País Relato - Autores

jordi sierra i fabra

crimen perfecto

1
El revolver se hundió entre sus ojos.
—Suba —dijo el pelirrojo.
—Dios… ¡Dios! Pero… ¿por qué?
El rubio le presionó la frente, como si quisiera hundirle el cañón en la cabeza.
—Suba —repitió el pelirrojo con toda su calma.
Él bizqueó, tratando de ver si el dedo del gatillo lo oprimía mucho o poco.
—Sí, sí… lo que ustedes digan, pero… ¡no me hagan daño, por favor! —el tono se hizo más suplicante—. ¿Es por dinero? ¿Quieren dinero? ¡Cójanlo y déjenme marchar, se lo ruego!
—Quieto —le previno el rubio con voz grave.
—¡Iba a darles la cartera! ¡La llevo en el bolsillo interior de la chaqueta! ¡Apenas hay setenta u ochenta euros, pero cójanlos!
—Patético, ¿verdad, Nino?
—Sí, Jan. Patético.
Nino era el pelirrojo. Jan el rubio.
—¡No lo entiendo! ¿Qué quieren de mí? —no tuvo más remedio que obedecerles.
Ocupó el asiento posterior, al lado de Jan. El revolver se incrustó ahora en sus riñones. En el asiento delantero, sentado al volante, Nino puso el coche en marcha.
—¿Es un secuestro? ¿Es eso?
—Cállese.
—Sí, cállese.
Jan le enseñó los dientes. Se estaba riendo.
—Está bien —se rindió—. De acuerdo, sí, pero cálmense.
—Nosotros estamos calmados, ¿verdad Jan? —dijo el pelirrojo.
—Es cierto, Nino. Lo estamos —reconoció pausadamente el rubio pasándose la mano libre por la frente.
Sudaba.
Hacía frío pero el tipo sudaba.
El coche se deslizaba ya por las calles semivacías de la zona. Calles que, de pronto, se convertían en espectros habitados por seres anónimos que caminaban inmersos en sus vidas. Para ellos aquel era un coche más, con una persona al volante y dos detrás. El miedo no se captaba al otro lado de las ventanillas. El revolver no se veía.
Aquello era una pesadilla.
—Miren, si es un secuestro… —volvió a la carga.
—No es un secuestro.
—Tengo una mala racha, pero podría… —se detuvo al acabar de penetrar la respuesta en su mente—. ¿No lo es?
—No.
—Entonces…
Nino se detuvo en un semáforo. Él calculó las probabilidades de sorprender a Jan, desviar el arma, abrir la puerta y saltar.
No, eso no era fácil. La vida real tenía poco de película y menos de novela. En sus novelas, Jonathan Delgado, su personaje estrella, sí lo resolvía todo con una mezcla de inteligencia y habilidad, valor y suerte. Jonathan Delgado era un fiscal estrella con más de detective que otra cosa.
Lástima que últimamente empezasen a venderse menos.
Si la próxima no pegaba un salto…
—No haga una tontería —le previno el rubio como si leyera sus pensamientos.
—A lo mejor quiere comprobar que lleves balas —bromeó Nino.
Jan aumentó la superficie dental mostrada con su falsa sonrisa. Parecía Burt Lancaster en «Veracruz».
—¡Adelante, sí! —le invitó—. Es una comprobación sencilla. Usted se mueve y yo aprieto el gatillo. ¿Qué le parece?
—¿No… me quieren vivo?
—¡Es divertido el tipo! ¿A que sí, Jan? —soltó una risa Nino.
—¡Esto va a resultar más divertido de lo que parecía en un principio! —le secundó Jan.
Rieron un poco más.
Volvían a rodar por la ciudad.
—¿Qué es lo divertido? —tragó saliva él.
—No tenga prisa, hombre. ¡Todo a su tiempo! —Nino pisó el acelerador para rebasar un semáforo en ámbar.
—¿Están seguros de que no se equivocan? —probó un último cartucho.
Jan le introdujo la mano libre bajo la chaqueta. Encontró lo que buscaba en el bolsillo interior. Extrajo la cartera y, sin bajar la guardia, la abrió.
