País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

asesinar a un muerto

1
—Diga su nombre, por favor.
—Gloria Seymour Jones.
—¿Ocupación?
—Soy portera del edificio número 1.127 de la calle Mills.
—De acuerdo, señora. Ahora, ¿podría contarnos detalladamente, en relación a este caso, lo que recuerda del día 13 de mayo del año pasado?
—Sí, señor, claro —dijo la mujer moviéndose incómoda en la silla del estrado.
—Acérquese al micrófono situado frente a usted, señora —le recordó el juez Charles Layton.
—Sí… sí, perdone. Es la primera vez que vengo a un juicio, ¿sabe? —murmuró provocando algunas risas en la sala y entre los miembros del jurado—. Yo… pues verán, comí pronto aquel día, porque quería pasar la tarde limpiando mi propia casa. Tomaba el café cuando frente a mi ventanilla pasó el señor Dunn al tiempo que se oía un portazo en la entrada. No me dijo ni siquiera buenas tardes, aunque esto era bastante normal en él, porque siempre estaba de mal humor. Menos usual resultaba que diera golpes…
—Señoría, protesto —dijo el abogado defensor, Michael Bevan, levantándose de su asiento—. La testigo ha hecho una alusión al estado cotidiano del acusado que considero tendenciosa, ya que aquí no juzgamos su buen o mal humor, sino un hecho.
—¡Es importante saber cuál era el carácter del acusado y bajo qué aspectos le veían sus convecinos! —gritó el fiscal Henry Walcott.
—Se rechaza la protesta —sentenció el juez—. La testigo puedo proseguir la narración de los hechos.
—Pues como les decía, le vi pasar como impulsado por mil demonios. Subió la escalera y, poco después, un nuevo portazo me indicó que había entrado en su apartamento. Como el edificio es ya viejo, pensé que con más golpes como aquel acabaría por hundirlo…
—¿Señoría…! —volvió a alzarse el abogado defensor.
—Sí, ya sé —le detuvo el juez Layton. Luego se dirigió a la señora Seymour—: Le ruego omita consideraciones personales y juicios que no tengan relación con el caso.
La mujer se agitó en su asiento, molesta por las interrupciones, pero no dijo nada. Trató de recuperar el hilo de su relato y cuando lo logró, continuó.
—Entonces llegó la discusión, que fue terrible. Había oído discutir a menudo al señor Dunn y a su primo, el señor Maning, pero aquel día los gritos fueron más intensos que de costumbre. De haberse producido de noche, seguro que los vecinos habrían protestado, pero a aquella hora el edificio estaba casi vacío. Ellos vivían en el primer piso, y la puerta contigua la ocupa una pareja que acostumbra a llegar tarde. En el segundo piso estaba la señora Lee, que es sorda, y en la otra puerta no vivía nadie por entonces… Bueno, pues los gritos se oían con claridad, y duraron un buen rato.
—¿Entendió usted alguna de las palabras que pronunciaron? —preguntó el fiscal.
—No es que prestara demasiada atención, la verdad. Nunca he sido chismosa —enderezó la espalda al proclamarlo con cierto orgullo—. Pero… gritaban tan fuerte que era imposible no oírles claramente en alguna ocasión —miró al jurado—. El señor Dunn le gritaba a su primo que estaba harto de él, y que se largara cuanto antes porque ya no podía soportarlo más, que había destrozado su vida diez años antes y ahora seguía importunándole. El señor Maning por su parte se reía y se burlaba, pero también gritaba, llamándole estúpido, pusilánime y otras cosas más fuertes. Bueno… el señor Maning era alto y fornido, mientras que el señor Dunn era todo lo contrario…
Como si fuera una señal, los doce miembros del jurado miraron hacia el acusado, Stephen Dunn, el cual, como si viviera una pesadilla, tenía los ojos fijos en su portera y la cara petrificada, convertida en una máscara.
—¿Desde cuándo vivía el señor Edward Maning con su primo, señora?
—Se presentó un día, unos tres meses atrás, y me consta que pensaba quedarse por poco tiempo. Al menos esa fue la explicación que me dio el señor Dunn. Yo creo que ya de buenas a primeras él no estaba muy conforme con su presencia en el apartamento.
—¿Cree que le obligó a aceptar su compañía?
—¡Protesto! —gritó el abogado defensor—. ¡Orientativa!
—No ha lugar. Responda la pregunta, señora —ordenó el juez.
—Sí, creo que sí. Era fácil deducir que el señor Dunn no apreciaba a su primo, así que su estancia debía de resultarle molesta. No creo que le aceptara de buen grado y es lógico imaginar que, si no quería o no pensaba marcharse, le imponía su presencia y se quedaba a la fuerza.
—¿Qué sucedió después de la disputa? —siguió el fiscal.
—Pues cesó de repente y en el punto más álgido. Incluso oí algún golpe, como si derribaran muebles. Me despreocupé de ello y me dediqué a mi trabajo. Ya no me acordaba de nada cuando vi bajar al señor Dunn con un baúl enorme y pesado.
—¿Cómo sabe que el baúl era pesado?
—Porque le costaba moverlo. Lo bajó por la escalera, peldaño a peldaño, y lo arrastró hacia el exterior utilizando una alfombra para no dañar el suelo. Luego lo subió a su camioneta y arrancó. Tardó lo suyo en conseguir meterlo en el vehículo.
—¿Cabía un cuerpo en ese baúl, señora? Me refiero a un cuerpo como el del señor Maning.
—Yo diría que sí, es posible.
—Pero ha dicho que el señor Maning era bastante fornido.
—Bueno… no sé. Ya le digo que es posible.
