País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

los herederos

1
La vieja casona respiraba aires de muerte. Un lúgubre silencio envolvía el conjunto, desde las estancias a los artesonados del siglo XVII, la barroca decoración que lo impregnaba todo. El alto techo, labrado con esmero por orfebres, mostraba recónditas sombras que a veces adoptaban el aspecto de figuras dantescas, fugaces imágenes llenas de misterio, pequeños monstruos flotando sobre las cabezas de los allí reunidos. Las paredes, con amplios ventanales ocultos por blancos cortinajes a modo de túnicas pesadas, aparecían recubiertas de cuadros enormes mostrando toda una dinastía que arrancaba desde cuatro siglos atrás. Había allí príncipes, generales, banqueros y hasta un aventurero, el bisabuelo de Abraham Pocklan, del cual siempre se dijo que regresó de África con una fortuna en diamantes, tal vez robados a la tierra fascinante del sur o a un guerrero de ébano tras una lucha tribal. Lo cierto es que, si hasta entonces los Pocklan habían sido ricos, desde ese momento lo fueron aún más.
De los diecisiete presentes en la gran sala, solo cuatro estaban sentados en las cuatro únicas butacas de brillante tela roja, con orejeras amplias y majestuosos dibujos. El resto, o bien despreciaba la larga fila de sillas que recorrían una de las paredes, haciendo juego con las butacas, o bien prefería consumir su nerviosismo permaneciendo de pie o paseando. Algún zapato, en efecto, gemía a causa del betún o al rozar ásperamente el pulido suelo de madera.
Nadie hablaba. También el silencio respiraba muerte. En la mesa central, redonda y amplia, un grueso mármol mostraba el escudo de los Pocklan, forjador de una dinastía de colosos, una tradición que iba a desaparecer aquella noche.
Una de las dos puertas de la parte de la gran sala que daba al norte, se abrió, y por ella apareció Matías, el ayuda de cámara de Abraham Pocklan. El hombrecillo trató de cruzar el lugar para dirigirse a la zona que comunicaba con las dependencias generales, pero su presencia puso alas en los reflejos de los diecisiete presentes. Le rodearon con expectación. Jonathan Gull Pocklan le pasó una mano por los hombros con falso afecto, Wilson Leroy Pocklan plegó los labios y se llevó las manos a la altura del rostro, como si un repentino dolor le inundara. Isabel Pocklan comenzó a llorar.
—¿Ya…? —comenzó a decir Jonathan.
—No, no señor. No puede vencer pero sigue aguantando el empuje de la muerte, luchando como siempre hizo. El médico y el sacerdote siguen con él. Me ha rogado que les diga que les recibirá a todos para despedirse en cuanto ellos terminen. Y ahora, si me permiten… el señor quiere que le lleve el retrato de la señora, para tenerlo a su lado cuando llegue el momento.
Matías cruzó la gran sala hasta desaparecer por una de las puertas situadas en el otro extremo. Tenía que bajar al despacho de Abraham Pocklan, en cuya pared colgaba el perfecto retrato de Gabriela, la que fuera esposa de Abraham, muerta a causa de la tuberculosis cincuenta años atrás, cuando tenía tan solo veinticinco años y él acababa de cumplir los cuarenta. Abraham Pocklan no la había olvidado jamás, y guardó su memoria a pesar de que hacerlo representaba cortar una larga dinastía. Gabriela no le dio hijos, y él fue incapaz de concebirlos con otra, ni siquiera para salvar una tradición de más de cuatro siglos. No había heredero para un nombre, pero sí había diecisiete para una fortuna. En cuanto Matías cerró la puerta, Isabel Pocklan dejó de gimotear, Wilson Leroy recobró su aspecto normal y Jonathan Gull lanzó un evidente bufido de fastidio.
—¡Puede que ni siquiera piense morirse!
—¡Viejo loco de satanás! —le secundó su esposa Martha.
—Tiene noventa años —recordó Wilson—. Esta vez no escapará a su hora.
—Sería capaz de hacerlo si con ello nos fastidiaba a todos.
—Tal vez sea la causa de que nos haya citado —apuntó Melvin Anderson Pocklan—. No falta nadie. Aquí estamos, esperando que muera la hiena para comernos nosotros por vez primera su carroña. Y puede que pretenda burlarse una vez más. Para él, dejarnos su fortuna debe de ser cien mil veces peor que la misma muerte.