—Santiago Colell Pons —leyó el documento de identidad—. ¿Es usted Santiago Colell Pons?
—Sí.
—Pues entonces no nos hemos equivocado.
—Nosotros nunca nos equivocamos —afirmó Nino.
Jan volvió a ponerle la cartera en el bolsillo. Luego le dio unas palmaditas en el pecho.
El falso afecto le heló la sangre en las venas.
Qué extraño. Cuando escribía los casos de Jonathan Delgado, nunca empleaba expresiones como esa, tan baratas, de mal escritor. Y, sin embargo, ahora sentía que era real: se le acababa de helar la sangre en las venas.
Tuvo un escalofrío.
El automóvil rodaba ya fuera del casco urbano. Parecían dirigirse a la playa. La velocidad era moderada.
Un paseo.
—¿Pueden decirme al menos de qué va todo esto? —hizo u esfuerzo Santiago.
Y Nino respondió a su pregunta.
Dijo tres palabras.
—Vamos a matarle.
Sí, desde luego era una pesadilla. Tenía que serlo. ¿Matarle? Sus novelas estaban llenas de escenas parecidas, las habituales en un universo de ficción. Sin embargo, Nino y Jan eran reales, el revolver era real, la amenaza era real. ¿Qué habría hecho Jonathan Delgado en una situación así?
A duras penas, consiguió forzar una sonrisa.
—¡Oh, vamos! ¿Qué les pasa? ¿No les gustan mis novelas?
Jan le miró a los ojos. Ahora sus labios se unían en una delgada línea.
Vacío. Frialdad. Quizá, incluso, indiferencia.
—¿Cree que bromeamos?
Santiago se vino abajo.
Con los nervios a flor de piel, desarbolados.
—¡Oigan, ya vale! ¡Esto no…!
El revolver se hundió todavía más en sus riñones. El dolor fue muy agudo.
—Ya basta —le previno el rubio.
—Ya basta —dijo el pelirrojo.
Cerró la boca.
La línea del mar se adivinaba al frente.
Un mar azul bajo un claro día otoñal que se adentraba en el ocaso.
Los colores se perdían. El exterior se iba metalizando.
Estaba quieto, pero todo su cuerpo sufría convulsiones. El corazón, a mil. Los pensamientos, disparados. El estómago, a punto de salírsele por la boca. Los ojos, al borde del vértigo. ¿Qué era aquello? Dos desconocidos secuestrándole a punta de pistola para… ¿matarle? ¡Nadie mata a una persona sin más, a menos que…!
Se estremeció.
Y si…
No, no, imposible.
Ninguna de ellas sería capaz…
Rodaron unos kilómetros más, siguiendo la línea de la costa. Las escasas edificaciones se recortaban entre los árboles o los acantilados. La penumbra del anochecer se convirtió en oscuridad casi de inmediato. Las luces del coche barrían ya la carretera. El tráfico no era abundante, pero cuando dejaron la principal para tomar una de las secundarias, se hizo inexistente.
También cayó la temperatura.
No se atrevió a pedirle a Nino que pusiera la calefacción.
No parecían tener sentido del humor.
El trayecto tampoco duró mucho más. Unos minutos por una senda sin asfaltar, llena de baches y piedras, y, de pronto, el coche se detuvo.
Nino paró el motor.
Quedaron casi a oscuras.
—Baje —ordenó el rubio.
Lo intentó pero no pudo. Las piernas no le obedecieron. ¿Bajar? ¿Allí? Al otro lado no había nada. Tal vez estuvieran en la playa, el acantilado o el bosque. Daba lo mismo. Lo habían llevado lejos, muy lejos.
Iba a morir.
Por un momento pensó en su editor, el único que saldría ganando con eso. «Escritor asesinado». Los libros se venderían como rosquillas. Puro morbo.
—¡Baje! —repitió Jan.
—No… puedo… —se deshizo con los ojos desorbitados y las primeras lágrimas resbalándole por las mejillas—. ¿No lo entienden? Yo… no puedo. ¿Por qué? ¿Por qué? ¡No tiene ningún sentido!
—Para nosotros sí.
—¿Quién les paga? —gimió.