—¿Podría concretar su respuesta? —pidió el juez Layton—. Medítela y denos una respuesta afirmativa o negativa, pero con la máxima seguridad.
Gloria Seymour taladró al juez con respeto.
—Sí —se reafirmó por fin—. No a lo largo, pero sí doblado, como un niño dentro de su madre.
—¿Le dijo algo el señor Dunn relativo al contenido del baúl, al motivo de que pesara tanto o a dónde lo llevaba?
—No, nada. Ni yo le pregunté, claro.
—¿Cuándo volvió a ver al señor Dunn? —prosiguió el fiscal.
—Por la noche. Regresó poco antes de que yo me acostara. Subió y un minuto después bajó para preguntarme si había visto a su primo. Le dije que no. Mostró extrañeza y subió nuevamente. En los días siguientes ya no volvió a hablarme de él ni le volví a ver. Un par de semanas más tarde fui yo la que le pregunté y me dijo que debía de haberse ido como había venido, de improviso y sin dar explicaciones.
—Aquella noche, según ha manifestado, permaneció en su casa limpiando.
—Así es.
—¿No pudo el señor Maning bajar la escalera y marcharse sin que le viera mientras estuvo allí?
—No.
—Piénselo bien, señora. Una vida está en juego.
—Estoy segura. Desde que se fue el señor Dunn con el baúl hasta que regresó, estuve en mi cubículo, y desde cualquier parte domino la ventanilla que da al vestíbulo de la escalera.
El fiscal se dirigió al juez con aire teatral mientras profería un sucinto:
—He terminado, señoría.
El juez Layton miró a la mesa de la defensa. Michael Bevan se puso en pie. Con paso deliberadamente lento, se acercó a la tarima donde la testigo esperaba su turno de preguntas. No llegó hasta ella. Se enfrentó al jurado al preguntar:
—¿Está segura de que no vio salir en ningún momento al señor Maning, señora Seymour?
—Sí, estoy segura —respondió ella.
—Pero pudo salir más tarde, ya de noche, después de acostarse usted. ¿No es cierto?
—Eso ya no lo sé. El señor fiscal solo me ha preguntado si le vi antes de que el señor Dunn bajara ese baúl.
Ahora sí, el abogado defensor se volvió hacia la mujer.
—¿No le extrañó la pregunta del señor Dunn sobre si sabía algo de su primo o si le había visto salir, teniendo en cuenta que, según usted, no le vio en toda la tarde y se suponía que estaba arriba, en el piso?
—Me extrañó, claro, pero… no sé, no le di importancia. Fue después, al ser detenido el señor Dunn, cuando pensé en ello y me di cuenta de todo. El señor Maning no abandonó la casa, al menos aquella tarde. Al ser acusado de asesinato fue cuando vi claro que el señor Dunn había estado haciendo una comedia conmigo.
—¡Salvo que el señor Dunn no asesinara a su primo y su interés fuera el lógico ante su desaparición! ¿No cree, señor Seymour?
2
—¿Se llama usted Stephen Connors Dunn?
—Sí.
—¿Se considera todavía inocente después de haber oído a los testigos de la acusación en estos tres días, señor Dunn?
—Sí.
—¿Niega entonces, una vez, más, que usted matara a su primo, Edward Maning, y que una vez asesinado introdujera el cadáver en un baúl, transportándolo a un lugar aún no descubierto, en el cual le abandonó?
—Sí.
—¿No cree que facilitaría la labor de la justicia si se decidiese a hablar de una vez, señor Dunn?
—¡Protesto! —gritó el abogado defensor poniéndose en pie—. ¡La fiscalía está acosando al acusado!
—Ha lugar —gruñó el juez Layton con desgana. Y amenazó al fiscal Walcott con un dedo no demasiado categórico—: Limítese a interrogar al acusado sin otra argumentación al margen, ¿de acuerdo?
Henry Walcott asintió con la cabeza. Dejó pasar unos segundos y, mirando al jurado directamente de nuevo, formuló la nueva pregunta con marcada lentitud.
—¿Por qué odiaba usted a su primo, señor Dunn?
—Yo no odiaba a Eddy.
—¿Está usted seguro?
—Lo estoy.
—¿Por qué no le quería entonces en su casa?
—¿Admitiría usted a un pelmazo que viene a visitarle una semana y que a los tres meses aún sigue instalado en su salón sin hacer el menor esfuerzo por marcharse?
Hubo algunas risas en la sala.
—¡Orden! —gritó Charles Layton.
—No ha contestado a mi pregunta, señor Dunn —reiteró el fiscal.
—Creo que sí la he contestado. Yo quería que se fuera y él seguía allí.
—¿Le mató por eso?
—¡No!… ¡No! —gritó el acusado—. ¡Yo jamás he matado a nadie, y menos a mi primo Eddy, por insoportable que fuera! ¿No lo entienden? Cómo quieren que lo repita: ¡No sé lo que pasó ni dónde pueda estar! ¡Simplemente desapareció! ¡Desapareció sin más, algo, por otra parte, muy propio de él! ¡Ustedes me acusan de asesinato sin pruebas, sin que el cuerpo haya aparecido…!
El fiscal sonrió con sorna, abiertamente. Dejó de mirar al jurado y se apoyó en la barandilla de madera de la tarima de los testigos.
—¡Exacto: no hay cadáver! ¡Y no lo hay porque usted se deshizo de él, lo escondió!
—¡Protesto! —gritó por enésima vez el abogado defensor.
Henry Walcott no esperó a que el juez tomara ninguna decisión. Levantó las dos manos y se apartó del acusado.