—¿Fortuna? Somos diecisiete, querido primo —dejó escapar Isabel. ¿Lo olvidas acaso?
—No seas avariciosa. Incluso dividiendo en diecisiete partes iguales el testamento, podríamos vivir el resto de nuestros días como príncipes.
Esta última verdad cortó el conato de conversación. Unos volvieron a sentarse y otros siguieron caminando por la majestuosa sala. Un observador imparcial hubiera observado algo más que ansiedad: recelo. Se miraban unos a otros a hurtadillas, de reojo, calculando las posibilidades de cada cual en la hora de la verdad. Isabel Pocklan, en teoría la principal heredera, lamentaba en aquel instante no haber cuidado más de su tío Abraham, aun a costa de vivir un infierno al lado del viejo loco. Jonathan y Wilson pensaban en sus míseros regalos de Navidad, hechos con la intención de zaherir al moribundo. Melvin apostaba doble contra sencillo a que Abraham odiaba a su familia, y excepcionalmente a su único hijo Jamie, del cual el viejo siempre decía que reunía la cortedad de su padre con la estupidez de su madre. Y la verdad es que ninguno de los diecisiete hubiera sabido si felicitarse o por contra lamentar que Abraham Pocklan les tuviera a todos bajo el mismo rasero, inmersos en el mismo concepto.
La luz de una vela osciló cuando Charles Duning se dejó caer sobre una de las sillas. Soltó una maldición sin preocuparse de la presencia de las mujeres.
—¡Sucio tacaño! ¡Velas en pleno 1911! ¿Qué se imagina que está haciendo el mundo?
—Para Abraham el mundo es él, Charles. Ha estado encerrado en esta casa demasiado tiempo, esta es su vida. De hecho pienso que murió hace medio siglo, cuando se fue Gabriela. ¿No es cierto que siempre ha estado igual, prima Isabel?
—No soy tan vieja, Matthew, pero mi madre me habló de él algunas veces, especialmente de lo mucho que hizo para evitar que ella se casara con su hermano. Mi tío Abraham siempre la culpó de la muerte de mi padre, probablemente porque de haber vivido más tiempo hubiera dado a la familia un heredero varón.
—Y tú —agregó Wilson—, su principal heredera, representas a sus ojos justamente lo que no pudo ser. ¡Fascinante!
Isabel Pocklan, única hija del único hermano varón de Abraham, fulminó a Wilson Leroy con una mirada asesina. En realidad ella también les odiaba a todos. Raramente se veían pero aquella oportunidad era única: por vez primera estaban todos, la dinastía de los Pocklan reunida para ver cómo moría el gran jefe, para presenciar aquello por lo que habían rezado durante más de cuatro décadas, para repartirse el pastel y cerrar una cuenta pendiente. El resto… qué importaba. Historia, tradiciones, títulos, nada tenía valor cuando se trataba de una inmensa fortuna.
Matías, el ayuda de cámara, entró nuevamente en la gran sala llevando con dificultad el cuadro de Gabriela Duncan de Rochester. No era demasiado grande, ya que el pintor había logrado captar la sensitiva belleza de la joven sin tener que hacer para ello demasiados alardes. El lienzo debería medir tan solo un metro veinte centímetros de alto por unos noventa centímetros de ancho. El marco, en cambio, era mucho más voluminoso y complejo, con molduras doradas y relieves de gran empaque. Todos los presentes se quedaron un tanto absortos viéndolo pasar por delante de ellos, como si tuviera vida propia, ya que salvo dos manos sujetándolo, no se veía apenas nada de Matías.
Ninguno de los diecisiete conoció a Gabriela, pero la simple visión de la pintura les revelaba una vez más lo que ya era leyenda en la casona, en el pueblo y en todo el condado. La dulce mirada parecía cubrirles, y la delicada sonrisa, que tanta paz había comunicado a cuantos la adoraron en vida, les fascinó. Ninguno comprendía todavía cómo una mujer tan singular había entregado su juventud y su amor a un hombre como Abraham Pocklan. Lo malo es que ninguno se había detenido a considerar la verdad.