La pregunta hizo que Nino y Jan intercambiaran una mirada cómplice.
—Chico listo —consideró el rubio.
—Sabe utilizar la cabeza —convino el pelirrojo.
—Baje —dijo por tercera vez Jan.
—¡No, no lo haré!
—¿Quiere que lo hagamos en el coche y manchemos los asientos? —una vez más, le enseñó los dientes en una falsa sonrisa—. Papá nos reñirá.
Lo dijo sin pensar:
—¿Es Elsa? ¿Es ella?
El silencio fue la respuesta.
La nuez de Santiago subió y bajó en el centro de su cuello al tragar saliva con esfuerzo, haciéndola pasar por lo angosto de su garganta. Abrió las manos en un gesto de impotencia.
—Escuchen, por Dios… Si es Elsa… Sí, si es ella no tiene por qué hacerlo. Díganselo. Le juré que se lo diría a mi mujer y lo único que espero es la oportunidad. ¿No lo entiende? Elsa lo tiene mucho mejor que yo, le basta con hacer la maleta porque él no la retendrá. Pero yo… yo he de actuar con tacto. No es solo que pueda perderlo todo. Es que mi mujer es capaz de matarme si…
—¡Eh, Nino! —dijo Jan—. Nos está contando una película.
—Es un tipo muy completo, Jan. Completo y listo. Se nota que es escritor.
—¡No puedo pedirle el divorcio sin más a María, ni largarme con lo puesto! ¡He de hacerlo bien, muy bien! Ahora mismo estoy sin blanca, he tenido una mala racha, mi último libro… ¡Elsa ha de entenderlo!
—Elsa, María… —el pelirrojo movió la cabeza de arriba abajo un par de veces—. Vaya, vaya. Tiene un par de tías con los ovarios bien puestos. Las dos quieren matarlo según parece.
Santiago arqueó las cejas súbitamente.
—¡Esperen! —gritó—. ¿Es María? ¿Lo ha descubierto? ¿Sabe lo mío con Elsa y…? —se llevó las manos a la cara—. ¡Pero no puede saberlo! ¡Es imposible! ¡Ni siquiera una sospecha! ¿Verdad?
Jan parecía un niño feliz.
—Chico malo conoce a chicas malas —dijo.
—Chicas malas se cansan del chico malo —continuó Nino.
—Chico malo dice adiós —concluyó el intercambio de ironías Jan—. ¡Baje de una vez!
—¡No!
—¿De acuerdo? —miró a su compañero—. ¿Dónde le meto la bala para que sangre menos?
—¡Bajaré, bajaré! —reaccionó.
Tal vez tuviera una oportunidad en el exterior. Había oscurecido. ¿Echaba a correr? ¿Sería más rápido que una bala? ¿Y si estaba en el acantilado y se echaba al agua desde las alturas? Si no se destrozaba contra las rocas o se estrellaba en el fondo, ¿tal vez lo consiguiese? Se movió con lentitud, primero una pierna, luego la otra. Tocaba incorporarse. ¿Qué haría Jonathan Delgado en una de sus aventuras? Sí, claro, en primer lugar Jonathan no habría tenido miedo, no les habría suplicado a los dos matones. Y en segundo lugar, Jonathan ya tendría un plan. Su cabeza, trabajando a mil por hora, estaría llena de opciones y alternativas.
¡Maldito Jonathan Delgado!
¿Por qué todos creían que era su alter ego?
Último acto.
Se puso en pie.
Elsa.
María.
Una de las dos, era lo lógico. Una cansada de esperar, visceral como solía serlo siempre. La otra engañada, burlada. Dos temperamentos fuertes.
Y él en medio.
—Chico malo se vuelve chico bueno —dijo Jan.
—Irá al cielo —dijo Nino.
Santiago ya no esperó más.
Ni siquiera supo de donde sacaba el valor.
¡Tenía que ser Jonathan Delgado!
Ninguno de los dos matones esperaba aquello. Eran dos, y el rubio seguía sosteniendo el revolver. Se sentían confiados, seguros. Quizá habían hecho lo mismo muchas veces. Los asesinos a sueldo no venían en las páginas amarillas, pero ahí estaban. Eran profesionales.
