1
Ella era pelirroja.
¡Oh, Señor, que cabello!
Pelirroja de pies a cabeza, completa, entera, lo sabía bien.
¿Cuántas veces la había visto desnuda?
Cada noche, cada noche, cada noche…
Cada noche antes de…
A veces hacían el amor.
Otras simplemente paseaban.
O hablaban.
—Te quiero.
Santiago escuchaba esas dos palabras como si fueran una melodía sagrada. La música no era necesaria. Ellas, en sí mismas, rebosaban armonía. Cuando las pronunciaba, la pelirroja le atravesaba con una mirada ardiente, cárdena. Sus ojos verdes se convertían en selvas. La exuberancia de su boca, grande y jugosa, de labios carnosos y húmedos, le abrasaba con su aliento. Y, mientras, las manos le acariciaban. Aquellas manos coronadas por uñas perfectas, sin pintar. Manos de dedos largos y yemas sedosas. Manos de terciopelo.
Toda ella era de terciopelo.
La piel, las redondeces de las curvas, los pechos, el vientre, los muslos, el sexo…
Santiago se volvía loco.
El sexo de la pelirroja era lo más hermoso que jamás había visto.
Una fronda rugosa como una nuez, abierta como los pétalos de una flor, rosada y suave como unas algas marinas batidas por el flujo de las corrientes.
Sí, lo más hermoso que jamás hubiera visto… o soñado.
Sin embargo…
A pesar de ello…
¿Por qué?
Cada noche, cada noche, cada noche…
Porque siempre, al final…
Pero no quería hacerlo, ¡no quería! ¿Qué clase de impulso le obligaba a matarla? ¿Qué posesión infernal le empujaba? ¿Qué sentido tenía matar algo tan bello? Solo sucedía, inevitable, imparable. Ahí estaba él. Inesperadamente, sin más, le ponía las manos alrededor del cuello y se lo apretaba, se lo apretaba, se lo apretaba. La pelirroja no oponía resistencia. Se dejaba matar. Sonreía y seguía mirándolo con amor. No peleaba. En sus ojos no latía el miedo. Le amaba tanto que prefería morir.
Y cuando ella yacía inerte, rota, sobre la cama que formaba un sudario de sábanas arrugadas a su alrededor, él le preguntaba:
—¿Cómo te llamas?
Entonces rompía a llorar y despertaba.
Sudoroso, agitado, temblando.
Porque todo, absolutamente todo, era tan real.
—No, ¡no! ¿Por qué? No puedo más —gemía.
El resto del día lo pasaba como un sonámbulo. No se concentraba, se equivocaba, tropezaba. Quería que llegara la noche cuanto antes. Quería volver a estar con ella, cogerla de la mano, tocarla, besarla, pasear o hacer el amor. La necesitaba. Todo era maravilloso menos el final.
Siempre la asesinaba.
Siempre, siempre, siempre.
¿Cuánto tiempo llevaba así?
2
Detuvo el coche en la calle, en una retícula azul. Fue al sistema de pago y abonó el importe de dos horas. No tenía ni idea de cuánto pudiera tardar, pero era mejor asegurarse. Quizá fuera algo rápido. Quizá no. Nunca había ido a una comisaría de policía. Nunca hubiera imaginado hacerlo, y menos para algo como aquello. Cruzó la calle, caminó los cincuenta metros que le separaban de su destino y se detuvo delante del agente que hacía guardia.
El hombre, alto y barbado, le saludó marcialmente.
—¿Señor?
—Vengo a poner una denuncia —dijo por decir algo.
Bueno, era lo más parecido a una denuncia, ¿no?
—Adelante —lo invitó el policía—. Pregúntele al del mostrador.
El mostrador era alargado, de madera. Estaba sucio, como si, antes de él, allí se hubieran apoyado cientos, miles de personas. A lo peor incluso flotaban sus alientos en el aire, impregnados de lágrimas y furias, miedos y recelos. Uno no iba a una comisaría si no era por algo grave.
Uno de esos hechos dramáticos que dejan huella.
El segundo agente era distinto del primero. Más bajo, más barrigón, calvo. Le lanzó una mirada que trató de ser penetrante pero solo resultó impertinente. Santiago se enfrentó a ella de la mejor manera posible.
—¿Usted dirá?
—Una denuncia.
—¿Robo?