Abraham Pocklan tenía treinta y tres años cuando se casó con Gabriela. Ella tenía entonces dieciocho. Su amor fue famoso en todo Gales porque ella logró humanizar al indómito señor de Pocklan. Dejó sus actividades, sus guerras, sus negocios que no hacían sino incrementar la riqueza de la familia, y se dedicó a su amor en cuerpo y alma. Viajaron por Europa, Asia y África, y fueron inmensamente felices a pesar de que el hijo que esperaban no llegaba ni llegó nunca. Los hermanos menores de Abraham se casaron en esos años. Ernest lo hizo con Margaret Windsor, de cuyo matrimonio había nacido Isabel Pocklan, y las tres mujeres, Elizabeth, Leonor y Victoria, con tres ilustres hombres cuya fama provenía más del rango familiar que de méritos contraídos especialmente por ellos. Los tres eran hijos terceros o cuartos de familias numerosas en las que el talento parecía habérselo quedado el primogénito. Los hijos de ellos tampoco habían brillado muy notablemente en nada, salvo en hacer todos un frente común para convertir en realidad el gran deseo familiar: ver morir al viejo tío rico y avaro, algo que les cubriría de oro para siempre. Así fueron cayendo uno a uno, esperando sin éxito, pero Abraham Pocklan siguió resistiendo, inmerso en sus recuerdos y encerrado dentro de la gran casona familiar.
Volviendo a Abraham, fue feliz durante siete años hasta que Gabriela murió. Toda la humanidad que respiró la mansión de los Pocklan, con las puertas abiertas y las ventanas ondeando los cortinajes en señal de libertad, desapareció. El hombre se encerró en sí mimo y su carácter se tornó agrio, irascible. Nadie, salvo Matías quizás, sabía que el hombre estaba destrozado, y que su irascibilidad era tan solo una capa protectora ante los demás para no mostrar su debilidad. Con los años, esa capa se endureció, y bajo ella creció la sequedad de un ser duro, enemigo de cualquiera que le llegara a conocer, excéntrico, y, por supuesto, loco. O al menos eso era lo que se decía. Algo que también creían los herederos, la manada de lobos hambrientos que seguía aguardando el fin del patriarca.
Salvo esas pequeñas connotaciones de su carácter, nadie sabía absolutamente nada más en torno al viejo de noventa años. Excepto que su fortaleza desafiaba las leyes naturales. ¿Por qué ninguno de sus cuatro hermanos pasó de los cincuenta años y él, en cambio, había llegado a tan avanzada edad? Incluso hubieran temido por la herencia de no haberse filtrado algún indicio, cinco años atrás, gracias al abogado de Abraham. Su indiscreción, por cierto, le costó el cargo. El nuevo abogado era más severo, pero al menos los diecisiete herederos conocían la existencia de una cuantiosa fortuna imposible de imaginar. Los mismísimos diamantes del bisabuelo, o parte de ellos a lo sumo, aún debían estar en algún lugar de la casona.
Cuando Matías y el cuadro desaparecieron por la puerta que daba a las habitaciones de Abraham renació la tensión, los paseos y los diálogos en voz no demasiado alta. Más de uno temía que las paredes estuvieran huecas y que un comentario inoportuno de última hora echara por la borda tantos años de paciente espera. La recompensa estaba cerca.
A la luz de velas y lámparas, Isabel Pocklan miraba por una de las ventanas hacia el jardín posterior. A pesar de haber cerrado la noche, esta era lo suficientemente clara como para permitir ver el perfil del mausoleo levantado por su tío en honor de Gabriela. Se trataba de una regia construcción en mármol de Italia, y en cuyo seno descansaba aquella rara mujer que había sido capaz de amar al monstruo. Sabía que junto a la losa de ella existía una exactamente igual que llevaba cincuenta años aguardando al poderoso Abraham. Ahora, pensaba, faltaba poco para que los amantes se reunieran y descansaran uno al lado del otro, en la misma tierra.
Isabel dejó escapar una leve y sarcástica sonrisa. Sí, el viejo sería enterrado donde siempre quiso, era inevitable. Su testamento lo diría así seguramente. Pero pasadas unas semanas, si como creía, la casa era para ella, el panteón sería derribado. No quería muertos cerca, y menos el de su tío, que tal vez se levantara una noche para atormentarla. No quería nada que le recordara a Abraham Pocklan. Reharía la casa, pondría luz, teléfono, los adelantos de la civilización.
La casa.
Se estremeció.
¿Qué secretos escondería?
—Debe de tenerlo todo en el sótano, o casi todo —dijo en voz alta.
