País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

memoria

Aquel día de 1961 escuché las peores palabras de toda mi vida.
Me las escupió a la cara.
—Mañana, si vienes al colé, te mataremos.
Se llamaba Petit. No recuerdo el nombre. Petit. Era alto, llevaba el cabello casi al cero, muy rapado, y tenía cara de bestia. Cara de animal, sobre todo cuando golpeaba a alguien, sobre todo cuando me golpeaba a mí. Cara de querer hacer daño. Abría unos ojos como platos y sus facciones se demudaban en un rictus maligno. Era la pura imagen del sadismo.
Petit.
Recuerdo muy bien la atrocidad del momento.
Levanté los ojos, miré el colegio, abarqué el mundo entero con la desesperación de mi rabia y me fui a casa.
Mi colegio era una especie de campo de exterminio nazi con la Gestapo dentro y en plena efervescencia. Pobres maestros, unos sin preparación y otros haciendo gala de la peor de las manos duras para meternos en vereda. Un día, el cura de religión le tiró un cepillo para borrar la pizarra a uno de los peores y este, que lo vio venir, se apartó. El cepillo, de madera por un lado, le abrió la cabeza al que estaba sentado detrás, justo el santo de la clase. Fue un escándalo. En cambio, nadie se preocupaba cuando el profesor de matemáticas, un tal Gili —se puede uno imaginar cómo acabábamos su apellido—, sacaba al tartamudo de la clase para preguntarle cuántas eran dos y dos, consciente de que la palabra cuatro, para un tartamudo, era muy difícil de pronunciar.
El tartamudo era yo.
A veces se oía un grito a la hora de empezar las clases: «¡Que viene el tartaja!». Y me caían encima dos o tres para mostrarme su cariño y su amor a base de golpes.
Pero aquel día de 1961, con trece años, las palabras de Petit me atravesaron de lado a lado.
—Mañana, si vienes al colé, te mataremos.
Cuando uno sufre acoso y maltrato escolar, se lo cree todo, no piensa, no razona, cada día es un ejercicio de supervivencia, cada fin de semana una tregua, cada noche un bálsamo, cada amanecer un sufrimiento para ponerse en pie. Y tanto da que el maltrato se circunscriba a un curso o a parte de él. A los trece años, el tiempo tiene otra dimensión. Mi tiempo era eterno. La paz entre golpes formaba islas de inquietud y espera.
Llegué a casa envuelto en una negrura tormentosa y, como de costumbre, no dije nada a mis padres. Me podía el orgullo. De hecho fue lo que me salvó después, al paso de los años, pero en ese momento me podía como resistencia final. Nunca había dicho que sufría acoso escolar. No quería que mi padre se sintiera humillado a través de mí. Bastante lo estaba por la guerra que perdió y por la familia que le despreció por ser hijo ilegítimo de un señorito de Valladolid. Yo callaba siempre. Prefería pasar por tonto que por derrotado. Si me robaban un libro, decía que lo había perdido. Si estrenaba un jersey y el matón de la clase me lo rasgaba el mismo día del estreno, prefería decir que jugando al fútbol, en una entrada disputando una pelota con el portero, este me lo había roto accidentalmente al superarle para meter el gol, una bronca por algo así me parecía mejor y más razonable que no otra por dejarme machacar.
—¿Qué tal el colegio? —me hizo la misma pregunta de todos los días de mi madre.
—Bien, como siempre.
—¿Tendrás mejores notas este sábado? —me hizo la misma pregunta de todas las semanas mi padre.
—No sé.
Mi padre quería que fuese matemático.
Alucinante.