—Asesinato.
La palabra era de hondo calado. El agente le estudió más atentamente. También le miró las manos, como si esperase verlas manchadas de sangre, y la ropa, valorando su clase y calidad. Decidió que su visitante parecía inofensivo. Aun así, su voz se revistió de cautelas al decir.
—Venga por aquí, si me hace el favor.
Le hizo el favor. Le siguió por la izquierda del mostrador, aunque no más de media docena de pasos. Le abrió la puerta de una habitación pequeña, cerrada, sin ventanas, en la que había una mesa y dos sillas, y obedeció su mandato:
—Espere aquí.
Esperó.
No demasiado.
El nuevo policía debía ser un oficial, porque llevaba una especie de galón en la manga. Santiago no entendía mucho de esas cosas, y menos de rangos, en la policía o el ejército, los mossos, la ertzainza o la guardia civil. El tipo llevaba un uniforme y eso era todo.
Suficiente.
—¿Usted dirá?
No sabía muy bien cómo empezar. De pronto se le antojaba disparatado, absurdo, por real que lo sintiese en su mente. Probablemente, lo sacarían de allí a patadas. Y, sin embargo, sentía que debía hacer algo. Tomó aire y pronunció despacio, con calma, sus siguientes palabras.
—Creo que soy un asesino.
El oficial se envaró.
—¿Lo cree?
—Sí.
—¿Ha matado a alguien?
—Sí, cada noche.
—Espere, espere —se movió rápido. Sacó una grabadora del bolsillo y la puso en marcha sin consultárselo. La dejó en la mesa, en el centro. Luego abrió la puerta que acababa de cerrar al entrar y llamó a otro policía—: ¡Ramiro!
Santiago le vio aparecer por la puerta. El oficial se sentó. El aparecido se quedó en pie junto al marco, con los brazos cruzados. No hizo ninguna pregunta.
—Escucha esto —le pidió el del galón. Y dirigiéndose a Santiago le dijo—: Vuelva a lo que acaba de decirme.
—¿Qué parte?
—Lo de que es un asesino.
—Sí, lo soy.
—Me ha dicho que mata a alguien cada noche.
—A ella, sí.
—¿Cómo que a ella?
—La pelirroja.
—¿Siempre mata a la misma persona?
—Sí.
El oficial intercambió una mirada cargada de dudas con su compañero Ramiro. La agitación menguó un poco. También la tensión.
—¿Cómo se llama?
—Santiago Auladell Costa.
—¿Casado?
—No, soltero.
—De acuerdo. ¿Quién es ella?
—No lo sé.
—¿No la conoce?
—No.
—¿Ni su nombre?
—¿Cómo quiere que sepa el nombre si no sé quién es?
—¿Por qué dice que la mata cada noche?
—Porque es así —suspiró—. Paseamos, hacemos el amor, pero luego, siempre, al final, la asesino.
—Señor… —el tono fue paciente, pero severo—. La persona de la que me habla… ¿es real?
—No lo sé.
—Cómo que no lo sabe.
—La veo en mis sueños.
El agente que seguía de pie resopló con fastidio. El que le hacía las preguntas mantuvo la calma. Su tono cambió ligeramente. Pasó del rigor policial y la severidad a la cautela.
Una cautela no exenta de piedad.
—¿Me está diciendo que sueña cada noche con la misma mujer, y que, pese a no conocerla, la asesina al final?
—Sí —afirmó aliviado por la confesión.
—Tengo cosas que hacer —se despidió Ramiro.
Se quedaron solos.
Santiago, con las manos unidas sobre la mesa, miraba la grabadora con aire ausente.
—Señor, ¿qué espera que hagamos nosotros? —preguntó el oficial.
—¿Pueden detenerme?
Sorpresa. Incredulidad.
—¿Qué?
—Quizá preso deje de…
—No podemos detenerle solo porque sueñe que mata a alguien —le interrumpió.
—Es que es cada noche.
—Da lo mismo.
—Y resulta muy real, muy intenso. La sensación…
—Oiga —lo detuvo por segunda vez—. ¿Se da cuenta de lo que está diciendo?
—Sí, supongo que sí. Suena raro, pero es que… es muy duro, ¿sabe? Ya no sé qué hacer. Sueño o no, yo la mato. Asesino a una persona.