Santiago se revolvió y agarró la mano armada.
—¿Eh? ¡Mierda! ¿Qué hace? —gritó Jan.
—¡Ni lo intente! —bramó Nino al darse cuenta.
La suerte ya estaba echada. No había vuelta atrás. En realidad fue más sencillo de lo que hubiera creído. Sabía que el rubio apretaría el gatillo, por inercia, bajo la presión del forcejeo, así que lo único que hizo fue desplazarlo sobre sí mismo noventa grados de manera muy rápida. Cuando sonó el estampido, el pelirrojo estaba a menos de dos metros.
El estampido fue seco.
La cara de Nino, un poema.
Abrió los ojos, la boca, y casi de inmediato la sangre barbotó por entre sus labios.
Jan y Santiago se quedaron quietos un segundo.
No más.
Luego volvió a llevar la iniciativa el escritor.
Le bastaron tres golpes, furiosos, más motivados por el pánico que por el arrojo. Más afortunados que certeros. El primero fue una patada en la espinilla del rubio. El segundo un golpe con el codo en la garganta. El tercero en la mano armada, para que soltara el revolver.
Mientras Jan trastabillaba intentando respirar, Santiago se agachó y recogió el arma.
Apuntó al rubio.
—¡No… espere! —jadeó sin aire—. Yo… le contaré…
A pesar de tener ahora el revolver en su poder, Santiago no se sentía mejor ni más seguro. Todavía temblaba y estaba a punto de echar a correr. El cuerpo de Nino, en el suelo, había dejado de estremecerse.
—¿Quién les pagaba? —chilló.
—¡Oiga, Cullel…! —Jan estaba pálido. Su rostro brillaba bajo la primera luna de la noche—. ¡Se equivoca! ¡Esto no es lo que…!
—¿Quién? —gritó a pleno pulmón.
—¡No cometa una estupidez! ¡Va a meterse en un lío! ¡Yo puedo…!
No quería disparar. O tal vez sí. No quería matarle. O tal vez le podía el miedo que acababa de pasar. Fue algo intuitivo y primario. Lo único que hizo Santiago fue reaccionar, sin pensárselo. Jan se movió hacia adelante. Era una súplica, no un ataque, pero dio lo mismo. El gatillo del revolver era muy suave. Bastaba acariciarlo, y él, en cambio, lo apretó con todas sus fuerzas.
El segundo trueno fue tan seco como el primero.
Y, en la noche silenciosa, sonó como lo que era: un disparo.
Jan se lo quedó mirando estupefacto.
Cayó de rodillas. Por el inesperado botón rojo que acababa de aparecer en su pecho, empezó a brotar la sangre.
El revolver resbaló por entre los dedos de Santiago.
—¡Joder…! —exclamó sin podérselo creer.
2
Frenó el coche demasiado precipitadamente sobre la grava, así que casi se estrelló contra el porche de la entrada. El vehículo derrapó, primero de morro y después por la parte de atrás, hacia la derecha. Se quedó quieto a menos de un palmo de las maderas que formaban el conjunto de la escalinata.
No se molestó en ver si había dañado algo. Salió a la carrera, cerró la portezuela de un golpe y tropezó con el primer escalón de la entrada. Fue un impacto sin importancia, aunque se lastimó ligeramente la rodilla. En el silencio de la noche, la solitaria casa, perdida entre los árboles, ofrecía un sereno y apacible aspecto. Solo una luz, en la planta baja, mostraba alguna presencia humana en el interior.
La única luz en un kilómetro a la redonda. Más allá estaba el pueblo y luego la carretera en dirección a Barcelona.
Julio trabaja siempre hasta tarde, y más cuando se recluía en su casa de la montaña, para aislarse de la ciudad. Santiago no entendía muy bien aquella pasión por la soledad y el silencio. A veces lo habían comentado. Él era ciento por ciento urbanita, lo cual no impedía que admirase aquella casa preciosa, perfecta, ideal para escribir o para disfrutar del amor lejos de todo. Julio, quizá por ser mayor, jugueteaba con el estoicismo y la vida contemplativa. Últimamente, incluso le daba por la filosofía.