—De acuerdo, de acuerdo —aceptó—. Dejemos el tema por ahora, pero sigamos con lo que acaba de decir al referirse a la falta de pruebas —hizo una pausa dramática—. Según usted, no existen. Bien. Veamos. Tenemos a una persona que entra en una casa, discute con otra a la que no soporta, se escuchan incluso golpes en el apartamento, sale al cabo de un rato con un enorme y pesado baúl, y regresa por la noche preguntando por esa otra persona, cuando nadie la ha visto salir… —hizo una segunda pausa sin acabar la exposición hasta que agregó—: Diría usted, señor Dunn, ¿que esta es una situación normal?
Stephen Dunn se agitó dando muestras de estar perdiendo la paciencia.
—¡No sé lo que ocurrió con mi primo, pero cuando me fui estaba vivo, y al regresar ya no había rastro de él en el apartamento! ¡Tuvo que salir a la calle sin que le viera la señora Seymour y, por la razón que fuera, ya no regresó! —señaló hacia la celadora del edificio, sentada entre el público—. ¡Esa vieja bruja debió de dormirse y no le vio! ¡Tuvo que ser así!
—Señor Dunn… —le previno el juez.
—¿Por qué nadie ha vuelto a ver a Edward Maning desde entonces? —no perdió ni un segundo Henry Walcott.
—¡No lo sé, no tengo la menor idea! ¡Pero yo no le maté!
El fiscal hizo un exagerado gesto al oír estas últimas palabras.
—¿No le mató? Sin embargo, a lo que parece, piensa usted que está muerto.
—¡No sé la causa de su desaparición, ni de su silencio! ¡Eddy era lo bastante estúpido como para hacer cualquier cosa inesperada! ¡Estaba loco! ¡No me extrañaría nada que estuviera muerto, nada! ¡Pero yo no soy el responsable, ignoro dónde está!
Hubo un revuelo en la sala. Las palabras de Stephen Dunn sonaban agrias y duras. Había quedado claro que no sentía la menor simpatía por su primo. Curiosamente, a lo largo del juicio, Edward Maning había adquirido proporciones de hombre campechano, encantador, divertido, loco aunque cordial, algo que chocaba frontalmente con el carácter y el aspecto de Stephen Dunn, taciturno, de rostro poco agraciado y deforme, cejas espesas y ojos hundidos. Un gris ente que trabajaba transportando enseres con una camioneta, pero que denotaba honradez, mientras que Maning había quedado probado que era un vago, jugador, libertino y despreocupado personaje. Una curiosa pareja que despertaba sentimientos opuestos y contradictorios. La cigarra y la hormiga. El malo encantador y el bueno aburrido. En un juicio por homicidio, en su conjunto parecía dar mayor ventaja al fiscal y restaba puntos al defensor. Absurdo pero real.
—Ha dicho hace un instante que no odiaba a su primo, ¿no es así?
—Sí.
—¿Puede explicar el motivo de una de las frases pronunciadas en la discusión que sostuvo con él. Concretamente la que dice: «Destrozaste mi vida hace diez años»?
—Esto es algo personal y privado —esquivó la pregunta Stephen Dunn.
—Señoría… —dijo el fiscal dirigiéndose al juez.
—Deberá usted contestar a la pregunta, señor Dunn —pidió este.
El acusado apretó las mandíbulas. Se resistía a mirar al jurado.
—Bueno… fue tan solo una frase referente a algo que sucedió hace mucho…
La voz de Stephen Dunn sonaba dolorida y acorralada. Su aspecto era patético, como un gnomo ridículo soportando la burla de los patricios.
—Yo tal vez pueda refrescarle la memoria —siguió el fiscal sin dejar huecos en el interrogatorio—. Hace diez años usted tenía novia, estaba prometido. Iba a casarse con ella cuando apareció su primo Edward Maning. El resultado de esa aparición fue que en pocos días su novia se olvidó de usted y acabó fugándose con él. Usted no le perdonó eso jamás, y menos cuando ella murió seis meses más tarde, el 14 de noviembre de 1947, a causa de un accidente fortuito.
Stephen Dunn estalló.
—¡Él me la robó, sí! ¡Pero eso fue hace diez años! ¡Llegamos a hablarlo! ¡Incluso quedó claro que ella era una persona inestable con la que yo no hubiera sido feliz! ¡Me hizo daño, pero no tiene nada que ver con lo que está pasando ahora!
—¡Yo creo que sí tiene que ver, señor Dunn! Usted jamás perdonó a su primo que le dejara sin novia, y le culpó indirecta y directamente de su muerte. Almacenó odio y rencor a lo largo de diez años, y este acabó emergiendo de su interior tras esa disputa hasta el punto de perder la cabeza y asesinarle.
—¡De acuerdo, él me robó la felicidad y, en cierta forma, al abandonarla, fue el causante del accidente en que perdió la vida! ¡Eso es cierto! ¡Sin embargo, se lo repito y se lo repetiré mil veces: yo no maté a mi primo! ¡No lo hice porque no podría aunque quisiera! ¡No lo hice porque soy un… cobarde! —lo gritó con todas sus fuerzas, al límite de la crispación—. ¡Un cobarde! ¿Me entiende? ¡Siempre he sido un cobarde!
Michael Bevan el abogado defensor, frunció el ceño. Había algo en aquel hombre que le tenía confuso. Ya no era el hecho de creer en él, en su inocencia, a pesar de ser un caso en apariencia claro para la fiscalía pese a la ausencia del cadáver. Repetidamente le propuso al acusado que se declarara culpable de homicidio involuntario, como mal menor. Pero Dunn le miraba horrorizado cada vez que le decía eso y en un par de ocasiones incluso había llorado repitiendo que era inocente, que jamás hubo asesinato, y que Maning desapareció sin dejar rastro.