El tema debió de interesarles. La rodearon expectantes. Cada vez que uno decía algo que los otros imaginaban pero no sabían a ciencia cierta, crecía la expectación. El viejo no creía en los bancos, aunque sus múltiples negocios se realizaban a través de ellos. De ser así, al menos parte de las riquezas se hallarían no solo en sus bóvedas, cuentas o archivos, sino allí mismo, en la mansión. La casa que guardaba celosamente todas las respuestas.
—¿Sabes algo de los sótanos? —preguntó Jonathan.
—Lo mismo que tú, primo —dejó escapar Isabel sin el menor afecto—. Creo que incluso lo comentamos hace un año, cuando supimos que el tío comenzó a encerrarse en él.
La mayoría conocía el asunto. Un día que Isabel fue a visitar a Abraham Pocklan, fue informada por Matías de que el señor se hallaba trabajando en el sótano y en secreto. Lo del secreto dejó confusa a la sobrina, más por lo desconocido del tema que por la sorpresa de que, con ochenta y nueve años, el viejo tuviera interés en algo que no fuera vivir. Pero en una segunda y en una tercera visita, el misterio de lo que sucediera en el sótano fue acrecentándose. La casona de los Pocklan tenía una curiosa estructura. Por un lado, el de su fachada, mostraba tres pisos, pero por el posterior, donde se hallaban ellos en aquel momento y que era la parte de las habitaciones de Abraham, solo tenía un piso, puesto que la casa se incrustaba, o se encaramaba, sobre una colina encrespada, con dantescas rocas y una frondosa vegetación. Si por la parte delantera el camino conducía al valle por entre un terreno llano y ondulado, por detrás la vista era selvática y exuberantemente bella. En ese contorno los sótanos de la mansión fueron siempre un secreto. Nadie los recordaba, ni sabía su extensión o su forma. La única entrada estaba cerrada con un perfecto ingenio cuya llave poseía el señor de Pocklan. Algunas fantasías familiares hablaban de tesoros, de un vasto museo forjado generación a generación por la familia. Nadie lo recordaba.
Pero la idea de que Abraham había empezado a pasar días y días encerrado en los sótanos, llegó a preocupar a los herederos. En una de las visitas, Isabel creyó escuchar golpes ahogados y lejanos. Y en otra en que por fin tuvo la paciencia de aguantar a su tío, le vio aparecer jadeante y sudoroso, vestido como un vulgar obrero. Tenía el rostro tiznado y la suciedad cubría su cabello blanco. Era un hombre muy fuerte, pero en muy poco tiempo había declinado bastante. Parecía a punto de quebrarse y el fantasma de la muerte le rondaba. En aquella ocasión, la reacción de Abraham fue terrible. Insultó a Isabel, la llamó comadre y la acusó de espía. Ella se defendió llorando mientras repetía una y otra vez que se sentía preocupada por él, de ahí que le hubiera esperado para verlo. Una vez en su propia casa, por la noche, calentada junto al orujo, Isabel dejó volar su imaginación, y cuando Jonathan le comentó su misma inquietud por las actividades del viejo en el sótano, ambos llegaron a puntos de asombrosa conexión.
—Debe de estar desenterrando sus riquezas —dijo Wilson.
—O enterrándolas —apuntó Martha con reticencia.
—Está loco, eso es todo. Un viejo de noventa años se encierra en su sótano misterioso y pasa ahí días y días, en verano e invierno. ¿Qué otra cosa puede ser?
—Y trabajando, cuando no lo había hecho en su vida.
—Todo un año. Hace un mes aún seguía en él. ¿No es asombroso?
Callaron. Cada cual había dejado volar su imaginación una vez más. El que menos, pensaba en riquezas incalculables, algo parecido a la cueva de Alí Babá. Solo Jonathan mostró cierto pesimismo en voz alta.
—El viejo nos odia. Si hubiera algo de valor en ese sótano, ¿qué pensáis que haría?
—No te entendemos —confesó Peter August Brown Pocklan.
—Muy sencillo. Nosotros querríamos que él hubiera muerto hace bastantes años, y él lo sabe. Es, por lo tanto normal, que él también sienta animadversión hacia todos. Si ese sótano encierra tesoros maravillosos, ¿creéis que los estaría desenterrando, doblando el espinazo y sudando, solo para que nosotros los disfrutemos?
—No, pero entonces…
—Entonces está claro que el maldito ha estado todo ese tiempo destrozando lo que es nuestro cuando ha visto que su hora estaba cercana.
Hubo un murmullo general de sorpresa que fue trastocándose en fragmentadas oposiciones. A unos le pareció fantástico, a otros absurdo, a otros posible, a otros inquietante.