Santiago llegó a la puerta mientras se frotaba la rodilla.
—¡Mierda! —rezongó.
Solo le habría faltado hacerse daño.
Llamó a la puerta, y lo hizo con insistencia. Ya no tenía por qué apaciguar los nervios. Se los había soltado en el trayecto. Con el tercer intento escuchó la voz de Julio acercándose.
—¡Voy!
Pero llamó todavía una cuarta vez.
Su editor arqueó las cejas al verlo.
—¡Santi!
—¡Julio, oh, Julio… gracias a Dios! —liberó todavía más su paroxismo nervioso.
No esperó la invitación para que entrara. Se precipitó de cabeza al interior y se dirigió a la sala principal sin comprobar que Julio le siguiera. No se detuvo hasta llegar al mueble bar, coqueto y funcional en un ángulo de la estancia. Cogió un vaso y la primera botella con la que se encontró cerca. Resultó ser de coñac. Le dio igual. Necesitaba algo fuerte. Algo que le disparara los sentidos y le hiciera reaccionar. Cuando Julio se plantó a su lado, él ya dejaba el vaso vacío en el mostrador.
—¿Pero qué te pasa? —le preguntó su editor—. Parece que hayas visto un fantasma.
—¿Un fantasma? ¡Ha sido peor, Julio! ¡Mucho peor!
La expresión de su editor no cambió. Sonreía.
—Vamos, no será para tanto —dijo.
—¿Qué no? ¡Espera a que te lo cuente! ¡Es… de locos!
—¿En serio?
Se estaba sirviendo otro trago de coñac.
—¡Muy en serio, te lo aseguro! —lo devoró de un trago—. ¡Y sé que solo puedo confiar en ti!
La sonrisa de Julio aumentó.
Parecía realmente divertido.
—Venga, Santi, tranquilo.
—¿Tranquilo dices? —reunió aire en sus pulmones para soltar la bomba—: ¡Han intentado matarme!
Julio no se alteró. En sus ojos brillaba una lucecita.
—¡Dos tipos a los que no había visto en toda mi vida han intentado matarme! —repitió con más vehemencia él—. ¡Me han secuestrado a punta de pistola!
—Bien.
—¡Ha sido horroroso!
—¡Bien!
Santiago se dio cuenta del tono en que había dicho la palabra por dos veces. Julio parecía feliz. Ahora sí reparó en el brillo de los ojos.
—¿Bien? —dilató los suyos—. ¿Cómo que bien? ¿Qué te pasa, maldita sea, te has vuelto loco? ¡Te estoy diciendo que he sido secuestrado a punta de pistola, me han llevado a no sé donde y me han dicho que tenían orden de enviarme al otro barrio!
Julio lanzó por fin la carcajada que estaba conteniendo.
—Ya lo sé —dijo.
Las rodillas del escritor se doblaron. Tuvo que apoyarse en el mostrador del mueble bar mientras se medio sentaba en uno de los altos taburetes.
—¿Que… lo sabes?
—Yo los mandé para que lo hicieran. Es decir: los contraté para que te montaran el número.
—¿Qué? —balbuceó.
—Por lo visto lo han hecho bien, ¿eh? ¡Ha sido perfecto! ¡Te veo en forma!
—¿Qué es lo que… han hecho?
—Darte un susto.
—¿De qué… estás hablando? —gimió Santiago.
Su editor se le acercó del todo. Le pasó un brazo por encima de los hombros. Un gesto amigable acompañado de una expresión cordial, de cariño. Suavemente le obligó a levantarse.
—Anda, ven.
Santiago se dejó arrastrar. Le miraba con ojos desorbitados. Apenas se dio cuenta de que acababa sentado en una de las butacas de la sala. Julio ocupó una delante de él. Tenía el rostro atravesado por algo parecido a un halo maléfico pero irónico al mismo tiempo, tan inteligente como divertido.
—¡Ah, Santi, Santi! —suspiró de forma relajada.
—¿Qué… está pasando aquí?
Julio se retrepó en la butaca. Cruzó las manos sobre el regazo.