¿Qué más quedaba por hacer?
—Veamos, señor Dunn, veamos… —comenzó de nuevo Henry Walcott—. Retrocedamos a la tarde en cuestión. ¿Qué sucedió exactamente?
Stephen Dunn cerró los ojos. Iba a repetir la historia una vez más, pero se daba cuenta de que en esta ocasión se trataba de la definitiva, la crucial. Trató de buscar fuerzas en alguna parte y comenzó a hablar arrastrando las palabras por el erial de su garganta.
—Yo llegué a casa temprano. Iba a buscar un baúl para transportar unas piezas de porcelana de una clienta. Ella no tenía nada para embalarlas y se requería algo seguro y hermético. Ya que sacaba el baúl del trastero, aproveché el viaje para llevarme un montón de periódicos y revistas que guardaba en un descansillo. Siempre quería tirarlas y pensé en matar dos pájaros de un tiro, dado el peso del papel. Así que llegué a mi piso y allí me encontré a Eddy, como siempre, vagando y bebiendo, viviendo poco menos que a mi costa. Yo venía muy airado porque me habían puesto una multa de tráfico, por ello entré dando portazos. Al verme en aquel estado, mi primo empezó a burlarse, como siempre hacía. Entonces le pedí una vez más que se largara y me dejara en paz. Se rio. Algo muy suyo, ¿sabe? Se reía de todo y de todos. Como estaba un poco bebido comenzó a gritarme él también a mí. Subimos el tono de la conversación hasta lo más alto y de pronto… alzó un puño para pegarme. Era la primera vez que se ponía violento. Yo me acobardé, como siempre. Me acobardé porque… Nunca he sido una persona violenta, ¿comprende? Nunca —Stephen Dunn hizo una pausa. Sin mover la cabeza miró al jurado, pero el aspecto de los ojos dio un torvo y extraño brillo a esa mirada. Siguió al ver los rostros impertérritos de los doce miembros—. Callé de golpe y él también lo hizo. Ya no llegamos a más. Se sentó en una butaca y siguió leyendo. Entonces yo saqué el baúl, pero al ir a meter los periódicos, que estaban apilados hasta el techo, se cayeron, de ahí el ruido que pudo oírse. Todo fue… por culpa de la falta de espacio. Llené el baúl, por eso pesaba tanto, y me fui. Bajé la escalera con dificultad, arrastré el baúl hasta la calle y lo subí a la camioneta. Me dirigí a un páramo dónde se suelen echar desperdicios, en Canyon Crow. Luego llevé a cabo el trabajo para mi clienta y eso fue todo.
—¿Por qué no llevó los periódicos a una de las muchas personas indigentes que los recogen de los cubos de basura?
—Porque eran demasiados, y porque ya suelen ir a Canyon Crow a por esa clase de desperdicios.
—¿Entonces, por la noche, su primo ya no estaba en casa?
—No, ya no estaba en casa. Sus cosas habían desaparecido, y no es que tuviera muchas. Por su forma de vivir, a salto de mata… Me sentí aliviado, a pesar de lo cual bajé para preguntarle a la señora Seymour. Dijo no haberle visto, me despreocupé y me acosté muy feliz.
—¿Entonces no agredió usted a su primo en el fragor de la discusión?
—¿Cómo podía pegarle si me hubiera aplastado él a mí de un manotazo? —gimió Dunn.
—¿No pudo tropezar el señor Maning y golpearse la cabeza con algo, aterrorizarse usted, meterle en el baúl…?
—¡No, no… no sucedió nada, absolutamente nada de eso!
—¿Pretende usted que nos creamos su frágil historia?
Stephen Dunn hundió la cabeza entre las manos y comenzó a llorar. Era un animal acorralado e inspiraba pena, pero no simpatía o calor. La sombra de Edward Maning flotaba por la sala. El jurado vio en el llanto del hombrecillo el clamor de su conciencia, el remordimiento. Michael Bevan sabía que no le creían, y que en medio de un absurdo juicio, iban a condenar a aquel hombre basándose en pruebas circunstanciales, en impresiones personales y en el lamentable enfrentamiento de un caradura con suerte y él, un perdedor nato.
3
—Señoras y señores del jurado, este ministerio fiscal ha probado que, tras la violenta discusión entre el señor Stephen Dunn y su primo Edward Maning, y después de que el primero bajara un pesado baúl rumbo a un lugar ignorado, no el que él afirma, nadie más volvió a ver con vida al segundo. El testimonio de la cuidadora del edificio, la señora Gloria Seymour, ha demostrado claramente que hubo agresividad verbal en esa disputa, que se produjeron golpes y luego… un revelador silencio.
El fiscal Henry Walcott enfatizó la última palabra para proseguir, casi de inmediato, su alocución final.