El policía alargó la mano y detuvo la grabadora.
Su rostro era una mezcla de fastidio y lástima.
—Váyase a casa —le pidió.
El de Santiago reflejó todo el desaliento que sentía.
—¿Así de fácil?
—¿Qué quiere que le diga? Es lo que hay —y se lo repitió—: Váyase a casa y esta noche tómese algo, una pastilla, lo que sea. O emborráchese, métase en cama con una amiga, pague a una puta… Haga algo, no sé si me entiende.
—Le entiendo.
—Pues ya está —se levantó de la silla.
—No creo que resulte —Santiago siguió en la suya—. Usted no la conoce. Ella volverá.
—No si no quiere que vuelva, si le dice a su cerebro que no quiere verla, que ya se ha terminado.
—Volverá —musitó despacio.
Parecía amargadamente triste, pero, al mismo tiempo, ilusionadamente feliz.
El oficial abrió la puerta y se quedó junto a ella, esperando que él se levantara y abandonara el cubículo.
Bueno, lo había intentado.
Santiago se puso en pie.
La carga seguía allí, aplastándole. Le pesaban las piernas.
—Gracias.
—Si no le funciona, vaya a un loquero —se dio cuenta de lo mal que sonaba eso y trató de arreglarlo—. Quiero decir un psiquiatra.
Un loquero, sí.
Ya lo había dicho bien.
Porque, desde luego, la única alternativa a lo que le estaba sucediendo era esa: volverse loco.
Por un lado, loco de amor.
Por el otro, culpable de asesinato.
Cada noche, cada noche, cada noche.
Santiago salió de la comisaría arrastrando los pies, tan perdido como a la entrada y tan confuso como lo estaba cada día antes de acostarse y reencontrarse con ella.
3
Cuando llamó al teléfono y pidió la cita, creía que iba a hablar con un hombre.
Y no.
H. Menéndez Arguindei era Hortensia Menéndez Arguindei.
Una psiquiatra.
Ya era tarde para echarse atrás. Le dio la mano, se sentó en una butaca —no había ningún diván por allí—, y le contó su historia. A los cinco minutos se olvidó de que ella era una mujer. La doctora Menéndez era alta, atractiva, bien formada, cuerpo consistente, pecho firme, como de cincuenta años, tal vez más, pero conservada en su adecuado punto de esplendidez. Santiago no tenía una amiga íntima desde la adolescencia, no estaba habituado a hablar con mujeres. Por eso la comodidad con la que acabó haciéndolo, le ayudó a relajarse, a sentirse bien.
Los psiquiatras no juzgaban, ¿verdad? Solo ayudaban.
Abrían ventanas por las que entraba la luz en los pacientes, o por las cuales ellos pudieran ver al otro lado, más allá de sí mismos.
Ella le había pedido que se lo contara todo, con pelos y señales.
Y lo hacía.
—Hacer el amor con ella es…
—Aunque sea un sueño.
—Sí, aunque sea un sueño. Lo siento tan intensamente, es tan real…
—¿Ha tenido usted muchas relaciones anteriores?
—Las normales.
—Pero me ha dicho que es soltero.
—Sí.
—¿Ha tenido novias, amigas con derecho a roce, o prefiere pagar por…?
—No, no —fue rápido—. Nunca he pagado.
—¿Diría que sus relaciones anteriores han sido satisfactorias?
—Sí, creo que sí.
—Lo cree.
—Sí.
—Pero hacerlo con ella, aunque sea en sueños, es superior a todo.
—Muy superior.
—¿Ha tenido usted algún trauma infantil, señor Auladell?
—No que yo sepa.
—¿Sufrió malos tratos en la escuela, abusos?
—Malos tratos… Bueno —hizo un gesto vago—. El típico matón de la clase, eso sí. Duró un año, hasta que lo expulsaron.
—¿Por qué cree que sueña siempre con la misma mujer?
—No lo sé.
—Pelirroja, guapa, exuberante, maravillosa en la cama. Y enamorada de usted.
—Sí.
—¿Seguro que no la ha visto jamás?
—Si fuera así, la recordaría, se lo aseguro. Uno nunca olvida una mujer como ella si la ha visto antes o la ha conocido.
—Puede que se haya cruzado con ella en la calle, ya sabe. A veces vemos algo que nos impacta y se nos queda en el subconsciente.