—¿Recuerdas lo que me dijiste hace una semana referente a tu nuevo libro, lo de la encrucijada, las dudas…? —no esperó la respuesta de su amigo—. Siempre has escrito novelas policiacas, principalmente con tu héroe de protagonista. Ficción y más ficción. Bien, es lo que se daba mejor. Pero estaba claro que, después de tantos años, pretendías algo más. Me hablaste de ser más realista, de experimentar. Y me dijiste que el problema era que no sabías cómo. La vida real es soberanamente aburrida —hizo una pausa para que la embotada mente de Julio se adaptara a lo que le estaba diciendo—. Tus dos últimos libros no han ido especialmente bien. El último podría incuso de tildarse de fracaso. Todo autor tiene una mala racha, lo sé. Pero todo depende de la edad y de como se lo tome. En tu caso, mal, muy mal. Lo que te ha estado preocupando ha sido de qué manera superarlo. Te sentías atrapado por la próxima novela, me hablaste del miedo que tenías a no saber reflejar los sentimientos de tu personaje cuando van a matarle sin que sepa el motivo. Te preguntabas qué podía pensar o sentir en ese instante. Pues bien —abrió las manos haciendo un gesto explícito—. Te he dado la oportunidad de saberlo y sentirlo sobradamente. Sé que te he dado un susto, perdona, pero ha sido por tu bien. Ahora podrás escribir la verdad. Lo habrás vivido.
No podía creerlo.
Era lo más absurdo que… Y, sin embargo, la tranquilidad de Julio le decía que sí, que era verdad.
Santiago sintió una oleada de furo.
—¡Casi me da un infarto!
—Soy tu editor y tu amigo. Como editor, quiero publicar lo mejor y más rentable. Como amigo, deseo alegrarme de tus éxitos. Ese nuevo libro será número uno, lo sé —sonrió—. Y siendo perverso te aseguro que me habría gustado verte la cara cuando esos dos te han dicho que era una broma.
Santiago apretó los puños.
Su grito fue helado.
—¡Los he matado, Julio!
La sonrisa se congeló en el rostro del editor.
—¿Qué?
—¡Te digo que los he matado, joder!
—¿Pero… te has vuelto loco?
—¿Yo? ¡Loco yo? ¡Yo no alquilo matones para dar sustos a nadie! ¡Estaba Dios sabe dónde con una pistola en la cabeza!
La palidez convertía ahora el rostro de Julio en una máscara fantasmal.
—¡No eran matones! —dijo con apenas un hilo de voz—. Solo dos actores en paro que conocí casualmente en un bar. Hablaban de gastar una broma pesada a no sé quién y se me ocurrió… ¡Mierda, Santi! ¿No te dijeron ellos…?
—¿Qué querías, que les diera todo el tiempo del mundo? ¡Pensaba que era su vida o la mía! ¡Aproveché la primera oportunidad y les pegué dos tiros!
Julio cerró los ojos.
—Santi… —musitó.
—¡Mierda, mierda, mierda! —Santiago aporreó los reposabrazos de la butaca con los puños cerrados.
—¿No pensaste que era absurdo que alguien quisiera matarte?
—¿Absurdo? ¡Pensé que era cosa de…!
—¿De quién? —frunció el ceño al ver que Santiago se detenía.
El escritor negó con la cabeza.
—Ya no importa.
—¡Eh, eh! —se inquietó Julio—. ¿De verdad sospechaste de alguien?
—Sí —reconoció Santiago hurtándole los ojos por primera vez—. De mi mujer.
—¿María? —la incredulidad tintó sus facciones—. ¿Por qué?
—Déjalo, ¿quieres? —se pasó una mano por la frente.
—¿Tienes un lío?
—No quiero hablar de eso.
—Tienes un lío —afirmó Julio.
—¡Sí, lo tengo! —estalló él—. ¿Qué pasa?
El dueño de la casa se dejó caer hacia atrás. Pareció hundirse en la butaca. Santiago, en cambio, ya no pudo permanecer sentado. La furia llegaba en oleadas, como un tsunami cada vez más intenso. Se levantó para dominarlo aunque no pudo.
—Yo solo quería… ayudarte —susurró Julio—. Darte… motivación…
—¡Ese revolver era de verdad!