—Una buena, honesta y respetada mujer, ha declarado que permaneció en su lugar de trabajo durante las horas de aquella tarde, y que no vio en ningún momento al señor Maning salir del edificio. ¿Por qué? Yo se lo diré: porque el señor Maning ya no estaba en el apartamento, y mucho menos vivo, sino en otro lugar, muerto y bien escondido por su asesino, Stephen Dunn. Para mí, esto sería ya suficiente. Sin embargo, a lo largo de estos días, el ministerio fiscal ha traído a su consideración los testimonios de más de una docena de personas que habitualmente se relacionaban con el señor Maning y que no le volvieron a ver desde aquella tarde. Su amigo el señor Joe Moretti se extrañaba de que, debiéndole veinte dólares, Edward Maning hubiera «desaparecido» voluntariamente sin tratar de cobrárselos. Un patrón del señor Maning, Chester Thompson, ha dicho que tenía trabajo para él y que le esperaba dos días después para discutir negocios. Linda Clair, camarera del local que frecuentaba Edward Maning, ha asegurado que jamás habría dejado de ir por allí o por su casa. Y así uno tras otro, testimonio a testimonio. Son personas conscientes de que algo había sucedido, de que no es normal que un hombre como Edward Maning desapareciera de la noche a la mañana sin dejar rastro. ¡Pero hay más, mucho más en este oscuro caso! Son también personas que conocían el odio del señor Stephen Dunn hacia su primo, porque el señor Maning se había referido a él en repetidas ocasiones, de manera obviamente maliciosa, es cierto, diciendo que disfrutaba con molestarle. Así pues, sí, Edward Maning era cruel con su primo, nos consta a todos. Abusaba de su confianza y de su carácter apocado. Se servía de él. Eso sin olvidar el incidente de la prometida del señor Dunn acaecido una década antes. Algo que, en suma, uniéndolo todos, nos dan suficientes motivos para asesinarle.
Nueva pausa. Michael Bevan, el abogado defensor, volvió la cabeza en dirección a Stephen Dunn, sentado a su lado. Le vio hundido y acabado, más deforme que nunca. La mirada perdida emergiendo del interior de sus bolsas oculares. Y si bien al comienzo del juicio mostraba ansiedad, temor e incomprensión, ahora mostraba odio, auténtico odio contra el mundo, contra su primo, contra sí mismo.
El fiscal siguió llevando a cabo su alocución final, y Michael Bevan pensó en la suya a continuación. Sabía que era una lucha perdida de antemano. Un estúpido caso, relativamente complejo, se había venido abajo. Iba a perder. Stephen Dunn sería condenado sin pruebas y sin cadáver. Inconcebible. Tenía la conciencia tranquila. Había solicitado todo lo solicitable para que el caso fuese sobreseído, anulado y mucho más. Pero no quedaba resquicio para él ni piedad para Stephen Dunn. Los miembros del jurado, el propio juez, desde el fondo de su pretendida imparcialidad, le habían sentenciado.
Henry Walcott seguía hablando.
4
—Suerte, Stephen.
Miró la mano que le tendía el alcaide sin verla, pero reaccionó en un par de segundos y alzó la suya hasta encontrar la del hombre que había sido su carcelero mayor durante todos aquellos largos años. Anthony Baker había hecho mucho por él, lo reconocía. Incluso por lograr que, gracias a su buena conducta, le fuera rebajada la condena. Ahora le despedía, en el último minuto de su estancia en la cárcel, su hogar, su maldito hogar.
Gracias, señor Baker —dijo Dunn.
—Espero que pueda vivir con su odio mucho mejor fuera que aquí dentro —dijo el alcaide.
—Sí, señor.
No había animadversión en las palabras de Anthony Baker, ni resentimiento, paternalismo o dogmatismo. Era el sincero consejo de una persona que había visto consumirse a otra, internamente, día a día durante quince años. Stephen Dunn era conocido en la prisión como «El solitario». «El mudo» y otros apelativos. Nunca tuvo un amigo ni se confió a nadie. Nunca dio la menor muestra de cordialidad. El psiquiatra del centro dijo de él: «Este hombre está bloqueado en sí mismo, solo, y todo su interior se encuentra volcado en un odio mortal hacia la sociedad, odio que además reprime y le carcome sin parar». El mismo alcaide, impresionado por ello, pidió una revisión de su caso, a los cinco años, pero le fue denegada la petición. El propio abogado defensor, en un gesto inaudito, se opuso a ello, considerando que sería una pérdida de tiempo y una dolorosa prueba para el acusado.
Un día, Anthony Baker llamó a Dunn a su despacho y trató de hilvanar una conversación con él. Tenía un único propósito: saber la verdad. Diez años de cárcel eran suficientes como para intentarlo. Lo consiguió y finalmente le preguntó: ¿Mató usted a su primo, Dunn?
Stephen le miró sin mostrar la menor alteración facial. Pareció meditar la respuesta y lentamente sus ojos se empequeñecieron hasta convertirse en frías ranuras. Entonces dijo:
—Sí, le maté cuando me detuvieron para interrogarme, y la primera noche que pasé en la comisaría, y durante el juicio, y cada noche a lo largo de estos años. Le he matado tantas veces y de tantas formas que ya no me quedan ideas para hacerlo. Le he matado y seguiré matándole hasta el último día de mi vida. Creo que después de este tiempo, ahora sí soy culpable. De otra forma ya me habría vuelto loco.
No pudo arrancarle más y Stephen Dunn regresó a su celda para sobrellevar nuevos años de pena, aislado, sin participar en nada, ni siquiera en el motín del tiempo atrás, con la prisión convertida en un manicomio. Un caso extraño y patético.
—¿Ha pensado por fin en lo que va a hacer? —preguntó el alcaide sabiendo que con la despedida se ponía fin a su relación.
Stephen Dunn se encogió de hombros.
¿Pensar? En la cárcel se vivía al día.
—Trabajar, si puedo —respondió.
Tenía cincuenta años pero parecía haber rebasado los sesenta. Era un hombre sin esperanzas, devuelto a la sociedad que le acusó de asesino, devuelto a la jauría de perros que probablemente acabarían despedazándole. Anthony Baker sentía una pena especial por Stephen Dunn. En treinta años había conocido cientos de criminales, psicópatas, ladrones, ratas de la más variada calaña, pero ninguno como él.
El alcaide le palmeó la espalda con afecto. Aquel gesto pudo servir de revulsivo para el liberado, porque por vez primera en aquel tiempo, esbozó una leve sonrisa, breve, un simple segundo, pero lo suficiente como para mostrar un poco de humanidad.