—Lo recordaría. La recordaría.
—¿Y si es una actriz? En las películas o las series aparecen unos bombones, aunque sea de relleno en una escena, que dejan sin aliento.
—No, no, no.
La doctora tomaba notas. Grababa la sesión, pero también tomaba notas. Una cosa era la voz, y otra lo que pudiera percibir en él, sus gestos, miradas, movimientos corporales. Antes de ir a verla había leído sobre todo ello.
—¿Ha soñado con ella esta noche?
—Sí.
—¿Nunca deja de matarla?
—No.
—¿Y siempre lo hace igual?
—¿Qué quiere decir?
—Ha comentado que la estrangula, con las manos.
—Sí, sí, perdone.
—Jamás otro método.
—No.
Fuere lo que fuere que anotase, esta vez se demoró casi medio minuto. Escribía con trazos rápidos en el bloc. Al terminar lo dejó a un lado y cruzó las manos sobre su regazo.
Por detrás de ella, Santiago vio un portarretratos en la que se la veía junto a dos niñas de unos diez o doce años de edad, aunque en la foto estaba mucho más joven.
Sin saber por qué, la imaginó separada.
Mucha mujer para un solo hombre.
—¿Me dejaría que le sometiera a hipnosis, señor Auladell?
—¿Puede hacer eso?
—Sí.
—¿Y con qué motivo?
—Usted tiene enquistado algo en su subconsciente. No sabe que es. Probablemente no lo sepamos nunca. Pero está ahí. ¿Un trauma, una experiencia negativa con una mujer? Da lo mismo. Ahora lo que más cuenta es que necesita urgentemente volver a cierta estabilidad para no ver amenazada su vida. Lo único importante es que, por un lado, es perentorio desatascarlo, y por el otro, ha de superar esa adicción a soñar siempre lo mismo.
—¿Y si no es un trauma?
—Entonces hablaríamos de un deseo frustrado. Esa mujer sería la suma de todas las mujeres a las que ha amado sin fortuna. Las quiere, las desea, pero una vez poseídas, las mata para liberarse de ella.
Santiago parpadeó asustado.
—¿Cómo me ayudaría la hipnosis? —quiso saber.
—Si no logro llegar al quid de la cuestión, si lo que lleva dentro es, de momento, impenetrable, quizá pueda sugestionarle para que deje de soñar.
Santiago bajó la cabeza, pensativo.
Al diablo, era médico. Necesitaba la verdad.
—Doctora… ¿y si lo que quiero es seguir soñando con ella, pero sin matarla al final?
—Un sueño feliz.
—Sí —admitió.
—Me temo que eso no sea posible, señor Auladell —fue sincera—. No hay sueños a la carta. Esa misma constante, la repetición, la recurrencia, cada noche, indica que su sueño es un todo. Funciona de manera unívoca. No puede separarse, ni parcelarse. Entiendo que la primera parte es maravillosa, pero la segunda es consecuencia de ella. Hace el amor como un tributo, una despedida, porque la mata, y la mata porque ha hecho el amor. ¿Difícil de entender? No lo crea. Desde Freud llevamos años tratando de interpretar los sueños… sin demasiado éxito. De todas formas todo es posible. Quizá logré lo que me pide.
—Sería maravilloso. Sí, soñar a la carta, o lo que uno desee —se dejó llevar por la fantasía.
—Lo de que en un futuro habrá cápsulas para soñar a la carta, como usted dice… es ciencia ficción, ¿comprende? Usted ha de decidir si quiere librarse de esa pesadilla, porque yo entiendo que es una pesadilla, o si prefiere continuar así, destruyéndose a sí mismo, porque es lo que sucederá si no le pone remedio a todo esto.
La doctora dejó de hablar.
Estaba enamorado de un sueño.
Una pelirroja ideal.
Pero quizá fuera hora de decir basta.
—Hagámoslo —asintió rendido—. Sométame a hipnosis.
4
—¿Me escucha?
—Sí.
—¿Está cómodo?
—Sí.
—¿Cómo se llama?
—Santiago.
—¿Sabe dónde está Santiago?
—¿Soñando?
—No, no está soñando; pero está aquí, tranquilo y en paz, porque lo hace cada noche. Y porque hay un sueño que le persigue.
—Ya.
—Un sueño que necesita revertir.