—¡Porque tenía que parecer todo muy real! ¡Sabes de armas! ¡Si te llegan a asustar con una pistola falsa, lo habrías notado, lo mismo que si no hubiera llevado balas!
Santiago regresó al mueble bar. Se sirvió un tercer trago de coñac. Lo apuró de un trago. Su cabeza no dejaba de pensar y darles vueltas a todo.
—¿Los dejaste allí? —preguntó Julio.
—Sí.
—¿Qué vamos a hacer?
La pregunta del editor flotó en el aire.
Santiago estaba de pie. Su amigo sentado. El comedido lujo de la estancia, sin alardes ostentosos, hizo que el escritor se sintiera más calmado. Siempre le había gustado esa casa. Sí, allí se respiraba paz.
«¿Qué vamos a hacer?».
Buena pregunta.
Quizá le sobrara el plural.
—¿Se te ocurre algo? —le preguntó despacio mientras aquella idea penetraba en su mente.
—Bueno… —Julio también se recuperaba despacio—. Nadie te ha visto, o no estarías aquí, y nadie puede relacionarte con esos dos, así que… Está claro que no has avisado a la policía por precaución, por María… La policía pensará cualquier cosa, sí. Desde luego ha sido una tragedia, una maldita casualidad, pero estás a salvo, lo mismo que yo. Les pagué en efectivo, solo los vi esa noche…
Santiago estaba muy serio.
No, la idea que tenía en la cabeza no era solo eso, una idea. Era… la solución.
—¿Qué te parce, Santi?
—¿No hacer ni decir nada?
—Exacto.
—¿Y el coche?
—¿Has venido en el de ellos?
—¿Qué querías que hiciese?
—Habrá que llevarlo a cualquier otra parte y limpiarlo de huellas, dejarlo como una patena.
—A mí también se me ha ocurrido algo —dijo Santiago.
—¿Ah, sí?
—¿Y tu mujer?
—En Barcelona, en casa —se extrañó—. ¿Por qué preguntas por ella?
—Porque aunque será complicado… la mejor forma de quitarme de encima la amenaza de haber matado a dos hombres pasa por arreglarlo convenientemente. Y no solo eso. También puedo arreglar todo lo demás.
—No te entiendo. ¿Qué has de arreglar?
—Mi vida.
—Santi, ¿de qué estás hablando?
—De matarte.
Julio recibió el impacto. Un invisible cachete suave. Arqueó las cejas y, pese a la seriedad de Santiago, poco a poco volvió a sonreír, aunque sin obviar un deje de amargura.
—No hagas bromas, va —chasqueó la lengua—. Me pasé, lo reconozco, quizá fue excesivo, pero ya está. Ya…
—Hablo en serio, Julio.
—¡Venga, hombre!
El editor fue a ponerse en pie. Lo evitó el rápido gesto de Santiago. El pequeño revolver apareció en su mano, como si en lugar de sacarlo del bolsillo trasero lo hubiera llevado todo el rato en ella.
—¡Santi!
—¿Conoces el dicho: «No hay mal que por bien no venga»?
—¿De qué estás hablando? —por primera vez se puso nervioso—. ¡Oye, basta ya! ¿Y quieres dejar de apuntarme y apartar eso!
—No te muevas, Julio —tensó la mano en torno a la culata—. A lo mejor te interesa escuchar lo que voy a decirte.
—¿Quieres devolverme el golpe? ¿Es eso? ¡Pues vamos, ya lo has conseguido! ¡Desde el momento en que me has dicho que has matado a esos dos imbéciles! ¡Ahora cálmate ya!, ¿vale?
—No te devuelvo nada. Hace diez minutos ni siquiera podía pensar, era un hombre asustado. Había incluso olvidado que llevaba esto —movió el revolver—. Lo que sucede es que, más que vengativo, soy práctico. Tenía un problema, y tú lo has resuelto sin darte cuenta. De pronto veo las cosas claras, Otra frase conocida: «De lo perdido, saca lo que puedas». Lo bueno es que ya no he perdido nada. Lo he ganado.
—¿Qué problema has de tener tú?
—Las mujeres siempre me han llevado al límite.