—¡Desvarías, Jonathan! —exclamó Melvin—. ¡Un año destrozando cosas es demasiado tiempo! ¿Quieres que te diga lo que yo creo? Pues simplemente que se volvió loco. Sí, igual que cuando murió ella, Gabriela. ¿No le construyó entonces un mausoleo en su honor? ¡Pues ahora es capaz de haber hecho cualquier estupidez parecida!
—Es cierto —corroboró Peter más por desear que así fuera que por seguridad de creer en las palabras de Melvin—. Resulta imposible que haya grandes cosas en ese sótano, a no ser que lleven ahí cientos de años. Yo mismo sonsaqué a Matías y fue incapaz de decirme nada que no sepamos, aunque es un perro fiel, tan loco como el viejo.
—Puede que seamos demasiado crueles —gruñó Matthew sin mucha convicción.
—¿Crueles por ser humanos? —se burló Isabel.
—Hay algo que está claro: que a las puertas de la muerte nos ha llamado a todos, sin faltar uno. Eso ni me lo imaginaba. Siempre creí que un día alguien me llamaría y me diría que el viejo había muerto, en su cama, durmiendo, o cayéndose por las escaleras. Pero jamás imaginé que él quisiera vemos antes de salir de este mundo.
—Tal vez quiera largarse insultándonos.
—O desheredándonos…
No pudo causar miedo. El tema parecía superado. A pesa de todo, Wilson lo recordó una vez más.
—Sabes que eso es imposible. La herencia familiar no puede cederse a nadie sin tener en cuenta a los descendientes. El viejo conoce eso de sobras, y sabe que impugnaríamos el testamento con toda facilidad.
—Entonces tal vez tenga razón Matthew —suspiró Martha con aburrimiento—. Ni el perro más sarnoso quiere morir solo. En momentos así dicen que todo el pasado se olvida, y que hasta los enemigos dan calor al borde de la cama en que se va a morir. A fin de cuentas somos de su misma sangre. ¿Recordáis el mensaje que nos ha enviado? Quería que estuviésemos absolutamente todos, y decía que si faltaba uno solo, este sería apartado de sus últimos pensamientos. Sonaba incluso trágico.
—¡Tío Abraham fue trágico! Adoraba el siglo XIX en que nació y decía pestes de lo que nos esperaba en este.
—De todas formas aún podemos estarle agradecidos por algo —dijo Isabel observando el efecto que tenían sus palabras.
—¿Agradecerle, qué? —gruñeron media docena de voces al unísono.
—Que no haya dilapidado su fortuna. Y no solo eso, sino que la haya incrementado tan increíblemente para nosotros. ¿No es maravilloso?
Ninguno dejó de reír. Los menos sin hacer ruido y los más abiertamente. En momentos como aquel se sentían unidos. Si normalmente se veían de tarde en tarde, y casi siempre por algún entierro, en aquella ocasión en que se encontraban juntos sin faltar ninguno, su fuerza era la del bloque. Viejas rencillas desaparecían frente a aquel histórico momento en que años y años de espera iban a cristalizar satisfactoriamente. Ni siquiera era tarde, como a veces había pensado Isabel Pocklan. A sus cuarenta y dos años aún podía disfrutar de los millones y comprar amor. Cientos de chicos jóvenes y apuestos esperaban a mujeres maduras pero ricas como ella, en Roma, en la Costa Azul, en Berlín. Nunca es del todo tarde.
Abortaron sus sonrisas cuando se abrió la puerta y por ella reapareció la figura triste y encorvada de Matías. Este se quedó a un lado y permitió el paso de otras dos personas, un sacerdote y el médico. Los diecisiete herederos, como un solo cuerpo, rodearon a los recién llegados, recobrando sus semblantes de tristeza, los gimoteos femeninos y las expresiones apesadumbradas pero virilmente confortantes de los caballeros en trances dolorosos. Ninguno tomó la palabra y aguardaron a que el médico o el sacerdote hablaran. Finalmente, fue el clérigo el que lo hizo, con voz pastosa y apenas audible, acorde con las circunstancias.
—Su alma ya está preparada y en paz —dijo.
Evidentemente, no era lo que esperaban oír porque rápidamente las miradas convergieron en el doctor. Les importaba poco cómo muriera Abraham Pocklan. Lo vital era que lo hiciera.