Me refugié en mi habitación y me puse a hacer los deberes con la cabeza en todas partes menos en ellos. ¿Qué más daba que los hiciera si no podría entregarlos? ¿Qué más daban las clases del día siguiente si iban a matarme? ¿Para qué estudiar la lección si no iba a tener oportunidad de recitarla? Ni siquiera tuve ganas de escribir mi novela. Estaba haciendo «una novela larga», de 500 páginas, para demostrarme a mí mismo que sí, que un día sería escritor pese a la oposición de todos, mi padre y mi maestra de lengua. Ese día no fingí estudiar mientras debajo del libro tenía la libreta en la que trenzaba mi historia de un perro vagabundo desde su nacimiento hasta su muerte.
Ese día era solo una cuenta atrás.
Aquella noche traté de imaginarme cómo sería el día siguiente. Traté de imaginarme los golpes, la muerte, el adiós.
no pude.
Sentía mucha rabia. Desesperación no, rabia. Miedo o cobardía no, rabia.
No teníamos televisión, una familia humilde no podía permitirse esos lujos. Escuchábamos la radio. Quizá era el día de El Zorro, o quizás de las retransmisiones de ópera que escuchaba embelesado. No lo recuerdo. Me acosté sintiendo que era mi última noche.
no recuerdo cómo, pero me dormí.
Al día siguiente, mi despertador sonó a la hora, me incorporé en la cama y ante mí apareció el horror de mi cita con el destino. Petit me esperaba en el colegio. Petit iba a matarme. Si iba, sería el fin. Y si no iba a clase, si me las saltaba, igual lo hacía al otro, sin olvidar que entonces me pondrían una falta y, por hacer novillos, el que me mataría sería mi padre.
Fue en ese momento cuando tuve la idea de suicidarme.
—Si voy a morir, prefiero hacerlo por mi mano.
Mi orgullo.
Era todo lo que tenía.
Aún lo recuerdo, como si acabase de suceder. Pronuncié esa frase sentado en la cama y durante un segundo, un simple segundo, no más, decidí prácticamente mi vida.
Porque la idea fue barrida de mi mente tras esa fracción de tiempo.
—No van a matarte —me dije.
De la misma forma que el día anterior había creído que sí, apreté los dientes y en ese instante supe que no, y que el dolor de los golpes nunca sería tan duradero como la vida que me esperaba y que dependía de mí, solo de mí.
No es justo que a los trece años tomemos decisiones tan importantes.
Pero a veces nos vemos obligados a ello.
Me levanté, me lavé, desayuné y fui a la escuela apretando los puños, dispuesto a todo. No era un luchador, no podía enfrentarme a Petit con las manos, porque habría sido peor. Yo era enclenque y un precursor del hippismo, pacifista al estilo de Gandhi. Solo un año después, frené a uno que venía a por mí en un partido de fútbol con una soberana patada entre las piernas. Fue un pronto. El día de mi «sentencia de muerte» no pensaba en nada. Llegué a la escuela con el corazón latiéndome a mil, y cuando apareció mi presunto asesino, se me quedó mirando con una media sonrisa colgada de los labios.
El tiempo se detuvo otro segundo.
Un segundo de esos tan largos a los trece años.
Eternos.
Aquel día no me hizo nada, y creo que tampoco al otro. Lo de matarme fue una baladronada. Lo malo es que el agredido llega un punto en el que se lo cree todo. El mundo se divide en dos: a salvo o en peligro. Después de eso, los recuerdos sí se me hacen difusos, el acoso fue menguando hasta que ya con quince años dejó de ser mi pesadilla. Para entonces, Petit ya no estaba en clase. No sé si lo acabaron expulsando o se fue él. Parte de mi infancia está olvidada, sepultada por mí mismo, como lo está parte de mi adolescencia o primera juventud en aquella España en blanco, negro y grises. La España que me robó la libertad sin ser yo consciente de ello.
Muchas veces pensé en aquel segundo decisivo.
Años después, cuando se suicidó Jokin, el niño de Hondarribia, escribí Sin vuelta atrás y lo solté todo por primera vez.
Recordé mucho aquel día en que, por un segundo, pensé en hacer lo mismo que él.
Un segundo.
El tiempo suficiente para decir no a la rendición y seguir luchando.