completo idiota…
Luciano no le dejó acabar la frase.
El disparo fue inesperado.
Y, a tan corta distancia, no falló.
Con la rodilla derecha perforada, astillada y rota, Ismael se vino abajo emitiendo un aullido de dolor.
—¡Hijo de puta! —se dobló sobre sí mismo incapaz de resistir aquel enorme dolor.
Luciano se aproximó sin dejar de apuntarle.
—¡Jódete! —le gritó.
Esta vez ni siquiera tuvo que apuntar. Apoyó el cañón de la pistola en la otra rodilla y apretó el gatillo.
Un segundo estruendo.
Otra articulación destrozada.
Otro aullido de Ismael.
El herido se retorcía ahora en el suelo. Sudaba. Sudaba y lloraba de dolor. A Luciano se le doblaron las piernas, impresionado por lo que acababa de hacer tanto como por aquellos alaridos y la sangre que brotaba de las dos masacres. Tuvo que sentarse en una de las sillas, sin dejar de apuntar a Ismael.
Su propio shock emocional, el subidón de adrenalina, le hizo sentir como que perdía la consciencia.
—Me quedan cuatro balas —le dijo arrastrando las palabras—. Una para cada hombro, otra para el estómago y la última para la cabeza, aunque después de que te hayas desangrado lo tuyo.
—Eres… un sádico…
—Son muchos años, Ismael. Toda paciencia tiene un límite.
—Dios… —Ismael volvió a forzar una sonrisa en los labios. A pesar del dolor. Estaba pálido. Más que pálido. Con los ojos fuera de las órbitas y desencajado, había envejecido diez años de golpe. Miró a su asesino y repitió—: Dios…
—¿Vas a volverte religioso ahora?
—Ya no puedes tenerte en pie, ¿verdad?
—Sentado disfrutaré mejor del panorama.
—¿Tú… crees?
Luciano parpadeó. La maldita adrenalina, el shock, lo que fuera, le nublaba más y más la vista.
Incluso la mano parecía perder fuerza.
Ismael estaba reculando hacia atrás. Se apoyó en la pared, con las piernas extendidas. Los dos extremos inferiores mostraban posiciones imposibles.
—Eres… estúpido. Siempre… lo has sido, pero ahora… más, porque no… no has entendido nada… —consiguió decir.
—¿Qué he de entender?
—Toda esa cháchara, esperando…
—¿Esperando qué?
—A que el veneno hiciera efecto.
—¿De qué coño…?
Ismael miró el vacío vaso de limonada depositado en la mesa. Luciano siguió la dirección de esa mirada.
La limonada había resultado muy amarga, sí.
Tanto que…
—No vas a engañarme —intentó sonreír a su vez.
—Piénsalo —le pidió Ismael.
—No hay nada que pensar.
—Ha… pasado el tiempo… suficiente —siguió hablando Ismael con esfuerzo pero pareciendo disfrutar de su momento—. Ahora mismo… debes estar… viendo doble y… quedándote sin… sin fuerzas…
Veía doble.
Notaba un enorme cansancio.
Luciano intentó tensar la mano armada.
—Puede que yo… no vuelva a andar… en la vida, pero tú… tú Luciano vas a morir… —le anunció su rival.
Veía tan doble que cuando consiguió disparar le dio al otro, al que no era.
Luego ya no pudo volver a apretar el gatillo.
La pistola resbaló de entre sus dedos.
Cayó al suelo.
Ahora eran dos los Ismael que sonreían.
—Hijo… de… —musitó.
—Lo mismo… digo… —gimió Ismael.
—No…
—Vete al… infierno, maldita… sea.
Luciano cayó al suelo ligeramente consciente todavía. Quedó boca arriba, viendo las maderas del techo de la cabaña. No quería morir, pero se estaba muriendo. Lo sabía.
Siempre había tardado demasiado en hacer las cosas.
¿Por qué no había matado a Ismael nada más entrar?
¿Por qué?
¿No fue Sun Tzu el que dijo que las batallas se perdían no por las balas, la fuerza o el número del enemigo, sino por aquellas dos palabras: «Demasiado tarde»?