—Aunque no lo crea… no todo está absolutamente perdido —insistió Baker—. Siempre queda algo, por lo que luchar o donde asirse. Todavía tiene su vida y años por delante.
Stephen Dunn volvió a su impertérrita expresión y tuvo un estremecimiento cuando las puertas de la prisión del estado se abrieron, chirriando metálicamente. Dio su primer paso en libertad, se detuvo para respirar y luego siguió andando, sin volver la vista atrás. Al cerrarse las puertas tuvo la tentación de echar a correr. Detrás, en la cárcel, quedaba el odio, en efecto, almacenado durante todos aquellos años en los que una y mil veces se dijo que todo era un sueño, una pesadilla, una incongruencia. Pero había vivido demasiado tiempo con ese odio como para perderlo para siempre. Sabía que sería su compañero hasta el día de su muerte e incluso lo aceptaba así. Antes, al comienzo, llegó a compadecerse de sí mismo. Recordó a su padre, apaleado en una huelga en Kentucky. Recordó lo suficiente como para, ciertamente, compadecerse, pero el odio también superó ese estado. Ahora era libre y se sentía fuerte, muy fuerte por fin. Le debían quince años de vida y estaba dispuesto a cobrárselos, aun sin saber cómo ni cuándo.
Pero se los cobraría.
5
Stephen Dunn cerró el aparato de televisión silbando feliz. ¡Un gran partido, sí señor, y un excelente resultado para los Dodgers! Estaba seguro de que ganarían el campeonato si la semana entrante lograban vencer a los Red Sox.
La semana entrante.
Alzó su vaso y brindó por ella. Después lo apuró de un trago. La semana siguiente tenía un color especial para él, un color mágico. El martes haría tres años que había salido de la cárcel. Tres años ya.
La fecha le parecía lejana en el tiempo, como si una barrera separara su pasado del presente y uniera este con el futuro. Había recordado mucho en esos tres años a Anthony Baker, el alcaide de la prisión. Y le hizo mucho bien. Su odio seguía dentro, como un cáncer estático, pero había superado un sinfín de nuevas amarguras y ahora se consideraba un hombre nuevo aun viviendo con ese odio. Solo alguna noche soñaba, veía cómo mataba una y otra vez, de mil formas distintas, a Edward Maning. Y veía aquellas doce caras del jurado que quedaron grabadas en su mente, al fiscal pidiendo su condena, al juez impávido ante todo. Por la mañana, generalmente, abría los ojos y todavía se sorprendía al no ver el techo gris de su celda. Pero esos eran los fantasmas de cada cual, los fantasmas malditos que acechan a cualquiera. El odio de Stephen Dunn iba mucho más allá de los fantasmas.
Era el odio, por ejemplo, lo que le había hecho luchar, sobresalir, hasta ir logrando pequeñas victorias: una nueva camioneta, un pequeño apartamento vacío al comienzo y ahora cómodo y confortable, con televisión para ver los partidos de rugby, béisbol y baloncesto, trabajo, actividad… No tenía amigos. No los quería. Pero eso era lo de menos. Algún sábado iba al bar de Carol y flirteaba con las chicas. Después se acostaba con alguna, eso era todo. Había vuelto a un reducido círculo en el que iba sintiéndose feliz y en el que no pedía nada más que paz y tranquilidad.
Se sirvió otro vaso de whisky. No era del bueno, al contrario, pero le quemaba las tripas como otro cualquiera. Lo dejó en la mesilla, al lado de la cama, y se desnudó con parsimonia. Tenía que madrugar para un trabajo urgente a primera hora. Se tumbó en calzoncillos y camiseta sobre la manta sin preocuparse de nada más. Recordó el partido, la jugada del segundo tanto, espléndida, el…
Y se durmió.
6
Hacía un espléndido día primaveral y el tráfico fluía en mil direcciones por los nudos de las autopistas. Había cargado las mercancías con ligereza y ahora conducía a una velocidad no demasiado alta en dirección a Oakland. Por la radio, una voz negra y densa cantaba un blues triste sobre un mal hombre que pegaba a sus hijos, luego se moría y el Señor no le quería en el paraíso. El hombre se lamentaba por haber sido malo y elevaba su canto al cielo. Buena música para la digestión después de haberse tomado una rebosante taza de café y un par de huevos revueltos en un parador.
Tardó treinta minutos en llegar a Oakland y unos diez en encontrar la dirección donde entregar la mercancía. Si descargaban rápido y cobraba sin problemas, podría regresar a la hora de la comida y hacer un par de encargos más antes de la noche.
Él mismo ayudó a bajar las cajas y las entró en la casa junto a un par de chicos jóvenes y fuertes. Cuando terminaron le invitaron a una cerveza fría y le extendieron el cheque. Además, la propina fue considerable. Al subir de nuevo a la camioneta canturreaba él mismo la canción de la autopista, tratando de parecerse al negro que imploraba para entrar en el paraíso.
Arrancó el motor y enfiló una calle tratando de orientarse, pero no hizo sino confundirse y acabar en pleno centro de Oakland, buscando las señales para salir de la ciudad. Ese ligero contratiempo, en un día perfecto, le puso de mal humor. Recorrió dos calles sin éxito y por fin dio con una indicación. Giró a la izquierda y cien yardas más allá se detuvo a causa de un semáforo. Esperó.