—Bien.
—¿Recuerda ese sueño?
—No sé.
—La mujer pelirroja.
—¡Oh, ella!
—Ella, sí.
—Es muy guapa.
—Lo sé.
—Y sensual.
—También lo sé.
—Me gusta.
—¿Mucho?
—Sí, desde luego.
—Y, sin embargo, no le conviene.
—¿Ah, no?
—No.
—Ella me ama.
—Pero usted la mata.
Silencio.
—¿Santiago?
—Sí, la mato.
—¿Por qué?
—Porque me duele.
—¿Tenerla o perderla?
—Las dos cosas.
—¿No es confuso?
—A veces destruimos lo que amamos.
—¿Cómo llamaría usted a eso?
—Humanidad, irracionalidad, locura…
—¿Entiende que haciéndolo destruye algo muy bello?
—Pero no la destruyo. Vuelve cada noche.
—¿La mata para que no exista hasta que vuelve a recuperarla usted mismo?
—Tal vez. No lo había pensado.
—¿Qué siente con ella?
—Todo.
—¿Le recuerda a alguien?
—No… Sí… Bueno, es difícil.
—¿Por qué es difícil? ¿Qué es lo que resulta difícil?
—Ella es…
—Siga, vamos. ¿Qué es?
—Tiene el cabello de Virginia, los ojos de Pilar, los labios de María, el talle de Berta, el pecho de Laia, las manos de Teresa, las piernas de Elena…
—¿Quiénes son todas esas mujeres?
Silencio.
—Santiago, ¿quiénes son ellas?
—Las quise.
—¿A todas?
—Sí.
—¿Son las chicas y las mujeres que ha conocido desde la infancia?
—Sí.
—¿Amores imposibles?
—Sí.
—¿Por qué fueron imposibles?
—Yo no les atraía.
—Así que la pelirroja es la suma de todas ellas.
Silencio.
—¿No lo había pensado?
—No.
—¿Lo cree?
—No lo sé.
—Usted sueña con la mujer ideal, la mujer perfecta.
—No, ella es real.
—No lo es, Santiago.
—Ha de serlo.
—¿Por qué ha de serlo?
—Porque de lo contrario…
—¿De lo contrario qué?
—No tendría nada.
—Soñar no es tener, es desear.
—Yo… necesito soñar con ella.
—No la mate.
—No puedo evitarlo.
—Sí puede. Si sueña, sea feliz, déjela vivir. Aunque lo mejor sería que no volviera a soñar con ella.
—¿Cómo?
—Yo puedo ayudarle.
Silencio.
—¿Quiere que le ayude?
Silencio.
—Sí… Supongo que sí.
—Entonces repita conmigo: no debo soñar.
—No debo soñar.
—Y si lo hago, no la mataré.
—Y si lo hago, no la mataré.
—La amo.
—La amo.
—No puedo destruir lo que amo.
—No puedo destruir lo que amo.
—¿Va a hacerlo Santiago?
—Sí.
—Dígalo: voy a hacerlo.
—Voy a hacerlo.
—Lo conseguiré.
—Lo conseguiré.
—Esta noche se acostará, cerrará los ojos, y será libre.
—Libre.
Silencio.
—Voy a despertarle, ¿de acuerdo?
—Sí.
—¿Está preparado?
—Sí.
¡Clic!
Un chasquido de dedos.
5
El parque, las hojas verdes de los árboles formando un manto celestial y las amarillas caídas al suelo un lecho terrenal. El sol en el cielo, el lago a sus pies. La vida brotando. Casi una fiesta.
Estaba solo. Nadie cerca.
La buscó sin encontrarla.
Caminó alrededor del lago. Se miró en la quieta superficie que más parecía un espejo. Era él, pero parecía otro. Más alto, más seguro, incluso más guapo. Acarició la imagen y se desvaneció en suaves olas por unos instantes, hasta que volvió a quedarse inmóvil.
Hora de regresar.
Cerró los ojos.
Y al abrirlos, estaba en casa, en la cama.
Desnudo.
Ella, de pie a su lado, igualmente desnuda, le sonreía con ternura.
El cabello rojo, una llamarada.
No se sorprendió. No se extrañó. La esperaba.
—Hola, Santiago.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—No sé. Bien, supongo.
—No iba a venir, pero ya ves.
—¿Por qué no ibas a venir?