—Es… un hombre extraño —comenzó a hablar el médico con aire de misterio—. Hace tres años estuvo realmente grave, pero él insistió en que no iba a morirse, ni podía morirse todavía. Ni siquiera se les avisó a ustedes a pesar de mis consejos. Y no murió. En cambio, ahora…
—¿Qué? —preguntó Isabel incapaz de contenerse.
—Ahora está médicamente sano, bueno, con una afección agravada por la edad, pero él insiste en que va a morirse. ¡Y le creo, Dios Santo, le creo! Leo en sus ojos que así es, y si bien su estado físico no lo demuestra, su estado mental así lo ha decidido.
Los diecisiete rostros se destensaron.
—No sé cuánto tardará pero… va a morir —terminó el médico ceremoniosamente y en un soplo de voz.
Las mujeres se llevaron los pañuelos a la nariz y los ojos para retirar sus invisibles lágrimas. Los hombres cerraron los suyos al tiempo que vencían sus hombros en señal de impotencia. Era un cuadro de viva y sacrificada resignación.
—Ahora, él… quiere verlos —dijo el sacerdote.
El último sacrificio. Unos minutos mostrando dolor y como recompensa la felicidad, una fortuna ganada a pulso con una interminable espera. Cada uno de los diecisiete tenía pensado cómo emplear su parte. Un negocio, un viaje, una querida. Padres e hijos frotaban sus manos sabiendo que la vida sería a partir de aquel instante una alfombra de rosas.
2
Ninguno había estado nunca en las habitaciones privadas de Abraham Pocklan, por ello siguieron a Matías con reverente expectación, sin hacer ruido y tratando de hallar la expresión más convincente para sus rostros. Dejaron la sala y caminaron por un pasillo angosto con tapices a ambos lados. Cruzaron dos salas pequeñas y descendieron unos escalones hasta llegar a una puerta enorme, de madera tallada, flanqueada por dos blancas columnas de capiteles dóricos. El ayuda de cámara se llevó un dedo a los labios en señal de silencio y con solemnidad procedió a empujar las dos gruesas hojas tras dejar el candelabro con el que había alumbrado el camino sobre una repisa. Lo tomó de nuevo cuando penetró en la estancia. La gravedad del momento impresionó a los herederos, y más cuando vieron en el mismo centro de la habitación la egregia cama con dosel en la cual reposaba el postrer hálito de vida de Abraham Pocklan, señor de Pocklan.
Matías se dirigió a ellos.
—Por favor, quédense todos a distancia. Él les indicará cuándo pueden acercarse a su lecho.
Una última excentricidad. ¡Qué estupidez! El viejo obraba como un emperador, como un tirano humillando al vasallaje. ¿Acaso quería verlos pero no tenerlos cerca? Como fuera detuvieron su paso y esperaron a unos cinco metros de la cama. La luz de dos candelabros, con una docena de velas a cada lado, proyectaba nuevas formas demoníacas en el techo y las paredes. Se hallaban en la parte más recóndita del caserón, en unas dependencias que no tenían nada que envidiar al resto en cuanto a barroquismo, pero con la diferencia de que en ellas se observaba un mayor lujo y comodidad, si bien el centro estaba despejado, con la sola presencia de la señorial cama. Isabel notó que el retrato de Gabriela no descansaba al lado de su marido. Lo buscó con la mirada y lo halló colgado de la pared, frente al viejo, un tanto lejos a decir verdad dada la penumbra reinante y la considerable cortedad visual de su tío.
Abraham Pocklan, tal y como había dicho el médico, no tenía aspecto de ir a morirse. Sus ojos brillaban, sonreía con el mismo descarado orgullo de siempre y el rostro mostraba los característicos pliegues de dureza que tanto impresionaban a sus herederos. Pero era una persona singular, realmente un emperador. A sus noventa años aún cabalgaba casi a diario y lucía una espléndida figura de gallardo porte. El médico aseguraba que iba a morirse, pero salvo por verlo en la cama, ninguno de los presentes hubiera asegurado que así lo pareciera.
Matías cerró la puerta con la misma parsimonia y dejó a su señor con los diecisiete personajes. Nadie se dio cuenta de ello, expectantes ante aquella escena. Tampoco notaron cómo el ayuda de cámara corría el cerrojo con un seco chasquido.
Entonces habló el señor de Pocklan.
—Bienvenidos al paraíso, mi querida familia.