Vio una especie de bar-restaurante situado a escasos metros, a su izquierda. Los ventanales eran amplios. Siempre observaba a la gente con mezcla de indiferencia y asco, y más cuando comían y bebían, hablando en voz alta y haciendo aspavientos. Vivían ajenos a todo, aunque cada cual llevaba su tragedia por dentro. ¿Alguno habría estado en la cárcel? Sí, seguro, más de lo que muchos imaginaban.
El semáforo iba a cambiar. Se dispuso a entrar la primera y seguir la marcha cuando algo estalló en su cabeza. Un trueno silencioso que le colapsó. En una de las mesas un hombre leía el periódico y este le cubría parcialmente la cara. Alzó el cuello para tratar de verle mejor pero no lo consiguió y en ese momento el coche situado tras él le apremió con el claxon. El semáforo estaba en verde.
Stephen Dunn puso la primera y arrancó, pero la cabeza había quedado atrás, en el lugar del shock. Por su mente pasaron escenas, imágenes, hechos, no olvidados pero sí apartados por instinto. Ahora reaparecían.
Imprevistamente, sin avisar, dio un golpe de volante para acercarse a la acera. El mismo claxon de antes tronó ante la maniobra y una cabeza salió por la ventanilla del vehículo, al adelantarle, para gritarle que se había vuelto loco.
Pero Stephen Dunn ya no oía nada.
Aparcó la camioneta como un autómata y bajó de la cabina. Notó que las piernas le temblaban.
—No puede ser —se dijo en voz alta—. No puede ser y lo sabes… Es tan solo alguien parecido…
Pero no se convenció a sí mismo. Sabía que debía comprobarlo y comenzó a andar en dirección al bar-restaurante. Los fantasmas, los malditos fantasmas, volvían, le ahogaban.
El hombre del periódico seguía en el misino lugar. Cruzó la calle y se detuvo frente a él, al otro lado del cristal. Solo sus ojos quedaban a la vista, por encima del diario, y no repararon en la figura que le estaba observando. Vestía con elegancia y reflejaba el toque de distinción de los que transpiran dinero. La chaqueta, impecable, descansaba perfectamente doblada sobre la silla contigua. La tela era de calidad, cara. La mano que sujetaba el periódico, a la altura del rostro, lucía un anillo impresionante. En el puño de la camisa, brillaban unos gemelos de oro.
Por fin los ojos del hombre atisbaron hacia el ventanal al darse cuenta de que alguien se hallaba al otro lado mirándole como una estatua. Un brillo inusitado precedió al lento descenso del periódico.
Entonces la última duda desapareció de la mente de Stephen Dunn.
Andrew Maning.
Su primo.
Vivo.
Y era el mismo de siempre, como si la edad no hubiera pasado para él.
También Maning le reconoció.
Levantó las cejas boquiabierto.
Todo fue muy rápido, pero a él se le antojó que sucedía a cámara lenta. Andrew Maning se levantó, recogió la chaqueta, dejó unos dólares sobre la mesa y echó a correr. Salió por la puerta del restaurante mientras se la ponía y se abalanzó sobre su primo.
—¡Steve! —y repitió incrédulo—: ¡Steve!
Stephen Dunn trató de hablar, pero solo logró emitir un sonido hueco y gutural. Un cansancio infinito se apoderó de él y le hizo doblar las rodillas como si fuera un muñeco articulado. Los ojos se le inundaron de lágrimas mientras su mente trataba de coordinar la realidad con aquella pesadilla. Un tropel de imágenes dolorosas se apelotonó en sus sentidos hasta ahogárselos. Incapaz de resistirlo todo de golpe, tuvo que apoyarse con la mano en el ventanal para no caer al suelo.
Notó que su primo le apretaba una mano, le daba palmadas, hablaba y hablaba, pero él no sintió ni escuchó apenas nada hasta pasado un minuto, tal vez más. Comenzó a darse cuenta de la realidad, lentamente, como si una nueva presencia tomara forma en su mente.
Y por fin volvió a la vida y a la consciencia. Cien millones de vocecitas se reían en el interior de su cabeza, y otros mil millones le llamaban estúpido, idiota, estúpido, idiota…
—Eddy… Eddy… —logró balbucear—. ¿Dónde estabas?
—¡Despierta, muchacho, despierta! Parece como si hubieras visto a un fantasma. ¡Bueno, quizá lo sea, sí! —soltó una carcajada—. ¡Soy yo, de verdad, tu Eddy! ¿Que dónde he estado? No lo dirías nunca: ¡En Australia!
—¿Aus… tralia!
—¡Eso es, cabezón! —volvió a palmearle el brazo—. ¿Qué, me has echado en falta, verdad? ¡Lo sabía! Mucho discutir y pelearnos y, al fin y al cabo, en el fondo, unidos siempre. Cuenta, ¡cuenta! ¿Qué ha sido de tu vida estos años viviendo en paz sin mí?
Stephen Dunn notó que tenía los ojos vidriosos y húmedos. Sí, los fantasmas volvían. El juicio, la condena, la cárcel, aquellos quince años…
—¿Cómo… te fuiste? —murmuró.
—¡Bah! ¿Qué importa eso ahora, después de tanto tiempo?
—Por favor… Eddy —logró volver a decir Dunn—. ¿Cómo desapareciste sin dejar rastro?
—Interesado por el misterio, ¿eh? De acuerdo, de acuerdo… ¿Recuerdas muestra última discusión? Bien, pues… cuando te marchaste estuve meditando y aquella tarde cambió todo. Reflexioné. Me di cuenta de tantas cosas… Siempre fui egoísta, ya lo sabes. Éramos el mundo y yo. Lo que me dijiste aquel día me obligó a mirarme a mí mismo, como en un espejo. Y desperté de golpe. Pensé que realmente te había hecho daño, por lo de Gladys y porque siempre fuimos muy distintos. Pero lo peor es que seguía haciéndotelo, obrando de manera impulsiva, a veces cruel. Ese día tuve uno de esos impulsos, pero positivo: debía largarme y dejarte en paz. Y eso hice. No me lo pensé dos veces. Bueno… la verdad es que hubo algo más. Tenía problemas con unos tipos a los que debía pasta. No podía decirte nada por si iban a verte. Por eso aquella tarde, después de la discusión, me largué. Desaparecí, conseguí un pasaporte falso y…
—La portera… no te vio salir.