—Has querido desprenderte de mí.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—Lo siento.
—¿No comprendes que estoy aquí? —le puso un dedo en la frente.
—Ahora sí.
—¿No me amas?
—Te amo.
—Ven.
Lo abrazó. Su piel desnuda se frotó contra la de él. Casi se fundió con ella, porque la notó por todo el cuerpo, en un efecto multiplicador. Era cálida. Parecía tener más de dos manos. Podía sentirla dentro, fuera, pliegue a pliegue. Cuando lo besó, le entreabrió los labios y le introdujo toda la lengua en la boca. Una lengua húmeda y carnosa que sabía a dulzura hecha deseo.
—Voy a amarte como nunca te han amado —le dijo ella.
—Sí, lo deseo.
—Te daré lo que nunca te ha dado nadie.
—Sí.
—Sentirás lo que nunca has sentido.
—Sí.
Entonces le tumbó él la cama, le poseyó, se transmutó.
Una diosa.
Una fiera sexual.
Santiago no supo si aquello duraba un minuto o una hora, un día o una semana. Lo que sentía era el Todo. Lo que su cuerpo experimentaba era la Máxima Sensación. Lo que mente vivía le proyectaba más allá de su esfera humana, lo sublimaba, lo llevaba a las estrellas, lo fundía con el mismo universo.
El Big Bang en el orgasmo.
Un orgasmo largo, muy largo, casi eterno.
Porque mientras lo tenía, mientras lo sentía, ella fue la que le puso las manos al cuello esta vez.
Y se lo apretó.
Despacio, muy despacio, Santiago se quedó sin aliento, sin respiración. Ella seguía moviéndose, moviéndose, prolongando el orgasmo, pero con cada empuje de la pelvis, cabalgando encima de él, la presión en la garganta se acentuaba.
La visión de Santiago se hizo débil.
El rostro de la pelirroja comenzó a desvanecerse.
Iba a morir.
Intentó levantar una mano y no pudo.
Intentó hablar y no lo consiguió.
Sí, iba a morir.
De pronto supo lo que ella había sentido noche tras noche, cuando era él el que la asesinaba. Supo lo que era rendirse, morir por amor, o por impotencia, o por ambas cosas. Todo inexplicable.
¿Por qué no se rebelaba?
¿Qué sentido tenía morir?
¿Solo porque soñaba?
—Estaré siempre contigo —le susurró ella al oído.
Santiago se quedó sin fuerzas.
La miró por última vez.
Tan hermosa…
«Siempre contigo».
Notó como su corazón se ralentizaba. Como trataba de mantener el ritmo de sus pulsaciones. Notó como los pulmones buscaban por cualquier recoveco un atisbo de aire. Y, sobre todo, mientras moría, notó su sexo estallando en aquel largo, largo y prolongado orgasmo.
Vio una luz.
Y entonces abrió los ojos.
Santiago se incorporó en la cama de un salto. Abrió la boca y más que tragar devoró una primera bocanada de aire. Estaba empapado en sudor. La luz provenía del primer sol de la mañana que se filtraba por la persiana. El corazón reemprendió sus latidos desde el paroxismo de su vuelta a la vida. Una locomotora viva en su pecho. No solo estaba empapado por el sudor, también lo estaba el entorno de su zona pélvica por el orgasmo. Incluso le dolía.
Se llevó una mano a la garganta.
Estaba bien, bien, bien.
Y solo.
Ni rastro de ella.
Claro, no era más que un sueño.
Un maldito sueño en el que, ahora, de repente, el asesinado era él.
6
Salió de su abstracción cuando escuchó la voz, más bien el grito, justo a su lado.
—¡Auladell!
Pegó tal brinco que casi se cayó de la silla.
Volvió la cabeza y vio al señor Mariano, su jefe.
—¿Se puede saber qué está haciendo?
¿Haciendo? Nada. No hacía nada. Miraba por la ventana pero… bueno, se había quedado transmutado, como tantas y tantas veces en los últimos días. Transmutado y convertido en una estatua.
—Perdone…
—¿Pero qué le pasa, hombre?
El señor Mariano no era una mala persona. La empresa era pequeña. El ambiente, familiar. Era un tipo paciente, casado, padre, abuelo. Un tipo panzón y calvo que siempre parecía disfrutar de forma positiva.