A ninguno escapó el tono burlesco de Abraham, la ironía y el descaro. Parecía claro que no quería dejar este mundo sin mostrarles su desprecio. No, decididamente no serían unos minutos agradables. Iban a pagar un pequeño precio por ser ricos.
—Por favor, tío, no seas mordaz, hemos venido todos, y estamos aquí para acompañarte en tus últimos instantes de vida, como corresponde a una familia —se atrevió a decir Isabel.
—¿Acompañarme? ¡Mejor decir que queréis estar seguros de que me voy de este mundo! —gritó el moribundo con una energía increíble y sin perder su tono satírico, la dura sonrisa que adornaba su rostro terrible, agravado de manera especial por los hondos pliegues que la luz de las velas formaban en los recovecos de su cara.
—¡Por favor, por favor…! —repitió Isabel—. ¿Vas a pelearte con nosotros hasta en este día?
Abraham Pocklan se incorporó en la cama con sorprendente agilidad. Sus ojos brillaban como ascuas, tanto que a Jonathan le pareció que disfrutaba enormemente del momento y que les estaba robando el placer de verle morir, aun cuando esto pudiera parecer estúpido e ilógico.
—¿Qué tiene de malo este día? —gruñó el viejo—. Estamos celebrando algo, ¿no es así? Todos estamos aquí para decir adiós.
Ahora se movieron inquietos y algunos se apretaron más entre sí. A pesar del abundante espacio, a cinco metros de la cama parecían una apiñada masa de corderos temerosos.
Abraham les apunto con un dedo feroz.
—¡Miraos! ¡Miraos! ¡El orgullo de los Pocklan! Voy a morir y aún me tenéis miedo. Ninguno va a tener el valor de hablar, de gritarme cualquier cosa. ¿Vais a permitir que me vaya de este mundo sin decirme lo que ocultáis en vuestros corazones, a pesar de que yo lo sepa, y de que lea en cada uno como en un libro abierto? ¿No tendréis agallas ni siquiera hoy?
Nadie habló y durante unos segundos los ojos y la voz del moribundo caminaron por sus rostros.
Después tomó nuevamente la palabra.
—¿No has traído a tu último gigoló, Isabel? Es una pena, me hubiera gustado saber de qué color y tamaño los usas. ¡Pero claro, aquí únicamente estamos nosotros, los Pocklan, o, mejor dicho, lo que queda de una estirpe! Y tú, Jonathan, ¿dónde has dejado a tu amante, en el mismo apartamento en que la tienes, con la promesa de que pronto podrás instalarla en un lujoso piso de la zona residencial? ¿Cómo va tu negocio, Melvin? ¿Cuánto debes ya? ¿Y tus deudas de juego, Peter? ¿Esperas pagarlas por fin antes de que te rebanen el pescuezo? O tú, mi querida Martha, ¿confías en darle a la iglesia cientos de óbolos para ganarte el cielo? Contadme, contadme. ¿No tenéis ganas de hacerlo?
—Parece que sabes demasiado bien todo lo concerniente a nosotros, tío —dijo con ahogada furia Wilson—. Algo asombroso teniendo en cuanta tu recluimiento en esta casa.
—¿Esperabas acaso que terminara mis días sin saber qué iba a ser de mi estirpe? Podía soportar que me odiarais, ya que es lógico. Un viejo que supera la edad permisible para la vida y que gobierna un imperio monetario no puede ser amado, y menos por gente como vosotros, carentes de espíritu. Podía soportar ese odio, porque lo aceptaba, pero fui y soy incapaz de permitir que el honor de la familia sea manchado. ¿Sabéis? Antes de tomar mi última decisión, hace un año, contraté detectives para que os siguieran e investigaran. Finalmente quería conoceros bien. Puede que en el fondo esperara encontrar a uno, tan solo a uno, merecedor de continuar con la familia, aun sin conservar el nombre de Pocklan que se perdía conmigo al no haber descendientes varones. Pero… —el viejo se dejó caer nuevamente sobre las almohadas, ahora visiblemente abatido—. Pero nada, ni uno solo de vosotros es digno de nombre o fortuna. Sois… sois egoístas, vacíos, nimios, insulsos y estúpidos. Por ello os niego más que nunca.
—¿Crees que estás en situación de decirnos eso? —exclamó Isabel furiosa y con el suficiente valor como para enfrentarse a su tío—. ¿Olvidas acaso quién se va y quién se queda? Voy a recordártelo, querido Abraham: tú eres el que te vas. Nosotros los que nos quedamos.
