En el momento de aparecer la pistola en su mano, ella dijo:
—No lo hagas.
Y él la miró como si no supiera de qué estaba hablando, con la mano firme en torno a la culata y los ojos perdidos en su imagen, en todo lo que representaba, su hermosura, su libertad…
Su futuro.
—Debo hacerlo —aseguró.
—¿Por qué?
—¿Lo preguntas en serio? —en su tono había incredulidad—. Soy el mejor. Esa es mi reputación.
—Pero esto es distinto.
—No, nena, no lo es. Ya lo sabes. Se trata de un contrato. Nunca he roto uno. Jamás he fallado. Y tampoco voy a hacerlo ahora. De todas formas, si no lo cumpliera… otro lo haría por mi.
—Huyamos.
—No.
—Juntos. Los dos.
—No.
—¡Por Dios, se trata de ti y de mí!
—Lo siento, cariño.
Los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas. Fue algo espontáneo. Brotaron igual que sendos manantiales y resbalaron por sus mejillas hasta bordear los labios, carnosos, sensuales. A él le fascinaban aquellos labios. Besarlos, morderlos. Finalmente las lágrimas desaparecieron en el más allá del espacio que se abría al final de su rostro dolorido, saltando de la barbilla al vacío.
—Estás loco —susurró.
—Tal vez.
—Yo podría…
Hizo un gesto, un inútil esfuerzo de avanzar hacia él. La pistola se movió ligeramente, subió unos centímetros, la apuntó.
La mano era firme.
—No te muevas, cariño, será mejor para los dos. Y más fácil.
—Hagamos el amor.
Una hermosa idea.
—¿Ahora?
—Sí, ahora. Aquí y ahora.
Logró hacerle sonreír, sin ganas.
—Me gustaría —asintió con la cabeza para reforzar sus palabras—. Sabes que me gustaría.
Ella comenzó a desabrocharse la blusa. No fue un gesto deliberadamente rápido, pero tampoco lento. Temblaba.
—No lo hagas —dijo él.
No le obedeció. Continuó desabrochándose los botones, uno a uno. Sus manos, con las uñas largas y cuidadas, hacían y repetían los gestos con mecánica precisión. Dejó en libertad sus pechos, jóvenes, duros, fascinantes. Parecía que la escena incluso la excitaba.
Los pezones ya estaban duros. Le miraban fijamente.
Una directa mirada de desafío y amor.
Tragó saliva.
Ella ya no se detuvo. Continuó. Se quitó la blusa y la tiró al suelo. Luego, sin esperar ni un segundo, hizo lo mismo con la falda. La cremallera bajó haciendo un siseo armónico, sin esfuerzo, como si estuviese perfectamente engrasada. Dejó que la corta pieza de tela negra, en forma de tubo, resbalara y cayera en torno a sus muslos, hasta quedar detenida por el suelo, envolviendo sus zapatos de tacón, altos, sobre los que las dos piernas semejaban esculturas de mármol.
La sorpresa fue mayúscula.
No llevaba bragas.
Los ojos de él naufragaron en la espesa y cuidada mata de vello púbico.
Podía sentir su sabor en la boca.
Y su calor en su propio sexo.
—Ven —le pidió ella.
—No.
—Hagámoslo, una vez más, y si después quieres apretar ese gatillo… no te lo impediré.
—Es tarde.
—¡Nunca es tarde! —quebró ella su aparente tranquilidad—. ¡Olvida ese contrato! ¡Estoy contigo! ¿Por qué destruir eso? ¡Por favor, vayámonos lejos, dónde nadie nos conozca ni nadie nos encuentre!
—Nos encontrarían.
—Hay un millar de islas perdidas en todas partes.
—Pero si tú estás en una de ella, darán conmigo.
—Me teñiré el cabello, seré fea, diferente.
Casi le hizo reír. Forzó una mueca que era eso, una media sonrisa de ironía y pesar. Obviamente no la creía. ¿Cómo ocultar aquella belleza? ¿Cómo…?
Seguía con los ojos fijos en su sexo.
Y el bulto de sus pantalones revelaba que su ánimo también.
—Te quiero —susurró él levantando de nuevo la mano que sostenía la pistola.
—No lo entiendo —volvió a llorar ella.
—No hay nada que entender. Firmé.
—Nunca preguntaste a quién tenías que matar, ni por qué, ¿verdad?
—No. Es malo saber demasiado. Y me pagan por actuar, no por pensar.
—El último romántico —se burló ella con acritud.
—Mi padre siempre decía: «Hazlo, nada más». Y llevaba razón. Es todo lo que cuenta.
—Tu padre estaba loco.
—Era un hombre de honor.
Ya no podía más. La impotencia la hizo estremecerse, como si de pronto un ramalazo de frío la hubiese sacudido de arriba abajo. Dijo lo único que podía decir en un momento como aquel.
Lo mismo que él acababa de decirle hacía unos segundos, a modo de despedida.
—Te quiero…
Cerró los ojos. No quería oír el disparo.
—Me hubiera gustado que fuese distinto, nena.
—Cariño…
La pistola subió un poco más. Dejó de apuntarle. Se giró en dirección a sí mismo. Llegó hasta su sien derecha. Allí ni siquiera vaciló un instante.
Sonrió.
Y en el momento de sonar el disparo, de que su cabeza estallase en una especie de gran trueno rojo, ella abrió los ojos.
—¡¡¡Nooo!!!
Cayó de lado, mientras la sangre lo salpicaba todo, la pared, el techo, el suelo. Algunas gotas llegaron hasta ella, picoteándole la piel, tan cálidas que fue como si de repente se hubieran convertido en aceite hirviendo. Eso la hizo detenerse, horrorizada.
Se llevó una mano a los labios.
Y se mordió.
El cuerpo llegó al suelo. Produjo un ruido sordo. La pistola rebotó también en él. Produjo otra clase de ruido, metálico. En menos de diez segundos todo volvió al silencio y la inmovilidad.
Casi todo.
La sangre resbalaba por las paredes, y con ella, arrastrándolos, pedacitos de cerebro y vísceras.
Le miró.
Ya no era guapo, ni estaba vivo. Era un muñeco roto.
Un pobre, estúpido y leal muñeco roto.
Ni siquiera se había dado cuenta de que sobraba.
Siempre fue leal.
Hasta la muerte.
Ella suspiró.
—Sí, cariño —reconoció impotente—, siempre fuiste un hombre de honor. La «familia» lo es todo. La maldita «familia». Ellos sabían que ni siquiera dudarías en matarte a ti mismo, porque nunca te interesó saber a quién tenías que matar. Solo dónde, cómo y cuándo. Maldito honor…
Se dejó caer de rodillas a su lado y empezó a llorar suavemente.