Por eso, verle enfadado, era un mal síntoma.
—No… me encuentro bien.
—¡Eso ya lo sé! ¡Lleva así dos semanas, maldita sea! ¿Ha ido al médico?
No, no había ido al médico. ¿Para qué? Ya lo había probado todo, pastillas para dormir, pastillas para relajarse, pastillas azules, rojas, verdes… Nada funcionaba. Incluso había tomado pastillas para no dormir, pero resultaba imposible mantenerse en pie dos, tres días seguidos. Acababa roto, reventado, durmiendo en cualquier parte.
Y a la que lo hacía, aparecía ella.
El mejor sexo.
La peor muerte.
—Lo siento, señor Mariano.
—¡¡Váyase a casa!! ¿Quiere? ¡Aquí no hace nada en su estado! ¡Por Dios, si parece un cadáver ambulante! ¿Usted se ha visto en un espejo?
No, trataba de no verse. Si lo hacía, se asustaba. Había perdido peso, tenía ojeras, las mejillas sobresalían de su rostro macilento, caminaba encorvado y las manos se le movían solas, como si ya tuviera un Parkinson antes de hora. Era la viva imagen de la derrota, o de la muerte prematura. Nunca hubiera imaginado lo duro que era morir.
Y si encima lo repetía cada noche.
Pero… ¿por qué?
Aquella maldita doctora. Ella había cambiado el sentido de los sueños. De asesino a asesinado. Si lo primero no tenía sentido, lo segundo todavía lo tenía menos.
—Lo… siento, señor Mariano.
—¡Pida la baja y no vuelva hasta que esté bien!
—Yo…
—¡Ande, ande, la salud es lo primero! ¡Válgame el cielo! ¿Es que no se da cuenta de que puede ser algo serio? ¿A qué juega, hombre?
Aquel día había ido a la policía y lo habían echado de la comisaría.
¿Un médico?
No, ningún médico podía ayudarle. No se trataba de una enfermedad física, sino mental, y si volvía a ver a la psiquiatra…
¿Otra hipnosis?
¿Y si todavía era peor?
De repente, lo que sentía era miedo. Un miedo atroz y cerval. Miedo a morir realmente una de aquellas malditas noches. Morir en un orgasmo inducido por la mujer perfecta, la más deseada, la más anhelada. Ella.
¿Cuántas veces puede morir una persona, aunque sea en un sueño?
Un sueño tan y tan real…
Había leído libros. Una docena. Muchas teorías, pero ninguna práctica. Nada era como lo que le sucedía a él. En uno incluso se decía que algunas mentes, las más poderosas, invocaban el futuro con los sueños recurrentes. Eran como antenas parabólicas poderosas que captaban la energía del mañana.
Pero él no tenía una mente poderosa.
No era más que un tipo normal.
Un tipo normal que soñaba con…
Santiago salió de la oficina. Bajó con el ascensor hasta el vestíbulo y se arrastró calle arriba antes de detenerse al darse cuenta de que se dirigía a su casa. No, si iba a casa caería rendido en el sofá, o la cama, y volvería a soñar. Ella siempre aparecía cuando cerraba los ojos. Y aunque sabía el final, se dejaba amar, era superior a sus fuerzas. Quería sentir aquel fuego devorador. Nunca se le ocurría matarla de nuevo. Nunca reaccionaba. Nunca.
Pero ¿a dónde ir?
Estaba perdido.
De acuerdo, no tenía otra opción.
Se apoyó en una pared, porque se le doblaban las piernas, y, tras buscarlo en la memoria del móvil, marcó el número de Hortensia Menéndez Arguindei. La voz de una telefonista apareció en la línea presidida por comedido tono profesional.
—Consultorio de la doctora Menéndez, ¿dígame?
—Me llamo… Santiago Auladell —se concentró—. Necesito ver a la doctora… hoy mismo, por favor. Es una… emergencia.
Ahora, la voz sonó átona, medida.
—Lo siento, señor. La doctora está de vacaciones. No regresa hasta dentro de dos semanas. Ha derivado las urgencias al doctor Pascual Mirapons. Puedo darle su teléfono…
Santiago cortó la comunicación.
No se dio cuenta de que estaba llorando hasta que las lágrimas llegaron a la comisura de los labios y notó su sabor salado.
Tardó en reaccionar.