Abraham Pocklan sonrió sin el menor disimulo y aumentó el pliegue de sus labios hasta soltar una carcajada estentórea. Fue tal su violencia que acabó ahogándose en ella y tosió lastimeramente, pero sin dejar de reír. Acabó congestionado y jadeante, pero feliz. El enigmático poder del rostro aumentó aún más.
—En esto te equivocas, Isabel. Te equivocas una vez más —le respondió finalmente el presunto moribundo—. ¿Pensáis que iba a dejar este mundo permitiendo que siglos de tradición fueran a parar a vuestras impías manos?
Hubo un murmullo de sorpresa. Los rostros se tensaron y los corazones aceleraron su latir.
—Si estás tratando de insinuar que nos has desheredado, permíteme que te recuerde, tío Abraham, que eso es imposible, precisamente por esa tradición familiar que fundó John de Pocklan. Mientras haya un heredero con vida, de la rama que sea, directa o indirecta, él recibirá el patrimonio. Y nosotros somos diecisiete. Puedes beneficiar a uno o a todos, pero no puedes impedir que recibamos lo que es nuestro. Dado que los diecisiete somos, según tú, tan perversos, no querrás que ninguno tenga más que el otro, nos consta.
—Tienes razón, Melvin —aceptó Abraham—. Tienes razón. No puedo permitir que ninguno tenga más que el otro, ni puedo impedir que todos recibáis lo que merecéis. Y eso vais a recibir.
El silencio se convirtió en algo terrible, aunque si las miradas de odio hubieran tenido el sonido del viento, la habitación se hubiera transformado en el recinto de violentos huracanes. Desde la distancia y pese a la falta de luz, Abraham Pocklan estudió otra vez los rostros de sus herederos, y vio en ellos expectación y sorpresa, miedo y angustia, zozobra e inquietud. Disfrutó del momento antes de concluir con todo aquello. Entonces comenzó a hablar con recreativa lentitud.
—¿Recuerdas, Isabel, aquel día que me viste salir del sótano sudoroso y sucio? Sí, lo recuerdas, porque corrió la voz de que guardaba ahí abajo las riquezas de la familia, los diamantes del bisabuelo, el producto de los conquistadores, tesoros que ningún banco puede guardar. Pues bien, te equivocaste, y os equivocasteis todos imaginando fantasías. No hay nada en ese sótano. Absolutamente nada… salvo el fin —dejó transcurrir un par de segundos de trágica pausa—. He pasado este último año únicamente haciendo algunas reformas, quitando las columnas que sostienen la habitación superior, rebajando el suelo y dejando tan solo una fina capa capaz de soportar un determinado peso de, digamos, media docena de personas, incluidos algunos muebles, pero no más. También levanté aceradas púas metálicas, de un metro de altura, muy juntas, como las que se usan en África para las trampas en las cuales caen los elefantes. Después cambié mi testamento y dado que a mi muerte no habrá ningún heredero con vida, he dejado mi fortuna a Matías, el único amigo que me ha amado, servido y respetado en estos años. El mismo Matías que ha cerrado esta habitación cuando habéis entrado vosotros…
Respiró con dificultad. Ahora le costaba hablar. Vieron que en efecto iba a morir, pero tanto más por la tensión que imprimía a sus palabras que por su enfermedad. El odio le inundaba y le encendía los ojos. Sin embargo, las torpes mentes de los diecisiete herederos aún estaban buscando la verdad de lo que el viejo estaba tratando de decirles.
—La habitación sobre la cual está ese sótano… es esta.
Demasiado tarde se dieron cuenta Isabel y Jonathan de lo que significaba aquello, especialmente cuando Melvin, Wilson, Peter, Martha, Matthew, Rudolph, Conrad y algún otro se abalanzaron sobre la cama. Trataron de impedirlo pero no hicieron más que cruzar también la barrera que les había fijado Matías.
Un enorme estruendo en el que se mezclaron los gritos de terror sacudió la gran mansión de los Pocklan cuando la habitación, el piso entero, se hundió en su totalidad. Duró unos segundos. Después el clamor desapareció y volvió el silencio. El retrato de Gabriela Duncan de Rochester, señora de Pocklan, colgado a salvo en la pared frontal, fue el único mudo testigo del hecho.
En la gran sala, Matías, el fiel ayuda de cámara, supo que más de cuatro siglos habían desaparecido para siempre y que los Pocklan pronto serían una leyenda.
El hombrecillo lloraba.