—Por supuesto que no me vio. No quería que me hiciera preguntas. ¿Recuerdas que en el piso de arriba una de las dos viviendas estaba deshabitada? Pues subí y pasé allí la noche. En esas horas decidí largarme lo más lejos posible, a Australia. Por la mañana bajé sin que nadie me viera y desaparecí del mapa —abrió los brazos como si fuera a abrazarle—. ¡Y no me ha ido nada mal, chico! ¡Australia es un gran país!
Australia, al otro lado del mundo.
—¿Por qué no escribiste, Eddy? ¿Por qué…?
—Pues… no sé, de verdad. No sé por qué no lo hice. Tampoco es que sea mucho de escribir cartas. Lo fui dejando, dejando… Y estaba el hecho de que habías querido librarte de mí —suspiró—. Mira, pensé que un día regresaría y eso sería todo, como así ha sido. ¿Sabes? Llegué hace una semana. Ayer acabé de instalarme y pensaba ir un día de estos a verte. ¿Aún sigues en aquel agujero infecto con la garza de la señora Seymour?
—No…
—¡Me alegro, me alegro! Parece que las cosas no te han ido mal del todo, aunque has envejecido mucho, condenado. Yo, en cambio, estoy igual que siempre, ¿verdad?… ¡Oh, primo, eso es por la buena vida de Australia, y sus mujeres!
Hablaba y hablaba, pero Stephen Dunn había oído bastante. Era un infeliz que había encontrado demasiado tarde la respuesta a una pregunta que le costó quince años de vida. Ahora sabía que jamás lograría volver a recobrar la paz. Todo se había hundido definitivamente. Ya no quedaba nada. El resto de su existencia sería un tormento, acosado por el recuerdo, los malditos fantasmas, el terror, el peso de la injusticia volcado sobre él.
Stephen Dunn se sintió derrotado, muerto. Era demasiado para su cerebro. Una bola creció en su estómago y se esparció por todo su cuerpo. Reconoció en ella el sabor del odio, el mismo odio que lo llenó a lo largo de aquellos años y que ahora despertaba inconteniblemente.
Logró concentrar la mirada y apareció nuevamente Edward Maning, su primo, el cadáver que volvía del pasado. Sonreía y hablaba, como siempre hizo. El mismo Edward Maning que había matado él noche tras noche en la cárcel hasta llegar a sentir algo de la auténtica culpa que le imputaron.
Ahora todo era inútil y absurdo.
Excepto su odio.
Llevaba una navaja. Por precaución. A veces trabajaba en barrios poco recomendables y llevar un arma disuasoria encima le hacía sentirse más tranquilo. Nunca había tenido que usarla, pero estaba ahí, en el bolsillo de cazadora de trabajo.
Una navaja automática.
El vendedor le había dicho:
—Mientras la saca, no tiene más que apretar aquí y la hoja sale disparada. Es rápida y eficaz.
Rápida y eficaz.
Estaban solos en la calle, al pie del ventanal del bar-restaurante. Edward Maning no pudo reaccionar. El movimiento de su primo fue visto y no visto. Antes de que pudiera darse cuenta, ya tenía la hoja de la navaja hundida en la garganta. Tampoco pudo gritar. Solo miró a Dunn con los ojos desorbitados y un halo de sorpresa en el rostro.
La navaja no hizo ese único viaje.
Stephen Dunn se la clavó dos veces más en la garganta y la última, antes de que se desplomara, en el pecho, sobre el corazón.
Para entonces, su primo ya estaba muerto.
7
Cuando la policía llegó al lugar de los hechos, Stephen Dunn reía y lloraba a la vez. Nadie entendía lo que decía, ni su actitud, pero la gente le miraba como si estuviera loco. Su aspecto normal había sufrido una transmutación. De pronto era un auténtico asesino, un monstruo, deforme, de rostro vulgar y maligno, mirada de sicópata. La víctima, en cambio… era un caballero, un señor. A pesar del baño de sangre, se adivinaba con solo ver su elegancia, su toque de distinción. ¿Cómo podían suceder cosas como aquella, un crimen execrable a pleno día, en mitad de la calle? ¡Y el asesino ni había huido, allí estaba, sentado en el suelo junto a su víctima!
Bueno, un caso claro para los tribunales, con dos docenas de testigos que se habían ido acercando al lugar de los hechos o lo vieron desde el bar-restaurante. Lo más evidente era que aquel asesino acabaría en la cámara de gas, o en la silla eléctrica. ¡Lo pagaría, por supuesto que lo pagaría! Para eso estaba la ley.
Después le introdujeron en un coche-patrulla, y, para su sorpresa, todavía le oyeron soltar una carcajada diabólica antes de que este arrancara.
—La ley dice que nadie puede ser juzgado dos veces por el mismo crimen, ¿verdad? —había preguntado Stephen Dunn al oficial que le había detenido.
—Así es —le respondió él sin saber el motivo de la pregunta.
Stephen Dunn siguió riéndose como nunca lo había hecho antes. Todavía reía cuando llegó al recinto de la comisaría de policía. Y siguió riendo mucho después.
Tenía los ojos muy brillantes.