Dio un paso, otro, un tercero.
No se dio cuenta de que llegaba al bordillo de la acera. Ni que ponía un pie en la calzada. Ni que el semáforo estaba en rojo. Y mucho menos que el autobús que se aproximaba circulaba a toda velocidad a un palmo de ese bordillo.
El impacto fue brutal, pero Santiago no fue consciente de él.
Solo sintió el dolor.
Luego, nada.
7
De alguna forma, sabía que ella ya no estaba allí.
No había ido a verle ninguna noche.
De alguna forma, sabía que el tiempo había transcurrido.
Sueños y más sueños, intrascendentes, extraños, perdidos y olvidados. Sueños comunes. Los de siempre. Sueños sin pelirrojas asesinas.
Eso le ayudó a abrir los ojos.
Vio un techo blanco, impoluto, y bajo él escuchó el silencio. No sentía dolor, pero estaba en una cama. El dolor también se había ido. Para estar seguro movió primero las piernas, los pies. Cuando los hubo notado movió los brazos, las manos, los dedos. Confirmó que estaba de una pieza. Podía ver, podía hablar.
—Hola —se dijo a sí mismo en voz baja.
Movió un poco la cabeza, de lado a lado. En la parte derecha un gotero le suministraba suero mediante la cánula introducida en su muñeca. En el lado izquierdo de la habitación, un ventanal se abría sobre un cielo azulado, lleno de promesas.
Hizo memoria.
¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba allí?
Lo único que recordaba era que había volado.
Un corto vuelo de un segundo que para él había durado mucho más.
El autobús, la gente.
Extendió la mano y encontró el sistema que permitía mover la cama tanto como llamar a las enfermeras. Lo examinó y pulsó el botón rojo. Casi al instante, un hombre entró en la habitación.
—Vaya —dijo—. Ha vuelto.
Santiago se lo quedó mirado. Era un médico joven, no llegaba a los treinta años, barba recortada y ojos perspicaces. Llevaba tres bolígrafos en el bolsillo superior de la bata y un estetoscopio colgado del cuello. O sea, la imagen normal. Le tomó el pulso.
—Nos alegramos de que esté de vuelta —le sonrió.
—¿Qué… me ha pasado?
—Le atropelló un autobús —no se cortó un pelo—. La verdad es que le fue de poco. Se dio un buen golpe en la cabeza. Tuvimos que extraerle un pequeño coágulo. Pero no se preocupe —le tranquilizó de inmediato—. Todo ha ido muy bien. En unos días volverá a casa y esto solo habrá sido un mal sueño.
—¿Cuánto llevo aquí?
—Ha estado en coma inducido nueve días.
—Nueve días.
—Habrá soñado mucho, ¿verdad?
—Sí.
—Notábamos mucha actividad cerebral mientras dormía. Eso es bueno.
Era bueno.
Había soñado durante nueve días y nueve noches, sin ella.
Quizá la pelirroja estuviera en el coágulo que le quitaron.
—Gracias —dijo con emoción.
—¡Oh, no me las dé! Lo importante es que esté bien —señaló la bolsa de suero, ya prácticamente vacía—. Voy a avisar a la enfermera para que le ponga la nueva —última sonrisa—. No se preocupe, está en buenas manos. Volveré a verle mañana, ¿de acuerdo?
—Sí, doctor.
El médico le palmeó el hombro. Luego se fue.
Santiago llenó los pulmones de aire. Era bueno estar de vuelta. Pero era mejor haber dejado de soñar. Estaba en un hospital, se sentía bien. Volvería a vivir.
Cerró los ojos.
Mientras los tenía cerrados, la enfermera entró en la habitación y se detuvo junto a la cama. Supo que estaba manipulando el suero. Lo primero que notó Santiago fue su aroma.
Excitante.
Un aroma que, de hecho, ya conocía.
Abrió los ojos.
—Nos alegramos de que esté de vuelta —le sonrió ella.
Ella.
Cabello rojo como la sangre, los ojos ardientes de color verde, la boca exuberante, grande y jugosa, de labios carnosos y húmedos, manos suaves con uñas perfectas, el hermoso pecho intuido bajo la bata blanca, el vientre plano, la piel de terciopelo…
Una mujer de la que enamorarse perdidamente y por la que ser amado hasta la locura.
Ella.