—¿Se puede saber de qué demonios estás hablando? —tronó la voz de Julio.
—Del crimen perfecto.
—Mira, ya está bien —se rindió Julio dando síntomas de agotamiento—. Déjalo estar, ¿de acuerdo? Maldita sea… ¿Qué quieres, ir a la policía? ¡Está bien, hazlo, testificaré en tu favor! Opino que es mejor callar, pero si prefieres tener la conciencia tranquila…
—Yo ya no tengo conciencia. Y desde luego tienes razón: es mejor callar. Cuando encuentren a los dos tipos y te encuentren a ti, y comprueben que las balas han salido de la misma arma… Imaginarán que tenías líos ocultos. Deducirán que tú los mataste a ellos y luego te suicidaste. Pondré tus huellas en este revolver. También verán el coche aparcado afuera, tan limpio como voy a dejarlo al salir. Luego me iré tranquilamente a pie.
Julio parecía estar ya muerto.
Tan pálido.
—¡¿Pero por qué habrías de matarme?!
—Elsa y yo.
Julio volvió a arrugar la frente. La más absoluta incomprensión cinceló su cara.
—¿Mi mujer? ¿Qué tiene que ver ella con…?
—Ya te he dicho que me acabas de dar una gran idea. Es como si de pronto los astros se hubieran alineado. Sabes mejor que nadie que no se le pueden dar argumentos a un escritor: los aprovecha.
La luz se hizo intempestivamente en la cabeza del editor.
Más que luz, un fogonazo cegador.
—¡Elsa! —exclamó.
—Elsa —repitió su visitante—. En realidad incluso he llegado a pensar que lo de los dos matones era cosa de ella, porque muy mujer es tu mujer. No solo en la cama. María también podía haberlo hecho, pero Elsa más. Es muy suya, ya la conoces. A mí me gustan así, fuertes. ¿Qué voy a decirte? Estaba atrapado entre las dos. María no me va a poner fácil lo del divorcio, y Elsa no quería dejarte hasta que yo hubiera dado el primer paso. Y se estaba impacientando. Ahora todo será más fácil y mejor: contigo muerto y sin hijos, ella hereda. Así que me quedo con todo, con ella, con la editorial, con esta misma casa. ¿Qué te parece?
—¡Tú no puedes…!
—Sí que puedo —asintió Santiago—. Es tan simple, tan rematadamente simple… Nadie imaginará nunca que yo tenga algo que ver. ¡Eras mi editor y amigo! Lo de esos dos tipos será un misterio, pero puede que hasta me invente alguna teoría, que les debías dinero, que les estafaste, que te hacían chantaje por alguna razón… ¡Qué sé yo! Es como si me hubiera convertido en Jonathan Delgado. Mi personaje siempre sabe qué hacer. Lo pensaré mientras vuelvo a Barcelona a pie; sin que nadie me vea, claro.
—Elsa y tú… —boqueó Julio sin aliento, atando más y más las piezas del puzzle—. Traidor y loco…
—Traidor a la fuerza. Loco… Bueno, sí, lo estaba. Sin éxito con mis dos últimas novelas, en números rojos porque María no sabe nada de mis cuentas, preocupado por si descubrías lo mío con tu mujer… Loco. Loco hasta esta noche milagrosa.
—¡Santi, no seas estúpido!
Hizo un esfuerzo por levantarse de la butaca.
Tardó demasiado.
—¡Gracias, Julio!
Se acercó lo más que pudo a él y le disparó en la sien derecha, allí donde un suicida lo habría hecho.
El editor cayó de lado, sobre el respaldo de la butaca.
Santiago no sintió nada.
Se lo quedó mirando con un atisbo de pena, pero no de dolor.
Lo malo sería vivir de vez en cuando en aquella casa, con Elsa.
Bueno, tampoco creía en fantasmas.
No perdió el tiempo. Mejor actuar rápido. Acomodarle, ponerle el revolver en la mano para dejar sus huellas, limpiar el coche, echar a andar y confiar en que nadie reparara en él durante el largo trayecto a pie hasta su casa…
Qué pena que no pudiera escribir una novela con todo aquello.